"Parque Jurásico" (1993), de Steven Spielberg

A comienzos de los noventa, aunque Steven Spielberg había ya consolidado su posición como uno de los principales directores de Hollywood, no podía decir que la anterior década le hubiera reportado tantas alegrías como todo el mundo había esperado.

Durante diez años, sus películas adolecieron de un exceso de sentimentalismo empalagoso y no consiguieron convencer a la crítica –las secuelas de Indiana Jones, Hook (1991)‒, al público –El Imperio del Sol (1987)‒ o a ambos –Always (1989)‒. Ello coincidió además con un alejamiento del género de la CF que tan buenos resultados le había proporcionado.

A pesar de que su nombre figuró como productor en filmes como En los límites de la realidad (1983), Regreso al futuro (1985), El chip prodigioso (1985) o Aracnofobia (1990), Spielberg pasó un largo periodo sin dirigir personalmente ninguna película de ciencia ficción desde E.T. (1982).

Mientras tanto y desde hacía mucho tiempo, había sentido un especial cariño hacia los dinosaurios, pero sólo había podido expresarlo a través de la producción de películas de animación como En busca del valle encantado (1988) o Rex: Un dinosaurio en Nueva York (1993). Y he aquí que a finales de los ochenta cae en sus manos el borrador de una novela que Michael Crichton estaba escribiendo sobre el tema. Se sintió tan fascinado por la idea que presentaba el escritor ‒cuyos derechos había adquirido Universal, la productora madre de Spielberg por aquellos años, aún antes de que la novela se publicara‒ que abandonó todo lo que estaba haciendo –en concreto, la preproducción de Urgencias, más tarde reconvertida en serie de televisión‒ y se hizo cargo del proyecto de su adaptación a imagen real.

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El nombre de Spielberg unido al éxito editorial cosechado por el libro no hizo sino facilitar todavía más la producción de lo que se convirtió en Parque Jurásico, la película; aunque muchos se temieron que a tenor de las últimas cintas firmadas por el realizador, convertiría el thriller de Chrichton en una amable fábula poblada de agradables dinosaurios parlanchines. Tales temores resultaron infundados. La película supuso tanto un retorno de Spielberg al cine de ciencia ficción, aventuras y terror con el que había empezado y que tan bien había abordado (El diablo sobre ruedas, Tiburón, Encuentros en la Tercera Fase, E.T.) como una demostración de que seguía manteniendo intacto su talento narrativo.

Parque Jurásico trata sobre la clonación de diversas especies de dinosaurios a partir de ADN extraído de mosquitos prehistóricos que en su día bebieron de la sangre de aquellas criaturas antes de quedar atrapados en ámbar. Sin embargo, este monumental descubrimiento no se ha logrado por simple interés científico, sino para crear el parque temático definitivo, en el que los visitantes puedan interactuar con los magníficas animales.

Ese lugar se ha emplazado en Isla Nublar, en Costa Rica y su promotor es el multimillonario John Hammond (Richard Attenborough), quien reúne a un equipo de expertos para que evalúen el proyecto antes de su inauguración y convencer así definitivamente a los desconfiados inversores. El grupo incluye al paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum), la paleobotánica Ellie Satler (Laura Dern) y los nietos de Hammond (Ariana Richards y Joseph Mazzello, quienes aportaran la perspectiva infantil, tan querida a Spielberg)

No pasa mucho tiempo antes de que todos ellos empiecen a prever problemas potenciales, y eso aún antes de que ocurra lo peor: el programador informático del parque ha sido sobornado por una empresa rival para desconectar el sistema de seguridad, robar embriones de dinosaurio y escapar con ellos de la isla. Con las verjas eléctricas que mantenían a los animales bajo control fuera de servicio, éstos escapan y desatan el caos. Los protagonistas deberán entones luchar por sobrevivir a los letales carnívoros.

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Sobre la novela y sus temas ya tratamos en una entrada anterior, por lo que no me extenderé aquí sobre ello. Valga decir que el concepto que para ella imaginó Michael Crichton era tan brillantemente sencillo que incluso ahora, reconociendo que la ciencia genética que plantea sigue siendo ciencia ficción más de veinte años después de su presentación, continua pareciendo extrañamente verosímil.

En 1993, durante una rueda de prensa celebrada para presentar la película, el autor destacó el problema fundamental inherente a la adaptación cinematográfica de cualquier ficción literaria: “Una novela a menudo tiene cuatrocientas páginas, pero un guión cinematográfico trasladado a ese formato no ocuparía más de cuarenta. El noventa por cien del material base no ve la luz en la película”.

Crichton (que también tenía entre sus créditos la escritura y dirección de filmes) se podía permitir el comentario, puesto que figuraba como co-autor del guión de la película junto a David Koepp. La mayoría de los novelistas nunca disfrutan de ese privilegio: venden los derechos de su obra y luego se ven obligados a contemplar lo que hacen con ella sin poder intervenir en el proceso. Así que en este caso difícilmente se puede hablar de una “traición al libro”, puesto que el propio autor participó en su adaptación.

El guión es una versión expurgada y aligerada del libro sin que lleguen a perderse del todo los temas más importantes tratados en él. Michael Crichton ya había abordado el aspecto más siniestro de los parques temáticos en una película dirigida por él mismo, Almas de metal (1973), en la que las computadoras y robots que constituían el corazón del parque enloquecían y atacaban a los visitantes, que debían luchar por sobrevivir. En esta actualización de la vieja idea y aprovechando la preocupación y el debate social que estaban despertando los nuevos desarrollos en clonación e ingeniería genética, son seres biológicos los que muestran su faceta más violenta, añadiendo de paso un sentido de lo maravilloso reminiscente de las viejas películas de Ray Harryhausen.

No se puede decir que la densidad científica y humanística presente en la novela se traslade con éxito a la pantalla. Las ideas, explicaciones y problemas tras la clonación de dinosaurios o la Teoría del Caos exigen el desarrollo de conceptos complejos que al tratar de encapsularlos y servirlos a la audiencia en dos minutos pueden fácilmente dejar atrás a todos aquellos que no estén familiarizados con la materia.

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Una diferencia más sutil entre la película y el libro reside en su mensaje moral. En el segundo, Michael Crichton, el perpetuo escéptico acerca de la capacidad del hombre para servirse adecuadamente de la tecnología, ofrecía algunos argumentos bastante interesantes sobre la responsabilidad de los científicos, sirviéndose de la Teoría del Caos con un fervor casi religioso para justificarlos. Esta teoría matemática tiene que ver con lo impredecible de los sistemas complejos, pero el escritor lo convertía en una especie de explicación a la Ley de Murphy.

En la película, en cambio, los rasgos más sutiles del discurso intelectual del libro acerca del peligro de poner la ciencia en las manos equivocadas y de la necesidad de moderar y controlar los impulsos de quien la practican, son reducidos a una diatriba anticientífica carente de los matices y derivaciones que tenía la novela, prefiriendo el viejo, sencillo y muy comprensible adagio de “No juegues con la Madre Naturaleza, o te lo hará pagar”.

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Parque Jurásico se estrenó en el annus mirabilis que Spielberg disfrutó en 1993. Su nombre figuró entonces tanto en la película más taquillera del año ‒esta‒ y la más apreciada por la crítica –La lista de Schindler, que se llevó el Oscar a la Mejor Película y Mejor Director‒. Se suelen presentar ambos films como las dos caras de la misma moneda, la moneda de Spielberg: o rueda películas taquilleras de enorme éxito, con gran despliegue visual pero poco tono emocional; o bien films auténticos y emocionales que conmueven el corazón del público. Para quien así lo ven, Parque Jurásico, con sus manadas de dinosaurios generados por ordenador, pertenece, claro está, a la primera categoría.

La intensa campaña de marketing y los cuidadosamente montados trailers de la película en los que sólo se adivinaban brevemente los dinosaurios suscitaron una enorme expectación. ¿Serían Spielberg y su equipo capaces de crear “auténticos” dinosaurios? Cuando por fin se estrenó, proyección tras proyección, quedó claro cuál era el centro de interés de los espectadores: se removían inquietos e impacientes durante los primeros quince minutos de la trama, cuando se explicaban por encima la peligrosidad de los velocirraptores, el parentesco entre los dinosaurios y las aves, la Teoría del Caos y el proceso de recuperación del ADN.

Lo que ese púbico quería ver eran dinosaurios y cuando, por fin, apareció en pantalla el primer brontosaurio ramoneando las copas de los árboles, invariablemente un murmullo de sorpresa recorría las salas: sí, lo habían conseguido. Los responsables de marketing de la Universal habían creado entre la audiencia el hambre de ver dinosaurios y Spielberg les había ofrecido un banquete.

Para ello, el genial director reunió a un equipo de los mejores expertos en efectos especiales dirigido por Phil Tippett, que recreó a las criaturas prehistóricas como nunca antes se habían visto. Unos años más tarde, los efectos digitales se convertirían en algo normal en cualquier producción de categoría media, pero entonces aquellas imágenes maravillaron a todo el mundo. De hecho y muy justificadamente, los responsables de este apartado se alzaron con la estatuilla del Oscar a los Mejores Efectos Especiales.

No sólo eran estos dinosaurios los más realistas que el cine había conseguido jamás, sino que los técnicos añadieron a la verosimilitud del diseño una extraordinaria fluidez de movimientos y un dramatismo épico. Cuando el tiranosaurio aparece rompiendo la valla electrificada bajo la lluvia y lanza un rugido magistralmente sintetizado por ordenador, los cineastas recuperan toda la ferocidad primitiva que en su día transmitieron los seriales cinematográficos de los cuarenta, las películas de monstruos de los años cincuenta o algunos títulos de la Hammer de los sesenta.

Stan Winston creó los modelos animatrónicos, incluyendo un velocirraptor de dos metros de  altura, un braquiosario de larguísimo cuello, un triceratops y un tiranosaurio de doce metros fabricado con una estructura de fibra de vidrio recubierta de látex y manejada por marionetistas pero que también incorporaba tecnología de captura de movimientos para que éstos pudieran ser duplicados de forma precisa en múltiples planos.

Marshall Lantieri supervisó los efectos sobre el set de rodaje, mientras que para crear los fragmentos de animación, básicamente en planos largos, Phil Tippett utilizó un método que había desarrollado en la Industrial Light and Magic, el go-motion y que básicamente era una variante del stop-motion tradicional, pero con un tratamiento individualizado de cada fotograma que le insuflaba un espectacular grado de realismo.

Pero la auténtica innovación la aportó otro técnico de ILM, Dennis Muren, a cargo de los  dinosaurios digitales. Inicialmente, el go-motion iba a ser la principal técnica de “reanimación” de los dinosaurios, pero cuando Spielberg vio el trabajo digital de Muren se sintió tan impresionado que dividió la responsabilidad entre ambos departamentos de efectos especiales.

La estampida de dinosaurios, por ejemplo, se realizó totalmente por ordenador: el animador Eric Armstrong creó una secuencia con un gallimimus corriendo y luego lo replicó dentro del mismo plano pero variando e intercalando las frecuencias, con lo que obtuvo todo un grupo de animales aparentemente distintos y corriendo a velocidades diferentes.

La talla cinematográfica de Spielberg, no obstante, no se mide por su costumbre de incorporar las últimas tecnologías disponibles a la industria del espectáculo. Cierto, Parque Jurásico fue un film revolucionario en el apartado de los efectos especiales, pero no descansa completamente en ellos. Lo que verdaderamente atrapa es su ritmo, el suspense de sus escenas, la sabia alternancia de tensión, acción y reflexión. Sus secuencias largas y fluidas, su claridad narrativa, la atención por la composición, los múltiples planos de acción y movimientos de cámara ‒atrevidos pero en absoluto chillones ni confusos‒, demuestra que, ante todo, Spielberg es un gran contador de historias, uno de los mejores de la industria.

Creo que Parque Jurásico tiene a infravalorarse por sus cualidades emocionales, que algunos califican de fácil sentimentalismo. El film no es muy profundo, pero lo que Spielberg hace bien, lo consigue de forma tan sencilla que es fácil olvidar el talento que se necesita para ello. Dicho simplemente: ningún otro director es capaz de utilizar los trucos tecnológicos y visuales con tanto impacto emocional en el público como lo hace Spielberg. Cualquier realizador competente que deje espacio ‒y dinero‒ a los técnicos en efectos especiales puede hacer soltar al espectador una exclamación. Spielberg, además, le hace saltar del asiento.

Spielberg siempre ha sido un maestro en eso, desde su primera película para TV, El diablo sobre ruedas (1971), en la que el sufrido Dennis Weaver se encuentra perseguido por un enorme camión (se supone que había un conductor, pero nunca se le ve, dando la impresión de que el vehículo tiene vida propia); y en Tiburón (1975), donde transformaba un ingenio mecánico con tendencia a averiarse en un objeto de terror tan impactante que la gente nunca volvió a mirar el mar de la misma forma.

Los elementos terroríficos de Parque Jurásico no son tiburones ni camiones, sino dinosaurios ‒es decir, cosas que, como no existen, sabes que no pueden perseguirte y devorarte‒. Sin embargo, Spielberg y su equipo dotaron a esas criaturas de tal grado de realismo con los efectos digitales a su disposición que el espectador realmente llegaba a creer que aquellos seres bien podrían –o podrán‒ existir.

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Spielberg aprovechó los efectos visuales para desplegar toda su paleta de emociones y  sentimientos, desde el asombro ante el gigantesco apatosaurio alimentándose de las hojas de los árboles hasta la ternura por el triceratops enfermo pasando por el más absoluto y primario terror en las escenas en las que el tiranosaurio ataca los jeeps o los velocirraptores acechan a los niños en la cocina del complejo, sin duda dos de los mejores momentos de suspense del cine de los noventa. No estamos ante un análisis profundo e introspectivo de las emociones, pero éstas no se hallan en absoluto ausentes, poniendo los efectos especiales a su servicio. A ello contribuía también la excepcional –una más‒ banda sonora de John Williams.

Todos estos aciertos formales, sin embargo, vienen acompañados de una sensación de predictibilidad. Aunque la película toca tangencialmente la Teoría del Caos, evocando lo imposible que resulta adivinar las consecuencias de determinados cambios acontecidos en sistemas complejos, una vez que los parámetros narrativos del film quedan establecidos, resulta evidente qué es lo que va a salir mal y cómo se resolverá la situación.

Y es que Parque Jurásico es una buena película de aventuras y acción, pero también una que deja con la sensación de que podía haber sido mejor. Además de la predictibilidad y lo relacionado con ella, tenemos el tratamiento de determinados tópicos y el poco acierto en la caracterización de los personajes, que rozan la caricatura. Es un buen reparto, la mayoría de los actores realiza su trabajo con eficacia, pero demasiados de los secundarios resultan poco verosímiles. Por ejemplo, Martin Ferrero, que interpreta al cobarde abogado Donald Gennaro, parece demasiado nervioso para ser alguien capaz de controlar las finanzas multimillonarias del parque temático y su final en las letrinas resulta incómodo, grotesco e hilarante a partes iguales. Jeff Goldblum le da a su papel del matemático Ian Malcolm un adecuado toque excéntrico y pronuncia sus líneas con una mezcla de socarronería y altivez, pero nunca consigue hacernos creer que la suya es una mente matemática de primer orden.

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El veterano actor y director Richard Attenborough encarna con oficio a un John Hammond bastante dulcificado respecto a su contrapartida literaria, una mezcla entre un abuelo bienintencionado y paternalista inspirado en Walt Disney y el científico loco con delirios de grandeza de los antiguos seriales del género. (Hay quien dice –no sin sorna‒ que Spielberg eligió a Attemborough para impedir que rodara su propia película y sucediera lo mismo que en 1982, cuando Gandhi eclipsó totalmente a E.T. en lo que a premios se refiere).

Por otra parte, intentando aportar al relato básico algo más de peso emocional en lo que a los  protagonistas se refiere, Crichton le dio al personaje de Alan Grant, interpretado por Sam Neill, su propio recorrido: la crisis desatada en el parque le obliga a regañadientes a asumir el papel de protector de los nietos de Hammond, lo que le enseña a pensar y sentir como un padre (esto es, un “adulto”), en vez de continuar siendo un “niño crecido” obsesionado con los dinosaurios. Ciertamente, Ellie (Laura Dern) su compañera científica, debe ser una botánica, una disciplina menos llamativa que la de paleontólogo, porque esto se encontraba ya en la novela; no así la relación sentimental entre ambos, como tampoco que el anhelo de ella sea tener hijos y fundar una familia. De hecho, su principal papel en la película parece consistir en reeducar a su compañero para que termine por desear descendencia y alcanzar así la plena realización como ser humano.

Aunque el peor personaje y el peor actor de la cinta es sin duda la interpretación que el obeso e irritantemente risueño Wayne Knight hace del informático Dennis Nedry, un individuo que parece el villano de una película infantil. En cuanto a los niños, apartado este siempre arriesgado porque sus papeles tienden a resbalar hacia el sentimentalismo, ambos resultan tolerables: mientras que Joseph Mazzello pasa más o menos desapercibido, Ariana Richards ofrece una interpretación de mayor solidez.

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Como sucede en otras de sus películas, Spielberg introduce múltiples alusiones a otras cintas, referencias que no tienen intención de construir ningún discurso crítico o intelectual, sino simplemente el ofrecer al espectador el placer del reconocimiento. Este juego megatextual se extiende a la propia puesta en escena: el restaurante y tienda del parque temático está deliberadamente repleto del mismo merchandising que pronto inundaría las tiendas del mundo real, un guiño del director y un reconocimiento de la banalización materialista de la que de vez en cuando se rodean sus películas.

Y es que Parque Jurásico se estrenó precedida de una de las campañas de marketing más  intensas de la historia del cine hasta ese momento y que generó lo que se dio en llamar dinomanía. El logo de la película y sus dinosaurios más emblemáticos llamaban al consumidor desde todo tipo de productos, de juguetes a balones de playa, de calendarios a libros, de platos a figuritas articuladas; hasta se lanzaron pan y yogures especiales de Parque Jurásico. Pero no sólo los dinosaurios se convirtieron en el nuevo juguete favorito de los niños, sino que el renovado interés por esas criaturas llevó al aumento del número de estudiantes universitarios de paleontología a niveles nunca antes vistos.

Para muchos, esa saturación tuvo un efecto contraproducente para la película al crear unas expectativas en exceso elevadas. Cuando esos espectadores fueron a ver el filme, reaccionaron alabando los dinosaurios –era imposible no hacerlo‒ y criticando negativamente el argumento. Sea como fuere, la campaña de marketing funcionó, colocando a Parque Jurásico entre las cintas más taquilleras de todos los tiempos y convirtiéndola, junto a E.T., en una de las más exitosas de la filmografía de Spielberg.

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Parque Jurásico combinó la sencilla pero ingeniosa y verosímil premisa de Michael Crichton con revolucionarias técnicas de efectos visuales de una forma que fascinó al público de todo el mundo, que salía de las salas de cine encantado. Por supuesto, el colosal éxito de taquilla no podía quedar sin explotar en las correspondientes secuelas, la primera de ellas dirigida por Spielberg, El Mundo Perdido (1997), seguida de Parque Jurásico 3, firmada por Joe Johnston, y más recientemente Jurassic World (2015), realizada por Colin Trevorrow.

En resumen, Parque Jurásico es un emocionante thriller de ciencia ficción de ambientación exótica que se beneficia del talento de Spielberg como director y de unos efectos especiales extraordinarios. Una película de factura impecable que no ha envejecido con los años y que conecta directamente con el espíritu de las cintas de monstruos de los años cincuenta (El monstruo de los tiempos remotos, Gorgo…). Y es exactamente con esa actitud lúdica con la que hay que disfrutarla: como una aventura sin pretensiones intelectuales que consigue despertar nuestro sentido de lo maravilloso. Por primera vez en la pantalla, el mundo pudo disfrutar, maravillarse, reír y aterrorizarse con unos dinosaurios tan “reales” como jamás se habían visto antes.

Copyright de las imágenes © Universal Pictures, Amblin Entertainment. Reservados todos los derechos.

Copyright de los videos © Stan Winston School of Character Arts, Stan Winston Studio. Reservados todos los derechos.,

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado en The Cult por cortesía de su autor. Previamente editado en Un universo de ciencia ficción. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar).

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