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Vida perra

Leyendo el periódico en el parque me he hecho contertulio de una asamblea que podría llamarse la Vida Perra. Una rápida conclusión me ha sugerido corregir el refrán: «Dime qué perro paseas y te diré quién eres».

Balada del metro

Un elemento existencial de la vida en una gran ciudad y al cual prestamos la misma desatención que a todo lo cotidiano, es el hecho de que una muy considerable parte de nuestra existencia la pasamos bajo tierra, viajando en metro. Muy excepcionalmente, alguna línea madrileña sale a la superficie y constatamos que el mundo que habíamos abandonado al bajar las escaleras del metro, sigue en pie, bastante similar a lo que siempre ha sido. Vuelvo al comienzo. Es lo diario, aquello que por falta de atención se torna desconocido, según propuso Hegel hace unos cuantos años.

Mentes frikis

Participar en comunidades culturales, subculturales o contraculturales puede ser un buen antídoto contra el conformismo. Los frikis (o freaks), habitualmente caricaturizados, pueden servir para analizar un colectivo que, además de un interés por estilos peculiares de consumo cultural, conjugan un acentuado sentimiento de individualidad con un especial sentido de la pertenencia. ¿Qué tienen en común las mentes de estas personas? ¿Existe una teoría cognitiva del frikismo?

América telúrica

A comienzos del siglo XX era frecuente que los intelectuales de todo el mundo se preguntaran qué era una nación, en qué consistía el “ser” nacional. Qué significaba ser español, alemán, ruso, chino, japonés. Las páginas de las revistas y los estantes de la bibliotecas se llenaron de artículos y libros que se preguntaban por esa esencia nacional, que a veces era incluso supranacional: qué significaba ser europeo, americano, latinoamericano, asiático, ario o judío.

El divino tesoro

Convoco a dos poetas para discurrir velozmente sobre la juventud. Rubén Darío la definió como un divino tesoro; Jean Cocteau como una creencia: todos los jóvenes se creen –nos hemos creído– una raza. A su manera, tienen razón. Hay días de la juventud en que los tales se sienten/nos hemos sentido, hermosos como dioses. Y hemos querido perpetuar esa divinidad, convirtiéndola en un rasgo racial. Daré unos ejemplos de memoria.

Los chicos de Sabina

Mi sobrina Loli me invitó a una fiesta de confraternidad organizada por sus compañeros de estudios entre españoles y americanos. Al principio me resistí. ¿Qué haría un señor de mi edad entre tantos mozos y mozas?

Un grafitero solitario

Tarde en la noche, volvía yo a casa gozando de la soledad fantasmal y la coquetería de luces indirectas del viejo Madrid. A cambio, en medio de la calle, me encontré con una ambulancia del SAMUR y un conjunto de vecinos en pijamas y batas.

Carpe diem

Los antiguos romanos aconsejaban aprovechar el día. No tanto la vida, que uno nunca sabe cuánto más va a durar, sino el día, que suponemos siempre al alcance de la mano.

Amoniaco

¿Los días más hermosos del año? Voto por las mañanas madrileñas, de limpio cristal inmóvil, una sombra fresca y un sol tibio como una madre. Como los jubilosos siempre tenemos un largo domingo por delante, me voy al Retiro, para admirar la manera otoñal de herrumbrarse las hojas caducas. En especial los castaños de Indias, a veces simulando que los ha maquillado un buen acuarelista. Esta suma de bellezas gratuitas me pone crédulo.

La grave juventud

Cuando éramos chicos, la gravedad parecía patrimonio de los viejos y la vejez se asociaba a la cuarentena. De ahí en adelante, la suerte diría cuánto podría durar. La juventud, o su tópico, era la liviana alegría de vivir.