El cólera de Aquiles

El cólera de Aquiles Imagen superior: Dirk Bogarde en "Muerte en Venecia" (1971), de Luchino Visconti.

Un alumno mío, de los tiempos heroicos cuando daba clase de redacción en Biomédicas, confundía el género de cólera cuando quería referirse a la enfermedad (masculina), y hablaba (o peor, escribía) de la cólera (pues sí, femenina).

Queriendo hacerme la graciosa, le recité "Canta, oh diosa, el cólera de Aquiles", esperando que... se encolerizara. Pero desafortunadamente no había leído jamás la Ilíada, y el único Homero que conocía era al Simpson, de modo que mi gracejada cayó en terreno autista. Gusto me da decir que, no obstante la confusión, recibió su doctorado.

Si hemos de ser justos, el mencionado alumno, sin saberlo, tenía un punto a su favor: la medicina romana llamó a la enfermedad cholera morbus, enfermedad de la bilis, uno de los humores-pasiones hipocráticos cuyos poseedores se caracterizan por un enojo que tiende a la violencia: biliosos, les dicen.

El alumno en cuestión se dedicaba a estudiar la enfermedad causada por el Vibrio cholerae, un bacilo curvado, de largo entre dos y tres micras (una micra, de símbolo μm, es la millonésima parte de un metro), provisto de un chicotito o flagelo que lo hace muy movedizo; es una bacteria gram negativa, anaerobia facultativa. Lo anterior significa que no se tiñe de azul porque tiene dos membranas celulares, y que puede existir tanto en presencia como en ausencia de oxígeno (su metabolismo puede ser respiratorio en condiciones aerobias y fermentativo en anaerobias). El grupo de las proteobacterias al que pertenece el Vibrio alberga también a otros malvados microbios: esqueriquia, salmonela, helicobácter, chigela, todos causantes de graves enfermedades del tracto digestivo. ¿Por qué esa afición gastroentérica? Quizá porque se trata de microorganismos que utilizan sustratos orgánicos y son poco selectivos en sus requerimientos nutricionales.

El cólera, que se adquiere por beber agua o comer alimentos contaminados por heces humanas, se manifiesta con una intensa diarrea y vómito, lo que en poco tiempo deshidrata al enfermo, y si no se trata puede ocasionar la muerte. La higiene evita el contagio: agua hervida o desinfectada, alimentos bien preparados y almacenados, y manos lavadas.

El cólera ha dado lugar a terribles epidemias y a diversas obras literarias. Tenemos, por ejemplo, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, libro divertido, sentimental y poco profundo: "los síntomas del amor son los mismos del cólera" (!). En la novela no se mencionan fechas ni lugares, pero dicen los comentaristas que está ambientada entre finales del siglo XIX y principios del XX en una ciudad colombiana del litoral del Caribe. El doctor Urbino, uno de los protagonistas, pudo conjurar la última epidemia ocurrida en la provincia: "logró la construcción del primer acueducto, del primer sistema de alcantarillas, y del mercado público cubierto...". La historia llegó a la pantalla en 2007 pero, al contrario de la novela, la película no tuvo una buena acogida.

Dos obras de factura superior son Muerte en Venecia y El velo pintado. En la primera, de Thomas Mann, el compositor Gustav von Aschenbach llega en busca de nuevos aires artísticos a Venecia, ciudad que le ofrece en cambio aires mortales: una epidemia de cólera que en vano las autoridades tratan de esconder de los turistas. La historia (de amor, por cierto) transcurre a principios del siglo XX. El protagonista se contagia y muere poco a poco, física y sentimentalmente. El gran Visconti la llevó al cine en 1971, y la ambientación y el vestuario por sí solos serían suficientes para admirarla.

El velo pintado, de Somerset Maugham, publicada en 1925, tiene como telón de fondo dramático una región de China asolada por una epidemia de cólera. Es una historia de corazones rotos que protagoniza un abnegado médico bacteriólogo, Walter Fane, y su desapegada esposa, Kitty. Ella se ve obligada a acompañarlo a combatir la epidemia, y en el transcurso de la batalla sanitaria descubre las cualidades del marido; demasiado tarde, porque Fane se ha contagiado y muere, cobijado por los cuidados de Kitty. Queda para ustedes, queridos lectores, averiguar cuál de las tres versiones cinematográficas es la más semejante a esta breve pero intensa novela que expone las pasiones humanas al rojo vivo.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez Mora

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la comunicación de la ciencia, en especial la escrita.

Ha publicado cuento, ensayo, novela, teatro, así como artículos y libros de comunicación científica. Entre sus obras, destacan Relatos de ciencia, Claudia, un encuentro con la energía, La divulgación de la ciencia como literatura, La ciencia y el sexo y la novela La otra cara, finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1996. Ha participado en la formación de divulgadores e impulsado la profesionalización de la labor. Ha impartido numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. Recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar” 2003.

Imagen y texto biográfico © Universidad Nacional Autónoma de México.

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