Maní, Gainesville y "Fahrenheit 451"

Maní, Gainesville y "Fahrenheit 451" Página de la "Relación de las Cosas de Yucatán" de Diego de Landa

Maní es un antiguo pueblo situado en el sur del estado de Yucatán, en México. Gainesville es una tranquila ciudad del estado de Florida en los Estados Unidos. ¿Qué tienen en común estos dos lugares? En primer lugar, los dos son sitios que me traen gratos recuerdos personales.

Cerca del centro de Maní hay una cueva que era uno de los sitios de trabajo de campo durante mis investigaciones sobre los murciélagos de Yucatán. En Gainesville fue donde realicé mis estudios de posgrado, donde conocí a algunos de mis mejores amigos y donde nació una de mis hijas. En segundo lugar, Maní fue el escenario de uno de los episodios de quema de libros más lamentable de la historia y Gainesville estuvo a punto de serlo también.

En la entrada de la cueva en Maní hay una gigantesca ceiba que provee de refrescante sombra a la gente que acude a extraer agua del cenote. Según la tradición, fue justo en este sitio donde el 12 de julio de 1562 el obispo Diego de Landa ejecutó el Auto de fe a través de cual quemó todos los códices mayas conocidos en ese entonces, ya que contenían “puras supersticiones y mentiras del Diablo”.

Paradójicamente, es a través de la Relación de las cosas de Yucatán, un libro escrito por el propio de Landa pocos años después del incidente de Maní, que se han podido reconstruir algunos aspectos de la cultura y la ciencia de los antiguos mayas, entre ellos el sistema de escritura.

Cada vez que regresaba al lugar no dejaba de imaginar las maravillas que deben haber contenido los más de 40 códices que en instantes se transformaron en humo y cenizas aquel 12 de julio. Si pensamos que sólo existen tres códices mayas reconocidos (y fragmentos de un cuarto códice cuya autenticidad está aún en disputa), podemos darnos una idea de la magnitud de la pérdida que representó el acto de fe del Obispo de Landa. ¿Qué tipo de textos contenían esos códices? ¿Habrá habido poesía, ciencia, divagaciones filosóficas? Tal vez nunca podamos saberlo.

En 2010, la pacífica ciudad de Gainesville, en Florida, saltó a la vista de la opinión pública cuando el pastor Terry Jones, líder de una pequeña congregación de unas 50 familias, anunció que quemaría públicamente varias copias del Corán en conmemoración del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 y para apoyar su campaña basada en el lema “el Islam es del Diablo”.

Al leer las noticias me horroricé del paralelismo entre las palabras del fanático pastor de Florida y las del Obispo de Landa, entre la barbaridad del acto de fe de Maní y el evento organizado por Jones. Por supuesto, el anunciado acto del pastor Jones no habría borrado del mundo las palabras de Mahoma, como el acto de fe del obispo de Landa hizo con la sabiduría maya contenida en los códices de Maní. Afortunadamente, la presión nacional e internacional logró que Jones cancelara su lunático evento y evitó que Gainesville pasara a la historia como el sitio de un barbárico episodio.

El tema de la quema de libros como vía para suprimir opiniones o creencias discordantes es probablemente tan antiguo como la escritura misma. Parece ser que el caso de censura más antiguo en la cultura occidental es la quema por las autoridades atenienses del libro de Protágoras Sobre los dioses, en el que el sabio de Abdera proponía una visión agnóstica al declararse incapaz de saber si los dioses existían o no. A lo largo de la historia, reyes, líderes religiosos, políticos o simples fanáticos han encabezado célebres quemas de libros. Ha habido destrucción de textos cristianos por los romanos, quema de libros judíos o musulmanes por los cristianos, eventos públicos de quema de biblias en países del Islam, censura de diferentes versiones de la Biblia por grupos fundamentalistas, etc. Hay también ejemplos en la historia antigua de China, de India y de Mesoamérica.

Sello de la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, ca. 1873.

Los horrores de la Inquisición y la destrucción de innumerables textos prohibidos son episodios de la historia que todos desearían olvidar, lo mismo que las quemas de libros organizadas por las juventudes nazis, como la de mayo de 1933 en la Bebelplatz de Berlín, cuando se quemaron cerca de 20,000 libros.

La práctica también ha sido empleada por gobiernos de muy diferentes vertientes políticas, por ejemplo en la Unión Soviética, en la China comunista, en los tiempos del macarthismo en los Estados Unidos y, curiosamente relacionado también con el 11 de septiembre, durante el régimen de Augusto Pinochet en Chile.

En los Estados Unidos ha habido quemas de todo tipo de medios considerados lascivos, “anti-americanos” o contrarios a las buenas costumbres, desde textos extranjeros, arte erótico, libros de Harry Potter o colecciones de comics.

En el siglo XXI la censura es una práctica más difícil debido a la proliferación de internet, pero eso no ha impedido el bloqueo de ciertas páginas y servicios en países como China y Corea del Norte. En Turquía un excéntrico millonario creacionista ha logrado bloquear las páginas oficiales de Richard Dawkins, el conocido biólogo evolucionista y apologista del ateísmo.

Para finalizar esta entrega sobre la quema de libros, reproduzco a continuación un miniensayo que escribí bajo condiciones de emergencia para cumplir con una tarea escolar en segundo de Preparatoria. La emergencia consistió en haber pasado la tarde anterior a la fecha de entrega del trabajo en partidos de futbol y en el cine. Al regresar en la noche a la casa recordé que había que entregar un reporte de lectura de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Dadas las circunstancias, decidí escribir una especie de ensayo en lugar del típico resumen del libro. Reproduzco ese trabajo tal como fue escrito hace 34 años.

Carta al Capitán Beatty (acerca del libro Fahrenheit 451 de Ray Bradbury). 1976

Capitán Beatty:

¿Por qué se queman los libros? Seguramente la mayoría de los bomberos no sabe realmente lo que hace cuando derrama litros y litros de petróleo sobre los libros. Usted argumenta que en los libros se encuentran contenidos sentimientos del autor que producen solo infelicidad en los pocos que se atreven a leerlos; tiene usted razón, Capitán, en cada libro se encuentra latente la forma de pensar de aquel que invirtió gran parte de su tiempo en la realización de una obra que ustedes piensan pueden destruir en unos minutos.

No dudo que en su cuerpo existan varios bomberos que realicen su trabajo por el solo placer de ver la destrucción, el fin violento; es otra manera de mantener “felices” a la personas, ¿no es así, Capitán? Sí, hoy en día todos somos felices, al menos todos piensan que lo son. Sin sentimientos no hay dolor, sin dolor hay felicidad, los que quieren sufrir son exterminados en forma divertida para los demás. El dolor es cosa del pasado, ¿o no?

Por medio de esta carta expreso que mi respuesta es NO. ¿Cree usted que quemando un libro puede acabar con los sentimientos que contiene?, seguramente sí. Pero, ¿Qué es un libro? Solamente un pedazo de papel y tinta; lo verdaderamente valioso no es el libro en sí, sino su contenido, lo que el autor trata de expresar en esa forma, y eso, Capitán, no puede ser destruido. Ustedes los bomberos no podrán jamás acabar con él, pues estará presente para siempre, si no en forma material, en el corazón y en la mente de millones de personas. Los libros son tan solo un instrumento del que se vale el autor para legarnos sus sentimientos; las personas llegan y se van, pero sus obras se quedan y perduran. Todo hombre deja algo, por pequeño que sea, de su propio ser.

No, capitán Beatty, convirtiendo los libros en ceniza y humo no lograrán hacer lo mismo con lo verdaderamente valioso de ellos. Cuando usted sopla a un diente de león, si es que alguna vez lo ha hecho, piensa que lo está destruyendo, pero en realidad está usted esparciendo miles de semillas por todas partes, semillas que tarde o temprano germinarán y originarán nuevas flores. De igual forma, ese algo esencial de los libros renacerá de sus cenizas, como el ave Fénix.

Usted, Capitán, dice que los libros destruyen la felicidad que todas las personas tienen, pero no se da cuenta que esa felicidad es tan solo aparente. Se piensa que al no haber sufrimiento todo el mundo es feliz; sin embargo, el camino a la felicidad, a la auténtica felicidad, está lleno de obstáculos, de sufrimientos sin fin que son los que van preparando a la persona para alcanzar su meta. Uno de los más grandes errores de nuestra sociedad es pensar de una manera simplista que acabando con el dolor se alcanzará la felicidad.

Estoy seguro que vendrán tiempos en los que todo esto se acabe. No espero vivir lo suficiente para disfrutarlo, pero al menos sé que mis nietos, o los nietos de mis nietos se verán libres del yugo de la falsa felicidad.

Firma: “El Joven Ridley”

Copyright © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos.

Publicado originalmente en Mitología Natural. Este artículo está bajo una licencia CC

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Sitio Web: hectorarita.com/

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