"La raza venidera" (1871), de Edward Bulwer-Lytton

Edward George Earle Lytton Bulwer-Lytton fue un político de próspera carrera y escritor ecléctico que abarcó una amplia variedad de temas, con tanto éxito como habilidad a la hora de iniciar tendencias. Fue el caso de su obra más conocida, Los últimos días de Pompeya, una novela que revolucionó el género histórico.

Su pertenencia a logias masónicas y su interés en el esoterismo le llevó a escribir relatos sobrenaturales como Una historia extraña (1862), en la que racionalizaba el espiritualismo y la supervivencia del alma más allá de la muerte utilizando argumentos pseudo-científicos; o la ciencia ficción en La raza venidera (The Coming Race, reeditado posteriormente como Vril: The Power of the Coming Race).

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Hasta el siglo XIX, la idea de la existencia de Mundos Perdidos era casi inaudita. Antes de 1800, el mundo no había sido completamente explorado y los escritores que deseaban situar a sus héroes en extrañas culturas simplemente los enviaban a regiones desconocidas del planeta, normalmente a zonas que aún no habían sido plenamente estudiadas y a islas imaginarias que nadie había cartografiado. A medida que iba transcurriendo el siglo XIX y los exploradores iban rellenando los espacios vacíos de los mapas, se hizo cada vez más difícil encontrar huecos donde alojar Mundos Perdidos. A partir de los años cuarenta del siglo XX, parecía que la Tierra ya no guardaba más rincones secretos y los escritores se vieron obligados a lanzar a sus héroes a otros planetas.

Los relatos de Mundos Perdidos con un componente más significativo de CF, como este de Bulwer-Lytton, evitaban la geografía siempre menguante de la superficie del planeta incluyendo mundos o sociedades ocultas en las profundidades de la Tierra.

La narración nos presenta a un joven acomodado que en el curso de sus viajes se interna en una profunda mina, accediendo a un mundo subterráneo habitado por los Vril-ya, seres superiores al Homo sapiens, descendientes de una civilización antediluviana que viven en una inmensa red de cavernas. Dotados de cuerpos perfectos y mayores que los humanos, vegetarianos pacíficos y místicos, estas criaturas utilizan una energía no muy bien descrita pero enormemente poderosa llamada “vril”, algo a mitad de camino entre la electricidad y la fuerza espiritual. El "vril" es capaz de todo tipo de proezas, desde sanar hasta destruir, desde controlar el clima hasta influir en la mente y cuerpos de animales y vegetales, pudiendo ser manipulado por la mera fuerza de voluntad, incluso por niños. Era tan poderoso, que su descubrimiento acabó con las guerras, ya que su utilización como arma supondría la aniquilación completa de ambos bandos.

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Los Vril-ya han dado forma a una sociedad en la que la fama y su compañera, la envidia, no tienen lugar. No existe la pobreza, las rivalidades ni los comportamientos extremos. Las exhibiciones emocionales se reprimen. Cada cual vive según sus inclinaciones y se han eliminado el crimen y los delitos, por lo que ejército y policía son innecesarios. Las escasas diferencias de carácter civil son resueltas por un Consejo de Sabios. Son capaces de comunicarse telepáticamente. Las mujeres son de mayor tamaño que los hombres y controlan todo lo relacionado con el cortejo, la reproducción y la perpetuación de la raza. No sólo eso, las mujeres Vril tienen "un anhelo de triunfar y de aprender muy superior al de los hombres, de manera que ellas son quienes llenan las academias y profesorados y constituyen la porción inteligente de la comunidad".

Los Vril-ya utilizan autómatas para todas las labores domésticas y vuelan con ayuda de alas artificiales. Sin embargo, desde el primer encuentro, el viajero siente miedo y desconfianza hacia aquellos humanoides de rostros impasibles que le contemplan como si fuera un ser inferior, una mascota. Y es que esa oligarquía serena y aparentemente pacífica ‒como suele suceder en las Utopías‒ está lejos de ser perfecta o incluso deseable.

Habiendo aspirado y conseguido la supremacía social y cívica, sus sistemas políticos y filosóficos, aunque carentes de conflictos y disputas, han dado lugar a una comunidad estática y aburrida. El vril proporciona todo lo que sus miembros puedan desear, por lo que no existe la búsqueda de la riqueza.

Perezosos por naturaleza, los únicos que trabajan son los niños. Consideran la democracia como un sistema de gobierno primitivo propio de bárbaros: "La más poderosa de todas las razas de nuestro mundo, fuera de la égida de los Vril-ya, se estima a sí misma como la mejor gobernada de todas las sociedades políticas y como la que ha alcanzado el máximo de sabiduría política que es posible alcanzar; de manera que creen que las demás naciones deben imitarla. Se rige sobre la más amplia base del [...] gobierno de los ignorantes o el de las mayorías. Funda el supremo bienestar en la emulación de unos con otros en todo, de manera que las malas pasiones nunca descansan; emulación por el poder, por la riqueza, por el predominio en algo, y en esta rivalidad es horrible oír los vituperios, las calumnias y las acusaciones que, aun los mejores y más nobles entre ellos, se lanzan los unos a los otros, sin remordimiento ni pudor".

Su propia forma de organizar la sociedad es una especie de autocracia benevolente; benevolente, claro está, sólo para su propia raza, porque no albergan los mismos sentimientos hacia otros congéneres subterráneos o hacia los humanos de la superficie. De hecho, los Vril-ya son sólo los representantes más avanzados de una raza subterránea mucho más extensa cuyos miembros menos cultivados, considerados bárbaros, son mantenidos a raya en las regiones periféricas.

Y lo que es peor, el viajero descubre una terrible amenaza para los hombres: los Vril-ya creen firmemente en la supervivencia de los más aptos: "una vez que nuestra educación se haya completado, estamos destinados a volver al mundo superior y suplantar a todas las razas inferiores que lo pueblan". La defensa que el narrador realiza de su propia civilización causa bien poco impacto en sus anfitriones, que le responden: "La primera condición para la felicidad humana consiste en la eliminación de la lucha y la competencia entre los individuos, lo cual, cualquiera que sea la forma de gobierno que adopten, tiende a subordinar la mayoría a unos pocos, destruye la verdadera libertad del individuo cualquiera que sea la libertad nominal del Estado, e impide la tranquilidad de la existencia". El viajero no tiene dudas de la superioridad tecnológica y física de los Vril-ya. Cuando se encuentren con la raza humana, sólo una de ellas logrará sobrevivir y el resultado de la confrontación está claro incluso antes de comenzar.

El protagonista se encuentra de repente convertido en el centro de atenciones sentimentales de dos muchachas Vril. La imposibilidad de contraer matrimonio con ellas o siquiera mantener una relación amorosa "normal" sin ser destruido por los otros miembros de la comunidad -que le consideran un ser inferior por muy cortésmente que lo traten-, le llevarán finalmente a escapar de las profundas cavernas para avisar a los ignorantes hombres de que sus vecinos de abajo tienen la intención de acabar con ellos.

El libro fue un gran éxito en su día y ejerció una considerable influencia no sólo en el ámbito literario. "Vril” se convirtió en palabra de uso común: los fabricantes de un concentrado de carne llamaron a su producto “bovine vril” o “bovril” apuntándose a la moda y logrando unas ventas fenomenales.

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Hay una derivación no mercantil y bastante más curiosa. Años después de aparecer la obra un grupo de iluminados obsesionados por el libro fundó en Alemania la Sociedad Vril. Creían que La raza venidera tenía un mensaje oculto de relevancia universal y que la raza Vril-ya exístía realmente. Pensaban que el "vril" era una especie de energía espiritual muy poderosa y que los habitantes de las profundidades (descendientes de los arios primigenios, según la novela) acabarían dominando la Tierra si no nos aliábamos con ellos. Esa sociedad ocultista, entusiasta del darwinismo social y cuyo símbolo era una esvástica, se dice que tuvo cierta ascendencia sobre los primeros nazis, quienes tenían a la obra de Bulwer-Lytton como libro de referencia.

Tratándose de una obra fundamental dentro de la CF del siglo XIX, la trama no es más que una excusa para desarrollar un discurso antropológico ficticio, puesto que el protagonista no experimenta ningún cambio tras su experiencia. En su día, cuando no existía la ciencia ficción como género independiente, la novela podía ser considerada como un relato de aventuras. Para el lector moderno su interpretación es más confusa, puesto que aunque hay robots, naves voladoras, poderosas energías... todo ello está muy alejado de cualquier aproximación científica; además, la ausencia de acción o episodios cargados de emoción hacen que resulte difícil pensar en ella como en un relato de aventuras.

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Por otra parte, el lector podría pensar ‒cómo así lo hicieron los miembros de la Sociedad Vril‒ que Bulwer-Lytton empleó su civilización subterránea para plantear una crítica a las naciones industrializadas, los sistemas democráticos y los roles sexuales tradicionales. Ciertamente, Bulwer-Lytton pone en boca de sus creaciones ácidos comentarios acerca de la sociedad y costumbres humanas. Sin embargo, el narrador nunca llega a estar convencido de la bondad absoluta del sistema bajo el que vive esta raza perfecta, rígida, adormecida socialmente y culturalmente abotargada.

La paradoja es que, a pesar de todo, esa raza, perfecta o no, es superior a la nuestra. Parte de lo que la hace "superior" es su falta de escrúpulos cuando se trata de eliminar a seres inferiores (premisa que adoptarían posteriormente los miembros de sectas esotéricas como la mencionada Sociedad Vril, la Sociedad Thule y, después y a partir de ellas, los nazis).

Como obra de ficción, La raza venidera está superada por obras posteriores y, de hecho, su éxito de ventas no sobrevivió al autor. Su interés documental proviene de su carácter de discurso de reforma social, su ácida sátira del darwinismo y el utopismo eugenésico, su influencia en los círculos ocultistas del siglo XIX y, sobre todo, su intención mediadora entre ciencia y misticismo: una sociedad hiperdesarrollada que vive en un entorno de primitiva belleza apenas alterado por la tecnología.

Ediciones Abraxas editó el libro en español por lo que aún puede ser encontrada por Internet a través de Iberlibro.com. En 2004, Ediciones Jaguar la reeditó con su otro título Vril, el Poder de la Raza Venidera. El libro se puede descargar gratuitamente para libro electrónico o bien en formato PDF aquí; Si lo deseas en papel, hay una edición en papel en esta página; Amazon tiene toda una variedad de ediciones en inglés.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar).

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