El sueño espacial de Jerrie Cobb

El pistoletazo de salida lo había dado la URSS en 1957, cuando lanzó el satélite Sputnik. El año siguiente, EE UU fundó la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (más conocida por sus siglas, NASA) y reclutó a los primeros astronautas. El grupo sería conocido como los Mercury 7, y uno de ellos, John Glenn, lograría en 1962 orbitar la Tierra.

Por esas fechas, dos hombres decidieron unir sus fuerzas. Por un lado, William R. Lovelace, médico que había realizado investigaciones en el campo aeroespacial y que había formado parte del comité de expertos que estableció los criterios médicos y fisiológicos para seleccionar a los futuros astronautas. Por otro, Donald Flickinger, jefe de bioastronáutica en las Fuerzas Aéreas, asesor de la NASA y amigo personal de Lovelace. En 1959, Flickinger fundó el programa Women in Space Earliest (WISE), en el que él y Lovelace pretendían hacer una serie de pruebas para ver si las mujeres podían ser astronautas.

Lejos de un compromiso feminista, su propuesta estaba basada en razones fisiológicas y prácticas. Consideraban que las mujeres, al ser menos pesadas, requerirían menos oxígeno auxiliar que los hombres y se podría reducir la cantidad de combustible utilizado para lanzar el cohete. Además, tenían en cuenta datos médicos como que las mujeres tienen menos ataques al corazón, y pensaban que podrían tener mejores resultados que los hombres al ser sometidas a condiciones de aislamiento prolongado o espacio reducido.

El Programa Mujer en el Espacio

Su proyecto recibió, sin embargo, un jarro de agua fría: las Fuerzas Aéreas no estaban dispuestas a seguir financiando WISE. Lovelace decidió recoger el guante y financiarlo a través de su fundación privada; en 1959 creó el Programa Mujer en el Espacio. El programa reclutó 19 candidatas a las que se sometió a las mismas pruebas que a sus compañeros varones; un 68% las superó, en comparación con el 56% de hombres. Los datos de estas pruebas nunca fueron publicados ni divulgados, hasta ahora, que un equipo de investigadores estadounidenses las ha revisado y ha demostrado que las capacidades de las cuatro mejores candidatas eran equiparables a las de los pilotos de la época.

Las seleccionadas recibieron el nombre de Mercury 13; entre ellas, se encontraba Jerry Cobb, que fue de hecho la primera voluntaria del programa. Desde los doce años, edad a la que realizó su primer vuelo, Cobb no había dejado de sumar records de aviación y llegó a acumular 10.000 horas de vuelo. Esta experimentada piloto, que sabía conducir hasta 64 tipos de aviones, realizó todo tipo de pruebas, en las que obtuvo las mejores puntuaciones. Llegó a batir el record de permanencia en un tanque aislado lleno de agua fría, al resistir nueve horas, cuando se pensaba que el límite estaba en seis.

El sueño de las Mercury 13 se terminó cuando el ejército decidió no asumir el programa y Lovelace no pudo seguir financiándolo. Dispuesta a no dejarse vencer, Jerrie Cobb inició una campaña para conseguir fondos y apoyos para el programa, y se llegó a reunir con el vicepresidente Lyndon Johnson, quien le negó su apoyo.

Tras seis años de esfuerzos infructuosos, Cobb optó pasarse al campo de la aviación y realizó vuelos humanitarios a América Latina y al Amazonas. Recibió varios premios y reconocimientos como piloto, y hasta fue propuesta para el Premio Nobel de la Paz. En 1999, Cobb trató de sacarse la espinita con la propuesta, impulsada por la National Organization for Women, de enviarla al espacio para investigar los efectos del envejecimiento. El proyecto fue rechazado.

Sin embargo, los esfuerzos de Jerrie Cobb y de las Mercury 13 no fueron en vano: en 1963, la rusa Valentina Tereshkova fue la primera mujer astronauta en el espacio. Las estadounidenses tuvieron que esperar hasta 1983, cuando Sally Ride formó parte de la tripulación del Challenger.

Sobre la autora

Irene García Rubio colabora en el Servicio de Información y Noticias Científicas (SINC, dependiente de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, como responsable del área audiovisual de la plataforma. En 2010 pasa a formar parte de Pandora Mirabilia. Los artículos de Irene García aparecen en The Cult por cortesía de SINC.

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Hay un momento para echar la vista atrás, recordando las condiciones en que nosotros, la especie Homo sapiens, emprendimos nuestra andadura. Hay un momento para explicar lo que fuimos, en el plano científico y cultural, e imaginar lo que seremos, más pronto que tarde. Tú y yo. Ustedes que nos leen y los que escribimos a este lado de la pantalla. Hay, en fin, un momento para explicar el trabajo de los paleontólogos ‒los historiadores de la vida‒ y sumarlo al de tantos otros investigadores que comprueban cómo la cultura altera nuestro recorrido social y evolutivo. Sabios que rastrean las civilizaciones en que se escindió la humanidad. Expertos que nos hacen partícipes de creencias y costumbres, creaciones artísticas y avances tecnológicos. Entre todos, definen una sutil conexión que que nos mantiene unidos desde hace... ¿cuánto tiempo ya? ¿165.000 años? ¿315.000?

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