La evolución del lenguaje humano

La evolución del lenguaje humano Imagen superior: "Walking with Cavemen" © 2003 BBC. Reservados todos los derechos.

A la par del desarrollo de la teoría evolutiva se han sugerido distintas hipótesis acerca de la evolución del lenguaje humano; incluso éstas preceden a la teoría evolutiva al punto que, en 1866, se eliminó de la discusión académica al interior de la Société de Linguistique de Paris debido, según se argumentó, al alto grado hipotético y la poca aportación teórica que existía al respecto. No obstante, en biología evolutiva nunca ha dejado de ser un tema relevante y se ha planteado que la aparición de Homo sapiens está ligada a la del lenguaje.

La primera filogenia propuesta que da importancia al lenguaje se debe a Ernst Haeckel, quien planteó que debió existir un “hombre mono” carente de lenguaje como un paso previo en la evolución gradual de nuestra especie a partir de ancestros similares a los actuales chimpancés. Al que llamó Pithecanthropus alalus habría sido nuestro último ancestro común, seguramente con los neandertales.

Cuando se aborda el origen y la evolución del lenguaje se parte de que éste es un sistema de signos cuya función es comunicativa. La caracterización del lenguaje en esos términos permite realizar experimentos computacionales, ecuaciones matemáticas y sugerencias sobre el proceso que llevó de signos zoosemióticos a una semiosis humana, es decir, la producción de signos que efectúan los animales y les sirven como medio comunicativo y la producción de signos en nuestra especie con dicha función.

El lenguaje humano posee una serie de propiedades: la productividad, el desplazamiento, la arbitrariedad y la doble articulación. La productividad del lenguaje se refiere a la capacidad de agregar más información a cualquier mensaje que se produzca, por lo cual un mensaje se puede hacer cada vez más complejo y su único límite es la capacidad humana de producirlo y comprenderlo. El desplazamiento es la opción que el lenguaje proporciona para comunicar acerca de lo que no está presente o no requiere estarlo para ser objeto de la comunicación; por ello es posible la comunicación de conceptos abstractos, la poesía, la literatura y la ciencia.

La arbitrariedad es una característica del lenguaje, ya que la producción de signos y los significados que transmiten son producto de una convención social, esto es, no hay una correspondencia entre los sonidos que nombran una cosa o fenómeno y ésta y el fenómeno. Así que la materialidad del signo “árbol” no tiene sino una relación arbitraria con el organismo, por ello podemos nombrarlo cuanhuitl (en náhuatl), agac (en turco) o arbre (en catalán). No obstante, sí hay una relación, necesaria, entre el significante (el sonido) y el significado (el concepto), pues ambos constituyen el signo, y es esto el carácter necesario de esta relación, es decir, la manera como juntos forman el signo comunicativo. En la analogía de Saussure, el significante y el significado son las dos caras de una misma moneda que es el signo.

Así, la primera articulación en este proceso corresponde al establecimiento de secuencias de sonidos, vocales y consonantes, en palabras que posean significado; la segunda hace, de series de palabras, frases. Tales son las características del lenguaje en nuestra especie y que, como se ve, éste no se reduce a los sistemas de comunicación animal.

El lenguaje está constituido por un número preciso de sistemas que suelen ordenarse jerárquicamente, de lo aparentemente más simple a lo más complejo. Como hemos mencionado, el signo está constituido de significado y significante, jerarquía que siempre es dual, y como el significado conforma el ámbito semántico, en cada nivel existe un uso del campo semántico como la otra cara de la moneda. En ésta se presentan, sucesivamente, el sistema fonológico (cómo los sonidos funcionan en un nivel abstracto o mental), el sistema morfológico (nivel de la palabra, cómo se estructura y se genera), el sistema sintáctico (sistema de reglas combinatorias para la formación de sintagmas y oraciones, que constituye la parte de la gramática encargada de establecer las leyes y los principios en el uso de la lengua) y el sistema pragmático (el modo en el cual el contexto influye en la interpretación del significado). Así el lenguaje, en tanto que facultad humana, posee una serie de características que en niveles relacionados ordenadamente estructuran el sistema de comunicación. La manifestación del lenguaje en los individuos se conoce como el habla y cada individuo habla una lengua propia de su grupo cultural.

Noam Chomsky ha propuesto que los seres humanos poseemos un módulo para la adquisición del lenguaje que es innato (Language Acquisition Device), con lo cual ha dejado zanjada la discusión entre el carácter cultural o biológico del lenguaje en lo que a su adquisición se refiere y permite que se estudie como un rasgo que posee una base hereditaria. Lo que constituye dicho módulo es una serie de principios que permiten construir sintagmas que son parametrizados de acuerdo con el desarrollo cultural de los infantes; así que la facultad hereditaria está limitada a la capacidad de construcción de palabras y enunciados con una función comunicativa. Las características propias de cada lengua son aquellas que se estructuran mediante los parámetros que modifican los principios del sistema comunicativo. Es de suponer que parte del módulo incluye la capacidad de los infantes para distinguir los sonidos propios de la lengua y su función comunicativa.

El ser humano posee así, desde su origen, un lenguaje y se supone que algún ancestro anterior careció de éste, pero la pregunta permanece en pie. Fue Phillip V. Tobias quien, desde 1973, propuso que el primer homínido que pudo hablar fue Homo habilis (que vivió hace 2.5 millones de años) y mediante el estudio de moldes endocraneales pudo distinguir el desarrollo de las área de Broca y de Wernicke encargadas de la comprensión y la producción del lenguaje.

Tobias acepta que el lenguaje de H. habilis pudo ser más sencillo en cuanto a fonemas, reglas, aspectos sintácticos y gramaticales, que fue un rasgo obligado derivado de otro anterior, esto es, una apomorfía. Sugirió entonces que en Australopithecus podría encontrarse el estado ancestral e hizo que algunos propusieran que en ellos existiría un lenguaje gestual y de señas, salvo en los australopitécidos ancestrales. Tobias asoció así a los descendientes del género, A. rubustus y A. boisei, con el carácter facultativo del lenguaje, en lo que varios autores lo apoyaron, entre ellos Falk, Eccles, Creutzfelt, Laitman, Andrews y Stringer, Deacon, y Wilkins y Wakefield.

Las áreas de Wernicke y Broca son importantes pues a partir de ellas se puede percibir, interpretar y producir el lenguaje, esto es, que el lenguaje se produce en el cerebro pero, agregaría, su única realidad se hace patente al funcionar en la comunicación. Se sabe que algunas personas son sordas a los sonidos de la lengua aunque sus oídos pueden encontrase en óptimas condiciones, lo cual se debe a que los sonidos lingüísticos se perciben en el giro de Heschl, en la corteza cerebral de los hemisferios derecho e izquierdo; la información recibida se transmite al área de Wernicke y al lóbulo parietal inferior, ambos en el hemisferio izquierdo, a fin de que se reconozca la segmentación fonética de lo escuchado.

Ambas zonas, junto con la corteza prefrontal, interpretan los sonidos y el significado de la información recibida se establece en contraste con la información contenida en el lóbulo temporal.

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La interpretación completa de los sonidos significa que se pueda generar una respuesta, y en dicho proceso interviene la región de Broca que se encarga de accionar los músculos fonadores para la producción de ésta, es la forma en la cual se produce el lenguaje en el cerebro. Por lo tanto, las observaciones de Tobias en cuanto al desarrollo de las zonas encargadas de la producción del lenguaje en el cerebro confirman la hipótesis de que H. habilis podía hablar.

En la evolución del lenguaje participan tres elementos que se proponen como un sistema cuya interacción es adaptativa: el aprendizaje individual, la transmisión cultural y la evolución biológica. El proceso evolutivo del lenguaje corresponde a su interacción, al patrón de relaciones que los une y determina, y al resultado con un valor para la supervivencia e incluye, por lo tanto, la asignación de las características de cada una de las partes y la forma cómo interactúan.

Comenzaremos con el aspecto de la transmisión, pues en la cultura es donde se incluye el lenguaje, por lo que ésta es una premisa necesaria, una característica que se observa siempre en ella. Si la transmisión cultural del lenguaje provee de una ventaja adaptativa, entonces se convierte en un elemento causal de la evolución biológica de nuestra especie; y si al mismo tiempo, en el proceso evolutivo, por ejemplo, con el incremento en el tamaño cerebral éste determina la evolución de mecanismos de aprendizaje, entonces los individuos podrán aprender un lenguaje que hipotéticamente se está desarrollando (ontogenética y evolutivamente) en el módulo de adquisición del lenguaje, lo cual hace posible el desarrollo cultural de nuestra especie en cuanto al origen y evolución del lenguaje se refiere.

Este sistema de interacción debió ocurrir en H. Habilis según la propuesta de Tobias pero, ¿cuáles fueron las características de los australopitécidos que hicieron posible el origen del lenguaje? Para hablar de ello debemos volver a la noción según la cual el lenguaje es un sistema de signos con valor comunicativo. Aquí tenemos que decir que un signo es algo, una cosa, que es puesta en lugar de otra a la cual hace referencia, de lo cual se sugiere que el origen del lenguaje procedería por la capacidad de relacionar signos con cosas o fenómenos del mundo, signos del tipo de los símbolos que hacen referencia a esas cosas de manera totalmente arbitraria. Un sistema de signos simbólicos que tuviera una función comunicativa nos señalaría el posible origen del lenguaje.

Esta capacidad de utilizar signos del tipo simbólico se ha observado en varios primates no humanos, como chimpancés, bonobos y gorilas, y puede indicar que el estado ancestral, el carácter plesiomórfico o uno muy similar, se caracteriza por poder utilizar símbolos.

El uso funcional comunicativo podría ser el carácter apomórfico (derivado) o lo es sin duda la posibilidad de realizar construcciones sintácticas. Así, siguiendo a Stephen Jay Gould, diríamos que el ancestro común de Pan (los chimpancés) y Homo (nosotros) poseía la capacidad de percibir, interpretar y reaccionar ante símbolos, y su función biológica no tendría que ser la de comunicar, podría incluso ser un producto necesario del desarrollo cerebral para otras funciones cognitivas del cerebro no relativas a la comunicación que, posteriormente, habría sido cooptado para un nuevo uso en Homo: la comunicación por medio de construcciones sintácticas.

Éstas serían los principios que propone Chomsky como constituyentes de una “gramática universal” propia de nuestra especie, y su valor para el éxito reproductivo hizo que se mantuviera en nuestra especie como una nueva adaptación.

El valor adaptativo del lenguaje es el tema que surge como consecuencia de los argumentos esgrimidos hasta ahora. Se ha propuesto que sí lo posee, ya que permite una especialización innata que puede codificar cada vez más información acerca de quién hizo qué, para qué, dónde y por qué, información con un alto valor por su importancia en la cohesión social, ya que la sociabilidad permite un mayor éxito reproductivo. La otra propuesta es que la transmisión cultural, a lo largo de cientos o miles de generaciones, hizo posible el desarrollo del sistema del lenguaje en los infantes por los mecanismos de aprendizaje que evolutivamente se iban desarrollando en ellos. En ambos casos se sugiere que la importancia social de la comunicación radica en el valor adaptativo que el lenguaje provee.

La segunda propuesta nos permite sugerir un mecanismo evolutivo propio de la macroevolución, la influencia que en la filogenia tiene la ontogenia, esto es, que el desarrollo infantil guiaría la posibilidad del desarrollo de la “gramática universal” en la evolución del módulo de adquisición del lenguaje. Se puede proponer, de acuerdo con la biología evolutiva del desarrollo, que durante la ontogenia se forma la capacidad de utilizar signos con valor simbólico, es decir, la facultad básica del lenguaje como un módulo para el aprendizaje, por lo que la interacción social sería un producto necesario.

Dicho proceso ocurriría dentro y fuera de la madre, por lo cual los infantes habrían sido seleccionados de acuerdo con características que poseen un valor comunicativo a lo largo de esta etapa de su vida, en la cual son aún cuidados para su supervivencia, para que lleguen a la edad adulta, y se evita ponerlos en riesgo mientras se propicia el desarrollo de una nueva facultad en ellos. Tales características, que tienen un fundamento genético, habrían sido transmitidas al paso del tiempo, de una generación a otra, haciendo posible la evolución de la facultad comunicativa por medio de símbolos.

Lo dicho hasta ahora sólo coincide con la idea de Tobias según la cual se habla con el cerebro; sin embargo, es necesario afirmar que no es suficiente y no debe ignorarse la importancia del sistema fonoarticulador, el cual está constituido por los pulmones, las cuerdas vocales, la laringe, el paladar, la cavidad bucal, la nariz, los dientes, la lengua y los labios. Los sonidos que constituyen el lenguaje son las vocales y las consonantes; las primeras son aquellas en que el aire sale sin obstrucción, en cambio las segundas se generan gracias a una obstrucción en algún punto del tracto vocal.

Lieberman y Laitman han puesto en la palestra de discusión una nueva evidencia importante para la evolución del lenguaje: sólo una morfología baja de la laringe permite vocalizar. Según estos autores, la explicación por la cual nuestros parientes primates no vocalizan es porque su laringe está elevada, y los infantes humanos poseen una laringe elevada que desciende cerca de los dos años, cuando comienzan a producir palabras.

Evolutivamente es significativo, pues las reconstrucciones del aparato fonoarticulador sugieren que el descenso de la laringe comenzó en Homo erectus (de 1.8 millones a 600 000 años atrás), por lo tanto tendríamos que decir que la evolución de la capacidad lingüística de H. habilis se comenzó a constituir con el habla en H. erectus. Lieberman ha planteado que los neandertales también poseían una laringe baja, por lo cual no tendrían la capacidad de producir sonidos vocales como los de nuestra a, i y u. No obstante, el descubrimiento de restos neandertales en Kebara (de hace 25 000 años) en los cuales se pudo encontrar el hueso hioides, sugieren que el aparato fonoarticluador de los neandertales podría ser similar al nuestro y por lo tanto su capacidad para la producción lingüística no sería distinta.

Incluso se ha propuesto que el descenso de la laringe podría haber ocurrido hace 40 000 años, lo cual coincide con las observaciones arqueológicas de una “explosión cultural” que nuestra especie muestra a partir de esa época. Según dicha propuesta, es hasta entonces que podemos encontrar el lenguaje con todas las características y estructura como sistema de comunicación que mencionamos al principio. El lenguaje humano es, desde luego, uno de los posibles elementos detonadores de novedad cultural en nuestra especie, por lo que la afirmación de una evolución reciente del lenguaje requiere proponer que alguna mutación en nuestra especie conduciría al desarrollo de las características propias de Homo sapiens moderno.

La hipótesis propuesta ha buscado apoyo en un gen que está relacionado con la capacidad de realizar movimientos rápidos y sutiles necesarios para el lenguaje: el gen FoxP2 (forkhead box P2), ampliamente conservado entre los mamíferos, pero con dos modificaciones, una de ellas con consecuencias funcionales. Se estima que éstas ocurrieron en la historia evolutiva de nuestra especie entre 200 000 y 120 000 años atrás, de esta manera encontraría apoyo la idea de una aparición reciente, sólo en nuestra especie, del lenguaje. Y en 2007 se secuenció el gen FoxP2 en neandertales, que poseyeron la versión moderna del gen, lo cual apoyaría la propuesta de que fueron capaces de hablar.

Como se puede ver, y es algo que sucede comunmente en los estudios sobre la evolución humana, no hay un punto concluyente absoluto. La capacidad cognitiva para el lenguaje pudo tener su origen en Homo habilis, pero el aparato fonoarticulador haría posible un habla propiamente hasta la llegada de Homo erectus, y si el lenguaje es producto de nuevas mutaciones que sólo han ocurrido en la historia evolutiva de nuestra especie, podría haber aparecido hasta hace muy poco tiempo en nuestra especie y la especie hermana a la nuestra, los neandertales.

Actualmente se ha generado una gran cantidad de propuestas para explicar el origen y evolución del lenguaje, pero la discusión y la pregunta siguen en pie: ¿cuándo se originó el lenguaje y cuál ha sido su proceso evolutivo?

Referencias bibliográficas

Arsuaga, Juan L. 2001. El enigma de la esfinge. Areté, Barcelona.

Chomsky, Noam. 1998. Nuestro conocimiento del lenguaje humano: perspectivas actuales con un desarrollo minimalista. Universidad de Concepción y Bravo y Allende Editores, Concepción.

Rensch, Bernhard. 1972. Homo sapiens, from man to demigod. Columbia University Press, Nueva York.

Tattersall, Ian. 2009. The Fossil Trail: How We Know What We Think We Know about Human Evolution. Oxford University Press, Nueva York.

Tobias, Phillip. 1971. The brain in hominid evolution. Columbia University Press, Nueva York.

Copyright del artículo © Juan Carlos Zavala Olalde. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Juan Carlos Zavala Olalde

Juan Carlos Zavala Olalde estudió biología en la Facultad de Ciencia de la UNAM, es maestro y doctor en antropología por la Facultad de Filosofía y Letras de la misma institución. En la Facultad de Ciencia de dicha universidad ha sido profesor en el Departamento de Biología Evolutiva.

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