Los sesos derretidos

Cuenta la historia que cuando Don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

—Dame, amigo, esa celada, que o yo sé poco de aventuras o lo que allí descubro es alguna que me ha de necesitar y me necesita a tomar mis armas.

Al principio puede parecer difícil la lectura, porque el idioma español ha sufrido transformaciones en el transcurso de su larga vida (mil años, si contamos desde sus orígenes). Aun así, la naturaleza tan prosaica de los hechos descritos nos ayuda a comprender lo que sucede: mientras Sancho compra requesón, Don Quijote lo llama apurado; al escudero se le ocurre echarlo en la celada o casco con tal de no perderlo, pero resulta que el amo le pide la celada, y tiene que dársela. A continuación don Quijote se la pone apresuradamente sin fijarse, y “como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho:

—¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza?

Como verán, la sinrazón del caballero no le impide asustarse ante un síntoma de una posible fuga de líquido cefalorraquídeo (LCR), como sucede en algunos casos de traumatismo craneal, aunque en tal fatalidad la pérdida suele ocurrir por la nariz.

Es absurdamente anacrónico lo que acabo de escribir, pero no deja de ser interesante preguntarse si cabía la posibilidad de que Cervantes conociera la existencia del LCR. Nada más por curiosidad. Pues resulta que el líquido, hoy componente fundamental para la clínica neuromédica, se conoce desde los tiempos del antiguo Egipto (1600 a. C.). Los egipcios eran cirujanos muy observadores y acuciosos y describen en un famoso texto (el papiro Smith) el tratamiento de las heridas penetrantes de cráneo y la consiguiente salida de líquido. Hipócrates, con su febril imaginación, lo llamó muchos siglos después “agua cerebral”. Otros siglos pasaron hasta que Galeno identificó este líquido en los ventrículos cerebrales. Habrían de transcurrir todavía mil años para que el anatomista Valsalva notara que el líquido salía de la médula espinal. Esto ocurrió en el siglo XVII y Cervantes escribió su obra magna a principios de 1600. A quienes les dé trabajo la conversión, se trata del mismo siglo. Pero resulta que el italiano lo describió en 1692, justo al final. Nada que ver.

Don Alonso no supone que al cerebro lo acompaña un líquido, sino que el cerebro puede hacerse líquido, y por eso habla de derretirse. Pero nosotros, junto con Sancho y los pastores, sabemos que el requesón es un queso muy elemental, compuesto de una parte sólida (la proteína) y una parte líquida, que es el suero. Curiosamente el suero lácteo es turbio y amarillento; en cambio, una marca de distinción del LCR sano es su transparencia. Por su parte, el cerebro propiamente es de color beige rosado tirando a blanquecino y su consistencia ha sido comparada con el tofu, que es un “queso” de soya (por lo que se ve, la asociación queso-cerebro es ineludible). Los cascos son equivalentes al “coco”: la cáscara dura del fruto más la pulpa para significar el cráneo y su contenido, como cuando decimos “se rompió el coco estudiando”, es decir, “se rompió los cascos estudiando”.

Quitemos esas imágenes tofucerebral y cerebrofrutal de la imaginación y volvamos a la jocosa escena. Don Quijote se limpia y ve el requesón en la celada, por lo que, al comprender lo sucedido, le arroja a Sancho una serie de insultos. Entonces el astuto escudero “finge demencia”, como diríamos ahora:

—Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré. Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? El amo se aplaca, el escudero se desayuna, y juntos prosiguen sus aventuras.

No los atosigo más, verbo que se deriva de la palabra tósigo, veneno, sobre lo cual charlaremos en la próxima entrega.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez Mora

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la comunicación de la ciencia, en especial la escrita.

Ha publicado cuento, ensayo, novela, teatro, así como artículos y libros de comunicación científica. Entre sus obras, destacan Relatos de ciencia, Claudia, un encuentro con la energía, La divulgación de la ciencia como literatura, La ciencia y el sexo y la novela La otra cara, finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1996. Ha participado en la formación de divulgadores e impulsado la profesionalización de la labor. Ha impartido numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. Recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar” 2003.

Imagen y texto biográfico © Universidad Nacional Autónoma de México.

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