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Relación del viaje de España, Madame d'Aulnoy, Traducción de Pilar Blanco y Miguel Ángel Vega, Cátedra, Madrid, 2000, 335 pp.



El paso del Noroeste es un antiquísimo horizonte aventurero, poblado de resonancias literarias. La meta, no me lo negarán, tiene un inconfundible encanto y una épica que para sí quisieran muchos escritores. Ahí es nada: consiste en llegar desde el océano Atlántico hasta el Pacífico por una vía inexplorada.

Aunque William Wilkie Collins (Londres 1824-1889) no publicó su primera novela, Antonina or the Fall of Rome, hasta 1850, llevaba años escribiendo y poniendo a punto su estilo literario.

"Las encantadas", de Herman Melville

Herman Melville (1819-1891) no había cumplido aún los veinte años cuando su espíritu aventurero lo llevó a embarcarse rumbo a las islas del Pacífico Sur.

Victoria (1915) es para muchos críticos la última de las grandes novelas de Conrad (El corazón de las tinieblas, Nostromo, El agente secreto), y tal vez la más lograda.

Aquejado de una penosa enfermedad, la tuberculosis, R. L. Stevenson parte en junio de 1888 desde San Francisco, en el velero "El Casco" con destino a las islas del Pacífico Sur.

Los colonos de Silverado describe las andanzas y peripecias acaecidas durante la nada convencional «luna de miel» de Stevenson y su mujer –Fanny Osbourne– por las montañas de California.

¡Las Marquesas! ¡Qué extrañas visiones de cosas exóticas evoca este mismo nombre!

De los grandes descubrimientos geográficos de la humanidad –cabría decir, para hablar con propiedad, de los pueblos europeos–, el conocimiento de la ubicación exacta de las fuentes de donde mana el misterioso Nilo, uno de los ríos más largos y caudalosos de la Tierra, ha excitado desde muy antiguo la curiosidad e imaginación de hombres de ciencia, viajeros y geógrafos.

Jacinto Antón asaltó el congreso (sin querer) en el golpe del 23–F, ha estado de pie sobre el lomo de la Esfinge, solo a oscuras en el corazón de la Gran Pirámide, rodeado por todas las momias de los grandes faraones en el Museo Egipcio de El Cairo mientras el profesor que las examinaba iba a por un café, y a menos de dos metros de una leona hambrienta que cazaba en el Serengueti.