All is full of love

Volví al Pompidou para reencontrarme con las obras de algunos artistas clave del siglo XX. Lo que no imaginaba es que lo que más me iba a impactar sería el maravilloso video de Chris Cunningham All is full of love, de la polifacética artista islandesa Björk. De repente, lo expuesto allí dejó de interesarme y me dediqué a mirar, una y otra vez, hechizado, aquel video que, de hecho, es considerado una de las cimas en la creación audiovisual de las últimas décadas.

All is full of love fue lanzado en junio de 1999 como el último de los cinco sencillos del álbum Homogenic, un trabajo que la autora quería agresivo y machista. Pero la canción en realidad muestra la necesidad de creer en el amor, no sólo entre dos personas, sino del amor en general, que está por todas partes.

Recuperando la idea de la mitología islandesa, donde los dioses se vuelven violentos, el mundo estalla y todo muere, para que tras la salida del sol comience la vida de nuevo, la cantante quiso reflejar la emoción de sentir el amor renovado a la vida, reflejado en el canto de los pájaros tras el final del duro invierno islandés y la llegada de la primavera.

El video es obra de Chris Cunningham, uno de los pocos realizadores que pueden sustraerse a la imposición de la industria musical que entiende el videoclip como un producto publicitario para la venta de discos.

De hecho, en su trabajo, a medio camino entre el arte y la publicidad, en el que se materializan y filtran obsesiones recurrentes como entornos postapocalípticos, atmósferas gélidas retro futuristas, paisajes urbanos opresivos, colores fríos, e industriales al servicio de historias cercanas a la iconografía de la ciencia ficción, el cine del terror y la pornografía con un sutil sentido del humor, encontramos la influencia de Stanley Kubrick, Ridley Scott, David Cronenberg, David Lynch o H.G. Wells.

En este trabajo aborda el antiguo sueño del ser humano de crear un doble de sí mismo, lo cual nos remite al mito clásico de Prometeo, pasando por el Frankenstein de Mary Shelley, el robot femenino de Metrópolis de Fritz Lang, los replicantes de Blade Runner de Ridley Scott, o los clones con capacidad para emocionarse de Inteligencia Artificial de Spielberg.

La figura robótica de Björk señala hacia un futuro en el que las fronteras de la existencia humana estarán determinadas por las máquinas y nuestra capacidad humana para experimentar el amor y el deseo, despojada de su exclusividad, se convierta en la cualidad propia de seres cibernéticos para los que la identidad sexual deja de ser un problema.

La ambientación escenográfica recuerda la estética gélidamente aséptica de películas de ciencia ficción como 2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick. El frío y clínico colorido blanco del mundo de los robots controlado por los ordenadores provocan sensaciones como la soledad y el abandono. Pero Cunningham introduce elementos emocionales que actúan como contrapunto, pues, por otra parte, el color blanco representa cualidades como la pureza, la inocencia y la paz. De hecho, las imágenes de tiernas caricias, junto con la cálida, aunque tímida, mirada de los ojos oscuros y humanos (de la propia Björk), fortalecen esta sensación de emoción pura y pacífica.

El video comienza con unos chispeantes cables de electricidad entrelazados. Dos máquinas, en una habitación muy luminosa, trabajan sobre una figura durmiente androide que con ligeros movimientos de su boca va introduciendo la melodía a base de sonidos inspirados por máquinas con instrumentos orquestales y clavicordio. Es Björk. Para ello fueron usados sus ojos y boca y el resto del cuerpo fue tratado en ordenador a través de un programa de 3D.

Sigue con el encuentro del robot Björk con su propio alter–ego y su unión en un apasionado y sexual abrazo. Ambos hacen el amor a través de un ballet mecánico que sugiere un acto de modesta timidez virginal. Los robots poseen una timidez inicial que se va elevando hasta el sentimiento de amor. Para su acoplamiento la sexualidad del acto de amor es intensificada por el líquido lubricante que facilita la velocidad de sus movimientos, lo que genera en el espectador una sensación voyeurista de haber visto a las máquinas haciendo el amor.

En EEUU la canción alcanzó el octavo puesto en las listas dance y el sencillo fue el primero en la discografía de Björk en publicarse en el nuevo formato de DVD single para mejorar la calidad del vídeo. Además recibió una candidatura a los premios Grammy y ganó varios, como "Mejor Video" y "Mejores Efectos Especiales" en los MTV Video Awards del año 2000. Paradógicamente el video fue censurado por algunas cadenas porque se decía que daba una imagen homosexual, al ser los robots más bien femeninos. Sin embargo, sigue emitiéndose en la MTV hoy en día. Desde luego, no me extraña.

Copyright © Alfredo Llopico. Reservados todos los derechos.

Alfredo Llopico Muñoz

Gestor Cultural de la Fundación Caja Castellón desde 2002. 

Licenciado en Geografía e Historia, Alfredo Llopico realizó los cursos de doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Valencia y el Máster de Gestión de Recursos Culturales de la misma universidad. Se inició en el ámbito de la gestión cultural por medio de la organización y coordinación de actividades del área de cultura del Ayuntamiento de Onda, entre 1995 y 2002.

Desde 2003 hasta 2005, fue director de la Galería L'Algepsar de Castellón y participó en proyectos de sensibilización intercultural como Ecuapop, los de aquí, los de allí.

Asimismo, es colaborador de El Mundo y del suplemento cultural de El Periódico Mediterráneo.

Sitio Web: agitaciondesdelaperiferia.blogspot.com.es

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