Brian Cox: "El conocimiento científico es un aspecto esencial de nuestra cultura"

Brian Cox: "El conocimiento científico es un aspecto esencial de nuestra cultura" Imagen superior: Brian Cox en "El universo humano" ("Human Universe") © BBC.

Considerado por el propio David Attenborough su heredero natural en el campo de la divulgación científica, Brian Cox sabe que la pequeña pantalla ha tenido un papel determinante en su carrera. Es probable que su soltura ante las cámaras provenga de los tiempos en los que era teclista en un grupo de pop, pero más allá de su fotogenia, Cox es el estereotipo de una época que necesita a científicos capaces de seducir al gran público.

Conocí a Brian Cox en 2007. Y puede que lo hiciera cuando yo aún no era el periodista que un científico de su estilo precisa. En realidad, nos encontramos gracias a una película, o para ser más exactos, gracias al equipo de márketing de esa película.

Fueron los responsables de de Twentieth Century Fox quienes organizaron el encuentro en Madrid: por la mañana en el Hotel Santo Mauro y por la tarde en una conocida librería. Aunque hoy sea una estrella de la BBC, aquel día Cox era un simple telonero, pues todas las cámaras y todos los micrófonos se dirigían hacia su compañero de viaje, el flamante Danny Boyle, que poco después ganaría un Oscar al mejor director.

Como asesor científico del film que ambos venían a promocionar ‒Sunshine‒, Cox ejerció su papel secundario con toda la tranquilidad que uno ha de mostrar en estas circunstancias, incluido el gesto de estrechar la mano a entrevistadores poco familiarizados con la física de partículas.

Es una lástima, porque hablamos de un personaje excepcional. A Cox le interesa la ciencia en toda su extensión: estudió en la Universidad de Manchester, trabajó en el Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN, es autor de apasionantes libros sobre física y astronomía, y por si todo ello no bastara, ha alcanzado la fama gracias a magníficos documentales de la BBC como Maravillas del sistema solar (2010), Maravillas del universo (2011), Maravillas de la vida (2013) y El universo humano (2014). Toda esa labor como divulgador le ha hecho merecedor de la Orden del Imperio Británico (OBE) por sus servicios a la ciencia.

Cox puede presumir de otros dos logros singulares, aunque algo menos trascendentes. En 2009 la revista People incluyó al científico en la lista de los hombres más sexys del mundo, y el grupo musical al que perteneció a comienzos de los noventa, D:Ream, consiguió situar el tema Things Can Only Get Better en el número uno de las listas británicas en 1993.

"Aunque siempre me han atraído la física y la astronomía ‒dice‒, cuando era un quinceañero me tentó la idea del pop y aprendí a tocar los teclados. Cuando entré en la universidad, conocí a Darren Wharton, de Thin Lizzy. Darren formó una nueva banda, Dare, y me animó a ser su teclista. Llegamos a grabar varios discos y a hacer giras con Jimmy Page y Gary Moore antes de que el grupo se disolviera. Luego, cuando ya estudiaba en la Universidad de Manchester, acabé formando parte de otro grupo, D:Ream".

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Imagen superior: Brian Cox, a la derecha, junto al resto de los integrantes de la banda de rock Dare.

Carl Sagan decía que la clave de la ciencia es que se autocorrige. Tengo la impresión de que, a su modo, la ciencia-ficción viene a hacer lo mismo: va acomodándose al ritmo de la ciencia real. No obstante, hay científicos para quienes Star Wars es un juego de niños. Otros, en cambio, sueñan con las ciudades marcianas de Edgar Rice Burroughs antes de diseñar un vehículo orbital. Cuando hablo con Brian Cox, lo primero que hago es pedirle que elija uno de los dos grupos: el de los racionalistas o el de los soñadores. Y él no duda ni un instante.

“Verás –me dice–, siempre me han apasionado las estrellas. Nací en 1968, coincidiendo con el vuelo del Apollo VIII y su transmisión de imágenes de la superficie lunar. Desde que tengo memoria, siempre me he sentido atraído por estos temas. Me fascinaban las misiones espaciales y quería hacer algo relacionado con ello. Decoraba las paredes con fotos de la llegada a la Luna, y el mejor regalo que pudieron hacerme fue un planisferio y un telescopio. Leer Cosmos, de Carl Sagan, y ver su serie fueron otra revelación para mí. Pero desde luego, también fui uno de tantos niños fascinados por La Guerra de las Galaxias. Con solo once años, me llevaron a ver Alien, el octavo pasajero, lo cual supuso para mí una experiencia sumamente turbadora. Todo ello me hizo ver que la ciencia-ficción plantea grandes cuestiones existenciales. Creo que es un género inspirador, que refleja la conexión emocional que existe entre el estudio del universo y las inquietudes fundamentales del ser humano”.

El camino que le llevó desde la música y los estudios científicos hasta la divulgación televisiva tiene que ver con esa inspiración. Por las fechas en que trabajaba en el CERN, fue entrevistado en varias ocasiones por reporteros de la BBC. Al comprobar su facilidad de palabra y su capacidad para explicar de forma accesible nociones muy complejas, los directivos de la cadena pública le ofrecieron presentar varios espacios.

Cuando Danny Boyle preparaba el guión de Sunshine con Alex Garland, el productor Andrew Macdonald vio a Brian Cox en un episodio de Horizon, un documental científico de la BBC que se emite desde 1964 y que, dicho sea de paso, alcanzó una nueva dimensión gracias a Cox. "Como los personajes de la película, y en especial el protagonista, interpretado por Cillian Murphy, son gente joven ‒dice‒, Danny quiso como asesor científico del film a un físico que también lo fuera. Por eso decidió ponerse en contacto conmigo".

Cox, que ya era popular en el departamento de documentales de la BBC, intentó que el guión de Sunshine fuera plausible. Teniendo en cuenta que la película está protagonizada por un equipo espacial que tiene que detonar una gigantesca bomba nuclear en el Sol, para evitar que éste muera, me imagino que sus reuniones de trabajo fueron de lo más movido. “De hecho, tuvimos que limar algunas asperezas –me dice Cox–, pero mis conocimientos resultaron más necesarios para la historia de fondo que para la trama”.

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Imagen superior: Brian Cox en "Maravillas de la vida" ("Wonders of Life") © BBC.

Durante su visita a Madrid, pregunté a Boyle por esas asperezas. Me imagino que no debe de ser tan fácil conciliar el respeto por la ciencia y esa necesidad narrativa que tienen muchos directores de mandar al diablo a Newton. “Desde luego –me dijo el cineasta–, fue magnífico tener a un experto a bordo: alguien que cuide de que todo esté bien coordinado desde ese punto de vista teórico. Por suerte, Brian siempre fue consciente de que nos debía guiar el pragmatismo. La ciencia es importante, sí, pero en una película tienes que seguir adelante con el drama… Por ejemplo, en la nave de la película, el Ícaro II, hay un sistema de gravedad artificial. Es algo improbable, claro. Pero si hubiéramos tenido que respetar la gravedad natural, aún estaríamos rodando. Lo mismo te puedo decir del momento en que el protagonista, Cillian Murphy, toca la superficie solar. Ya sé que es algo imposible, pero no importa. Quise plasmarlo en imágenes”.

A media voz, Cox apostilló al director: “No es exactamente imposible –le aclaró–. Es decir, puede hacerse… pero muy, muy brevemente”.

Por el modo en que nos miró, supe que Brian Cox acababa de imaginarse a Murphy pulverizado en menos de una milésima de segundo, con sus moléculas chisporroteando junto a otros seiscientos millones de toneladas de hidrógeno.

En todo caso, el interés de Cox por esta experiencia de rodaje es inseparable de su labor como divulgador cientítico: "Me parece que la manera en que se refleja la ciencia en Sunshine es muy certera y atrayente, y esa presencia de personajes jóvenes también es bastante realista, porque son muchos los jóvenes que están en la vanguardia de la investigación. El físico interpretado por Cillian, por ejemplo, responde bien a la media de edad que se da entre los investigadores del mundo real. Danny comentó que Cillian tomó algunos rasgos míos ‒gestos y expresiones‒ para construir su personaje. La verdad es que es un actor excelente y resulta muy interesante verlo interpretar al físico de la película. Incluso fue a visitar conmigo el CERN" [Posteriormente, Murphy describió a Cox como "una persona muy amable, que ha calmado mi estúpida curiosidad"]

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Imagen superior: Brian Cox en "The Science of Doctor Who" © BBC.

En tiempos de ligereza periodística y de frivolidad viral, merece reivindicarse la profundidad de un investigador como Cox. ¿Acaso no hay toda una dimensión filosófica en series como Maravillas del sistema solar? "Para conocer nuestra posición en el universo ‒explica en dicho espacio‒ debemos alzar la vista más allá del horizonte terrestre y escudriñar una inmensa esfera que quizá abarque un año luz más allá del cinturón de Kuiper, formado por cometas, y llegue hasta los confines de la nube de Oort, repleta de mundos helados, que rodea el Sol".

Esta visión romántica, que recuerda el soliloquio de Rutger Hauer en Blade Runner, es en opinión de Cox, sumamente contagiosa para el espectador. O en todo caso, merece serlo. "Hay que conseguir que la población ‒dice‒ valore la investigación científica, y es en ese punto donde la divulgación adquiere importancia: el ciudadano tiene el derecho de comprender esa ciencia que se financia con sus impuestos. Asimismo, debemos lograr que ese objetivo sea atrayente. En este sentido, a la hora de hacer divulgación, el equilibrio entre el rigor y la amenidad es todo un reto, porque implica situarse entre lo que espera el público y lo que el científico desea ver reflejado. De igual modo, en el ámbito de la cultura popular, cuando la ciencia se muestra como una exploración más allá de los límites conocidos, eso inspira a los niños y despierta nuevas vocaciones. En cambio, cuando el cine o la televisión presentan a los científicos como unos sabios de edad muy avanzada, ajenos a la vida actual, eso hace que los jóvenes de hoy se sientan menos atraídos por nuestra labor. Y sin duda, me parece imprescindible transmitirles de forma atractiva todos esos fascinantes proyectos que se están desarrollando en instituciones como la Agencia Espacial Europea, el CERN o la NASA. Ahora los jóvenes tienen muchas alternativas, y me parece fundamental para nuestro porvenir transmitirles la importancia de materias como la física o la ingeniería. Debemos hacerlo por todos los medios: a través de la enseñanza pero también a través de la cultura popular y de los medios de comunicación. Es algo que en su momento nos enseñó Carl Sagan: el conocimiento científico es un aspecto esencial de nuestra cultura. En este sentido, sería muy inspirador que promoviésemos un vuelo tripulado a Marte. Por más que un robot pueda hacer ese tipo de labor, no hay nada que nos inspire y que estimule tanto nuestra imaginación como una expedición espacial tripulada. Además, ese tipo de misiones influye en el progreso de toda la humanidad".

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Imagen superior: Brian Cox junto a un aye-aye en "Maravillas de la vida" © BBC

Ese vistazo seductor al universo conlleva, por razones que ahora conoceremos, un proyecto regeneracionista. Como miembro investigador de la Royal Society y profesor de la Universidad de Manchester, Brian Cox desempeña muchas veces la función de activista de la ciencia, hablando de tú a tú a los gobernantes y a sus conciudadanos.

En esta línea, sus declaraciones en Madrid se complementan con lo que le dijo a Nicola Davis cuando ésta le entrevistó en The Guardian: "Creo que el Gobierno ya ha asumido que la inversión en ciencia y en todas las áreas de la educación se fundamenta en un argumento intelectual y también económico. Es obvio que somos una economía basada en el conocimiento, y en el futuro eso va a ser más notorio. Es la única manera de la que podemos competir. En mi opinión, los políticos pueden aceptar las cosas desde un punto de vista intelectual, pero al mismo tiempo les resulta políticamente difícil poner en marcha lo que saben que hay que hacer". Y luego añade: "El electorado necesita entender qué es la ciencia, comprender su valor y aceptar esa inversión pública que necesita, y que habrá que sustraer de otra cosa. Ahí es donde creo que instituciones como la BBC desempeñan un papel muy importante. La ciencia vuelve a ser popular. Es algo que funciona por impulsos. Uno piensa en figuras como Humphry Davy [químico e inventor, presidente de la Royal Institution y fundador de la Geological Society en 1807] y entiendes que fueron personalidades de una importancia colosal en este campo. De modo que lo que estamos viviendo no es algo inusual, pero sí que es cierto que ahora la ciencia es más popular que en algún periodo reciente".

"Se supone ‒concluye‒ que las universidades no deben tener una perspectiva endogámica, sino convertirse en motores del cambio. No son una cinta transportadora para la economía del conocimiento: una cinta que trae y arroja estudiantes, o que se limita a producir algo de investigación para un sector particular de la industria. La universidad hace eso. Pero también hace otras cosas. Y el grano de arena que yo aporto forma parte de esa misión que tiene la educación superior. El mundo académico puede fortalecerse: al difundir de forma transparente sus logros, también puede contribuir en mayor medida a la sociedad. Que haya intelectuales con una dimensión pública es algo positivo".

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Imagen superior: Brian Cox en "El universo humano" ("Human Universe") © BBC.

Difícilmente puede concebirse la popularidad televisiva de Brian Cox sin sus dos antecesores más directos: su admirado David Attenborough y el difunto astrónomo Sir Patrick Moore, autor de setenta libros, presentador de un espacio de éxito en la BBC, The Sky at Night, y a su manera, protector de otro astrofísico y divulgador, Brian May, seguramente más conocido por ser el guitarrista de Queen.

Cuando en cierta ocasión le preguntaron en qué área de la divulgación prefería moverse, Cox recordó la personalidad de Moore, pero dejó entrever su interés por ciertos aspectos de la biología que son patrimonio de Attenborough.

En la pequeña pantalla, lo hemos visto subir a un reactor supersónico Lightning hasta una altura de 17.700 metros, aproximarse al flujo de calor de un volcán hawaiano, visitar un lago de lava en Etiopía y adentrarse en ese laberinto que es la cueva de Villa Luz, en Tabasco, México. Sin embargo, uno de los temas predilectos de Cox es justamente el que justificaba la trama de Sunshine: el Sol.

"Nuestro Sol ‒dice, contextualizando su trabajo con Danny Boyle‒ es un reactor de fusión nuclear de un tamaño millones de veces superior al de la Tierra. La energía del Sol proviene de su núcleo, una zona increíblemente turbulenta cuyas temperaturas se elevan a 15 millones de grados. Un metro cúbico de material del núcleo pesa 150 toneladas. En este enorme reactor de fusión nuclear, los núcleos atómicos de hidrógeno se fusionan y se rompen, convirtiéndose en helio. Si sólo fuera posible transformar un kilogramo de hidrógeno de esta manera, obtendríamos una cantidad de energía suficiente para satisfacer las necesidades de 600 personas durante un año. El sol quema 600 millones de toneladas de hidrógeno por segundo. Dicho de otra manera, 400 millones de millones de millones de millones de millones de millones (bueno, 38 ceros) de núcleos de hidrógeno se convierten en helio cada segundo. En este proceso, más de cuatro millones de toneladas de masa desaparecen durante cada segundo solar, convertidos en energía gracias a la famosa ecuación de Einstein, E = mc2. Viene a ser el equivalente de la voladura de un centenar de miles de millones de megatones de TNT por segundo. Con esta tendencia, el Sol aún tiene suficiente energía para perpetuarse durante otros cinco mil millones de años. Después, morirá. El Sol está compuesto por un 74% de hidrógeno, un 25% de helio y de pequeñas cantidades de otros elementos más pesados. Estos elementos pesados ​​nos pueden parecer de poca importancia, pero, de hecho, el único lugar del universo donde pueden ser creados es el corazón de las estrellas".

¿Por qué el Sol le parece a Cox un astro fundamental para entender cuanto nos rodea? "Todo aquello que forma nuestro cuerpo, a excepción del hidrógeno ‒continúa‒, se fue formando gracias a generaciones de estrellas antiguas, y se ha introducido en el universo cuando estas estrellas han agotado el hidrógeno y han muerto de una manera espectacular. A eso lo llamamos explosión de una supernova. El Sol es una estrella de tercera generación, que se formó hace algo más de 4.500 millones de años. Es decir, en una época en la que el universo cumplía una edad suficiente para que dos generaciones de estrellas hubieran nacido y muerto. El Sol, los planetas y todo lo que integra el universo, incluidos nosotros mismos, tiene su origen en enormes nubes de polvo y gas, lanzadas al espacio durante la defunción de aquellas primeras estrellas".

"Aunque el Sol nos parece excepcional ‒concluye‒, y sin duda es de suma importancia para nosotros, es tan sólo una de las cientos de millones de estrellas que pueblan nuestra galaxia. Y conviene recordar que hay, por lo menos, cien mil millones de galaxias en el universo. Así que el Sol no es tan especial. De hecho, para ser una estrella, es muy pequeña y casi insignificante. Una estrella conocida por todos los que miran el cielo nocturno es Betelgeuse, en la constelación de Orión. Es una supergigante roja: el noveno astro más brillante de cuantos observamos en el cielo. Si el Sol fuese reemplazado por Betelgeuse, todos los planetas, incluido Júpiter, acabarían en el interior de esa estrella. Su radio, de hecho, es de 6.500 veces mayor que la de nuestro pequeño sol".

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Imagen superior: Brian Cox en "El universo humano" ("Human Universe") © BBC.

Durante su visita a Madrid, no fui el único que le preguntó a Cox sobre la muerte del Sol, quizá porque esa visión apocalíptica nos resulta espectacular y aterradora a partes iguales.

"Tenemos un conocimiento bastante preciso y comprobado de los mecanismos internos de las estrellas ‒aclara Cox‒, pero hay cosas en el universo que todavía no entendemos. De eso se ocupa el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), donde yo he trabajado. Entre otras cosas, el cometido del LHC consiste en crear las condiciones que existían en el Universo menos de una mil millonésima de segundo después del Big Bang, a temperaturas de billones de grados, reproduciendo así algo que sucedió hace 14.000 millones de años. En ese momento, se generó una serie de sustancias particulares, una sopa primordial, compuesta por partículas elementales: los quarks y los gluones. En Sunshine, ese fin inevitable que tendrá el Sol no sucede a los cinco mil millones de años, sino durante el siglo XXI. ¿Y cómo es esto posible? Ahí entran en juego las teorías de supersimetría, que se basan en que todas las partículas (neutrinos, quarks, electrones) tienen una copia".

"Muchos físicos ‒añade‒ creen que la materia oscura, esa sustancia misteriosa que ni absorbe ni emite luz y de la que se compone en gran medida el universo, puede contener partículas supersimétricas, muy diferentes de esas partículas que componen la Tierra, el Sol y todo lo que vemos, incluyendo nuestros cuerpos. La supersimetría ‒según la cual, cada partícula elemental conocida tiene una copia supersimétrica‒ es una línea de investigación del CERN, al igual que la antimateria. Esta supersimetría nos conduce a lo que en física de partículas llamamos G-Ball ‒un tipo de solitón: una onda solitaria que se propaga sin deformarse en un medio no lineal‒; o dicho de otro modo, grandes aglomeraciones de partículas supersimétricas, formadas durante el Big Bang y que, llegado el caso, podrían alojarse en una estrella, gangrenar su corazón y, al final, destruirla desde dentro, arrojando la masa de la estrella al espacio. Aunque una eventualidad de esas características pueda parecer descabellada, no queda excluida de algunas teorías sobre el mundo subatómico, y por eso la empleamos en Sunshine. En cualquier caso, lo cierto es que nuestra posición en este frágil planeta que es la Tierra está bien lejos de la seguridad absoluta. Vivimos en un universo turbulento, que no entendemos claramente, y es posible que un día nos veamos obligados a lanzar una misión como la que mostraba la película de Danny Boyle, para evitar que la vida en nuestro planeta sea destruida por un fenómeno natural de estas características".

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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