Cultura de ciencia ficción

La ciencia ficción nos permite emocionarnos con historias extraordinarias a la vez que aprendemos ciencia de forma amena. Obras como Blade Runner, Fundación, Interstellar o Solaris han empujado a muchas personas a salir del universo narrado para seguir investigando por su cuenta sobre ámbitos tan dispares como la física, la robótica o la neurociencia. Si las instituciones culturales son capaces de adaptarse para responder a esas necesidades y complementan ese aprendizaje a través de distintos formatos narrativos seremos capaces de conseguir una educación sin barreras que se extenderá desde el sillón de casa hasta los museos o las bibliotecas.

Mi yaya preguntándome sobre agujeros negros. Quién me hubiera dicho antes de la aparición de Interstellar que presenciaría tal escena costumbrista. Porque si el estreno de la película fue un verdadero fenómeno cinematográfico de la ciencia ficción que muchos sitúan al nivel de 2001: Odisea en el espacio, no se quedan atrás los numerosos debates que ha propiciado sobre viajes en el tiempo o los dichosos agujeros negros.

Solo por conseguir acercar expertos en física teórica o astronomía al resto de los mortales ya tendríamos que crear (y otorgarle automáticamente) el Oscar a la Película de mayor interés divulgativo. Vean si no los diálogos que han tenido lugar sobre el grado de rigor de la película, los visionados en museos como el National Air and Space Museum o el libro que ha publicado el asesor científico de Nolan en la película, Kip Thorne. Y a Neil deGrasse Tyson, claro. Siempre Neil.

El caso de mi abuela es solo un ejemplo de la cualidad que tienen estas obras para hacer atractiva la ciencia. Ya es hora de borrar de nuestras cabezas la idea de que la ciencia ficción es un género menor hecho por gente rarita para gente rarita. Sea por el respeto que se está ganando la ciencia en los últimos años o por la normalización de este tipo de relatos, lo cierto es que cada vez más gente disfruta de la ciencia ficción. En una época de sobreexposición de ficciones en todos los ámbitos de nuestra vida ―los libros, la televisión, el cine, la escena política―, nuestras mentes parecen estar cada vez más dispuestas a convivir con todas ellas y como si de combustible se tratara piden más y más. Ponernos en la piel de personas ―o seres, no hiramos sensibilidades extraterrestres― que viven a miles de kilómetros de distancia de nuestro planeta o tal vez hace (o dentro de) miles de años de nuestra época son situaciones que nunca podríamos vivir en nuestro día a día. ¿Quién no desearía disfrutar de semejantes aventuras sin correr riesgo alguno?

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Porque la ciencia ficción no deja de ser un tipo concreto de ficción, y las ficciones nos permiten justo eso: vivir las vidas de los personajes mientras dura la película, el libro, el cómic o la serie. Este efecto de traslado mental que poco a poco se va conociendo mejor gracias a estudios interdisciplinares que unen neurociencia y teoría de la ficción está demostrando ser mucho más útil que el simple placer de sentarnos a disfrutar de nuestra obra favorita. Si en un simulador de vuelo aprendemos a llevar un avión sin tener que subir a uno real y por lo tanto, sin peligro, podemos entender las ficciones como simuladores de otras vidas mediante las que aprendemos a desenvolvernos en sociedad (sí, han leído bien, leer acaba siendo una actividad social) sin correr los riesgos propios de estos entornos fantásticos.

Pero es que, además de ese aprendizaje social, las ficciones siempre llevan consigo enseñanzas asociadas al universo que crean. Pregunten a un lector de Dickens si no es capaz de hablarles con cierto grado de conocimiento sobre la sociedad victoriana o a un seguidor de Tolstoi si no conoce algunas de las costumbres de la burguesía rusa durante sus copiosos banquetes. Las ficciones son en sí pequeñas clases de historia (o ingeniería, o botánica, o…) y además se presentan en formatos habitualmente más amenos que cualquier lección magistral. Así da gusto educarse.

También hay grandes riesgos en aprender a través de las ficciones, no nos engañemos. Estrenaron la película Lucy y el bulo de que solo utilizamos el 10% de nuestro cerebro renació cual ave fénix para quedar impreso en las mentes de muchísimos espectadores que ante semejante afirmación por parte del personaje interpretado por Morgan Freeman consideraron que oye, que lo ha dicho un actor que hace de científico y por lo tanto tiene que ser cierto. Será necesario formar un buen criterio en nuestros lectores y espectadores para identificar todas estas falacias, lo que es todo un reto para familias, escuelas, institutos y demás instituciones culturales.

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Siguiendo la idea participativa de que el lector vive la historia que lee, ya existen propuestas que hacen más llevadera la historia a través de sistemas de realidad virtual o aumentada, permitiendo a los alumnos olvidar (por fin) las tediosas clases repletas de fechas y lugares que una vez realizado el examen son incapaces de recordar. Tal vez las tecnologías necesarias para este cambio de paradigma cultural aún estén acabando de desarrollarse, pero nuestras mentes esperan con impaciencia desde hace mucho tiempo. Muestra de ello son las innumerables carreras científicas que han nacido gracias a Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o Philip K. Dick, aunque tampoco es necesario irse a los laboratorios para encontrar a seguidores acérrimos de la ciencia ficción. Hace pocos meses leía en Twitter con sumo interés airadas discusiones sobre los viajes temporales de la serie española El Ministerio del Tiempo. Y cómo son las cosas, personajes históricos como Velázquez o Lope de Vega se convirtieron en trending topic por aparecer en alguno de sus capítulos.

Es realmente estimulante pensar en las posibilidades de una narrativa transmedia que se extienda desde un libro o una película hasta los cómics o los videojuegos y que acabe en distintas instituciones culturales que den solución al hambre de conocimiento de jóvenes y adultos.

Antes comentábamos el caso de Interstellar, pero hay propuestas mucho más cercanas al ámbito científico. Sin ir más lejos, la revista Twelve Tomorrows es una publicación de la MIT Technology Review en forma de antología donde distintos escritores de ciencia ficción escriben relatos partiendo de las tecnologías y los avances científicos que se han ido publicando en la revista durante el año. Imaginen el potencial divulgativo de este tipo de propuestas. Jóvenes (y no tan jóvenes) impulsados en su interés científico gracias a que han leído un relato o visto una película. Comprando el cómic que extiende parte del argumento para explicarnos cómo se construyó la nave espacial o el arma que salvará al mundo. Y acabando en un museo donde, gracias a la realidad aumentada, son capaces de tener delante al protagonista de la historia explicándoles los conceptos de física que permitieron a su nave viajar a miles de kilómetros de distancia de nuestro planeta. Súmenle realidades virtuales inmersivas que nos permitan movernos a discreción por otras épocas y lugares, y aderécenlo con películas interactivas que nos hagan ser protagonistas de misiones espaciales y viajes al interior del átomo. Lo tenemos a la vuelta de la esquina, así que vayan preparándose. Que no les suene luego a ciencia ficción.

Copyright del artículo © Jose Valenzuela Ruiz. Este artículo se publica en The Cult.es con licencia CC, por cortesía del CCCB: Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.

Jose Valenzuela Ruiz

Nacido en Terrassa en 1982, Jose Valenzuela es ingeniero técnico electrónico, ingeniero en automática, máster en ingeniería biomédica, MBA y máster en creación literaria. Ha trabajado como ingeniero de laboratorio en el Grupo de Nanomateriales y Microsistemas de la UAB y en el Grupo de Investigación en Neurociencia Cognitiva (Brainlab) de la UB, y como project manager en el área de innovación del Hospital Universitari Vall d’Hebron. Actualmente divide su tiempo entre un doctorado en humanidades sobre literatura y ciencias cognitivas en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, otro doctorado en neurociencia y realidad virtual en el EventLAB de la Universidad de Barcelona, escribiendo en Jot Down Magazine y en los pocos ratos que le quedan libres, aprendiendo a dibujar en un curso de cómic de la Escola Joso.

Este artículo de Jose Valenzuela Ruiz aparecen en The Cult.es por cortesía del CCCB: Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.

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