logo200pxtesauro
Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Las leyendas urbanas y las historias de fuego de campamento tienen un rasgo común, y es que todas ellas se presentan como si fueran reales. En este tipo de relatos, la verosimilitud es un detalle esencial, y eso que suelen estar protagonizadas por fantasmas y otras criaturas de ultratumba.

El proyecto de la bruja de Blair (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1999) es una de esas película que demuestran que el terror cinematográfico es algo muy subjetivo. Mucha gente piensa que es una tomadura de pelo en la que no pasa nada, que son imágenes de gente paseando por el bosque y dando gritos. Y tienen razón, en realidad.

Uno de los relatos de terror más admirados y adaptados es La pata de mono, del autor británico W.W. Jacobs. Dicha narración se basa en el principio “ten cuidado con lo que deseas”, y funciona a la perfección a la hora de proporcionar escalofríos al lector, pero también aporta una valiosa moraleja: no es saludable no aceptar la muerte de los seres queridos.

No es probable que R.L. Stine llegue nunca a ganar el Nobel de Literatura. Tampoco creo que persiga ese sueño. Sus libros no son precisamente un ejemplo de calidad literaria, pero hay que reconocer con su interminable colección de novelitas ‒¿relatos largos?‒ titulada Pesadillas (Goosebumps, algo así como “Escalofríos” o “Carne de gallina”) ha triunfado con todas las de la ley.

Esta desconocida película bien merece una revisión para reivindicarla. Nos hallamos ante una joya oculta de finales de los 80, que rinde homenaje al terror pulp de los años 30, dirigida por el extraño Tibor Takács, autor también de la estimable cinta de terror infantil y lovecraftiano La puerta (1987).

El terror y lo inconsciente

El género de terror que hoy conocemos nació en el siglo XVIII. Aquel fue el siglo de la Ilustración, de la elevación de la razón a las cotas más altas hasta entonces conocidas. Y, sin embargo, tanta pulcritud y claridad de pensamiento exigían un reverso oscuro y repulsivo: el monstruo.

Es muy lógico que los espejos siempre hayan ocupado un lugar en las historias de miedo. Al fin y al cabo, son una inquietante ventana a un mundo reverso, cuya prolongada observación provoca que nos empecemos a ver extraños, ajenos a nosotros mismos. ¿Quién no ha experimentado alguna vez esa sensación? Espero no ser el único.

James Wan es sinónimo de rentabilidad. Hace muchas películas por no demasiado dinero y al público le encantan. A lo mejor usted es como yo, y piensa que sus filmes, con un poco de pulido, serían mejores, pero no es un director malo y su éxito no molesta.

American Horror Story: Freak Show

«Gooble Gobble, one of us, we accept her». Si reconocen las palabras anteriores como la letra que se canturrea en Freaks (1932), dirigida por Tod Browning, en una de las escenas más difíciles de describir de la historia del cine –en ella se mezcla la comedia, el drama, el patetismo y lo trágico; de ahí que resulte icónica para los amantes del cine de terror–, el Freak Show de Ryan Murphy se les quedará corto y encontrarán cierto parecidos que sobrepasan el homenaje. Al menos, según lo que hemos podido ver en el primer capítulo.

El primer [REC] llegó a las pantallas españolas como un tren desbocado en un momento en el que el subgénero de terror found footage todavía no había saturado el panorama. Los directores Paco Plaza y Jaume Balagueró supieron administrar sabiamente los elementos de realismo, de comedia costumbrista y de "tren de la bruja" con una factura impecable, metiéndose al público en el bolsillo y generando hasta remakes en Hollywood, con lo cual, las secuelas eran inevitables.