¿Robot yo?

¿Robot yo? Imagen superior: "Ex Machina" (2014), de Alex Garland.

Aficionados a la ciencia ficción hay muchos, aunque algunos no sepan que lo que suponen ciencia ficción es mero cuento de hadas o libro vaquero (dicho con todo respeto) aderezado con naves superlumínicas o desviaciones de la evolución biológica. Por cierto, suponer que por llevar el epíteto “ciencia” el género en cuestión divulga ciencia es algo muy generalizado aunque erróneo. Es tan solo un género literario aunque, por supuesto, como cualquier obra literaria, se puede leer de muchas maneras. Y en toda esta fértil ficción hay un personaje indispensable: el robot.

La palabra fue acuñada por Josef Capek y utilizada por su hermano Karel en 1920 en la precursora obra teatral R. U. R. (Robots Universales Rossum), nombre de una fábrica de humanos artificiales destinados a esclavos pero con capacidad de pensar, lo que dará como resultado (¡quién lo hubiera anticipado!) un grave conflicto.

Quizá la obra más conocida sobre el tema sea Yo, robot, de Isaac Asimov, publicada en 1950. Yo, robot es un conjunto de relatos poblados por robots inteligentes en cuya programación ya asoma un dejo de ética, evidenciada en las tres leyes robóticas. La interacción de robots y humanos lleva una vez más a la cuestión de qué es la inteligencia y qué nos hace humanos y no robots inteligentes con toques éticos (a veces). Los conflictos inescapables dan lugar a una nueva especialidad, la robopsicología. Esta interacción, que responde mejor al nombre de tecnología ficción, tiene un exponente interesante en José Biesca, autor de La verdad absoluta.

Y cuál es la gracia de un personaje que tiene todas las características humanas pero no es humano. ¿No es una especie de muñeco inflable que habla y se mueve? Parece que nos intriga mucho a los humanos saber en qué reside nuestra humanidad, qué nos hace diferentes de otros animales y de futuras posibilidades androides. Por eso el problema de la inteligencia artificial, que no es otra cosa el robot, es uno de los temas de actualidad en la ciencia.

La reciente lectura de The Symbolic Species (La especie simbólica) de Terrence Deacon me ha hecho reflexionar nuevamente sobre el tema, pues trata de identificar desde muchos puntos de vista aquello que define a la especie humana; su hipótesis es que el cerebro humano (cerebro de tamaño relativo notable), gracias a una reorganización estructural producto de la evolución, fue paulatinamente reordenando sus circuitos; esto favoreció que la mente fuera capaz de manejar un sistema simbólico, plasmado en la naturaleza simbólica del lenguaje humano. La característica distintiva de los hombres es entonces, apunta el autor, la existencia de un sistema de lenguaje simbólico y su estrecha relación con un mayor desarrollo del córtex prefrontal, región cerebral situada en los lóbulos frontales que tiene que ver con “comportamientos cognitivamente complejos” (como leer de corrido el anterior trabalenguas).

La incógnita siguiente es la posibilidad de una inteligencia artificial que pueda funcionar igual que una mente: una computadora diseñada para simular la inteligencia humana pero de tal manera que el resultado no parezca simulación: que un humano no se dé cuenta de si interactúa con una mente-máquina o una mente-humana (véase ¿Cómo ves? No. 215). Menciona Deacon el famoso experimento del cuarto chino, mediante el cual se trata de indagar si una inteligencia artificial avanzada puede simular humanidad a tal grado que engañe a un humano. Esto nos lleva, a su vez, a preguntar qué es la mente y qué es la conciencia, y la posibilidad de que la imitación sea tan buena que podamos decir que una máquina tiene mente y conciencia.

Películas sobre robots hay muchas y de todas las calidades, incluidas la cursi El hombre bicentenario (1999) y la hilarante La momia azteca vs el robot humano (1958). Si quieren una película maravillosa, vean la reciente Ex machina, y no por los efectos especiales o por la belleza de la protagonista, sino por el intrigante argumento. Nathan, un creador de robots, coacciona a un joven llamado Caleb para que juzgue si Ava, una de sus creaciones, pasa la prueba fuerte de la inteligencia artificial, es decir, que pueda interactuar con ella como si fuera humana aun sabiendo que es una androide. Después de casi dos horas de suspenso creciente (varios días según la película), nos enteramos de que no sólo interactuó con la bella androide e incluso se enamoró de ella, sino que la mente humana de Ava se ha mostrado en todo su esplendor mediante uno de los recursos que ya habían descrito de distintas formas la literatura universal y la psicología evolucionista: la conciencia de que los demás también tienen mente, y la posibilidad de manipularlos.

Esto último en su fase más avanzada, el engaño y la traición, ¿podrían ser distintivos de nuestra especie? En ese caso, pobres robots humanizados.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez Mora

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la comunicación de la ciencia, en especial la escrita.

Ha publicado cuento, ensayo, novela, teatro, así como artículos y libros de comunicación científica. Entre sus obras, destacan Relatos de ciencia, Claudia, un encuentro con la energía, La divulgación de la ciencia como literatura, La ciencia y el sexo y la novela La otra cara, finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1996. Ha participado en la formación de divulgadores e impulsado la profesionalización de la labor. Ha impartido numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. Recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar” 2003.

Imagen y texto biográfico © Universidad Nacional Autónoma de México.

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