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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

El abate Gounon regaló a Rousseau una fuente diseñada por Herón de Alejandría. Se trataba de una fuente neumática de la que manaba un chorro de agua vertical, mediante la presión del aire. El aparato evocaba los trucajes de los templos antiguos que Herón había descrito en sus obras y se regía por los mismos principios.

El Romanticismo en el arte francés

El período de actividad de la escuela romántica en Bellas Artes va próximamente desde 1819 (fecha de la Medusa de Gericault) hasta 1850. En el terreno de la crítica no había más precedente que los Salones de Diderot, cuya influencia sobre el gusto de sus contemporáneos fue ninguna, y de los que en rigor más se deduce una teoría realista que una teoría romántica.

Por el fondo de sus ideas y por su primera cultura, Madame de Staël pertenecía aún al siglo XVIII. Se había educado en el sentimentalismo de Rousseau, y su primer ensayo crítico fue una especie de himno en alabanza de aquel gran dominador de las imaginaciones de su tiempo. Este primer fondo no desaparece nunca, ni en el carácter ni en los escritos de Madame de Staël.

La revolución literaria que invadió triunfante todas las literaturas de Europa a principios de nuestro siglo, se presentó en Francia con muy singulares caracteres, y suscitó allí, más que en parte alguna, protestas ardientes y encarnizada lucha. Solamente allí encontró una literatura oficial organizada para la resistencia. Solamente en aquella nación pudo pasar en los primeros momentos por antipatriótico lo que en Alemania, en Inglaterra, en Italia, en España, se presentaba como una reivindicación nacional contra las antiguas tiranías preceptivas. Conviene detener un momento la consideración en las causas de este notable fenómeno.

Con el advenimiento de la dinastía francesa al trono de España, se inició entre nosotros una modificación literaria, que trascendió a otros ramos de nuestra cultura. Contribuyó a allanar el paso a la influencia extraña, la decadencia y senectud visible de la civilización indígena, no tan muerta, sin embargo, en los últimos días del siglo XVII, como pudieran inducirnos a creerlo apasionadas declamaciones. Cierto que las bellas letras agonizaban, en términos que apenas es posible recordar otro nombre ilustre que el de Solís en la Historia, y los de Bances, Candamo y Zamora en el teatro. De la poesía lírica apenas quedaban reliquias, ni es lícito dar tan alto nombre a las rastreras y chabacanas coplas de Montoro, Benegasi y otros aún más oscuros.

La obra poética de Heine es muy copiosa y variada, aunque las composiciones sean generalmente breves. De aquí nace la dificultad de encerrarlas todas bajo una fórmula y un juicio, y de aprisionar en las redes de la crítica a este Proteo multiforme. Apenas hay afecto del alma moderna que no tenga su eco vibrante en alguna estrofa de Heine; pero son tan rápidas y, por decirlo así, tan etéreas e impalpables las alas de su numen, que, apenas han rozado la superficie de nuestro espíritu, cuando se alejan, dejándonos sólo cierta especie de polvillo sutil, que es cosa imposible reducir al análisis. Por eso yo no entendía al principio a Heine, y ahora, que no me empeño en descomponerlo y le tomo como es, creo entenderle. Educado yo en la contemplación de la poesía como escultura, he tardado en comprender la poesía como música. Admiré siempre en Heine la perfección insuperable de la frase poética, lo bruñido y sobrio de la expresión, pero casi siempre me parecían sus cantos vacíos de contenido y realidad. Y, aun pasando más adelante, me parecían hasta insípidos y vagamente sentimentales, recreándome a lo sumo los rasgos irónicos, que forman, por decirlo así, el elemento masculino de esta poesía.

Decíase entre todos los aficionados a estos estudios que el tal poeta había traducido a Leopardi, siguiendo tan de cerca al original, que casi le había bebido los alientos: añadíase que su genio explorador y aventurero de nuevas tierras y conquistador de ellas para el arte nacional, había dado alta muestra de sí traduciendo en años todavía muy juveniles el Manfredo , de Byron, con tal exactitud y perfección, que desalentaba toda competencia. Y era, en fin, rumor público que existían de su mano traducciones de las Geórgicas (para lo cual no tenía que buscar fuera de su casa ejemplo que seguir o emular), y de Schiller y de otros poetas, así líricos como dramáticos, así antiguos como modernos; pero todos ellos pertenecientes a la raza de los inmortales.

Ante todo, prescindiré del Quintana histórico, del Quintana político, del Secretario de la Junta Central, del organizador de la Instrucción Pública sobre nuevas bases, del patriarca y apóstol de las doctrinas, que después se llamaron progresistas, del perseguido y encarcelado en 1814, del desterrado en 1813, de aquella figura estoica y rígida, toda de una pieza, fundida artificialmente en el molde de los Catones y de los Brutos.

Este personaje, más famoso que estimable, vivió una vida de turbulencia y escándalo, difundió incansablemente las peores ideas de su tiempo, tomó parte muy enérgica en la acción revolucionaria de 1793 y ha quedado en la historia como el más radical de los iniciadores españoles de un orden de principios diametralmente contrarios a los que el señor Cuadra profesó toda su vida y a los que yo profeso. Y aunque la mayor parte de los escritos de Marchena que aquí se estampan sean de índole puramente literaria, no deja de advertirse en muchos de ellos el influjo de la prava doctrina filosófica y social con que el autor había nutrido su entendimiento. Hemos impreso, pues, estas obras a título de mera curiosidad histórica, y en corto numero de ejemplares, para que corran únicamente en manos de los bibliófilos, sin daño ni peligro de barras.



Es siempre difícil y discutible precisar fechas en cuanto al comienzo de un gran movimiento intelectual, artístico y político como el romanticismo. También es necesario.