Invisibles

Invisibles Imagen superior: Dave Hall, CC

Recorres la ciudad y los encuentras. Los ves a cada paso. Incluso sin mirarlos los presientes. No puedes evitarlo aunque quisieras. Están ahí, a tu lado, los notas muy de cerca.

Da igual que sea en las amplias avenidas, las márgenes del río, las calles recoletas, las plazas silenciosas, los espacios abiertos o cerrados, las tardes, las mañanas, el tierno amanecer o la noche encendida. Los ves a cada paso y aún te extrañas, porque recuerdan algo que no quieres oír. Un sonido terrible y con aristas. Una certeza. Existen.

Esa sola existencia es una forma de llamar tu atención, de preguntar qué hacen, por qué a ellos, qué clase de acertijo o de destino los convirtió en fantasmas, en seres descarnados, en gente sin familia, en historias sin verbos, en figuras sin nombres.

A veces, las mujeres marchan solas. No tienen miedo. Lo peor, va con ellas, el vacío de las manos vacías y las horas sin sueños. Llevan a rastras un carrito metálico de algún supermercado y lo llenan de cosas inservibles, de restos de otras vidas que nunca vivirán, que no son suyas. Caminan con la mirada abierta pero no ven la luz. Tienen los ojos secos, ya no hay lágrimas, imposible llorar y nublarse la vista en este andén de una estación que no tiene destino.

Cruzan hacia delante, siempre al frente, con el gesto apagado, sin nada de sonrisa, sin nada de esperanza, sin nada simplemente. Algunas llevan niños. Los niños se acomodan en el desvencijado hueco de un coche que otros niños usaron, antes azul, ahora pardo, de un color desvaído y sin dulzura. Se duermen con los ojos entornados, alertas, nunca cierran los ojos, puro instinto. Se acurrucan en la esquina de la calle, con frío, sabiendo quizá que son mortal y rosa.

Son niños sin escuela, niños sin bocadillos, sin cuadernos ni lápices, niños sin móviles, niños que no conocen lo que es la PlayStation. Y los hombres… Caminan prestos a escudriñarlo todo, quieren ver lo que sirve y lo que está obsoleto. Quieren ver la ganancia en cualquier sitio, el euro, el céntimo, lo que se convierta, con un poco de suerte, en pan seguro.

Se avergüenzan. Los hombres se avergüenzan y agachan la cabeza cuando están en la cola del comedor social, cuando piden al cura de la parroquia una ropa de abrigo o cuando, amanecido, despejan el albergue y salen a la calle, de nuevo, hacia una luz oscura que no tiene reflejos de plata junto al río.

Sabes que esto es así. Aunque no quieras verlos. Son el contraste con la luz del día, con la dulce mirada de los escaparates, con el aire festivo de las luces, con las colas ante la administración de lotería, con el gran almacén que abre en festivo, con el aperitivo, con las tascas, con los platos cuadrados de los gastrobares, con el tiempo de compras, los regalos, las huchas que se rompen, las cajas de sorpresas.

Es un paisaje que parece imposible, que no cuadra en ese laberinto de gozos de diciembre, en la sólida estampa de apresurado enero o en la ígnea belleza del abril más potente. La lúcida expresión de una ciudad inmersa en su bullicio propio no contempla el desvío de tantos corazones hacia una realidad que no conviene.

No queremos sufrir con esos rostros, con los trajes raídos, los pañuelos al cuello, las cabeza cubiertas por la lana que ensucia nuestra vista. No queremos mirar las sensaciones que nunca serán buenas, que nunca serán cálidas, que nunca serán vida tal como la entendemos en la dulce quietud de nuestras casas.  Así que ellos transitan ajenos al devenir de todos.

Escriben una historia que no tiene cronista. Son seres espectrales, ocasos transparentes, razones que devuelven la esperanza a una cuneta fría de feroces augurios. En el telón de fondo de Sevilla no forman parte de ningún espectáculo, no son personas gratas, no tienen un papel ni siquiera de extras.

Los hombres y mujeres de los carros metálicos no han firmado un contrato para Juego de Tronos. Enorme cementerio de unas calles desiertas que los acogen sin darles nada a cambio. Solo las monjas de hábitos oscuros, de manos blancas, de ojos complacientes, de sonrisa extremada, de mirada sincera, de voz amable, de intocable actitud, de trabajo incesante, se convierten en hadas que los ven como son, sin nada que entregar, todo por recibir. Ningún sueño. La vida. Únicamente.

Recorres la ciudad y los encuentras. Miras hacia otro lado. Te avergüenzas. Te engañas. Te preguntas por qué. Te reconoces. Te asustas. Esas manos pudieron ser las mías, esos ojos mis ojos, ese aliento el aire que respiro. El sueño inalcanzable fue mi sueño. Y yo puedo cruzar hacia esa orilla sin que nadie me pregunte qué he sido, por qué, cuándo, de dónde vengo.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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