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A comienzos de los años 90, el cine de terror casi despareció, quizá por la sobrexplotación de las dos décadas anteriores, o posiblemente por el auge del thriller erótico (a causa del éxito de Instinto básico) y el thriller psicológico (por culpa de El silencio de los corderos).

Tras la temporada cinematográfica estival, con los estrenos de enormes superproducciones, llega lo que se suele denominar temporada de Halloween, que ocupa el comienzo del otoño. Son semanas en las que se suelen estrenar entregas de franquicias populares del cine de terror. Producciones en las que la relación entre el modesto presupuesto y la jugosa recaudación es el sueño de cualquier contable.

Hay series de películas que se hacen para los aficionados al terror, como Pesadilla en Elm Street, Viernes 13 o Insidious. Y luego está la saga Phantasma, que más que para los aficionados al terror, se hace para los aficionados a Phantasma.

Las leyendas urbanas y las historias de fuego de campamento tienen un rasgo común, y es que todas ellas se presentan como si fueran reales. En este tipo de relatos, la verosimilitud es un detalle esencial, y eso que suelen estar protagonizadas por fantasmas y otras criaturas de ultratumba.

El proyecto de la bruja de Blair (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1999) es una de esas película que demuestran que el terror cinematográfico es algo muy subjetivo. Mucha gente piensa que es una tomadura de pelo en la que no pasa nada, que son imágenes de gente paseando por el bosque y dando gritos. Y tienen razón, en realidad.

Uno de los relatos de terror más admirados y adaptados es La pata de mono, del autor británico W.W. Jacobs. Dicha narración se basa en el principio “ten cuidado con lo que deseas”, y funciona a la perfección a la hora de proporcionar escalofríos al lector, pero también aporta una valiosa moraleja: no es saludable no aceptar la muerte de los seres queridos.

No es probable que R.L. Stine llegue nunca a ganar el Nobel de Literatura. Tampoco creo que persiga ese sueño. Sus libros no son precisamente un ejemplo de calidad literaria, pero hay que reconocer con su interminable colección de novelitas ‒¿relatos largos?‒ titulada Pesadillas (Goosebumps, algo así como “Escalofríos” o “Carne de gallina”) ha triunfado con todas las de la ley.

Esta desconocida película bien merece una revisión para reivindicarla. Nos hallamos ante una joya oculta de finales de los 80, que rinde homenaje al terror pulp de los años 30, dirigida por el extraño Tibor Takács, autor también de la estimable cinta de terror infantil y lovecraftiano La puerta (1987).

El terror y lo inconsciente

El género de terror que hoy conocemos nació en el siglo XVIII. Aquel fue el siglo de la Ilustración, de la elevación de la razón a las cotas más altas hasta entonces conocidas. Y, sin embargo, tanta pulcritud y claridad de pensamiento exigían un reverso oscuro y repulsivo: el monstruo.

Es muy lógico que los espejos siempre hayan ocupado un lugar en las historias de miedo. Al fin y al cabo, son una inquietante ventana a un mundo reverso, cuya prolongada observación provoca que nos empecemos a ver extraños, ajenos a nosotros mismos. ¿Quién no ha experimentado alguna vez esa sensación? Espero no ser el único.