"Crónicas Marcianas" (1950), de Ray Bradbury

A medida que la ciencia ficción se consolidaba como género bien diferenciado y contó con sus propias revistas especializadas, los escritores empezaron a prestar más atención a la ecología de los mundos alienígenas que inventaban.

Stanley G. Weinbaum, por ejemplo, fue uno de los pioneros en este aspecto y el Marte que imaginó para sus historias de los años treinta era algo más sofisticado que el planeta antiguo, frío y seco que la ciencia ficción llevaba años evocando.

Pero lo cierto es que Marte, como alegoría del mundo de la frontera del siglo XIX ‒papel también compartido en aquellos viejos relatos por un fantasioso Venus lleno de pantanos y vegetación‒ tenía un atractivo épico tan poderoso que tendía a dejar de lado cualquier exigencia de verosimilitud científica. Durante años, la seductora versión de Marte que Edgar Rice Burroughs imaginó para sus relatos de John Carter, un mundo de desiertos rojos y civilizaciones decadentes, generó imitadores más sofisticados; por ejemplo, los relatos de C.L. Moore protagonizados por Northwest Smith (1933-1937) y, especialmente, el trabajo de Leigh Brackett, sobre todo sus historias de los años cuarenta y cincuenta recopilados posteriormente en The Coming of the Terrans (1967) y Eric John Stark: Outlaw of Mars (1982).

Las aventuras espaciales como las escritas por esos autores siempre sobrevivirán, puesto que es difícil imaginar otro género más adecuado a la hora de ofrecer grandes maravillas, desafíos insuperables y misterios de todo tipo. En la década de los cincuenta, por ejemplo, unos primerizos Poul Anderson, Robert Silverberg o John Brunner se estrenaron en la ciencia ficción firmando bajo seudónimos diversas space operas y romances planetarios. Pero también hubo escritores que contribuyeron a una mayor diversificación y el primero de entre ellos fue Ray Bradbury.

Escritor más de relatos cortos que de novelas, la mayor parte de la ficción de Ray Bradbury puede ser encuadrada en el terror y la fantasía más fácilmente que en la ciencia ficción, género al que él solo recurría con fines alegóricos. Utilizó sus tópicos tradicionales (cohetes, telepatía, robots, viajes temporales, tecnología avanzada, alienígenas, guerras futuras) como herramientas para construir su inocente visión del universo, ajena a la realidad de las leyes físicas o biológicas. Su intención jamás fue la de escribir una ciencia ficción que apuntara a un futuro posible o siquiera verosímil. Por eso no sorprende que eligiera el Marte de Burroughs o Brackett para refinarlo y destilar de él las misteriosas historias cortas que componen Crónicas Marcianas.

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Crónicas Marcianas no es, estrictamente hablando, una novela, sino la recopilación de una serie de veintisiete narraciones cortas –algunas tan sólo tienen un par de páginas‒ publicadas entre 1946 y 1950 en diversas revistas especializadas, e hiladas por su temática más que por su continuidad. En ellas se refieren de forma dispersa las experiencias de un grupo de colonos terrestres en Marte durante un periodo de 27 años a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Los humanos, enérgicos y curiosos en sus ansias exploradoras, buscan en Marte nuevas oportunidades o una salida a una Tierra cada vez más acosada por los problemas. Los marcianos telépatas, sin embargo, no están dispuestos a darles la bienvenida y a pesar de ser una raza frágil y decadente, consiguen rechazar las primeras expediciones ya sea recurriendo a la violencia o al engaño. Sin embargo, sus días están contados y las enfermedades que portan los humanos acaban con ellos en poco tiempo.

Los colonos demuestran tener escasa consideración por la civilización que han destruido o por el propio planeta. Han llegado para reclamar Marte para sí mismos y rehacerlo a imagen de la Tierra, por mucho que estén allí tratando de huir de ésta. En “Aunque Siga Brillando la Luna”, Spender, uno de los integrantes de la cuarta y exitosa expedición, queda tan conmovido por la belleza y dignidad de la cultura marciana, que se siente impelido a defenderla aun a costa de la vida de sus embrutecidos congéneres terrestres.

Pero nada hay que pare la marea. Los colonos llegan a miles, cada uno buscando algo diferente, escapando de un mundo en el que se sienten alienados y asfixiados por la rutina y la estupidez del comportamiento humano. Al final, atrapados por la nostalgia de lo que han dejado atrás, acaban recreando ese mismo mundo a millones de kilómetros de la Tierra. La colonización de Marte, ya con los marcianos virtualmente desaparecidos, se narra en historias como “La Mañana Verde”, “Los Colonos”, “Los Músicos” o “Las langostas”, un poema en prosa sobre la extensión de la presencia humana por toda la superficie marciana.

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"Un camino a través del aire" es la historia con mayor grado de comentario social de toda la compilación. En ella, los negros del sur norteamericano se lanzan a miles a los caminos para subir a los cohetes que les llevarán a Marte, su tierra prometida. Un extremista blanco que ha basado su vida en el tormento y linchamiento de los negros, se ve de repente ante la posibilidad de que desaparezca el objeto de su odio, aquello que da sentido a su patética existencia y hará lo que esté en su mano para tratar de evitarlo.

"Usher II" versa sobre la censura que hace mucho acabó en la Tierra con cualquier ficción fantástica. Se prohibieron las fiestas de Halloween, los cuentos de hadas y misterio o las películas de terror. Ahora, en Marte, un millonario construye una réplica de la Casa Usher imaginada por Edgar Allan Poe e invita a una fiesta a todos los políticos y ciudadanos ilustres que apoyaron las leyes censoras. Uno tras otro, los va asesinando en cuidadosas reconstrucciones de los asesinatos descritos por Poe en sus cuentos. Ya en esta historia se anticipan varios de los elementos que conformarán unos años después Fahrenheit 451, como el departamento de bomberos encargado de quemar las bibliotecas.

El Marte de Bradbury es, como el de Burroughs y Brackett, un lugar ancestral, silencioso, seco… pero habitable por los humanos sin necesidad de equipos especiales. Cuando los terrícolas aterrizan sobre un “mar seco” marciano en la historia “Aunque Siga Brillando la Luna”, lo primero que hacen –ignorantes al parecer de que la atmósfera de Marte no permite la combustión‒ es una actividad propia más de un relato del Oeste que de una épica espacial: “ (…) hacía tanto frío que Spender empezó a juntar la seca leña marciana y preparó una pequeña hoguera”.

Aunque el planeta que Bradbury describe ya era inverosímil cuando se publicó originalmente la antología, ello nunca ha importado demasiado. Para disfrutar de la lectura de este libro, el lector debe aproximarse a él entendiendo que, aunque nominalmente se trata de una obra de ciencia ficción, la intención de su autor nunca fue la de describir un posible futuro. Así, no se explica cómo es que los humanos puedan respirar sin dificultades el “aire” marciano, pero sí se describe su comportamiento en el nuevo entorno; no se dice cómo es posible que cualquier persona sin adiestramiento aparente pueda pilotar un cohete y llegar a Marte, pero sí se exploran las razones por las que alguien abandonaría la Tierra en busca de un nuevo mundo; no se dan detalles sobre la maravillosa tecnología marciana, pero sí sobre su espíritu y las cosas que valoraban como especie.

Esa falta de rigor fue el motivo por el que el principal editor de ciencia ficción de la época, John W.Campbell, no dio cabida a las historias de Bradbury en su revista Astounding Science Fiction, viendo éstas la luz en publicaciones menos ortodoxas como Planet Stories, Thrilling Wonder Stories, The Arkham Sampler o Weird Tales.

Y es que los cuentos que conforman Crónicas Marcianas, tan líricos como profundos, más mágicos que científicos, tienen en realidad como objetivo servir de metáfora de la naturaleza y comportamiento humanos y la relación entre los colonos y los nativos marcianos con capacidades metamórficas. En muchos aspectos, todos estos cuentos tienen una aspiración más poética y humanista que estrictamente narrativa: son evocadores ejercicios literarios más preocupados por la carga emocional que por la realidad física del auténtico Marte. No hay descripciones de tecnologías o estructuras sociales y todo el esfuerzo se concentra en construir una atmósfera cuasionírica de un planeta desierto pero aún acosado por las enigmáticas presencias de los marcianos que una vez lo habitaron.

Éstos juegan un papel central en relatos como “Encuentro nocturno”, un cuento fantástico en el que, en un cruce de carreteras que resulta ser también una encrucijada temporal, un humano y un marciano de tiempos distantes se encuentran durante un breve instante. El humano señala a su ciudad, pero el marciano no la distingue, sino que en cambio ve la población que ocupó el mismo lugar milenios atrás. El que ninguno de los dos pueda percibir la realidad del otro es una metáfora tan bella como efectiva de lo difícil que resulta ver lo que para otro resulta evidente, ya sea ese “otro” alguien de otra época o de otra cultura.

En “Los Globos de Fuego”, un grupo de misioneros episcopalianos dirigidos por el Padre Peregrine, llegan a Marte preguntándose si allí encontrarán nuevos pecados jamás antes conocidos en la Tierra. Lo que hallan, en cambio, es a los marcianos, a través de los cuales conocerán un nuevo estado de gracia. En el intercambio dialéctico entre dos de ellos Bradbury introduce una de las claves del libro cuando uno de ellos pregunta “¿Puedes reconocer lo humano en lo inhumano?” y el otro responde “Preferiría reconocer lo inhumano en lo humano”. Ese parece ser el propósito del autor en Crónicas Marcianas: explorar las dos facetas que conviven simultáneamente en el corazón de nuestra especie, nuestros logros y fracasos, nuestras glorias y tragedias, virtudes y defectos; si bien es cierto que éstos últimos reciben más atención.

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Los marcianos no se describen como particularmente parecidos a los humanos: si bien son humanoides, tienen piel del color del bronce, ojos amarillos, poderes telepáticos y metamórficos y suelen ocultar su rostro tras una máscara metálica. Pero su principal diferencia con nosotros reside en lo que han llegado a ser: su especie es todo aquello a lo que la nuestra, según Bradbury, debería aspirar: “Renunciaron a empeñarse en destruirlo todo, humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en verdad la ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro”.

Son un pueblo pacífico, reflexivo, con gustos sencillos y que vive en armonía con su entorno. La Humanidad, en cambio, es presentada como el opuesto a esa actitud vital. Los colonos son arrogantes, maleducados, egocéntricos e irrespetuosos con la cultura nativa. No contentos con haberla exterminado, utilizan las antiguas construcciones indígenas para practicar puntería y utilizan los canales como vertederos. Los pocos humanos que se oponen a semejante comportamiento son ignorados por la mayoría, asesinados o exiliados, como el capitán Wilder, enviado en misión a Júpiter durante dos décadas por sus críticas a la política colonial.

Sin embargo, en el fondo, humanos y marcianos comparten más rasgos de lo que ninguno de ellos está dispuesto a admitir, y es esa similitud íntima lo que constituye uno de los temas cruciales de la obra. De hecho, comoquiera que los marcianos de Bradbury son simultáneamente tan humanos y tan alienígenas, resulta difícil categorizarlos aunque uno se siente tentado a definirlos más como entidades bondadosas que como seres malignos, tal y como se sugiere en el relato “El Marciano”, en el que un individuo de esa especie, sensible a las emociones y recuerdos de los humanos que le rodean, se ve obligado a satisfacerlos asumiendo la identidad de quienquiera que fuese su ser más querido.

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En los mejores trabajos de Bradbury, y este es uno de ellos, siempre hay una mezcla de consuelo nostálgico y pesadillas nocturnas. Las certezas se evaporan y el sentimiento de alienación, de aislamiento, aparece tanto en su forma física como psíquica. Es ese tono elegiaco y pesimista, de estatismo traumatizado a menudo relacionado con la conformidad social asociada a la década de los cincuenta, lo que ha llevado a algunos críticos a considerar tanto Crónicas Marcianas como La Hora Final (1957) de Nevil Shute, como claras expresiones de la ansiedad nuclear que la sociedad americana experimentaba en aquellos años.

Porque otro de los grandes temas del libro es la tendencia autodestructiva del hombre, ejemplificada en su vertiente nuclear en las últimas historias, como “Vendrán Lluvias Suaves”, una de las mejores de toda la obra. En ella se describen las rutinas domésticas de una casa automatizada en Allendale, California. Ya nadie vive en esa casa. Los electrodomésticos preparan solos el desayuno y luego lo arrojan a la basura, los robots aspiran el polvo, preparan la velada… “La casa”, escribe Bradbury, “se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radioactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda". Lo único que ha quedado de sus antiguos moradores son sus siluetas perfiladas contra el muro exterior, “las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico”. Incluso eso desaparece cuando la casa resulta destruida por un fuego accidental.

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Como el otro gran libro de Bradbury, Fahrenheit 451, Crónicas Marcianas es una obra que deja al lector invadido por el pesimismo. Pero, a diferencia de aquél, éste no deja a su conclusión una puerta abierta a la esperanza. Muchos de los personajes se antojan ligeros, amables, incluso absurdos, como el vendedor de maletas que trata de hacer negocio con los colonos deseosos de regresar a la Tierra para luchar en la guerra mundial, o el jardinero que sueña con cubrir de árboles el planeta. Pero entonces el horror y la decepción con nuestra propia especie se filtra por las esquinas. Como dice uno de los personajes: “Nosotros los terrestres tenemos un talento para estropear las cosas grandes y bonitas”. Y, efectivamente, los hombres se las arreglan, voluntariamente o no, para destruir la antigua civilización marciana, sus propias colonias e incluso la Tierra.

Ni siquiera el final redime el resto del libro, puede que todo lo contrario. En la última historia,“El Picnic de Un Millón de Años”, la guerra nuclear total ha destruido la vida sobre la Tierra. Tan sólo una familia de refugiados ha conseguido escapar a bordo del último cohete operativo. Cuando llegan a Marte para comenzar una nueva vida, el padre les explica a sus hijos la situación: “La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido”.

A continuación, promete a sus hijos mostrarles a los auténticos marcianos. Los lleva hasta la orilla del canal y señala sus propias imágenes reflejadas en el agua. Es un amargo recordatorio de que la Tierra, la civilización humana y todos sus logros, ya no existen. Ellos son lo único que quedan y ahora son marcianos.

Escritas con una prosa bien equilibrada, emotiva pero no sensiblera, poética pero no pretenciosa, las historias de Crónicas Marcianas trasladan temporal y espacialmente el recuerdo idealizado de la propia infancia de Bradbury, la icónica pequeña ciudad americana, con sus casas de madera, papel pintado y porches con mecedoras. Los repetidos intentos de colonización humana que narran los primeros cuentos son ejercicios fútiles de recuperación de una inocencia perdida. Fútiles porque el Edén que todos sueñan con construir, como la América ideal del pasado, nunca existió en realidad; pero también porque acaban convirtiéndose en una recreación del violento choque entre civilizaciones que la propia Norteamérica vivió cuando los colonos europeos se encontraron con las poblaciones nativas. Como uno de los pioneros humanos en Marte acaba comprendiendo, la inocencia no puede recobrarse por medio de la violencia, aunque ésta sea bienintencionada: “No importa cómo toquemos Marte, nunca la tocaremos”.

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En los relatos que componen Crónicas Marcianas, Bradbury decidió seguir sus propios instintos y renunciar a lo que se esperaba de una obra de ciencia ficción al uso. Anteponer el estilo al rigor científico y desligarse de la ortodoxia del género a la hora de desarrollar sus lugares comunes fue una apuesta arriesgada entonces y al principio no suscitó sino el desinterés de muchos editores y aficionados.

Pero resultó que su original aproximación encontró amplio eco fuera del ámbito de la ciencia ficción. Cuando en 1950 esos cuentos se ordenaron y recopilaron en formato de libro, el mundo de la intelectualidad, que nunca había estado demasiado interesada en el género más allá de determinados autores europeos, se volcó en alabanzas hacia Crónicas Marcianas, impulsando a Bradbury un paso más allá del gueto literario que siempre ha sido la CF y, para muchos, señalando la mayoría de edad de ésta. Él ya hacía años que se ganaba la vida exclusivamente gracias a su pluma, pero ahora su firma pasó a ser reclamada por las revistas más prestigiosas y hasta Hollywood solicitó sus servicios. El autor, entonces en la treintena, consolidó la fama que había comenzando a reunir como uno de los mejores especialistas en cuentos de su país tras recibir en 1945 el premio al mejor relato corto norteamericano.

Al fin y a la postre, el estatus de clásico indiscutido de este libro no se debe a su desarticulado argumento ni tampoco a la fuerza de los personajes (puesto que no hay ninguno fijo e incluso algunas historias carecen de ellos). No, su capacidad de pervivencia y fascinación se la debe a su éxito a la hora de encapsular con una gran elegancia lírica el espíritu de toda una época: la ansiedad nuclear, la frustración de un fallido programa espacial y la nostalgia por una inocencia que nunca existió.

Copyright © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar).

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