Martes, 26 Agosto 2014 23:12

"True Blood": una sangría de ideas hasta el final Destacado

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El domingo 24 de agosto se emitió en Estados Unidos el último episodio de una de las series más populares de HBO, True Blood. La historia de esta serie de Alan Ball, basada en los libros de Charlaine Harris, es uno de los claros ejemplos de que incluso la cadena de culto estadounidense se deja seducir por las audiencias.

Lo cierto es que la serie empezó con buen pie. Su campaña de promoción, en la que se presentaban como reales las bebidas True Blood, la sangre sintética que permite a los vampiros “salir del armario” e iniciar una convivencia pacífica con los humanos, era ya original, y quienes idolatraban, como yo, la serie A dos metros bajo tierra (también de Alan Ball), estaban dispuestos a dar la oportunidad a su nuevo creador.

Ahora bien, desde la cabecera quedaba claro que estábamos ante una creación completamente diferente. Como siempre, estaba muy cuidada, con imágenes decadentes e impactantes, que nos remitían al paisaje pantanoso del sur de Estados Unidos donde se ubica el pueblo de Bon Temps. Además, contaba con una de las canciones más potentes de la parrilla televisiva (algo también marca de la casa, y si no, recuerden la canción de la cabecera de The Sopranos, de Alabama 3), a medio camino entre el country y el rock clásico, interpretada por Jace Everett, y titulada Bad Things.

La canción prometía un espíritu de transgresión que, en una cadena de cable, podía tener cierto sentido. Y quienes conocíamos a Alan Ball por A dos metros bajo tierra sabíamos hasta dónde es capaz de llegar para diseccionar al ser humano, con sus miedos, virtudes, mezquindades y bondades. Así que la idea de una serie ambientada en una pequeña localidad de Louisana, en la que se narraba la coexistencia forzada de humanos (de todas las razas), y otros seres que caían en el ámbito de la alteridad (vampiros, hombres lobo, cambiantes) podía dar para mucho. Por supuesto, no está de más un amor que cruza los bordes y amenaza con alterar el orden establecido de “juntos, pero no revueltos”, ni algún villano carismático que, como se adivina, en algún momento pasará al otro bando.

En el planteamiento inicial estos elementos aparecían perfectamente perfilados gracias a la relación de amor y sexo que entablan Sookie (Anna Paquin) y el vampiro Bill (Stephen Moyer), por una parte, y por la magnífica interpretación del personaje de Eric Northman, un vampiro canalla y guapo, que realiza Alexander Skarsgard (a modo de curiosidad, cabe recordar que su hermano menor, Bill Skarsgard, parece estar especializándose también en papeles semejantes, mientras el padre de ambos, Stellan, se dedica a salvar el mundo junto a Thor. Según parece, hay un Skarsgard para cada grupo de edad).

Durante las dos primeras temporadas explotaron la química de la pareja protagonista (que se trasladó también a la vida real, con la boda de Paquin y Moyer), en tanto que Eric se mantenía como el antagonista. Mientras Bill Compton parecía ser el perfecto caballero del sur, Eric se convertía en traficante de “V” (sangre de vampiro), una potente droga para los humanos, y pensaba siempre en su propio beneficio, y en el de su progenie, Pam, una vampiresa maravillosamente interpretada por Kristin Bauer, y ponía el contrapunto ácido a la dulzura empalagosa de Sookie.

Esta podría haber sido una gran serie si hubiera acabado tras la tercera temporada, más o menos. Sin embargo, murió de éxito. Durante esas tres primeras tandas de episodios, hubo momentos muy interesantes, divertidos y estrambóticos. Más es más, y la ambientación sureña, así como los vampiros metidos a políticos y tertulianos que debatían con los cristianos radicales de la Iglesia del Sol hacían de la serie un entretenimiento estrafalario, y que exigía al espectador que ampliara los límites de lo verosímil, pero divertido al fin y al cabo.

Ahora bien, una fórmula tan sobrecargada no se puede seguir explotando mucho tiempo, y, sin duda, los creadores de True Blood y la cadena decidieron que debían exprimir como fuera el éxito, y eso los llevó no solo a rozar el ridículo sino que consiguieron que algunos de sus seguidores llegáramos a sentir vergüenza ajena.

La aparentemente original serie de vampiros de la cadena más exquisita del mundo se convirtió en un folletín de tercera y cuarta categoría. Sí, las temporadas tenían un hilo argumental de fondo, pero lo único que parecía importar a los guionistas era conseguir una escena de sexo que epatara al espectador. Llegaron al momento más lamentable a principios de esta última temporada cuando esbozaron una escena entre Jason, el hermano de Sookie, y Eric. Resultó ser un sueño, y no tenía ningún fin en la historia, simplemente meter una escena entre dos actores guapos con calzador para seguir siendo rompedores. Desde luego, lo que sí rompieron fue cualquier esperanza de credibilidad.

Sin explicar el final de la serie, claro, sí puedo adelantar que True Blood se traicionó al revelar lo que realmente es, una serie de soft porn, donde metieron a presión todos los elementos fantásticos que se les ocurrió, sin originalidad alguna, que echaba mano de las escenas de sexo y desnudos para llenar la enorme falta de ideas nuevas y creatividad que parecía aquejar a los guionistas después de la tercera temporada.

De hecho, el final es absolutamente convencional. La serie no consigue ser en absoluto transgresora: ¿una escena de sexo entre dos hombres debe escandalizarnos? ¿No lo tenemos superado? Como mínimo, en las series de las cadenas de cable estadounidenses. Me resulta un pensamiento bastante retrógrado, y cuando pienso en el final aún confirmo más mi idea de que tras la aparente transgresión de True Blood se esconde en realidad un tufillo bastante conservador.

Para resumir, este es un caso claro de que la mayor transgresión reside siempre en unos guiones bien escritos, en un desarrollo coherente de los personajes y, sobre todo, en la honestidad con el público. Y True Blood vendía humo, envuelto, eso sí, en un paquetito muy resultón. Si hubieran sabido parar a tiempo, quizás el resultado habría sido distinto. Por supuesto, siempre se puede salvar algo, incluso hasta el final, y yo me quedo con la pareja de Eric y Pam. Son los dos personajes que han conservado una coherencia de principio a fin, que actuaban como lo que son, vampiros que viven de la sangre de los vivos, que han aportado importantes dosis de humor, cinismo y réplicas deslenguadas. Concluiré recordando simplemente que hay que saber irse de la fiesta antes de que la música deje de sonar, las luces se enciendan, y la magia desaparezca.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © HBO. Reservados todos los derechos.

 

Visto 3496 veces Modificado por última vez en Miércoles, 17 Septiembre 2014 06:17
Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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