La magia y los músculos. La autopsia de Washington Irving Bishop

Quien desbocó los caballos del mentalismo en el último tercio del XIX fue Washington Irving Bishop (1856-1889). Este mentalista californiano no sólo se decía capaz de adivinar cualquier objeto escondido en el escenario, también en cualquier escondrijo del teatro e, incluso, en no importa qué rincón de la ciudad. Por ejemplo, un imperceptible alfiler.

Bishop abandonaba el teatro en plena actuación, conduciendo un soberbio tronco de caballos con los ojos vendados. En estas escalofriantes galopadas, el mago, cuyo nombre en castellano significa obispo, se convirtió en el creador del efecto de la conducción con los ojos vendados y en un precursor del cumberlandismo, es decir, de la lectura muscular.

Privado de la vista, a la velocidad del rayo, Bishop atravesaba las calles de la ciudad para encontrar el alfiler, en compañía del espectador que lo había escondido. Durante el trayecto, tomaba la mano de su acompañante e interpretaba las reacciones imperceptibles, los movimientos involuntarios que revelaban paulatinamente el camino que conducía al objeto escondido. Había aprendido este método de adivinación trabajando como asistente de John Randall Brown.

Durante su estancia en México, ofreció dos sesiones privadas antes de actuar en el Teatro Nacional. Las crónicas de la época las describen con detalle. La primera se celebró en la residencia del suegro del presidente de la república. A ella asistió el yerno presidente, el general Porfirio Díaz, que rigió la política mexicana entre 1876 y 1911. Bishop pidió a doña Carmelita, la esposa del general, que pensara en una melodía precisa. Sin que mediaran palabras, se dirigió al piano y tras unos instantes de concentración, inició los compases del último aria de Rigoletto.

Tras este primer acierto, solicitó a la dueña de la casa que pensase en un ser querido. Abandonó el salón y atravesó varias habitaciones. Se detuvo en una de ellas y tomó un retrato situado sobre la repisa de una chimenea que correspondía a la persona pensada.

Por último, se formó una comisión compuesta por tres miembros elegidos al azar, a fin de que escogieran y ocultaran algún pequeño objeto. Eligieron secretamente un alfiler y lo escondieron en casa de uno de ellos, médico de profesión, en un estuche de cirugía. Hasta allí fue Bishop con los ojos vendados y encontró el alfiler disimulado entre los instrumentos quirúrgicos.

Al día siguiente, en el Hotel Jardín, ejecutó otro de sus números clásicos. Pidió a los asistentes que designasen una persona para que simulase un apuñalamiento y escondiese el arma homicida. Bishop se marchó de la habitación y, al cabo de un rato, regresó con los ojos vendados. Se dirigió a un tal Woheim, tomó su mano, intentando percibir las leves alteraciones musculares y descubrió el lugar en donde se hallaba el puñal.

En ambas ocasiones, ante un público compuesto de políticos, militares y banqueros del Porfiriato, proclives al positivismo, Bishop aseguró que sus adivinaciones no provenían de poderes sobrenaturales, sino de la concentración y la voluntad.

No siempre fue así. En sus comienzos traicionó a Anna Eva Fay, de la que fue representante, revelando las técnicas que empleaba en su número espiritista. Además de una persistente campaña en los periódicos, publico un libro explicando que los fenómenos y manifestaciones espiritistas eran provocados por medios naturales. Así mismo dedicó otra obra a la Doble vista, en la que revelaba los procedimientos para ejecutar este efecto de magia que inventara Robert-Houdin y popularizara en América Robert Heller.

Su ímpetu desmitificador no fue impedimento para afirmar que estaba dotado de poderes superiores cuando presentó su propio espectáculo. El gran mago Maskeline le llevó a los tribunales por este motivo. La sentencia le condenó a una multa de 10.000 libras y le prohibió ejecutar parte de su repertorio en Gran Bretaña.

Naturalmente Bishop no estaba dotado de poderes superiores. Pero su estado habitual tampoco solía ser normal.

Era asiduo al alcohol y a las drogas. A veces, sufría ataques de catalepsia. Perdía la capacidad de contraer los músculos voluntariamente y se desplomaba, yaciendo inmóvil, aparentemente muerto. Le aterraba la idea de acabar enterrado vivo.

“Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal”, aseguraba Edgar Alan Poe en El muerto prematuro. Para Bishop existía una situación aún más temible: la posibilidad de que su cuerpo sufriera una autopsia en ese estado. Por eso solía llevar en el bolsillo una nota en la que avisaba de su enfermedad.

De regreso a Nueva York, actuó en el Lambs Club, que frecuentaban y frecuentan aún gentes relacionadas con el espectáculo. Según un periódico de Los Ángeles, se trata del mismo club al que Groucho Marx, años después, destinaría su famosa frase: Yo no quiero pertenecer a ningún club que me acepte como miembro.

Durante su actuación, Bishop intentó adivinar una palabra pensada por un espectador. Para ello, levantó el brazo hasta tocar su frente con los dedos. Justo en el momento en que las yemas entraban en contacto con la piel, sufrió un ataque. Cayó al suelo fulminado.

Al cabo de unos minutos se recuperó e insistió en proseguir la función. Pero de nuevo se desplomó y, en esta ocasión, el tiempo pasó sin que se apreciara reacción alguna. A nadie se le ocurrió mirar en su bolsillo donde guardaba el papel que advertía sobre sus frecuentes catalepsias y las precauciones que se debían tomar para evitar lo que más temía.

Le hicieron un electrocardiograma del que se deducía la muerte clínica. ¿Los médicos se precipitaron al decidir la autopsia? ¿Le abrieron el cráneo en canal, tal como se aprecia en la fotografía adjunta, cuando aún estaba vivo?

Su madre, Eleanor Fletcher Bishop, así lo pensó. Bishop procedía de una familia proclive al espiritismo. Su madre tenía un carácter fuerte. Sus declaraciones en la prensa de la época son de un dramatismo macabro. Las recopiló en un folleto titulado: A Mother's Life Dedicated and an Appeal for Justice to All Brother Masons and the General Public. Afirmaba que cuando el bisturí troceaba el cuerpo de su hijo, Bishop mantenía la consciencia, aunque no podía moverse y evitarlo.

Hay fronteras que resulta insoportable traspasar. Aunque se trate de una mera hipótesis como es el caso de esta muerte escalofriante a la que acompaña una paradoja temible. Bishop era capaz de adivinar cualquier cosa mediante la lectura muscular ¿Es posible que muriera a causa de la incapacidad transitoria de contraer voluntariamente sus propios músculos?

Copyright del artículo © Ramón Mayrata. Reservados todos los derechos.

 

Ramón Mayrata

Poeta y novelista, ha ejercido también el periodismo escrito y ha trabajado como guionista de radio y de televisión.

A los diecinueve años publicó su primer libro de poemas: Estética de la serpiente (1972). Un año antes aparecieron sus poemas iniciales en la antología Espejo del amor y de la muerte, prologada por Vicente Aleixandre (1971).

Trabajó como antropólogo en el antiguo Sahara español en pleno proceso de descolonización. Estas experiencias fueron la materia de su primera novela: El imperio desierto (Mondadori, 1992).

Su relación con los medios de comunicación le sugiere un libro de relatos, Si me escuchas esta noche (Mondadori, 1991) y su segunda novela El sillón malva (Planeta, 1994). Completan su obra narrativa: Alí Bey, el Abasí (Planeta 1995), traducida al árabe, y Miracielos (Muchnik, 2000).

Junto a Juan Tamariz fundó y dirigió la editorial Frackson especializada en libros técnicos de magia. Fruto de su relación con la magia y el ilusionismo son Por arte de magia. Una historia del ilusionismo (1982) y La sangre del turco (1990), y dos incursiones en el teatro mágico: La Vía Láctea (1993) y El viaje de los autómatas.

En la última década del siglo pasado y en los primeros años de este prosiguió la publicación de su obra poética. Asimismo, ha escrito numerosos textos sobre arte en libros, en revistas y en catálogos dedicados a los pintores Eduardo Arroyo, Ramón Gaya, Carlos Franco y José Luis Tirado y a los fotógrafos Isabel Muñoz, Ricardo Vinós y Ciucco Gutiérrez.

La agencia Metropolitan distribuyó sus artículos de opinión sobre la actualidad cultural en una veintena de periódicos locales. Ha colaborado en las revistas Camp de l´arpa, Fablas, Sábado Gráfico, Revista de Occidente, Poesía española, Ozono, Nueva Lente, Arte Contemporáneo/Arco, Boletín de la Fundación Juan March, Reseña, La Luna, Fin de siglo, El Urogallo, El Europeo, La Fábrica, La Balsa de La Medusa, Revista Atlántica de Poesía, El rapto de Europa, etc..

Ha ejercido la crítica literaria en El Sol, El País y ABC y dirigió un programa semanal sobre literatura en Radio 3. En la actualidad colabora en El Norte de Castilla, donde se ocupa de crítica de libros de narrativa.

Desde 1982, y a lo largo de más de veinte años, ha sido guionista de varias series de televisión (TVE y Antena 3) y programas de radio (RNE). Junto a Francisco Otero dirigió la revista electrónica El Adelantado de Indiana. En la actualidad imparte talleres sobre técnicas literarias y escritura creativa en distintas instituciones culturales y cursos de literatura para universidades norteamericanas.

 

Sitio Web: www.ramonmayrata.com/

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