Simulación

Gente muy letrada hay que se considera afrentada si se le pregunta qué libro elegiría, en caso de quedar varada en una isla tropical y solitaria, para pasar sus días y noches leyéndolo, mientras escucha el rumor del mar e imagina el ronroneo de las máquinas del buque que viene al rescate. Es una afrenta no porque no suela viajar en barco o porque no acostumbre llevar consigo su libro favorito, sino porque es imposible tener siquiera un autor favorito. ¿Cervantes o Shakespeare?, por ejemplo. Confieso que yo respondería al instante y sin ofenderme: me llevaría sin dudar los cuentos completos de Chéjov, pues no hay nada humano que le sea ajeno, lema del cartaginés Terencio.

Esto lo traigo al punto porque me ha llamado la atención la cantidad de veces que nuestra querida revista se ha dedicado a atacar a la homeopatía. Y como esta columnita se llama como se llama, pues les entrego en charola de plata el argumento más vitriólico y devastador contra dicha terapéutica: la pluma de mi autor favorito.

Doña María Petrovna, terrateniente próspera, recibe en su despacho a los enfermos de su entorno, mayoritariamente campesinos, o terratenientes como ella. Aunque no es médica de profesión, ha abjurado de la maligna alopatía. A falta del retrato de Hannemann, tiene el del padre Aristarj, quien le ha hecho encontrar la verdad... en la homeopatía. He aquí que entra al despacho Kuzma Kuzmich Zamujrischkin (no duden, está bien escrito), vecino viejo y empobrecido, quien se hinca ante la homeópata para agradecerle una milagrosa curación: “Por todas partes, por todos mis órganos, tenía reumatismo. Pasé ocho años sufriendo, sin encontrar alivio... Fui a consultar a médicos y profesores... probé a curarme con baños de barro, bebí aguas minerales... ¡En fin, qué no habré intentado!” y continúa criticando a la profesión médica, pues la ejercen codiciosos y criminales: él gastó todo su dinero y los médicos no le hicieron más que daño.

La homeópata le había recetado unos chochitos hacía unos días, y tras dudar que unas “arenitas” fueran capaces de curar su vieja dolencia, al tomarlos se sintió como si nunca hubiera estado enfermo. Emocionada al oír esto, la homeópata terrateniente se siente muy satisfecha, hasta enternecida. Es entonces cuando el recipiente del milagro se lamenta de su pobreza: ¿de qué sirve la salud si no hay semilla para sembrar, si no se tiene una vaca, si la hija no puede asistir al colegio? Conmovida, María Petrovna le concede todo lo que le hace falta, y el recuperado se marcha tras derramar unos lagrimones de agradecimiento que se limpia con el pañuelo.

Al salir Zamujrischkin del despacho, la bienhechora ve en el suelo los chochos envueltos tal y como ella se los había entregado, caídos al sacar el pañuelo. Y entonces hace memoria de las curaciones milagrosas siempre acompañadas de la crítica a la alopatía y de un problema de necesidad que ella, con el alma reblandecida, ha subsanado.

Este brevísimo cuento, “El arte de la simulación”, en un primer plano parece alabar a la homeopatía; sin embargo, el autor, cuya profesión original era la medicina (alópata, naturalmente), por efecto reflejo nos invita a unirla con todas las otras terapéuticas que empeoran al enfermo y lo dejan sin dinero. Lo que convierte a esta anécdota antihomeopática en una obra de arte es su reflexión sobre la hipocresía humana, trazada con unas cuantas pinceladas.

Volviendo al merecido repudio que la ciencia siente por la homeopatía, puesto que sus principios contradicen todo lo que sabemos de química, como nos advierten los que saben, quizá su prevalencia como terapéutica no se deba a que es más barata o a su efecto placebo, sino a que, para tratar por ejemplo una helmintiasis, el azúcar donde se puso la inexistente dilución de asafétida (Ferula assafoetida) es más sabrosa que la amarga bisbirinda (Castela texanu), también conocida como chaparro amargoso (sin ofender a nadie), de la medicina tradicional mexicana, y no se diga más pasadera que el polvo ferruginoso usado en el siglo XIX o el sabor metálico del moderno Metronidazol.

El médico Antón Chéjov dejó dicho que “a la gente le encanta hablar de sus enfermedades, a pesar de que son las cosas menos interesantes de sus vidas” y también que “cuando se sugieren muchos remedios para un solo mal, quiere decir que no se puede curar”. Pero no es recordado por su profesión sino por su verdadera vocación y su genio: es uno de los cuentistas gigantes de todos los tiempos.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez Mora

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la comunicación de la ciencia, en especial la escrita.

Ha publicado cuento, ensayo, novela, teatro, así como artículos y libros de comunicación científica. Entre sus obras, destacan Relatos de ciencia, Claudia, un encuentro con la energía, La divulgación de la ciencia como literatura, La ciencia y el sexo y la novela La otra cara, finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1996. Ha participado en la formación de divulgadores e impulsado la profesionalización de la labor. Ha impartido numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. Recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar” 2003.

Imagen y texto biográfico © Universidad Nacional Autónoma de México.

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