Kaspar y los niños salvajes

Las historias de niños que crecieron lejos de la civilización o que fueron encontrados como salvajes son tan intrigantes que, además de generar debates teóricos, muchas de ellas se convirtieron en películas. Algunas, como The Jungle Book (El libro de la selva, 1942) y las diferentes versiones de “Mowgli, el niño lobo”, fueron inspiradas en relatos distantes e indirectos; otras, como la de Victor de Aveyron y la de Kaspar Hauser, están muy bien documentadas, con registros hechos por testigos cercanos o por sus propios protagonistas.

El caso de Kaspar sucedió en la pequeña ciudad alemana de Núremberg, en mayo de 1828, cuando un joven que, después se supo, creció encerrado en un sótano oscuro, aislado del mundo, y a los dieciocho años, de acuerdo con el testimonio de un vecino del barrio, salió por primera vez al mundo y parecía borracho. El joven decía unas pocas palabras, pero no entendía casi nada. No captaba las cosas de la manera en que consideramos natural captarlas. Su actitud, su mirada y sus respuestas eran bastante extrañas.

Este evento fue rápidamente reportado en los periódicos de la época, atrayendo a curiosos de diferentes países, lo cual contribuyó a que hubiera muchos relatos, testimonios y documentos del caso, además de innumerables obras históricas literarias y científicas. La narrativa que aquí enfocamos es la reconstrucción en la película de Werner Herzog, de 1974, que en el original tiene el intrigante título “Cada uno para sí y Dios contra todos” (Jeder für sich und Gott gegen alle). El título de la versión castellana, El enigma de Kaspar Hauser, sugiere una trama de misterio que la película no muestra. De cualquier modo, en la época, el caso planteó muchas sospechas y controversias acerca de la verdadera identidad de Kaspar. ¿Era un impostor? ¿El hijo bastardo de un noble o un príncipe cautivo por razones políticas?

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Sin duda la historia de Kaspar está recubierta por cuestiones sin respuestas y diferentes interpretaciones. En otra película hecha sobre el caso en 1994 —Kaspar Hauser, de Peter Sehr— se exploran estas cuestiones históricas y se refuerza la idea de que se trataba de una disputa sobre la herencia del poder político. Pero el enfoque de Herzog trasciende esta dimensión poniendo en escena cuestiones filosóficas acerca de la civilización, la ciencia y el proceso de inclusión social.

Herzog da colores al caso y hace del extraño Kaspar nuestro prójimo. Siguiendo su historia, compartimos su angustia, espantos, aflicciones, encantos, frustraciones y la dificultad de hacerse comprender. El relato describe así los componentes sutiles, y otros bruscos, del proceso de socialización y los mecanismos de regulación y control social. Además de los constreñimientos de las convenciones, se revela allí cómo el desarrollo cognitivo depende de las prácticas sociales. Kaspar aprendió a escribir y describió su punto de vista de su proceso de socialización. Su aprendizaje de la “forma humana” (es decir, el estilo de vida de una ciudad alemana del siglo XIX) para ver y relacionarse con el mundo, revela la forma en que los sistemas de significación, como el lenguaje, son fundamentales para nuestra vida social.

Kaspar y otros niños salvajes son, sin duda, raros pero especiales para la comprensión del ser humano. Ellos instigan la reflexión sobre la naturaleza humana. La posibilidad de conocer el “pensamiento salvaje”, un pensamiento en su condición original, virgen, aún no domesticado, revelaría mucho acerca de nuestra cultura y la educación. ¿Qué sería, entonces, una persona sin el patrimonio común de su cultura? ¿Serían aquellos casos expresiones de nuestra esencia más profunda, del ser humano in natura? ¿Cómo alguien que creció fuera de la realidad social capta el mundo a su alrededor? ¿Cuáles de nuestros comportamientos son instintivos y cuáles provienen de la educación? ¿Cómo podemos aprender a ser humanos y cuál es el papel de la lengua y las costumbres de este proceso colectivo? ¿La razón humana es algo invariable o depende de la sociedad en la que se crece o del idioma que se habla?

Kaspar ya había tenido contacto con otro ser humano adulto cuando fue sacado a la luz, porque, a pesar de haber crecido sin contacto directo con la sociedad, era tratado y alimentado por el hombre que lo mantuvo en cautiverio. Sin embargo, las “niñas lobo” y el niño salvaje de Aveyron crecieron, aparentemente, sin ningún contacto con otros humanos.

Amala y Kamala, las llamadas niñas lobo, fueron cazadas en 1920 en la India. Para capturarlas fue necesario matar a los lobos adultos que las protegían. Como se mostraron amenazadoras, las dos niñas fueron en principio aprisionadas. La más pequeña parecía tener unos dos años y murió un año después. Kamala, sin embargo, tenía cerca de ocho años, y vivió hasta 1929 bajo el cuidado de un pastor evangelista y su esposa, que mantenían un orfanato en la región. El diario del reverendo Singh registra que no le gustaba la luz del día y que tenía maneras caninas de caminar, comer y beber.

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El caso de Victor de Aveyron obtuvo una bella reconstrucción realizada por el director francés François Truffaut (L’enfant sauvage, 1970) y tiene como fuentes principales los informes elaborados en 1801 y 1806 acerca de los experimentos sobre la educación del muchacho. Visto por primera vez en 1797,este niño tenía unos 12 años. Reaccionaba agresivamente al ser rodeado y pudo escapar de varios intentos de captura, hasta su caza efectiva en 1800, enun bosque cerca de Aveyron, en el sur de Francia.

Victor fue llevado a París, donde fue examinado por los médicos famosos de la época. Pinel no consideró que las reacciones del niño derivaran de su existencia extraordinaria y diagnosticó la enfermedad de la “idiotez”. Sin embargo, el director médico de una institución para sordos y mudos, Jean Itard, estaba convencido de que se trataba de insuficiencia cultural y no de una deficiencia biológica, y se encargó de tratar al niño, como lo cuenta Malson.

De lo que leemos en los dos informes que dirigió al Ministro del Interior, el primero después de un año bajo su cuidado y el otro cinco años más tarde, Itard experimentó procedimientos sistemáticos para hacer al chico sensible y enseñarle el lenguaje. Inicialmente con imitación de los sonidos y repetición de las palabras vinculadas a la necesidad, por ejemplo, pedir con leche; por último, ejercicios de operaciones con el lenguaje no relacionado a las necesidades inmediatas.

Como Kaspar, estos casos de niños salvajes provocaron diversas reflexiones sobre qué es la naturaleza humana, las cuales nos llevan a revisar algunas de nuestras representaciones, así como la racionalidad, que desde la Antigüedad ha sido tomada como un rasgo distintivo de la especie humana, el bipedalismo y la sexualidad, vistos como comportamientos naturales e instintivos, no se revelaron en estos niños como se esperaba. Las niñas lobo y Víctor caminaban con las cuatro patas y no como se juzga ser natural en los descendientes de Homo erectus. Contrariamente a la representación de una sexualidad instintiva, las descripciones de la conducta de Kaspar, Victor, y Kamala revelan, si no una falta de apetito y apatía, sólo pulsiones vagas. El pensamiento concreto y la inteligencia animal estaban claramente presentes, pero lo que llamamos raciocinio, la asociación de ideas abstractas de una manera lógica, no aparece como tal antes de la interacción cultural y del aprendizaje que allí se genera.

Las representaciones y las expectativas de los involucrados en los casos de los niños salvajes fue lo que dirigió sus observaciones y tratamientos, de la misma manera en que las lecturas y reinterpretaciones fueron y son delimitadas por las ideas y cuestiones de cada época. Mas, por otro lado, es interesante notar que las propias nociones de naturaleza, cultura, civilización y educación fueron rediscutidas a partir de estos casos paradigmáticos, ya quelas historias de estos salvajes contrastaban con las ideas que teníamos de ellos y de nosotros mismos. Algunas narrativas históricas y etnográficas, así como muchas ficciones, tanto en la literatura y el cine, nos muestran a veces sorprendentes imágenes de nuestra vida y hacen que nos familiaricemos con lo extraño y que sintamos extrañeza de lo familiar.

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Cultura, naturaleza y ciencia

Pero ¿cómo aprendemos ciertas prácticas, valores y normas, sin siquiera ser conscientes de ello? La cultura es en gran medida un orden invisible, ya que muchos aspectos que impulsan nuestros comportamientos no son evidentes. Sus reglas no tienen que ser explícitas, ni siquiera necesitan ser conscientes oracionales. Están implícitas en los símbolos en que se manifiesta.

Una de esas reglas básicas, que aunque aprendida parece natural, es el distinguir entre sueño y realidad. Esta diferenciación en el flujo de imágenes que “pasan” en nuestra mente en el sueño, que asociamos con la fantasía, y lo que vemos y observamos en el estado de vigilia es fundamental en el proceso de integración en nuestro mundo social. Aunque de vez en cuando despertemos con dudas y nos tomemos un momento para disociarlas, el mezclarlas a lo largo del día es una “locura”.

En un momento de la película, cuando Kaspar estaba conviviendo socialmente, dice que se había reunido recientemente con alguien, que su profesor sabía que, en realidad, él estaba de viaje. Al darse cuenta de que Kaspar tenía esa visión en un sueño, el señor Daumer le explica que lo que soñamos no se considera la realidad. Este aprendizaje de lo que es y lo que no es real es crucial en la conformación de la cultura, así como la noción del tiempo, es decir, el aprender a distinguir el presente del futuro y el pasado o a hacer representaciones y proyecciones para cada una de estas dimensiones temporales. Sin el sistema simbólico de la representación no sería posible referirse a algo que no está presente. Sólo con éste podemos aludir, hacer conjeturas y hablar de algo que no podemos señalar.

La noción de cultura tiene muchos significados que están involucrados en las discusiones sobre la raza, la evolución, la educación, la locura y las diferentes dimensiones de la realidad social. En las humanidades hay conceptos diferentes de cultura. Algunos enfatizan la producción material, otros la lengua o el patrón de comportamiento, su estructura, su historia y costumbres. Aunque la cultura es un concepto utilizado en muchas áreas, es el objeto de una ciencia en particular —la antropología— cuya historia se funde con la discusión misma de lo que sería la cultura.

Pero la historia y la etnografía revelan que lo que los pueblos antiguos o diferentes captan como natural es muy variable, y que la percepción de la naturaleza depende del contexto cultural. A pesar de que la oposición naturaleza cultura funcione desde hace mucho como una de las líneas estructurales de las ciencias en general, y de la antropología en particular, ha sido objeto de reflexiones y críticas.

Evelyn Fox Keller recientemente trazó una historia de contrapunto entre las nociones de naturaleza y crianza (naturaleza biológica versus entorno cultural), tratando de ver cómo las ideas de contigüidad e interrelación fueron cambiando. Lo que antes se entendía como intersección o interacción se fue desvaneciendo y, desde finales del siglo XIX, fue poco a poco sustituida por una nueva configuración en la que dos polos son distanciados.

En los estudios contemporáneos sobre la ciencia se ha discutido bastante la propuesta de revisión de la dicotomía entre la naturaleza y las construcciones sociales, con análisis que indagan en nuestra composición híbrida y los procesos que demuestran la arbitrariedad de la frontera, presupuesta y bien demarcada, entre lo natural y lo cultural.

Desde esta perspectiva, la naturaleza ya no es considerada como el escenario al aire libre de la acción humana y social, sino como el resultado de las perspectivas de plazo determinado. Por lo tanto se recomienda que averigüemos para cada caso las razones micro–políticas que dividen las cosas de la esfera natural y la social (y encubren la división). Así, algunos autores consideran también la participación activa de “no humanos” (como las bacterias o elementos químicos, por ejemplo) como actores del proceso de construcción del conocimiento. Esto no niega necesariamente la existencia o la pertinencia de la dicotomía entre naturaleza y cultura, en la que se basa la ciencia moderna, sino que sólo la pone bajo sospecha, con el fin de desnaturalizarla para que seamos capaces de pensar desde nuevos marcos conceptuales, semánticos y lingüísticos.

Vemos entonces que, no menos polisémica y controvertida que la noción de cultura, es la propia noción de naturaleza, comprendida por las teorías y las decisiones sobre el ambiente, el conocimiento y la vida humana. Además de ser un concepto científico utilizado en diversos campos del conocimiento, la noción de naturaleza como algo dado y regular constituye el fundamento básico de la perspectiva científica moderna. Aunque la representación común es considerar a la ciencia como una forma de conocimiento libre de dogmas y creencias, que lucha contra ellos, no es una novedad el abordar su estudio desde un enfoque distinto, y entenderla como una perspectiva cognitiva que también se basa en creencias o suposiciones discutibles.

De acuerdo con la filosofía de la ciencia, el conocimiento científico moderno se cimenta en supuestos metafísicos que, conscientemente o no, conforman y fundamentan nuestra idea común de la naturaleza. En pocas palabras, se combinan los supuestos: 1) que el objeto existe independientemente de la mente del sujeto de conocimiento (llamado realismo ontológico); 2) la regularidad de las leyes fundamentales; 3) que por medio del método apropiado se puede conocer estas leyes; y 4) que se puede representar este conocimiento mediante un lenguaje apropiado. Tales ideas son a menudo tratadas como presupuestos metafísicos dela ciencia, es decir, como concepciones metafísicas sobre la naturaleza, estructura y composición del mundo (la realidad) o el conocimiento. Son los supuestos que determinan o establecen “lo que existe” y “lo cognoscible”, que son, respectivamente, sus dimensiones ontológica y epistemológica.

Muchos aspectos y valores consagrados en la concepción científica de la Europa moderna se expandieron por todo el mundo y por otras esferas de la vida social. La noción de progreso y la búsqueda de la objetividad son algunos de ellos, y se valieron de la estandarización de los protocolos experimentales y la descripción de fenómenos, tales como el uso del lenguaje impersonal —“se observó”, “se constató”— en donde el sujeto, se supone, abandona la escena llevando consigo sus intereses, creencias y contextos. Esto sirvió para reforzar la búsqueda del conocimiento de las leyes “naturales y eternas”, que se hallan detrás de los fenómenos, las cuales no tienen que ver con misterioso voluntades trascendentales; conocerlas sería el fin último de la ciencia.

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Como se ve en las escenas de la película de Herzog, Kaspar no conocía estos supuestos y creía que los frutos de los árboles a su alrededor no estaban maduros porque no querían. En ese momento, los maestros replican: “las cosas no tienen voluntad propia”. Para probarle esto, hacen rodar una manzana en una determinada dirección con un obstáculo colocado en un punto. Al igual que cualquier objeto inerte, que debe seguir el curso en función de la fuerza y ​​la dirección en la que fue puesto, rompiendo su camino cuando —como hemos aprendido en la escuela— la fricción gane sobre la fuerza cinética o al chocar con un obstáculo. Pero la manzana rebota (en nuestra opinión, “por casualidad”) y pasa por encima del obstáculo. Esto hace que Kaspar mantenga su convicción de que “ella no quiso parar”. La escena tiene su lado cómico,y la forma en que ciertamente confronta arrogante a los que le dan lecciones, aumenta nuestra simpatía por el joven descubriendo el mundo humano.

Otra revelación interesante de la película concierne al razonamiento. Kaspar hace algunas consideraciones que parecen cómicas a nuestros ojos, por ejemplo, si un hombre hizo una gran torre éste debería ser grande. Algunos de sus juicios parecen ridículos, porque, aunque son lógicos, parten de axiomas diferentes a los que usamos —por ejemplo, cuando argumenta que el calabozo donde se crió era más grande que un edificio que le mostraron. Kaspar dijo que la celda donde estuvo encerrado estaba en todas las direcciones que veía, por lo cual era enorme, mientras que el edificio que le mostraban estaba en un sólo lado de su ángulo de visión —y al mirar en otra dirección, desaparecía, siendo por lo tanto más pequeño. Si analizamos su justificación, podemos ver que Kaspar considera el tamaño en función de la perspectiva de la experiencia (que cambia en función de su posición dentro o fuera del medio ambiente) y no en abstracto como la tratamos. Algunas prácticas propias de la ciencia moderna también son puestas en escena de forma caricaturesca, como el registro objetivo y detallado de todos los eventos anotados por el escribano.

Las escenas finales de la autopsia de Kaspar evocan el cuadro de Rembrandt, La lección de anatomía del Dr. Deyman, con las plantas de los pies en primer plano y los médicos alrededor del cuerpo abierto. Un cuerpo objeto que se diseca, un misterio por descifrar, las deformaciones que se miden y los hechos para ser analizados y registrados. La frialdad del ambiente, el ruido metálico de los instrumentos y recipientes que hacen eco en el laboratorio, la lámina de corte rebanando la masa cerebral y las observaciones de los médicos, provocan calosfríos a los espectadores que se han encariñado con Kaspar, que se identificaron con su malestar en la cultura, su desasosiego y sus dificultades para expresar su sentimiento demasiado humano de no ser comprendido.

La satisfacción ingenua de las autoridades con la solución encontrada por los científicos de su tiempo para explicar el comportamiento anómalo de Kaspar —el pequeño tamaño de su cerebelo— nos hace repensar la larga línea de reducción fisicalista de las teorías sobre el comportamiento humano a lo largo de la historia de la ciencia. Tiene su origen en la visión del cuerpo humano como un mecanismo en el que la enfermedad aparece como desorden o mal funcionamiento de los componentes de la máquina humana; pasa por la frenología y su pretensión de derivar el comportamiento de las personas de acuerdo con la forma de la cabeza, pues se suponía que el cráneo reflejaría el desarrollo relativo de los órganos del cerebro. Atraviesa la antropometría, hasta profundizar y sofisticarse con el mapeo genómico y las promesas de la neurociencia. Una larga búsqueda, sin embargo, contornea el bosque de la cultura, evitando bichos y telas de araña que allí se enredan.

El Enigma de Gaspar Hauser

Título original: Jeder für sich und Gott gegen alle / El Enigma de Gaspar Hauser

Dirección y guión: Werner Herzog

Reparto: Brigitte Mira, Bruno S., Hans Musäus, Michael Kroecher, Walter Ladengast, Willy Semmelrogge

Fotografía: Jörg SchmidtReitwein y Klaus Wyborny

Música: Johann Pachebel, Albinoni, Orlando Di Lasso, W. A. Mozart

Producción: Werner Herzog

Género: drama

País y año: Alemania, 1974 • Duración: 110 minutos.

Sinopsis:

Alemania, principios del siglo XIX. Kaspar es un hombre autista que se ha mantenido en total aislamiento toda su vida, viviendo en una cueva, sin utilizar el lenguaje verbal ni conectarse con el prójimo. El año de 1824 es descubierto en Nuremberg, convirtiéndose de repente en una curiosidad científica y social.

El pequeño salvaje

Título: L’Enfant sauvage

Dirección: François Truffaut

Guión: François Truffaut y Jean Gruault

Reparto: JeanPierre Cargol, François Truffaut, Françoise Seigner (señorita Guerin), Paul Villé (Remy), Jean Dasté (Professor Pinel)

Fotografía: Néstor Almendros

Música: Antoine Duhamel

Producción: Marcel Berbert

Género: drama

País y año: Francia, 1974

Duración: 83 minutos.

Sinopsis:

Basada en un hecho real relata la historia de un niño salvaje capturado en los bosques franceses y recluido en un instituto de investigación. De vivir como un animal libre pasa a convertirse en un ser rechazado, maltratado y visto como un fenómeno inhumano. Sólo el doctor Itard hará todo lo posible para hacer de él un ser civilizado llevándolo a su propia casa. Transcurrido un tiempo, el niño se encontrará perdido entre su deseo por recuperar su vida salvaje y su nueva etapa junto a su protector. 

Referencias bibliográficas

 Blikstein, Izidoro. 1983. Kaspar Hauser ou a fabricação da realidade. Cultrix, São Paulo.

Cassirer, Ernest. 1944. Antropologia filosófica. Mestre Jou, São Paulo, 1972.

Ducros, A. et al. (eds.) 1998. La culture estelle naturelle?: Histoire, épistémologie et applications récentes du concept de culture. Éditions Errance, París.

Itard, Jean G. 1964. “Mémoire et rapport sur Victor de L’Aveyron”, en Les enfants sauvages, L. Malson. París, 10/18. Pp. 119–247.

Krausz, L. S. 2007. “Jakob Wassermann e Kaspar Hauser, 100 anos depois”, en Revista contigentia, vol. 2, pp. 10–17.

Keller, Evelyn F. 2010. The mirage of a space between nature and nurture. Duke University Press, Durham.

Malson, L. 1964. Les enfants sauvages. 10/18, París.

Raffaelli, R. 2004. “A inércia do imaginário”. Cadernos de pesquisa interdisciplinar em ciências humanas, vol. 59.

Copyright del artículo © Bernardo Jefferson de Oliveira. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Bernardo Jefferson de Oliveira

Bernardo Jefferson de Oliveira es profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Federal de Minas Gerais. Se doctoró en Filosofía de la ciencia (2000) y desde entonces se dedica a la investigación sobre la historia de la divulgación de la ciencia. Realizó posdoctorados en el MIT ( 2004) y la Sorbone (2011). Actualmente dirige el museo de ciencias Espaço do Conhecimento, en Belo Horizonte, Brasil.

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