El hombre que se sentía pájaro: Carl Compars Herrmann

Dio en pensar que no siempre el talento se puede trasmitir de generación en generación. En el mundo de la magia es posible hallar algunas familias cuyos miembros heredaron cualidades excepcionales para ejercer su arte. ¿La suya era una de ellas?

La verdad es que no sabía qué responder. El caso es que su padre, el doctor Samuel Herrmann tuvo dieciséis hijos que crecieron rodeados de magia, pero se juramentó para que ninguno de ellos se convirtiera en mago.

Su propio padre no tenía claro qué profesión ejercía realmente. ¿Médico profesional y mago aficionado o mago profesional y médico aficionado?  El Doctor Samuel Herrmann viajó a la corte turca en calidad de médico y acabó actuando como mago del Sultán en el palacio Topkapi de Estambul.

Allí, en el patio de ceremonias, empezó a espiar aquellas sesiones fabulosas. Él era el hijo mayor.  Se llamaba Carl, aunque le llamaban Compars, e imitaba a su padre a escondidas.

Así aprendió secretamente magia en contra de los deseos de su progenitor. En cualquier momento su padre podría descubrirle. Adquirió una endiablada destreza y se acostumbró a practicar en cualquier sitio y a cualquier hora, sin aparatos, ni accesorios y sin otro apoyo que su decidida vocación.

Cuando la familia se instaló en París, su padre le llevó por una oreja a la facultad de medicina. Allí se sentía enjaulado. Le gustaba contemplar a los pájaros a través de las amplias ventanas del aula. Desde las últimas gradas del anfiteatro, casi pegadas al techo, seguía con la mirada sus vuelos más allá del horizonte, donde soñaba hallar su verdadero y fantástico destino.

Pensaba que el aprendizaje del canto en los pájaros era modelo perfecto para comprender los principios generales que intervienen en el aprendizaje de actividades complejas, como por ejemplo la magia. Había oído decir a uno de sus profesores que un científico llamado Darwin había elaborado una novedosa teoría según la cual los circuitos cerebrales evolucionaron cientos de millones de años, antes de que se bifurcase la línea evolutiva de los pájaros y de los mamíferos– y por tanto de los seres humanos.  Creía que probablemente el aprendizaje en pájaros y en seres humanos involucra circuitos cerebrales similares a pesar de las diferencias anatómicas.

En cuanto podía se escapaba a los parques y bosques cercanos a París para estudiar el canto de las aves. Con gran paciencia y dedicación aprendió a imitarles. Cuando se dejaba llevar por el sonido creía compartir las emociones del animal, la felicidad del vuelo, la escapada.  Pero su padre acudía a imponer silencio y un orden marcado por un único pensamiento: Serás médico. 

Los pájaros cantores aprenden por lo general sus cantos, cuando son muy jóvenes, de otras aves de la misma especie. Carl Herrmann se sentía más próximo de esos otros pájaros llamados burlones, imitadores de los imitadores, que son capaces de reproducir cualquier sonido de su entorno. Pero admiraba sobre todo al ruiseñor y al tordo, aves capaces de repertorios de más de 100 canciones diferentes.

Por entonces el gran mago Robert-Houdin había construido su segundo autómata: un ruiseñor cantante.

Carl Herrmann lo había visto en la exposición de 1844 donde fue presentado junto al autómata escritor y dibujante. Supo que, al igual que él, Robert-Houdin pasaba largas horas en el bosque estudiando el canto del ruiseñor. Algo tenía en común con el gran mago. Pero las intenciones eran distintas.

Robert-Houdin fabricó una garganta artificial mediante un pistón de acero que se movía libremente en el interior de un pequeño cilindro de cobre. Trascribió los sonidos en el lenguaje humano. El resultado fue un galimatías sin sentido: Tiu… tiu… tiu… ut… ut… ut… ut… ut… ut… tchih... tchih... tchih...  Robert-Houdin los llamaba murmullos sin nombre.

Los reordenó mediante notaciones musicales. Le llamaba la atención que Robert-Houdin acudiera a un método científico para producir una ilusión. Pero sin duda logró transformar el canto real en una tonadilla mecánica en la garganta metálica del pajarillo. Que, por otra parte, movía las alas y el pico y saltaba de rama en rama.

A Carl le resultaba inquietante, como todos los autómatas. El pájaro artificial imitaba lo que de mecánico tenía el canto del ruiseñor real. A partir de ese momento, cuando Carl imitaba a un ruiseñor se esforzaba en imitar lo que tenía de vital, esa sensación plena de libertad que otorgan el vuelo y la música.

Tras la exposición, Carl no volvió a ver al pajarillo mecánico. Robert-Houdin se convirtió en el mago de mayor reputación de su tiempo y el propio Carl en sus comienzos imitó varias de sus creaciones, tras comprar los secretos de su funcionamiento a precio de oro a uno de sus ayudantes.

Pero por entonces estaba muy lejos de convertirse en mago, de lograr vencer la oposición furibunda de su padre. Pasó el invierno, se disiparon las nubes y brotó la primavera como un milagro al otro lado de los cristales. Le resultaba imposible recluirse en la Facultad, aspirar el olor acre del aula de disección y concentrarse en los libros de estudio. Empezó a hacer novillos. Casi cada día un alegre grupo de jóvenes escapaba desde la Sorbona hasta el bosque de Fontainebleau.

Tras las lluvias de abril, los árboles cubiertos de follaje, cobijaban miles de pájaros. Les gustaba tumbarse sobre la hierba para escuchar sus trinos que sugerían sueños imposibles.

—¡Me gustaría ser escultor!— fantaseaba un futuro traumatólogo.

—¡Yo deseo ser actor!— clamaba  un urólogo en ciernes.

—¡Yo quiero ser….!— dudaba Carl, antes de decidirse maravillado— ¡Yo quiero ser pájaro!

De sus sueños les despertó el ruido de un carruaje. Uno de ellos se incorporó y anunció a los demás:

—A pesar del polvo se distingue el escudo de la casa real.

—Están a punto de detenerse– señaló otro.

—¿Será el rey?— se alzaron varias voces.

—Quiero verle sin que me vea— planteó Herrmann— ¡Vamos! ¿Por qué no nos subimos a los árboles?

Fue el primero en trepar. En unos segundos todos se habían ocultado entre el ramaje. El carruaje se detuvo muy cerca, en un claro del bosque. Luis Felipe de Orleans descendió y ofreció su brazo a la reina María Amelia. Los hijos saltaron ágilmente y se dispersaron por el bosque. Dos de ellos, el duque de Orleans y el príncipe de Momtpensier se quedaron paralizados bajo un roble cuya enramada dejaba escapar un singular concierto de abejarucos, currucas, torcecuellos, carpinteros, canarios, ruiseñores, mirtos y tórtolas.  Estaban estupefactos. Se diría que todos los pájaros del mundo celebraban una asamblea en el árbol centenario. Al más joven de los dos le asaltó una idea.

—¡Ven! ¡Vamos a por ellos!

Se libraron de sus largas levitas, los chalecos y los sombreros planos. Se remangaron la camisa y treparon por el árbol para descubrir que aquel concierto maravilloso era obra de un único solista, dotado de un oído excepcional que le permitía imitar los trinos y gorjeos más variados.

Inmediatamente llamaron a su padre y Carl, oculto de nuevo en la espesura, se vio obligado a repetir aquellos sonidos deliciosos.  El rey tardó en admitir que aquella multitud de sonidos armónicos, acordes inesperados y voces diferentes los originaba un joven estudiante. Se quedó tan admirado que le regaló su propio reloj como recompensa.

Aquel valioso reloj fue el argumento que utilizó para convencer a su padre. El doctor Samuel Herrmann tenía grandes dificultades para sostener a su numerosísima familia. Carl adujo que además se ahorrarían los cuantiosos gastos de sus estudios de medicina, por los que no sentía interés, ni aprecio.

Los pájaros vuelan sin preguntarse a dónde van. Los magos de aquella época eran seres errantes. Herrmann recorrió Europa desde Londres a San Petersburgo.  Atravesó el continente americano desde Brasil a Estados Unidos.

El éxito le acompañó siempre. Logró que su padre dispusiera de un confortable retiro, dotándole de una pensión. Y mantuvo a su numerosa familia. Pero hubo de renunciar a algunas de sus ilusiones —entre ellas La doble vista, La botella inagotable y La carpeta fantástica— debido a la denuncia que le interpuso Robert-Houdin.

El gran mago había logrado que encarcelaran a su ayudante y mecánico LeGrand por fabricar duplicados de sus principales ilusiones que vendió a Carl, a Robin y a John Henry Anderson.

 Para Carl la denuncia fue providencial. Le obligó a prescindir de aparatos y a dedicar su espectáculo a los juegos de habilidad y manipulación.  De esa manera acuñó la figura arquetípica del mago del XIX. Sumamente delgado, la barba y el bigote le proporcionaban un aire ligeramente mefistofélico. Presentaba su magia como si sobrevolara un misterio, un mundo extraño y desconocido. Vestido con medias negras, calzón de seda, levita de largos faldones y chaleco,  era capaz de producir cuatro peceras repletas de peces rojos y bajar entre el público, para que inspeccionaran  las mangas, la levita y los faldones y acabar extrayendo de la nada una quinta pecera donde nadaban unos hermosos peces dorados que conmovían con su brillo las luces artificiales del teatro.

Todos estos recuerdos venían a cuento porque tenía que tomar una decisión con respecto a su hermano menor. Tras una de sus largas giras, de vuelta a la casa de su padre, decidió secuestrarlo. Pero esa es otra larga historia de este hombre que se hizo mago, porque se sentía pájaro.

Copyright del artículo © Ramón Mayrata. Reservados todos los derechos.

 

Ramón Mayrata

Poeta y novelista, ha ejercido también el periodismo escrito y ha trabajado como guionista de radio y de televisión.

A los diecinueve años publicó su primer libro de poemas: Estética de la serpiente (1972). Un año antes aparecieron sus poemas iniciales en la antología Espejo del amor y de la muerte, prologada por Vicente Aleixandre (1971).

Trabajó como antropólogo en el antiguo Sahara español en pleno proceso de descolonización. Estas experiencias fueron la materia de su primera novela: El imperio desierto (Mondadori, 1992).

Su relación con los medios de comunicación le sugiere un libro de relatos, Si me escuchas esta noche (Mondadori, 1991) y su segunda novela El sillón malva (Planeta, 1994). Completan su obra narrativa: Alí Bey, el Abasí (Planeta 1995), traducida al árabe, y Miracielos (Muchnik, 2000).

Junto a Juan Tamariz fundó y dirigió la editorial Frackson especializada en libros técnicos de magia. Fruto de su relación con la magia y el ilusionismo son Por arte de magia. Una historia del ilusionismo (1982) y La sangre del turco (1990), y dos incursiones en el teatro mágico: La Vía Láctea (1993) y El viaje de los autómatas.

En la última década del siglo pasado y en los primeros años de este prosiguió la publicación de su obra poética. Asimismo, ha escrito numerosos textos sobre arte en libros, en revistas y en catálogos dedicados a los pintores Eduardo Arroyo, Ramón Gaya, Carlos Franco y José Luis Tirado y a los fotógrafos Isabel Muñoz, Ricardo Vinós y Ciucco Gutiérrez.

La agencia Metropolitan distribuyó sus artículos de opinión sobre la actualidad cultural en una veintena de periódicos locales. Ha colaborado en las revistas Camp de l´arpa, Fablas, Sábado Gráfico, Revista de Occidente, Poesía española, Ozono, Nueva Lente, Arte Contemporáneo/Arco, Boletín de la Fundación Juan March, Reseña, La Luna, Fin de siglo, El Urogallo, El Europeo, La Fábrica, La Balsa de La Medusa, Revista Atlántica de Poesía, El rapto de Europa, etc..

Ha ejercido la crítica literaria en El Sol, El País y ABC y dirigió un programa semanal sobre literatura en Radio 3. En la actualidad colabora en El Norte de Castilla, donde se ocupa de crítica de libros de narrativa.

Desde 1982, y a lo largo de más de veinte años, ha sido guionista de varias series de televisión (TVE y Antena 3) y programas de radio (RNE). Junto a Francisco Otero dirigió la revista electrónica El Adelantado de Indiana. En la actualidad imparte talleres sobre técnicas literarias y escritura creativa en distintas instituciones culturales y cursos de literatura para universidades norteamericanas.

 

Sitio Web: www.ramonmayrata.com/

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