Martes, 18 Febrero 2014 10:34

"True Detective" (2014), un clásico instantáneo Destacado

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Es la serie de la que habla todo el mundo. Con sólo un capítulo emitido, ya era el acontecimiento del año y corría de boca en boca que era una obra maestra. Un clásico recién nacido. La releche, vamos.

Malo. Muy malo. Grandes bolas de nada explotan cuando llega el segundo episodio, y nos dejan a todos con cara de gilipollas. Por la espera. Por la ilusión rota. Por el tiempo perdido…

Es lo que tiene el vender un producto antes de que lo vea el público. Pero es parte de este negocio. Ya no vale triunfar al terminar una temporada. Hay que triunfar antes. Porque además de arte, esto es ante todo, un negocio, y si se puede renovar antes de acabar el primer capítulo, mejor que al terminar el segundo.

Grandes popes como Spielberg han tenido éxito en la venta a priori de una serie. Él mismo ha conseguido que medio mundo se siente frente al televisor en la noche de un estreno, y en los títulos de crédito ya hemos descubierto que nos la habían dado con queso.

Es lo que tiene ser una rata televisiva. Hay que entrarle a todo. Es nuestra naturaleza roedora. Por eso mismo, las sorpresas, buenas y malas, abundan semana a semana…

Por esa razón, tenía que escribir sobre True Detective. Y odio hacer esas cosas. Me gusta encontrarme las sorpresas, no que me atropelle la fama que las precede.

Al grano.

True Detective no es una mala serie. Pero tampoco es una buena serie. De hecho, no es una serie de televisión. Es cine. Cine del grande. Con mayúsculas. Cine clásico y moderno. Del bueno. Pero cine. Nada de televisión. La única diferencia, y ésa es nuestra suerte, es que no se exhibe en salas y que no dura dos horas sino trece. Setecientos ochenta minutos de cine puro. Cine adulto. Cine hondo. Cine para degustar como si de un Dom Perignom se tratara. O aún mejor –ambientándonos ya en la Louisiana donde transcurre la acción– un buen bourbon.

Para empezar, podría detenerme en sus títulos de crédito, dirigidos por Patrick Clair para el estudio Antibody, con diseños de Raoul Marks. Esos títulos son tan atípicos como simbólicos. Siluetas rellenas de imágenes sugerentes, reflejo de personajes que llevan dentro de sí diferentes mundos, recortadas contra fondos blancos. Rostros que en su interior traslucen carreteras desiertas y que estallan en llamas. Cuerpos de mujer con paisajes infinitos mientras una música cimbreante –Far From Any Road, interpretada por The Handsome Family– nos transporta por largas carreteras desiertas.  Una maravilla que te hipnotiza y te sumerge en un universo propio. El de un tal Nic Pizzolatto, creador y escritor de la serie, del que uno se pregunta qué coño ha estado haciendo hasta el día de hoy.

Una vez metidos en la historia, nos dejamos llevar por una trama en apariencia sencilla. El caso de un psicópata, asesino de chicas, investigado por dos detectives –el trágico, culto y obsesivo Rustin "Rust" Cohle (Matthew McConaughey) y el práctico, directo y pasional Martin Hart (Martin Hart)– que tienen mucho pasado y ningún futuro a sus espaldas.

Contada en continuos flash backs, entre 1995 y la actualidad, True Detective muestra un pasado que tiene de desasosegante lo que el presente de enigmático. Algo nos dice que las cosas no salieron bien para dos personajes que están en vía muerta de sus vidas.

Vale, sí. Pero ¿por qué narices dices que esto es cine y no televisión? Es cine por sus ritmos extraños, lentos, pausados, que nada tienen que ver con los de la caja tonta.

Es cine por sus encuadres. Por sus movimientos de cámara. Por su iluminación. Es cine porque no se preocupa de dejarnos al final del capítulo con un clifthanger que asegure nuestra presencia la próxima semana.

Pizzolatto y el director Cary Joji Fukunaga no nos tratan como a críos a los que hay que ofrecer el caramelo final para que volvamos a la tienda a los siete días. No quieren que veamos su serie cenando o mandando a los niños a la cama. Por eso mismo, el ritmo no tiene dejarnos enganchados con continuos giros de la trama, para que no cambiemos de canal al llegar la publicidad. Ni una sola secuencia está diseñada pensando en que tras ella vendrán esos insufribles comerciales.

Existe un ritmo lento que puede atraparnos tanto como la sucesión continua de sorpresas. Esto no es coca. Es opio. Idóneo para tumbarnos en el sofá y ver la vida pasar lentamente.

Los encuadres pueden ser amplios, generales, solitarios… Porque ya nadie tiene pantallas enanas en su casa y nuestros salones se asemejan, cada vez más, a una sala de cine. Y si usted no la tiene, jódase.

True Detective está hecha para verse así. De la misma forma que una botella de buen vino no ha sido concebida para maridarse con una hamburguesa del McDonalds. Tampoco requiere que el capitulo acabe en todo lo alto. Pizzolatto y Fukunaga saben que estamos enganchados y que volveremos la semana siguiente. Pase lo que pase en la secuencia final de cada capítulo. Aunque quizá debería decir que no existen capítulos: solo divisiones temporales cada siete días.

Si lo hubiera sabido antes, habría aguardado a que terminaran las trece subdivisiones de una hora para metérmela en vena durante un día completo. Pero ya no puedo. Llevo vistos cuatro “episodios” y me es imposible hacer eso con los nueve restantes. Necesito mi dosis semanal. Estoy enganchado. Soy un yonkie de True Detective.

 P.D. En este artículo podría haberme detenido en una historia que minuto a minuto se va haciendo más oscura, y que nos va llevando hasta unos abismos del alma humana que se adivinan horribles. También podría haberme detenido en esos dos personajes centrales, que son trasuntos desquiciados de Don Quijote y Sancho en la Norteamérica profunda; en la música magnífica de T Bone Burnett, que transita por caminos inesperados; en todos y cada uno de los actores que están de Oscar (no de Emmy); en el gusto y la maestría con la que está rodada, en el cuidado puesto en los detalles de cada secuencia, en la complejidad (nada aparente) del guión… Pero ¿para qué? ¿Acaso uno razona cuando paladea el trago del mejor bourbon? Lo mejor es servirse otra copa y apurar la botella hasta el fondo. Y rogar a Dios porque el cantinero tenga escondida otra caja bajo el mostrador…

Copyright del artículo © Pedro Luis Barbero. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Anonymous Content, Parliment of Owls, Passenger, Neon Black, Broadcast, HBO. Reservados todos los derechos.

 

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  • Extended Classes: grid-double dark
Visto 4356 veces Modificado por última vez en Martes, 18 Febrero 2014 10:48
Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. Tuno negro (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de esas fechas en el nuestro país, logro que le llevó a no volver a hacer cine en España hasta 2015, año en que rodó El futuro ya no es lo que era.

Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como Impares o ¡Viva Luisa! con las que consiguió pagar el alquiler.  Actualmente, como todo el país, está pensando en emigrar… aunque quizá sea más fácil conseguir que sea el país quien emigre de él.

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