¿Estábamos mejor sin Facebook?

¿Estábamos mejor sin Facebook? Imagen superior: mkhmarketing, CC

Uno de los acontecimientos determinantes de esta historia tuvo lugar no hace mucho, cuando la página oficial de The Cult en Facebook fue bloqueada por una de esas herramientas de software que estructuran la red social.

La página reunía a 13.200 fans y nos servía para determinar nuestra capacidad de reconocer e interesar a esos seguidores. Lo cual, si se fijan, no es poca cosa, dada la naturaleza divulgativa de nuestra revista.

Sin embargo, la desaparición de esa comunidad sin una causa explicable no fue lo más desconcertante. O no debería serlo para el lector. El punto clave de este mínimo misterio no es nuestra tensión por los miles de fans evaporados, sino el kafkiano diálogo que vino después. Digo esto porque Facebook cuenta con un servicio automatizado de reclamaciones que no tiene ningún reparo en subrayar esa condición mecánica.

Ya se lo imaginan. Uno lanza su protesta como quien mete un mensaje en una botella, con la esperanza de que, en medio del oleaje digital, alguno de los empleados de la multinacional de Menlo Park (12.691 en 2015) llegue a leerlo.

En un caso así, la ausencia de respuesta equivale a la deserción de los interlocutores humanos. ¿Qué es lo próximo, prescindir de las frases cordiales y comunicarnos en algún dialecto robótico? ¿Cómo saber a ciencia cierta quién o qué nos atiende al otro lado?

A estas alturas, no lo dudo, todos ustedes habrán entendido la parte más turbadora del asunto. Y precisamente por eso, éste es el perfecto escenario para que examinemos, con la cabeza fría, ese vistoso escaparate en el que los medios de comunicación quieren ocupar la mejor vitrina.

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Notas sociales de un desterrado de Facebook

Aunque es indudable que su mayor utilidad consiste en crear una lista de contactos e interactuar con ellos, dicen los más entusiastas que Facebook nació para salvar las brechas generacionales o económicas, y la distancia entre los productores de contenidos y sus destinatarios. Democracia digital: así llamaron a este nuevo modelo comunicativo.

Desde el primer momento, los medios lo vieron como un condensado de oportunidades. Y por eso mismo, a finales de 2007, cuando la red abrió sus puertas a marcas y empresas, los mantras de la mercadotecnia comenzaron a acaparar las conversaciones. Por aquellos días, podíamos escuchar el mismo soniquete en todas las redacciones: hacía falta adaptarse al nuevo paradigma que imponían las redes sociales. El periodismo dejaba de ser un mensaje unidireccional para convertirse ‒decían, ay, decíamos‒ en una conversación. ¿Y qué otro espacio mejor que Facebook o Twitter para sumarse a esa charla global e ilimitada?

Llegaron a publicarse libros explicando cómo era posible emplear la red para promover marcas, fidelizar clientes y distribuir contenidos. Pero como no siempre existe la paciencia necesaria para aumentar esa musculatura por vías saludables, el deseo de mejorar las cuentas en las redes dio lugar a un negocio inconfensable: la venta de likes, followers y fans en las redes sociales.

En febrero de 2014, Facebook reconoció que el 11,2 % de sus 1.230 millones de usuarios eran falsos, y aunque en sus declaraciones públicas la empresa se puso en contra de los vendedores de ‘me gusta’, la realidad es que, de un tiempo a esta parte, la compra de seguidores ha sido un fenómeno en alza. Al fin y al cabo, si un periódico ve que su competencia dispone de un millón de fans en su muro oficial, hará todo lo posible para igualar o doblar esa cifra, y de paso, recibir el aplauso de los expertos en reputación online (Sí, me refiero a esos que emplean a todas horas neologismos como engagement, hype y social media).

Esto ha dado lugar a otro fenómeno incómodo. De cara al público, prospera la ficción de que en un espacio como Facebook lo que mejor funciona son las publicaciones que proporcionan experiencias útiles e interesantes. Ese discurso es indispensable para mantener una buena imagen de los medios, dado que subraya la falsa relación entre calidad y audiencia.

Por desgracia, las cosas son algo más complejas. El alcance orgánico de una página de fans ‒es decir, el que se obtiene sin trucos ni publicidad‒ es muy limitado. En ocasiones, incluso minúsculo, por mucho que nuestro número de fans sea generoso. Digamos que, siendo optimistas, dicho alcance oscila entre el 30 y el 10% de quienes nos siguen. De cada cien fans, diez llegan a ver un artículo... y no hace falta imaginar cuántos leen el titular y cuántos llegan a seguir el enlace.

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Como es lógico en un negocio digital, Facebook desea beneficiarse de la necesaria divulgación de nuestros contenidos. De ahí que haya desarrollado todo un abanico de servicios publicitarios y promocionales para influir en ese famoso algoritmo que, de forma robotizada, organiza lo que encontramos en el llamado News Feed; es decir, en esa sucesión de noticias, post, fotos, vídeos y cambios de estado que recorren los usuarios al entrar en la red.

Dicho de otro modo, si pretendemos viralizar determinado artículo, Facebook nos ofrece lograrlo a cambio de cierta suma de dinero. Si queremos lograr más fans para nuestro proyecto, Facebook cumple ese deseo con tal de que usemos la tarjeta de crédito. Y como los mencionados expertos en reputación online ‒siempre tan excitables‒ dicen que los fans dan credibilidad a un negocio, comprar esa credibilidad viene a ser imprescindible para darle más nervio a nuestro medio de comunicación.

Por esa misma razón, los Facebook Ads y las Publicaciones patrocinadas han entrado en la jerga de las empresas periodísticas como un modo de recordar a la gente los motivos por los que debería cliquear en sus titulares.

Aunque el ritmo de sus cambios nos impide hablar del algoritmo de Facebook con cierto detenimiento, los medios han intentado jugar a su favor por cuatro vías principales:

1) Empleando fotografías y videos atractivos, muchas veces desvinculados de la propia web del periódico o de la revista.

2) Lanzando contenidos virales que interesen a los usuarios de las redes, que ya no tienen por qué ser lectores sino simples generadores de clics, propensos a los estribillos repetitivos. Por regla general, dichos internautas nunca fueron compradores de periódicos, así que las estrategias para atraerlos parecen estar afianzadas en los impulsos más primarios. Lo llamativo o lo pintoresco siempre va a contar más que lo importante.

3) Fomentando la interacción a través de titulares equívocos, impactantes, polémicos, sectarios o curiosos. En muchas ocasiones, el rechazo también sirve para que una noticia genere comentarios o sea compartida.

4) Analizando las conductas de la audiencia para potenciar aquello que mejor respuesta obtenga en las redes: una respuesta que, en principio, debe calibrar el Community Manager, un profesional que estará a cargo asimismo de la cuenta de Facebook Ads (la publicidad que se compra a Facebook para que muestre determinadas noticias).

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Recapitulemos lo señalado hasta aquí: las empresas periodísticas han decidido que, como ofrecen su mercancía gratis, merece la pena pagar a una plataforma que no controlan y cuyos engranajes desconocen a cambio de un puñado de clics, y que también es lógico modificar su oferta para sumar a los lectores de toda la vida una nueva generación de cliqueadores, sea cual sea su sentido crítico o su nivel cultural.

Extraño, ¿no creen? Pero debe escandalizar a nadie. Al fin y al cabo, con los ingresos jibarizados en un mercado en el que casi todo es gratuito, cualquier estadística altisonante, sea maquillada o auténtica, puede ser un argumento seductor a la hora de atraer patrocinadores. Y disponer de miles de fans no le molesta a nadie, pese a que ello pueda suponer un gasto llamativo.

Vaya por delante que la calidad periodística, incluso cuando va cargada de valores éticos, es un mero adorno cuando se gestiona una cuenta publicitaria.

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¿Eso es todo amigos?

En enero de 2014, dos estudiantes de doctorado de la Universidad de Princeton, John Cannarella y Joshua A. Spechler, utilizaron la curva de crecimiento de las enfermedades infecciosas para vaticinar que Facebook habría perdido el 80% de sus usuarios en 2017. Para el tema que nos ocupa, es irrelevante si esa predicción tenía base. Obviamente, carecía de ella. Lo substancial es la metáfora empleada por Cannarella y Spechler: un virus contagioso al que ninguno de nosotros es inmune y cuyo modelo epidemiológico explica nuestro comportamiento on line.

Con una creciente tasa de penetración de internet en nuestras vidas, esta plataforma de microblogging ya ha superado ‒eso dicen‒ los 1.650 millones de usuarios. Y aunque hay una minoría selecta que consigue desenterrar maravillas en el News Feed, lo cierto es que el usuario medio responde a otro modelo.

No es difícil reconocerlos. Por lo general, son lectores que huyen de las profundidades del papel y cuyos patrones de lectura se han ido adaptando a la modalidad fragmentaria, simplista y plagada de atajos que nos propone la pantalla.

Una estudiosa de esta nueva dimensión de la lectura, Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain, lo plantea en estos términos: “Temo que la lectura digital esté cortocircuitando nuestro cerebro hasta el punto de dificultar la lectura profunda, crítica y analítica. Nuestra mente es plástica y maleable y es un reflejo de nuestros actos. Las investigaciones nos dicen que ha disminuido mucho nuestra capacidad de concentración. Los jóvenes cambian su atención unas 20 veces a la hora, de un aparato a otro. Cuando se sientan a leer, tienden a reproducir esa lectura interrumpida y en zigzag. Tenemos que ser conscientes de que estamos en medio de un cambio muy profundo” (El País, 24-5-2015).

Hay otro detalle interesante, y es que la gratificación instantánea viene a ser algo típico de las redes sociales. Cada like es una descarga de dopamina que no es tan fácil conseguir con la lectura tradicional, y por eso mismo, nos hemos aficionado a generar y consumir contenidos breves, simples, que podamos comprender y compartir fácilmente.

Dicen los estudiosos de las redes sociales que hay en ellas algo así como un máximo común denominador de nuestros intereses. Si nos referimos estrictamente a la producción periodística, esos patrones suelen manifestarse a través de las noticias chocantes, los misterios y conspiraciones, los pequeños retos colectivos, los cotilleos, los datos que nos indignan, y sobre todo, los rumores y las emboscadas que tiende la política.

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Al desembarcar en las redes, los grandes periódicos descorcharon su mejor botella tras el lanzamiento de marcas o secciones diseñadas a partir del ejemplo de Buzzfeed o Vice News. Me refiero a formatos creados con la idea de obtener una respuesta viral. Sobran los ejemplos: pensemos en Indy100 de The Independent, The Most de The Washington Post, o Verne, de El País. Ninguno de estos suplementos ganará el Pulitzer, y a poco que uno curiosee por sus contenidos, entenderá por qué.

Como la fiesta debe continuar, el siguiente paso ha consistido en crear contenidos que se publican directamente en Facebook, desvinculándolos de la web oficial del medio. El mejor ejemplo son esos vídeos que reclaman la atención del usuario con cuidadas tipografías e imágenes exuberantes. Vídeos que generan actividad en las redes pero que no tienen por qué atraer más lectores hacia la cabecera que los genera. Sólo sirven para popularizar el logotipo del medio y acumular likes.

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Este rumbo no parece ser el más acertado, pero hemos de tener en cuenta dos certezas que comparten casi todos los empresarios periodísticos. La primera es que un número cada vez mayor de internautas prefiere entrar en las redes sociales para permanecer en ellas en lugar de hacer clic en los links propuestos. Es algo que también perciben los usuarios, y quizá por ello, muchos comparten los artículos añadiendo una larga cita (entrecomillada o no). Algo así como si quisieran facilitar el diálogo con aquellos amigos que no van a leer el texto, pero cuya opinión puede interesarles.

La segunda certeza es que, aun yendo por las buenas y de acuerdo con las reglas que impone Facebook, cada vez es más difícil llamar la atención de esos lectores. Así lo demuestra ese informe de Ogilvy que, en febrero de 2014, nos descubrió que las publicaciones de las grandes marcas apenas alcanzan ya al 2% de sus fans.

¿Qué nos ofrece a cambio Mark Zuckerberg? Por ejemplo, esos Facebook Instant Articles que tanto gustan a los gurús de las nuevas tecnologías. La cosa, poco más o menos, viene a funcionar así: el medio edita sus textos directamente en la red social, sin enlaces, incluyendo una publicidad de la que hay que descontar el 30% de comisión que se queda Facebook.

La idea puede ser interesante y la tentación, casi inevitable, dado que permite alcanzar a quienes sólo leen noticias en su smartphone. Aunque uno se obstine en no ser un malpensado, imagino que habrá quien argumente que los Facebook Instant Articles suponen ceder la primacía de la distribución a un tercero, cuya imagen de marca prevalecerá, porque además es quien impone las condiciones.

Quizá el usuario logre una mayor comodidad ‒especialmente el adicto a las redes, que ya se ha olvidado de la diversidad de internet‒, pero es muy dudoso que los medios periodísticos salgan bien librados a largo plazo, porque nadie visitará sus webs. De hecho, se generalizará algo que ya está sucediendo: los disparates de un inventor de bulos tendrán el mismo peso y ‒atención‒ el mismo formato que las noticias escritas desde un periódico centenario. En la uniformidad del News Feed, lo bueno y lo malo adquieren la misma apariencia.

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¿Dije que Facebook impone las condiciones? A fines de junio de 2016 la red social actualizó su algoritmo con un empeño poco favorable para los editores. El resultado es dramático para la prensa: menos poder directo de difusión para los medios ‒a no ser que paguen por publicitar sus fan pages‒ y un mayor protagonismo de los usuarios que intercambian videos e imágenes... sin abandonar en ningún momento la red social.

En realidad, la idea es justamente esa: el equipo de Facebook, legítimamente, prefiere que YouTube se emplee menos que su propia plataforma de vídeo, y también desea que utilicemos la red como válvula de escape permanente, sin dejarnos tentar por enlaces hacia fuera.

Todo esto puede borrar la sonrisa de quienes, desde las redacciones periodísticas, celebraron la colaboración con Facebook. Sobra decir que la red es un pasatiempo que puede resultar adictivo, o que brinda a los blogueros una plataforma excelente a la hora de difundir pequeños artículos o breves comentarios. Imagino que puede ser válido para generar eso que llaman marca personal, y asimismo es un soporte muy grato para conversar con amigos y familiares, mitigando soledades o haciendo que la distancia de los seres queridos resulte más llevadera. Sin embargo, también hablamos de una multinacional que puede hacer rechinar los huesos de la prensa digital. Y quizá, a estas alturas, ya no sea ventajoso emplear tantos recursos, tiempo y esfuerzo para mantener cierta presencia en su territorio digital.

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En un excelente artículo publicado en el New York Times, Annalee Newitz, fundadora de io9  y autora de Scatter, Adapt and Remember: How Humans Will Survive a Mass Extinction, nos recuerda algo esencial: desde el nacimiento de la compañía en 2004, Facebook permitió que nuevas voces se incorporaran a un discurso informativo que, hasta entonces, había estado acaparado por los grandes medios.

Gracias a ese impulso democratizador, los lectores se vieron muy beneficiados y los medios emprendieron una progresiva simbiosis con la red. "Era ‒escribe Newitz‒ como si Facebook pudiera salvar tanto a los grandes medios como al periodismo alternativo. Pero en 2016, Facebook es un tipo diferente de organización. No está interesada en dirigir el tráfico a otros sitios, aplicaciones o redes. En lugar de ello, pretende encerrar las noticias en su propia plataforma, a través de servicios como Facebook Instant y Live. Facebook insta a los periodistas a publicar directamente en su sitio, en lugar de compartir enlaces que lleven a los lectores a las fuentes originales de la noticia. Al mismo tiempo, la compañía ha cambiado los algoritmos del News Feed, lo que limita el número de enlaces externos que ofrecerá de forma gratuita. A efectos prácticos, Facebook estrangula el tráfico que en otro tiempo conducía a sus usuarios hasta desconocidos aunque importantes medios de noticias, así como hacia gigantes como Buzzfeed".

"En resumen ‒concluye Newitz‒, Facebook ya no es una fuerza democratizadora en el periodismo. Se ha convertido en una imprenta de pago, que ofrece poco a los periodistas más allá de la perspectiva de una gran audiencia, pero sólo para las historias publicadas dentro de Facebook, y no para las que aparecen en los sitios de noticias independientes. Esta transformación puede llegar a ser la ruina de la compañía. Los periodistas que crecieron con los medios sociales esperan recibir las noticias desde una variedad de fuentes, sin los intermediarios tradicionales. Ahora que Facebook se ha erigido como el nuevo controlador del acceso, ha dado el primer paso en el camino hacia la irrelevancia. Espero con impaciencia la próxima generación de aplicaciones y servicios de noticias, diseñados expresamente para eludir a Facebook y hacer que la información sea de nuevo un poco más libre".

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Conviene insistir en ello: la irrelevancia de la que habla Newitz nos atañe a los periodistas, precisamente por el modo en que Facebook trata a los medios ‒grandes o pequeños‒ que intentan renovar la prensa recuperando sus valores clásicos.

Aunque seguirá siendo un espacio cómodo para que los grupos de amigos o las familias confirmen su sensación de pertenencia, la realidad es que Facebook empieza a ser un lugar poco confortable para quienes buscan información de calidad o artículos profundos. Por cada entrada interesante, el lector ha de consumir cientos de trivialidades que consumen el tiempo que antes dedicaba a seleccionar los medios que realmente le aportaban algo.

En este buffet libre, atiborrado de mercancías y en total desorden, acabamos eligiendo los platos casi por pura casualidad, y olvidamos aquellos días en los que elegíamos el restaurante que mejor cocinaba nuestro menú predilecto.

Para complicar aún más las cosas, la red social ha sido tomada al asalto por los ciberactivistas y por los equipos de campaña que influyen en la conversación política con un géiser de hashtags y memes. Todo ello altera el pulso de la opinión pública con una sobrecarga partidista que, a su vez, fomenta el sensacionalismo en los grandes medios y los induce a publicar más de una chifladura incendiaria.

En el foco de esa tormenta, las cabeceras independientes son desocupadas por los blogs y las webs extremistas, que no dudan a la hora de difundir noticias falsas o burdas manipulaciones, incluidas por Facebook entre sus recomendaciones.

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Qué se le va a hacer: la polémica es el tono que hemos elegido, y por eso mismo, el meollo de ese discurso que nos llega desde Facebook o Twitter es tan simple y chillón como la pegatina de un parachoques.

Por lo demás, está muy claro que la estrategia de microtargeting en redes como las citadas es muy útil para la política, sobre todo si nos fiamos de esa investigación publicada en junio de 2016 en la European Journal of Social Psychology.

Sus autores, Wijnand A.P. Van Tilburg, del King’s College de Londres, y Eric Igou, de la Universidad de Limerick, defienden que el tedio fomenta el extremismo político. "El aburrimiento pone a la gente al límite ‒escriben‒: les hace buscar compromisos que supongan un reto, sean emocionantes y que les ofrezcan un propósito. Las ideologías políticas pueden ayudar a esta búsqueda existencial". En este sentido ‒lo confieso en público‒ se me ocurren pocas representaciones más perfectas del aburrimiento que ese adicto a Facebook, unido durante horas a la emoción coral de la red, buscando los titulares más incendiarios y agresivos, con un ahínco que para sí quisieran los incondicionales de un equipo de fútbol.

Paradójicamente, esa obsesión afecta a todos los usuarios, incluso a los más prudentes, porque las noticias recomendadas por la red social suelen ser también las más compartidas, sin que importen fruslerías como el rigor o la verdad.

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Despidiendo a los invitados

Como esto es la vida real y no un ensayo académico, llegamos poco a poco a una conclusión que afecta a nuestra revista. Supongo que ya lo saben, pero el nuestro es un medio tradicional. Creemos en el valor de las historias y en la profesionalidad de quienes deben contarlas. A diferencia de muchos otros, nunca hemos invertido un euro en Facebook ni disponemos de community manager. Cuando hemos publicado en la red social, hemos respetado sus reglas, sin caer en la necesidad de lanzar anzuelos imprevistos.

Nuestro mayor esfuerzo en Facebook puede resumirse en el largo tiempo que nos llevó atraer a esos 13.200 seguidores... 13.200 fans que ahora, de forma automatizada, han desaparecido de nuestra vida digital. Lo cual nos lleva a considerar muy en serio la necesidad de continuar aportando contenidos a esta red, dado que ese trabajo conduce, finalmente, a la dependencia de una plataforma que puede ser muy arbitraria ‒nuestro caso lo demuestra‒ y cuya efectividad real nos parece poco demostrable.

No todo son malas noticias, claro está. Es evidente que hay lectores que nos han descubierto gracias a Facebook. Además, varios de nuestros colaboradores más importantes se han sumado al equipo gracias al invento de Zuckerberg.

Pero también sabemos que son pocos los habituales de Facebook que deciden convertirse en lectores fieles de The Cult. Y frente a ese nicho de visitantes eventuales, contamos con la confianza de quienes teclean el nombre de nuestra cabecera en el buscador o conocen de memoria nuestro link. Por suerte, estos últimos son muy numerosos, y lo que es más importante, están más identificados con nuestra línea editorial. Dos razones de peso para dedicarles mayor atención.

Si alguien nos ha descubierto gracias a Facebook y se siente interesado por nuestra labor, queremos creer que nada le impedirá visitar nuestra web, a no ser que hablemos de un prisionero de dicha plataforma, incapaz de abandonarla de cuando en cuando.

Quizá llegue el día en que las redes sociales acaparen a buena parte de quienes navegan por el ciberespacio. En todo caso, la respuesta a ese gregarismo jamás debería consistir en desnaturalizar un proyecto periodístico para ceñirse a indicaciones ajenas, sobre todo cuando el medio no aspira a esa viralidad frívola y pasajera, que tanto tiene de lotería.

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Imagen superior: Quim Gil, CC

Una última cosa: el escéptico puede preguntarse si esto es un abandono definitivo, y el muy escéptico, podría incluso echarnos en cara nuestra falta de fe en el dinamismo colectivo de internet.

La realidad es que no parece necesario cerrar del todo esta puerta que nos brinda Facebook. Simplemente, bastará con asomarse por el quicio de vez en cuando, de forma que nadie ocupe esa habitación prestada o la clausure por falta de uso.

El tiempo pasará, y puede que las cosas hayan cambiado cuando el lector lea estas líneas. Puede que, de una vez por todas, los contenidos empiecen a contar más que las estadísticas, sobre todo cuando éstas se falsean, como hacen esos digitales empeñados en vendernos audiencias millonarias. Incluso puede que ese día los jefes de redacción escuchen menos a los social media managers y respeten un poco más a sus reporteros.

¿Vendrán tiempos más sensatos? Ojalá. Mientras tanto, bueno... ya saben dónde encontrarnos.

"Santa Claus no existe ‒dice Andrew Keen, autor de The Cult of the Amateur‒ y menos en internet, donde la piratería ha destruido valor, pero lo que de verdad vale está volviendo a ser de pago. Y los ciudadanos más listos ya se han cansado de trabajar gratis para Facebook y Twitter, que no son más que dos formas de estar juntos solos. Los más avanzados empiezan a desmarcarse del uso obsesivo del móvil y llevan teléfonos sólo de voz. Hoy vivimos el consumismo digital desaforado igual que en los 50 vivimos la euforia del consumismo material, antes de la reacción anticonsumista de los 60. Estamos aprendiendo a realizar un consumo digital responsable, de lo realmente necesario, nos lo den gratis o no" (La Vanguardia, 29-6-2016).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT (Thesauro Cultural), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT (Thesauro Cultural) sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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