Mostrando artículos por etiqueta: política http://thecult.es Mon, 22 May 2017 15:29:56 +0000 Joomla! - Open Source Content Management es-es La rancia Francia http://thecult.es/el-fondo-de-la-maleta/la-rancia-francia.html http://thecult.es/el-fondo-de-la-maleta/la-rancia-francia.html La rancia Francia

Las recientes elecciones presidenciales francesas han puesto en circulación algunos tópicos que conviene examinar de cerca. Por de pronto, en cuanto a la distribución del voto, lo mejor es esperar a las elecciones legislativas, para las cuales hay siempre mayor amplitud electiva. Finalmente Macron se impuso como si la convocatoria hubiera sido a dos, cuando en rigor fue más barato por docena.

¿Hay en verdad una nueva política que desafía los esquemas de la vieja? ¿Qué hubo de nuevo en los pasados comicios? Mélenchon se ha decantado por el bolivarianismo pero no deja de ser una galantería sin reales consecuencias, ya que poco y nada aproxima la Venezuela de Maduro a la Francia de Hollande. Mélenchon tiene de partida un discurso izquierdista jacobino, propio de una sociedad de clases muy definidas, lo que un partido socialista decimonónico consideraría movimiento obrero politizado. Es decir: los que el PS francés no consiguió y lo llevó a una cuasi desaparición.

¿Es novedoso el populismo de Le Pen? Su almendra es el nacionalismo francés, de raigambre antirrevolucionaria, elegíaco de un perdido imperio, por una lado antiburgués y por el otro, xenófobo, sólo que la bestia negra ya no es el judío sino el musulmán.

Fillon representa la franja orleanista de la derecha tradicional, la que ve a Francia liderando a Europa, así como la franja bonapartista ve en Europa como un disfraz alemán. Nada nuevo por allí.

El galán de la compañía es Macron, que ha ganado con un esbozo de partido de apenas un año de rodaje. Es fotogénico, joven, experto, politécnico, hábil comunicador, en fin: le bon garçon de la vieja política. ¿Está realmente desencajado de las herencias? Arriesgo que no, sólo que parece ser el único que entiende cuál herencia está decidido a recoger.

Lo que Macron propone –y veremos en qué medida lo dispone– es, en rigor, lo que la socialdemocracia podría hacer para evitar su desaparición. En efecto, el socialismo canónico no puede ser ya un partido obrero en una sociedad posindustrial de clases medias, sin arrinconarse en una minoría testimonial sin poder decisorio alguno. Tampoco puede prometer invertir el destino del capitalismo en pos de un socialismo devaluado por la experiencia del llamado socialismo real. O sea: ni clasismo ni filosofía de la historia. Pero sí la fórmula Macron: hacer el partido de la excelencia, convocar a los núcleos de la sociedad civil y seleccionar a los mejores, jugando siempre desde el ángulo transparente. O sea: excelencia y decencia.

El planteamiento es tan diáfano que puede parecer ingenuo y la ingenuidad es letal en política. Pero Macron parece astuto y nada incauto. Lo ha probado por su sentido de la oportunidad: se marchó del gobierno Hollande en el momento oportuno y se jugó a presidente en el momento oportuno. Le tocan tiempos difíciles, como a todos los dirigentes: la rancia Francia de la dispersión republicana, el pantano institucional de la Unión Europea, la facilidad de la demagogia lepeniana. Pero tiene torpes adversarios que pueden favorecerlo: la misma Le Pen, Trump, la señora May tratando de gestionar un Bréxit en el que no cree. Quien viva, verá.

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correo@thecult.es (Blas Matamoro) El fondo de la maleta Tue, 16 May 2017 22:02:18 +0000
Nostalgias del 68 http://thecult.es/el-fondo-de-la-maleta/las-nostalgias-del-68.html http://thecult.es/el-fondo-de-la-maleta/las-nostalgias-del-68.html Nostalgias del 68

Hablando con mi amigo el catedrático, es curioso comprobar que, pese a la distancia geográfica (Buenos Aires y Madrid), la coincidencia generacional hace que parte de nuestras memorias coincidan. El punto más agudo de coincidencia está vacío: el París de mayo del 68. Allí no estuvimos ni mi amigo ni yo.

Las sustituciones parecen claras. Él recuerda un recital de Raimon en Madrid, el 18 de mayo de 1968, sus consignas, la colecta para unos obreros metalúrgicos en huelga, una manifestación estudiantil bloqueando el coche de la entonces princesa Sofía (luego reina democrática, pero entonces vista como esperanza de continuidad del franquismo).

Yo, en cambio, recuerdo mayo del 69, lo que en la Argentina se denominó “cordobazo”. En la ciudad de Córdoba hubo una pueblada con miles de personas en las calles, que obligó a la policía a replegarse y al ejército, a intervenir. Mandaba en mi país, entonces, uno de los numerosos dictadores que experimentamos, un hombre consistente y ridículo, llamado Juan Carlos Onganía, que había prohibido la lucha de clases por decreto.

El tiempo lo ha mejorado: su dictadura parece hoy un juego de niños, comparada con las masacres que vinieron en la década siguiente.

Intercambiamos viñetas con mi amigo. Las que yo recuerdo muestran un país que va de mal en peor; las suyas, lo contrario. Pero él parece leer el proceso al revés: lo bello era ser joven y sostener esperanzas revolucionarias respecto al mundo circundante, y no soportar la actual inercia social, que sólo nos permite una árida gestión de los asuntos comunes, con ínfimos márgenes para mejorar o empeorar nuestro destino histórico.

Las devociones de entonces son las mismas: no sólo mayo del 68 (abruptamente enervado por la llegada del verano, que llevó a los revolucionarios a los balnearios), sino el Che Guevara, las revoluciones argelina y cubana, la guerra de Vietnam y nuestro intransigente antiimperialismo, la confianza en las energías revolucionarias del Tercer Mundo, las masas campesinas hambreadas que tomarían heroicamente las armas para derrotar a los centros mundiales de poder y sus adormecidas periferias.

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Paso revista a los primeros actores de aquellos años. La mayoría son víctimas con algo de cívico martirio: John Kennedy, el Che, Martin Luther King, fueron asesinados. Kruschev, tras su intento de deshielo, destituido.

Pocos quisieran hoy repetir su fervor por Mao Ze Dong y aquella pintoresca y terrible Revolución Cultural que pretendía aniquilar a Rembrandt y Beethoven como agentes del imperialismo.

Éramos bondadosos y justicieros, pero nuestra lista de apuestas hoy se me aparece como equivocada. Las atrocidades de los norteamericanos en Vietnam palidecen ante las cometidas por los vietnamitas en Camboya y por los chinos en el propio Vietnam. La revolución cubana, colapsada, pide ayuda a los inversores internacionales. La argelina educó a una generación de fundamentalistas teocráticos.

El guerrillerismo foquista de Guevara produjo un movimiento de lucha armada en América Latina que fue contestado con una sangrienta contrainsurgencia (gracias a ella debí marcharme a España y hacerme amigo del catedrático antes citado). Si en estos años, las vidas humanas y los dineros que costó este enfrentamiento se hubieran canalizado a los fines del desarrollo económico y social, mejor sería la situación del subcontinente.

El arrojo de los montoneros y tupamaros sólo sirvió para aupar a personajes tan opinables como Perón y sus secuaces de ultraderecha y para definir los problemas del subdesarrollo latinoamericano, no como un resultado de la desigualdad norte-sur, sino como parte de la guerra de bloques este-oeste.

Por no desplazar el recuerdo a los fervores que mi amigo y sus amigos tuvieron hacia la ETA, la banda Baader Meinhof o las Brigadas Rojas italianas, que confundían el terrorismo con la revolución social, exactamente como las centurias de la Falange.

El catedrático sigue evocando a mayo del 68 como un movimiento revolucionario, la última esperanza de la revolución en el “primer” mundo. Sospecho que así la explica a sus alumnos, en cuyo museo de las eternas ideas debemos estar ya los jóvenes de aquellos tiempos.

Yo me pregunto si lo ocurrido no fue lo contrario, si mayo del 68 no fue la gigantesca demostración del fin de las revoluciones, tal como las veníamos entendiendo en Europa y América desde el siglo XVIII. Una suerte de enorme happening con consignas literarias y fervores acerca de una refundación de la historia, un happening al que no asistieron ni los partidos de izquierda ni la clase obrera, y cuya secuela política, apenas perceptible, se redujo a algunos episodios autogestionarios en ciertas industrias de élite francesas. Si descontamos el reforzamiento del partido golista, que encabezaba la gran reforma modernizadora de Francia, para adaptarla a la pérdida de su imperio colonial y ponerla al frente de la Europa tecnológica y democrática.

Es curioso, pero nadie asocia el recuerdo Raimon-mayo 68 con la insurgencia de Praga, que esa sí tocaba más de cerca y se parece un poco a la Europa de hoy, sin bloques y amenazada por el micronacionalismo que florece, oh paradojas del discurso ideológico, oh eternidad de las ideas, allí donde ha sido más fuerte la prédica del internacionalismo proletario y la solidaridad de los pueblos.

Mi amigo el catedrático parte a Boston, a meter la cabeza en la boca del lobo y encender la luz en la caverna, allí, en el cogollo del poder académico imperialista. Volverá cargado de libros nuevos y quejándose del viento helado que recorre esa ciudad inhóspita, erguida de cemento y aficionada a la hamburguesa con papas fritas.

Entre tanto, me encuentro con su mujer, que acaba de llegar de un congreso feminista. No deja de reiterar recuerdos. En efecto, desplazando al conformismo proletario, las reivindicaciones del 68 eran protagonizadas por otros colectivos, los que pedían, desde el margen, un lugar en el centro: los negros, los homosexuales, los jóvenes y, naturalmente, las mujeres (que, además, podrían ser también negras, homosexuales y hasta jóvenes).

Mi amiga carece de estos tres atributos, aunque alguno ostentó, en tiempos. Ha criado a sus hijos (que lo son del catedrático, rigurosamente), atiende su consulta de psicolingüista y acude a reuniones feministas, donde, en mi calidad de supuesto crítico literario, he debido recibir opiniones acerca de la liberadora literatura femenina, su sintaxis y su gramática, opuesta a la opresora literatura masculina, que hegemonizó la cultura occidental en los últimos cinco mil años (¿Literatura masculina? ¿La del bélico Homero y la del contemplativo Proust, toda revuelta? ¿Cuáles son los caracteres viriles de esta viril actividad?)

Para conjurar el paso de los años, mi amigo el catedrático quiere mirar su madurez con los ojos de los veinte años, es decir los que siguen fijos en la eternidad de las ideas. Mi amiga la feminista se empeña en considerar el mundo desde una perspectiva excluyentemente femenina.

Los jóvenes rojos del 60 se pueden volver viejos verdes en el 90. Verdes de ecologismo y de tiernas aspiraciones a una perpetua lozanía: el evergreen. Algo similar ocurre con este feminismo radical. Hasta proclama valores éticos femeninos (la fraternidad, la igualdad, la solidaridad) frente a los caducos y crueles ideales éticos masculinos (competitividad, pugnacidad, inteligencia técnica, dominio y desprecio a la naturaleza, belicosidad, etc.). Me pregunto si este feminismo no incurre en la visión machista de la mujer, que tanto le preocupa y a la cual intenta criticar. En efecto, para el sexismo machista, la mujer no es individuo sino género (la Mujer, las mujeres); la mujer es distinta y su distinción es irreductible, como si se tratara de algo natural; por fin, la mujer es sublime y perder esta sublimidad (maternidad, belleza, ternura y sumisión) es perder su identidad como eidos femenino.

Temo a esto de naturalizar los valores morales. Si ensalzamos un valor moral por ser masculino o femenino, también podemos ensalzarlo por ser ario, blanco o musulmán. Hacemos residir lo superior en una parcialidad: la raza superior. De nada vale que quitemos el lugar de superioridad al varón para darlo a la mujer. Último baluarte de una revolución imposible, mayo del 68 puede ser como este feminismo racista que se convierte en el último baluarte de lo Eterno Femenino, disuelto en la historia.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en The Cult (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Blas Matamoro) El fondo de la maleta Tue, 25 Apr 2017 17:18:58 +0000
Viejas verdades http://thecult.es/el-fondo-de-la-maleta/viejas-verdades.html http://thecult.es/el-fondo-de-la-maleta/viejas-verdades.html Viejas verdades

En su novela La saga/fuga de J.B. narra Gonzalo Torrente Ballester la historia de una supuesta ciudad capaz de levitar y desaparecer a la vista de los forasteros que intentan visitarla. Figura en los mapas, de ella hablan las viejas crónicas y hasta algún escritor muy válido glosa sus encantos. Pero lo cierto es que sólo existe para sus habitantes.

Torrente ha contado un mito, es decir una historia intemporal y simbólica que puede ocurrir siempre porque no ha ocurrido históricamente jamás. Es como un evento sin fechas que puede adjudicarse cualquiera de ellas.

Descifrar un mito es, como el mito mismo, un cuento de nunca acabar. Arriesgo una de las enésimas lecturas de esta fábula, muy a cuento de la muy española historia de los casticismos, las peculiaridades nacionales y las identidades étnicas. La ciudad de Torrente es el símbolo del nacionalismo, que hace visible la nación propia sólo a los propios porque pertenecer a ella es una cuestión de vivencia, de sentimiento corporativo. A los de afuera es inútil explicarlo porque los sentimientos se sienten pero no se explican. A lo sumo podrán entenderse, como se entiende una melodía o un verso. “Todo ángel es terrible” proclama Rilke. ¿Hay alguien ahí que me pueda explicar la cosa rilkeana?

La vieja verdad de Torrente es que la ciudad propia esté siempre en el aire cuando se trata de los lugareños. Allí, en las alturas, resulta inalcanzable a los extranjeros y, en consecuencia, se defiende en su maciza y pura identidad, conservándola en el tiempo sin fechas, el eterno retorno de los cuentos míticos. Si son del género épico, mejor que mejor.

Del brazo de esta vieja verdad viene otra, igualmente vieja y mítica. Es la dualidad entre legitimidad y legalidad, tan a cuento en estos años de crisis de la democracia representativa, cuando nuestros representantes legales no son nuestros legítimos representantes. Un pensador agudo y macizo, católico y nazi, Carl Schmitt, trató del asunto y describió la crisis más o menos como Torrente la mitificó. En efecto, Schmitt observó que la representación de la llamada voluntad popular hace de la representación, una profesión. De tal modo, los políticos tienen una suerte de oficio diplomado de representantes y constituyen una corporación autónoma que acaba representándose a sí misma. Es cuando se deslegitima aunque sea legal, es decir facturada de acuerdo con las normas correspondientes. Schmitt, desde luego, propuso la salida reaccionaria clásica: hay que volver a una legitimación fuerte y que trascienda al mero procedimiento electoral: invocar a Dios o al Caudillo como fuente del orden legal, como Gran Legitimador.

Los habitantes de la ciudad torrentina dirían que ellos, si no tienen un Caudillo –el de la España de Torrente era, como cualquiera sabe, gallego al igual que el escritor– tienen su dios particular. Sólo ellos lo ven pero les basta para ascender a las seguras alturas cuando se aproxima el molesto inmigrante, el forastero que, como los animales que no pueden volar, nunca superar el nivel de la tierra firme.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Blas Matamoro) El fondo de la maleta Wed, 14 Sep 2016 18:13:08 +0000
La democracia como valor supremo http://thecult.es/juego-de-espejos/la-democracia-como-valor-supremo.html http://thecult.es/juego-de-espejos/la-democracia-como-valor-supremo.html La democracia como valor supremo

Advertencia en 2016: Comienza aquí un excurso personal (así lo llamé entonces) en el que interrumpí mi investigación acerca de Tucídides para exponer a mi amigo Marcos algunas de mis ideas acerca de la democracia. Está redactado en un tono propio de un intercambio entre amigos, que he preferido dejar tal cual, resistiendo al tentación de adaptarlo de manera conveniente a un medio público e impersonal.

Excurso personal (1991)

Si yo admiro a Pericles, cuyo retrato, por cierto, nos ha sido trasmitido en gran parte por Tucídides es fundamentalmente por su carácter democrático, y si admiro la democracia ateniense es también por determinadas características que merecen mi aprobación. Pero no hay que caer, creo, en la absolutización de la democracia. No hay que convertir la democracia en un valor supremo al que se subordina todo.

A mí no me gustan los absolutos, pero si tuviera que elegir uno, elegiría sin dudarlo los derechos humanos: la libertad de expresión, la prohibición de la pena de muerte, de la tortura y de la discriminación de cualquier clase (racismo, machismo, etcétera). Aunque es obvio que esto es una simplificación, los derechos humanos, los derechos del individuo, de todos y cada uno de los individuos (y no de unos pocos privilegiados), están por delante de la democracia. Pero resulta que la democracia es una parte de los derechos humanos: el derecho a elegir el propio gobierno.

La gran diferencia es que, aunque etimológica y conceptualmente, puede haber democracia sin derechos humanos, no puede haber plenamente derechos humanos si no hay democracia.

Democráticamente se puede elegir a Hitler y aprobar la pena de muerte y la tortura; democráticamente, incluso, se puede elegir la tiranía (esta es la famosa paradoja de la democracia), como al parecer se intentó en algún momento en la propia Atenas. Democráticamente se puede prohibir hablar y vivir a quienes no están de acuerdo con la mayoría, o expulsarlos de la ciudad, como en Atenas.

No creo que las acciones repugnantes dejen de serlo cuando se toman por voluntad mayoritaria. He tenido ocasión de ver como en nombre de un principio que comparto, la igualdad, se justificaban todo tipo de asesinatos y razones de estado. Quienes hacían eso, por cierto, también hablaban de democracia, que llamaban democracia real (frente a la formal de Occidente), de la voluntad del pueblo, del poder del pueblo. En este caso, yo me separo y prefiero adoptar como lema aquella frase bíblica que también impresionó a Russell: “No seguirás a una multitud para hacer el mal”.

En fin, no iba a hablar de la democracia, sino de Tucídides así que dejo aquí la cosas.

Me gustaría dejar claro, sin embargo, que, en ningún caso, absolutamente en ningún caso, considero que haya un sistema político mejor que la democracia (otra cuestión es que tipo de democracia, asamblearia, representativa, etc., es preferible). Ya he dicho que la democracia es, para mí, uno de los derechos humanos, y que, aunque en una democracia puedan darse o no darse los derechos humanos, una no-democracia no se dan por definición. Pero también creo que la democracia no puede justificar cualquier cosa, que la voluntad de la mayoría no puede extenderse sobre la vida y la muerte, la tortura o el silencio. Y, como ya se ha dicho en la presentación de este trabajo, creo que no es una buena democracia aquella que sólo lo es puertas adentro, es decir, la democracia imperial, tal como lo fue la ateniense, la británica o actualmente la estadounidense. Si admiro a Heródoto, a Demócrito, a Eurípides y a Antístenes, entre otros, es, entre otras cosas pero fundamentalmente, porque todos ellos son cosmopolitas, pero también demócratas.
Demócrito decía: “Es preferible la pobreza en una democracia a la llamada felicidad que otorga un gobernante autoritario, como lo es la libertad a la esclavitud (fr.1088)”.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper distingue, refiriéndose a Sócrates, entre la crítica blanda y la crítica dura de la democracia:

“Un hombre que critica la democracia y las instituciones democráticas no debe ser, forzosamente su enemigo; si bien tanto los demócratas a los cuales critica, como los totalitarios, que esperan sacar partido de cualquier desunión en el bando democrático, tienden a tacharlo de tal. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre la crisis democrática de la democracia y la totalitaria. La crítica de Sócrates era de naturaleza democrática, más aún, era ese tipo de crítica que constituye la vida misma de la democracia”.

Añade después Popper: “Los demócratas que no advierten la diferencia que media entre una crítica amistosa de la democracia y otra hostil, se hallan imbuidos de espíritu totalitario”.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Daniel Tubau) Juego de espejos Thu, 09 Jun 2016 15:11:51 +0000
El imaginario revolucionario http://thecult.es/juego-de-espejos/el-imaginario-revolucionario.html http://thecult.es/juego-de-espejos/el-imaginario-revolucionario.html El imaginario revolucionario

“El Parlamento de Inglaterra, asistido por gran número de gentes que a él se manifestaron y a él se adhirieron, fidelísimos en la defensa de la religión y de sus libertades civiles, juzgando por larga experiencia ser la realeza gobierno innecesario, agobiador y peligroso, la abolió justa y magnánimamente, convirtiendo la regia sumisión en república libre, con maravilla y terror de nuestros vecinos émulos”.

Al leer textos como el anterior, escrito por John Milton en su Areopagítica, podemos constatar de qué curiosa manera el futuro determina el pasado.

Solemos situar el comienzo de los gobiernos republicanos y de las ideas de igualdad, libertad y del fin de la monarquía absolutista en la revolución francesa de 1789, a pesar de que casi todo lo que en ese momento sucedió ya había sucedido en 1776 en Estados Unidos. Pero la primera gran revolución moderna fue la inglesa, en 1642. La revolución inglesa fue muy semejante a la francesa en todas sus etapas, incluso con la cabeza cortada de un rey y la dictadura republicana posterior, aunque a Cromwell lo podemos comparar al mismo tiempo con Robespierre, Danton y Napoleón, supongo.

También ambas revoluciones acabaron en la restitución monárquica. La única diferencia es que Francia, tras varias monarquías e imperios, acabó implantando el régimen republicano, hasta el momento de manera definitiva.

La temprana, y también en apariencia permanente, restauración monárquica inglesa es la causa de que en nuestro imaginario colectivo la revolución francesa ocupe un lugar que quizá merecería ocupar la inglesa. Además, por supuesto, de la presencia entre los precedentes de la revolución francesa, del movimiento ilustrado, que, como es obvio, no influyó en la inglesa, pero que muy probablemente fue influido de manera extrema por ella. Hay que recordar, entre otros muchos ejemplos, que una de las mayores influencias sobre los ilustrados fue el régimen parlamentario y las libertades británicas, como puede comprobarse en las Cartas inglesas que un admirado Voltaire publicó tras su visita a Inglaterra.

Lo que no resulta sencillo es entender por qué, al menos en Europa, no se tiene en cuenta que la revolución Americana o Guerra de independencia fue anterior a la Revolución Francesa y tenía casi todos su ingredientes, incluso al general Lafayette, que después se fue a Francia a participar en la siguiente revolución. Tal vez se deba a que los norteamericamos no pudieron cortar la cabeza del rey Jorge de Gran Bretaña porque estaba muy lejos.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Daniel Tubau) Juego de espejos Sun, 21 Feb 2016 17:31:47 +0000
Los líderes supremos: Oliver Cromwell http://thecult.es/juego-de-espejos/los-lideres-supremos-oliver-cromwell.html http://thecult.es/juego-de-espejos/los-lideres-supremos-oliver-cromwell.html Los líderes supremos: Oliver Cromwell

En un reciente viaje a Londres tuve ocasión de leer un interesante pasaje del libro Britain, de Kenneth O. Morgan, editado por Oxford University Press. Allí se explica que Oliver Cromwell, el puritano y revolucionario inglés que instauró una breve república británica, no sólo intentaba instaurar una dictadura de fuerte carácter teológico, sino que buscaba un modelo explícitamente religioso para cada uno de sus actos revolucionarios, explicándolos de esta manera:

 “Cromwell se veía a sí mismo como Moisés conduciendo a los israelitas a la tierra prometida. Los ingleses habían vivido en cautiverio en la tierra de Egipto (la monarquía Estuardo ), entonces escaparon y cruzaron el Mar Rojo (regicidio de Carlos I); ahora estaban en la travesía del desierto (actuales desordenes y disensiones), conducidos por la llama ardiente y la divina providencia manifestada en las grandes victorias del ejército, renovadas en 1656 en la exitosa guerra contra España. El pueblo, como los israelitas, era recalcitrante y quejoso. A veces necesitaban ser empujados a ala fuerza hacia la tierra prometida, como cuando en 1655–56 no se movilizaron contra la revuelta realista, causando una terrible decepción a su profeta Cromwell”.

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Cromwell como un lagarto con una prodigiosa cola llena de monedas, de las que todos quieren apoderase. (Ilustración en el libro de Kenneth O.Morgan, que reproduce un dibujo satírico holandés)

Como puede comprobarse por el texto anterior, la comparación que yo establezco en este Santoral Revolucionario entre comunismo y religión se puede aplicar a otras revoluciones y en especial a la inglesa, que es sin duda el punto de inicio de los sucesivos movimientos revolucionarios modernos, tanto de la revolución y guerra de independencia americana de 1776 como de la francesa de 1789, pero que ha sido casi olvidada en los anales revolucionarios, como si nunca hubiera tenido lugar, a pesar de contar incluso con un regicidio en la figura de Carlos I (hablo de ello en El imaginario revolucionario).

Es muy probable que la razón de ese rechazo se deba a su carácter explícitamente religioso, mientras que las modernas revoluciones presumen de ser ateas, a pesar de adoptar, esta vez de manera implícita y casi oculta la imaginería religiosa. La excepción serían casos recientes como el de Venezuela y otros países latinoamericanos, que hacen un uso declarado de la religión para santificar a sus líderes y extender su prédica entre las masas de creyentes que hacen compatibles una y otra fe, de maneras que a Marx y Engels hubieran llenado cuando menos de asombro.

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correo@thecult.es (Daniel Tubau) Juego de espejos Sun, 21 Feb 2016 17:23:35 +0000
Animales políticos http://thecult.es/juego-de-espejos/animales-politicos.html http://thecult.es/juego-de-espejos/animales-politicos.html Animales políticos

“La naturaleza arrastra instintivamente, a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de todos los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia.” (AristótelesPolítica)

No cabe duda de que la política es el mayor reino de la subjetividad desbocada. Si la madurez de una ciencia se rige por el acuerdo acerca de ciertos parámetros básicos, la política todavía está muy lejos, no ya de la madurez, sino de la adolescencia.

En los párrafos que siguen, si el lector está afectado por esa inmadurez propia del pensamiento político (y me atrevo a pensar que algunos lectores lo estarán), en ocasiones se sentirá aludido o pensará que estoy atacando a partidos o ideologías que le son afines. Puedo asegurarle que esa impresión será errónea: mi intención es intentar mostrar cómo nos afecta el mecanismo de la respuesta instantánea en el terreno político, pero no pretendo atacar o defender ninguna opción política en concreto.

Considero que en ocasiones, como dije en ¿Somos cebras o termostatos?, cuando no nos estamos jugando la vida o la supervivencia, podemos y debemos dedicarnos al delicioso arte de buscar la verdad, las pequeñas verdades siempre transitorias de la vida, y a disfrutar con la discusión honesta, en vez de jugar con cartas marcadas, como hacemos habitualmente. En esa dirección va esta pequeña investigación, así que no tema el lector acabar siendo convencido de algo que choque con sus “más firmes e íntimas convicciones”. Mi propósito es más ambicioso que intentar cambiar sus opiniones políticas: solo quiero mostrarle que se puede y se debe pensar mejor, en especial en el terreno de la política.

Me permito ofrecer, antes de comenzar, un consejo que a mí me resultó muy útil en la adolescencia, cuando leí vorazmente a Bertrand Russell: si le planteen un dilema político, venía a decir Russell, olvídese de los protagonistas de ese hecho: quíteles el rostro, hágalos anónimos, conviértalos en X y en Y, o en A, B, C y D. Olvide que fue Churchill el que dijo esto o lo otro y piense que fue “X” el que dijo esto o lo otro. Analice el hecho político con ese criterio, lo que le ayudará a darse cuenta de si esa opinión es buena, válida o interesante, al margen de quien la dijera. En definitiva, si a lo largo de este texto encuentra ejemplos con nombre y apellidos que activan su mente política emocional, convierta esos nombres y apellidos en una X o en una Y, y solo después piense qué es lo que opina.

Sobre ser o no ser ni de izquierdas ni de derechas

Las discusiones acerca de lo que significa situarse en un extremo u otro del espectro político se pueden hacer interminables y pocas veces llevan a conclusiones convincentes. Lo habitual es que cada persona se defina a sí misma de manera taxativa como de izquierdas o de derechas, o incluso de centro, aunque en las situaciones de crisis, como en la actualidad en España o Italia, muchos decidan definirse como “ni de izquierdas ni de derechas”, como hacen partidos como el de Beppe Grillo en Italia, Podemos o Ciudadanos en España, e incluso el Frente Nacional en Francia, a pesar de que para los otros partidos está bastante claro que se trata de un partido de extrema derecha.

No es mi intención detenerme aquí a intentar resolver la difícil cuestión de qué es ser de derechas y qué es ser de izquierdas, y menos aún ocuparme de clasificaciones más complejas, como “liberal”, “conservador”, “socialista”, “socialdemócrata”, “comunista”, sino tan solo señalar que este es uno de esos asuntos en los que parecemos sentirnos obligados a la respuesta rápida: yo soy de derechas, yo soy de izquierdas, yo no soy de derechas ni de izquierdas.

Como dice Paul Watzlawick, hay ciertas cuestiones (en especial cuestiones relacionadas con la política) en las que en vez de intentar entender lo que nos dicen o lo que pensamos acerca de algo, nos preguntamos primero dónde estaremos situados si opinamos esto o si opinamos lo otro. Nuestra opinión, en consecuencia, depende, no ya del tema a tratar, sino de en qué lugar nos coloca adoptar una u otra opinión. En vez de considerar la fuerza de las razones o de examinar los hechos, lo que analizamos, mediante los mecanismos de respuesta rápida, es: “quién opina esto”, “por qué esa persona opina esto”, “quien, que nosotros admiremos o despreciemos, opina de la misma manera”, “con qué ideología, tendencia o partido se identifica esta opinión”. Tan solo después de este rápido escaneo mental de las consecuencias de opinar una u otra cosa, decidimos qué es lo que opinamos nosotros. No hace falta aclarar que eso que opinamos coincide siempre con aquello que estratégicamente nos conviene a nosotros, al líder al que admiramos o al partido político o la ideología en la que hemos depositado nuestra confianza y nuesra fidelidad.

Ahora bien, el lector no debe pensar que esta manera táctica de pensar impide que cambiemos de opinión: al contrario, podemos cambiar de opinión muy a menudo: tanto como lo haga el líder o dirigente que admiramos, o el grupo ideológico o político al que nos sentimos cercanos. Esta semana quizá pensamos que nos situamos a la izquierda de la socialdemocracia y el socialismo, pero la semana próxima podemos movernos al terreno de la izquierda moderada, y la próxima a la indefinición ideológica. Ese movimiento táctico, llevado primero a cabo por un partido o un dirigente, provocará no solo una nueva respuesta automática en sus seguidores, que se resituarán en el tablero político, sino que alentará una reacción semejante, pero inversa, en sus rivales: quienes hace unas semanas rechazaban a un partido político por ser de extrema izquierda, ahora lo pueden rechazar porque es demasiado moderado, y mañana porque no es ni de izquierdas ni de derechas.

Recuerde el lector, al que tal vez ya se la habrán activado las alarmas de la identidad política, por creer que estoy insinuando algo que desprestigia a su opción política favorita, que aquí pretendo analizar el mecanismo de respuesta rápida, no las razones de unos y otros. No estamos discutiendo si es bueno ser de derechas, de izquierdas o ni de derechas ni de izquierdas, sino el cómo se reacciona, a favor o en contra de una u otra cosa, en función de “dónde nos sitúa” el opinar una cosa u otra. Lo que quiero decir es que hay muchos argumentos para sostener que es mejor ser de derechas, ser de izquierdas, o ser “ni de izquierdas ni de derechas”, pero hay maneras honestas de usar esos argumentos y maneras partidistas o manipuladoras.

Pensemos por un momento en algunas de las posibilidades que nos ofrece la definición “Ni de izquierdas ni de derechas”.

En primer lugar, podríamos analizar el accidente histórico que explica las derechas y las izquierdas, por cómo se sentaban los diputados en el parlamento revolucionario francés, lo que ha tenido como consecuencia una definición espacial de la política de muy importantes consecuencias (como habrá oportunidad de comprobar en otra ocasión). Pero también podríamos recordar a aquellos que han sostenido esa idea de no ser ni de izquierdas ni de derechas a lo largo de la historia, desde el falangista José Antonio Primo de Rivera o el ministro franquista Fernández de la Mora y su libro El crepúsculo de las ideologías, hasta los comunistas Lenin o Mao, que lanzaban períodicamente ataques contra los “derechistas” o contra los “izquierdistas” en función de sus intereses del momento.

También podemos recordar a Adolfo Suárez, artífice de la transición que llevó a España de la dictadura a la democracia y que definió un espacio político equidistante de izquierdas y derechas: el centro. O podemos traer a colación al cristiano Maritain y su camino lejos de la izquierda y de la derecha, o la tercera vía de Blair y otros políticos recientes.

También podemos recordar lo que decía el cineasta Eric Rohmer en los años sesenta, cuando admitía que él solía considerase de izquierdas, pero enseguida añadía que si ser de izquierdas era defender la dictadura soviética y china, la represión de las libertades públicas y la falta de libertad de prensa, o la pena de muerte aplicada en los países revolucionarios, como observaba que defendían las personas que se llamaban a sí mismas de izquierdas, entonces él no era de izquierdas, aunque no estaba del todo claro si eso hacía que fuera de derechas.

En fin, como se ve, podemos emplear todo tipo de razones para argumentar a favor o en contra de ser o no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. El problema es que esos argumentos, perfectamente válidos en una discusión sensata, no se suelen emplear como argumentos, sino como armas arrojadizas. No se emplean para iluminar una discusión, sino para oscurecerla, no se emplean para facilitar el entendimiento, sino para entorpecerlo. No se recurre a ellos, en definitiva, porque a uno le parezcan sensatos y razonables, sino porque se pueden lanzar contra nuestros rivales. Cuando esos rivales se declaran de extrema izquierda, lanzamos contra ellos las peores experiencias de la extrema izquierda en el siglo XX o aquello que dijo Rohmer; cuando se declaran “ni de izquierdas ni de derechas” decimos que eso mismo decían los fascistas y los falangistas, o dictadores comunistas como Lenin y Mao. Sea como sea, siempre tendremos un argumento, o mejor dicho una piedra, a mano que arrojar al rival.

Por eso, resulta muy llamativa la reciente descalificación que que se ha hecho en España de la posibilidad de “no ser de izquierdas ni de derechas” por los opositores a Pablo Iglesias y Podemos, algo en lo que, y aquí está la divertida paradoja, el propio Pablo Iglesias fue pionero, cuando definió la postura de Rosa Díez y su partido UPyD como “fascismo blando”, precisamente porque se había definido a sí misma y a UPyD como “ni de izquierdas ni de derechas”: Pablo Iglesias, en consecuencia, arrojó entonces la misma piedra que ahora le arrojan a él. Esto ha traído la inevitable consecuencia, que he podido observar entre mis amistades, familiares y conocidos, de que personas que hace no mucho pensaban que no ser de derechas ni de izquierdas era despreciable, ahora consideran que es una postura razonable, mientras que quienes pensaban que era algo razonable ahora piensan que es detestable

De este tipo de paradojas está llena la agitada vida política actual en España, pero casi todas esas confusiones, incoherencias y contradicciones nacen de esa urgencia por definirnos cuanto antes, de opinar de todo ipso facto, de situarnos de manera clara en un tablero político que en realidad no tiene casillas, puesto que estas cambian de un día para otro, sino que se construye en función de un haz de relaciones que nos mantiene cerca o lejos de aquellos que admiramos o de aquellos que detestamos. Por eso, para saber qué opinaremos mañana, nos vemos obligados a averiguar primero qué es lo que opinan esta noche los nuestros y qué es lo que opinan los otros. Solo entonces, sin necesidad de razonar, podremos opinar con plenas garantías de no equivocarnos, aunque ahora tengamos que decir lo contrario de lo que dijimos ayer.

Mi opinión personal es que me gustaría que se pudiera argumentar acerca de la conveniencia o no de ser de derechas, de izquierdas, ni de derechas ni de izquierdas, o de no ser nada en particular, sin que ello signifique que estás cerca o lejos de este o aquel partido político y que, en consecuencia, tus argumentos dejen de ser escuchados.

Que los partidos políticos usen estrategias de ese tipo es perfectamente razonable, porque la esencia de un partido político consiste en intentar crear una identidad común que haga que sus seguidores no tengan la tentación de cambiar de cuadra, al sentirse parte de un mismo proyecto, de un mismo sueño, de una misma esperanza, o al menos de una misma asociación para obtener beneficios espirituales o materiales. Lo entiendo y sé que es parte casi inevitable del juego político, pero no veo la necesidad de que quienes no nos dedicamos a la política activa tengamos que comportarnos en nuestra vida cotidiana como políticos en un debate televisivo. La realidad es mucho más compleja e interesante y podemos analizarla sin temor a índices de audiencia o votaciones plebiscitarias.

Creo que fue fue Bill Clinton quien popularizó en el mundo de la alta política aquello de KISS (“Keep it Simple, stupid / Hazlo simple, estúpido”), que, como es obvio, quiere decir: “Hazlo simple, porque los electores son estúpidos”. Al parecer, en política solo funcionan los mensajes simples, pero quienes no nos dedicamos a la política podemos dar y recibir algo más que eslóganes simples de nuestros amigos y contertulios. Deberíamos poder divertirnos, equivocarnos, rectificar, tantear, suponer, sugerir, dudar en una discusión política con amigos y conocidos. Podemos reflexionar sin adoctrinar, dudar sin temer que eso proporcione armas a “nuestros enemigos”, y sobre todo pensar un poco más antes de decir cualquier cosa. Es decir, evitar la respuesta instantánea y automática ante cualquier novedad, noticia u opinión política. Pensar despacio, en definitiva.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Daniel Tubau) Juego de espejos Sun, 21 Feb 2016 16:17:05 +0000
Ideología y reforma educativa http://thecult.es/educacion/ideologia-y-reforma-educativa.html http://thecult.es/educacion/ideologia-y-reforma-educativa.html Ideología y reforma educativa

En el recurrente debate sobre el estado de la educación en España no hay forma de ponerse de acuerdo. La saturación ideologizante que sacude la sociedad se convierte en un serio obstáculo para la discusión serena. Sin un diagnóstico certero en el que haya amplias zonas de acuerdo resulta imposible pergeñar siquiera un breve programa de mejora.

Faltan equilibrio y justeza; sobran prejuicios, tópicos y apriorismos. No es de recibo, por ejemplo, que no se reconozca el avance producido en los últimos treinta años en algunos aspectos cruciales en los que manteníamos un secular atraso: el acceso al sistema, la alfabetización o la permanencia en el mismo, son elementos que han venido experimentando una sustancial mejora desde finales de los años setenta.

El aumento del número de alumnos que son atendidos en las instituciones escolares ha tenido que ver con la ampliación del período obligatorio de escolarización en lo que se refiere a la edad terminal y con la conciencia familiar de lo que aporta una buena educación preescolar, en las edades de inicio. Se ha consagrado la importancia del tramo tres a seis años y se ha añadido la variable cero a tres, con lo cual, aparte de favorecer la conciliación familiar acentuando el carácter asistencial de la escuela en las edades infantiles, se hace posible la deseada “continuidad” del proceso de aprendizaje.

La continuidad es la condición básica que garantiza la adquisición ordenada de conocimientos, destrezas y hábitos, por parte de los alumnos, sin interrupciones, vacíos o incoherencias. No se trata únicamente de sumar años a la edad escolar, para hacerla coincidente con el inicio de la edad laboral, sino de armonizar todas las etapas que forman el proceso educativo, y, por lo tanto, dotarlas de un sentido global que favorezca el logro del máximo objetivo, esto es, formar personas que sean capaces de enfrentarse con solvencia a los retos de la sociedad del siglo XXI.

Queda claro que la escuela siempre educa para un porvenir desconocido y los cambios son tan vertiginosos que puede ocurrir que esa educación se encuentre obsoleta cuando los alumnos destinatarios de la misma accedan a la adultez, pero ese es el problema que surge cuando es la sociedad la que arrastra a la escuela y no ésta la que ocupa la vanguardia.

Además de ello, en España hay un factor que no debe ser despreciado a la hora de considerar el diagnóstico de la educación. Me refiero a la coexistencia de diecisiete sistemas educativos correspondientes cada uno de ellos a las diferentes Comunidades Autónomas, a los que hay que sumar el número dieciocho, el territorio MEC que abarca a Ceuta y Melilla.

Por mucho que se realicen balances generales o se incluyan factores de corrección de las diferencias o de coordinación entre los entes, las especificidades territoriales son muchas y profundas. Tienen que ver con todos los aspectos del sistema educativo, curriculares, organizativos y laborales. Entre estos últimos resultan significativas las diferencias de sueldo entre unas comunidades y otras, algo que es fácil de constatar observando la tabla de salarios. Esas diferencias se manifiestan en todas y cada una de las rutinas que componen la vida escolar, creándose la sensación cierta de que lo que nos separa es más poderoso que lo que nos une.

Las sucesivas leyes orgánicas educativas han tenido, por lo tanto, un desigual efecto en las Comunidades Autónomas, dependiendo de su color político. Así, se han minimizado, ampliado, desarrollado puntualmente, ralentizado, e, incluso, abiertamente incumplido, los mandatos legales que emanaban de esas leyes y que afectaban a todos los elementos del sistema educativo. Esto ha dado lugar a la existencia de pugnas judiciales, recursos legales, paralizaciones, etc., que ha producido la sensación de un permanente tira y afloja entre el Estado central y las autonomías en lo que se refiere a materia tan sensible como la educación. Asimismo, ha judicializado las relaciones de normalidad y cooperación que deberían presidir los contactos entre las comunidades y el gobierno central, lo que resulta ilógico en un sistema democrático articulado en territorios con competencias específicas.

Hay voces recientes en el panorama político que claman por devolver las competencias educativas al Estado pero, como en todo, el necesario debate no se ha producido en los términos esclarecedores que sería menester.

Todo esto es así porque se ha considerado a la educación como un arma política, un medio para adoctrinar. En lugar de fomentar el espíritu crítico, la excelencia, el rigor científico, el gusto por el saber, la madurez, la formación integral de los individuos, ha primado la obediencia a determinados postulados y el seguidismo, al menos en sus aspectos legales, pues ya sabemos, y esta es otra característica del sistema educativo español que debería ser tratada en su justa importancia, que el “aulismo” ha paliado en gran medida los efectos de las leyes, manteniéndose una gran mayoría del profesorado asentada en su praxis de toda la vida, impermeables a los cambios y llevando el control de su clase, su reino, sin que le afectan ni siquiera en una mínima parte los cambios legales, considerados accidentes o rémoras que hay que dejar al margen de la vida escolar. En muchos sentidos existe una dualidad entre la vida cotidiana de las escuelas y lo que dicen los boletines oficiales.

Hay, en fin, otro aspecto que considerar. La escuela no es el único agente educador. Está, por supuesto, la familia, como primer núcleo, y están otras influencias externas, pero cada vez más poderosas.

La sociedad educa y, si antes lo hacía la familia extensa, ahora hay que contar con los medios de comunicación en todos sus soportes, sobre todo los relacionados con el mundo audiovisual, sin olvidar el papel de las redes sociales y la influencia máxima que ejercen los grupos de iguales en un mundo interconectado, en el que el máximo instrumento de comunicación es el teléfono móvil con sus prestaciones asociadas al uso de Internet.

El grupo de WhatsApp es la fuente informativa que con mayor frecuencia usan los escolares. Esta hipercomunicación tiene una función fundamental en la conformación del yo social del alumno y exige una intervención educativa si no queremos que sea una rémora en lugar de una oportunidad.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Caty León) Educación Sun, 24 Jan 2016 16:07:23 +0000
Psicopolítica: cuando la libertad hace esclavos http://thecult.es/tercera-cultura/psicopolitica-cuando-la-libertad-hace-esclavos.html http://thecult.es/tercera-cultura/psicopolitica-cuando-la-libertad-hace-esclavos.html Psicopolítica: cuando la libertad hace esclavos

Según Foucault, el siglo XVII supuso un cambio en la forma en que se ejercía el poder: de soberano comenzó a transformarse en disciplinar. El poder soberano es “un poder de muerte”, controla la sociedad matando; las fuerzas que lo hacen peligrar han de ser doblegadas o destruidas. El poder disciplinar, en cambio, desarrolla técnicas para someter la vida de los otros en beneficio propio.

El poder disciplinario es el control del cuerpo del otro con fines productivos. La sociedad crece alrededor de núcleos de reclusión y adoctrinamiento que organizan y administran la vida de los individuos: la escuela, la fábrica, el cuartel, el hospital, la cárcel.

El cambio de un poder a otro coincidió con la transformación de una sociedad agraria en otra industrial. Las nuevas formas de producción y el nacimiento de la idea de “progreso” harían que la disciplina social fuese cada vez más importante. El sueño, una comunidad capaz de “funcionar” como un mecanismo de relojería.

La sociedad disciplinaria excluyó las emociones y fomentó la mentalidad burguesa que dominaría el siglo XIX, aquella sobre la que se erigió el primer capitalismo, porque consideraba que las emociones eran un obstáculo para el objetivo y correcto funcionamiento de la sociedad, pues había descubierto que la estadística era la ideología perfecta para el crecimiento ilimitado.

Pero el siglo XX iría averiguando poco a poco que, puesto que la masa se mueve por impulsos emocionales de manera natural, quien sabe manipular tales impulsos adquiere el poder con una facilidad también más natural que el recurso disciplinario.

En la sociedad de consumo, la emoción es el motor que garantiza el rendimiento y la productividad. El neoliberalismo encuentra su éxito en la aceleración. Ésta, por su propia naturaleza, es incompatible con la racionalidad, que se presenta como obstáculo: el pensamiento analítico exige un tiempo pausado contrario a la dinámica de la sociedad actual.

La emocionalidad, por el contrario, es impulsiva y volátil. Es la “materia prima” del actual sistema económico. La economía basada en el consumo no se centra en el producto que se adquiere principalmente por necesidad, sino en el mensaje positivo que lo acompaña, que se adquiere únicamente por deseo. El deseo inventará posteriormente la necesidad, de manera que se pueda seguir consumiendo.

La emoción es incompatible con la longitud y el orden de la narración. Ésta, según explica el filósofo alemán Byung-Chul Han en su libro Psicopolítica, es propia del sentimiento. El discurso de la emocionalidad, por el contrario, carece de sentido. Es puramente aditivo. Ruido que impide la demora del pensamiento, la contemplación sobre la que se afianza todo conocimiento. La aceleración exige que la mente zapee sin descanso. El resultado es la dispersión y la falta de solidez de las ideas, que surgen y desaparecen en un burbujeo incesanle sin dejar huella en la psique de los individuos.

Para Han, la pobreza del lenguaje se debe a esta reducción de conciencia. Tal era precisamente el objetivo de la neolengua que promovía el Estado descrito por Orwell en 1984: reducir la conciencia. Una de las más peligrosas reducciones a que asistimos hoy tiene que ver con el concepto de libertad, a la que se ha asociado con la acción emocional como parte de una estrategia exclusivamente económica. Una actitud emocional es justamente lo contrario: el síntoma de ausencia de libertad.

Podríamos rastrear el error en la tergiversación de las filosofías vitalistas que, a lo largo del siglo XIX, pugnaron por liberar el pensamiento de los convencionalismos y prejuicios culturales que, bajo el poder disciplinario, uniformaban a la sociedad y erradicaban la individualidad.

El error sería creer que el desapego de los convencionalismos es lo mismo que la promoción de la irracionalidad. El siglo XX pagó caro este malentendido con el auge de un vitalismo tardío y superficial que sería el abono de los fascismos, el corazón de las relaciones públicas, la bestia guarecida en la sonrisa de los publicistas y, en definitiva, la biblia del marketing y por ende la metafísica contemporánea.

Hoy, la irracionalidad y la incapacidad de controlar los impulsos ha adquirido, irónicamente, categoría de convencionalismo. El esfuerzo consciente que podría liberar al hombre de sus instintos se ha convertido, por su parte, en prejuicio social y sinónimo de represión. En definitiva, el mundo al revés, como gustan las neolenguas.

No ha habido liberación del individuo, que sigue sometido a los preceptos sociales que impiden su particular desarrollo. Y síntoma de ese sometimiento es que se sigue pensando como hace un siglo: que la liberación del ser humano todavía consiste en luchar contra los valores que una vez pertenecieron a una burguesía decimonónica que hace tiempo dejó de existir. Por eso, los revolucionarios de hoy en particular y los progresistas en general que anhelan la transformación del sistema están condenados al fracaso, porque la mayoría lucha contra fantasmas.

Ahora, el neoliberalismo hace esclavos fomentando la libertad. Tal es el principio que se esconde tras el término “psicopolítica” con que Han sustituye al de Foucault, “biopolítica”, que es propio de la sociedad disciplinaria:

"El poder que depende de la violencia no representa el poder supremo. El solo hecho de que una voluntad surja y se oponga al poderoso da testimonio de la debilidad de su poder. El poder está precisamente allí donde no es tematizado. Cuanto mayor es el poder, más silenciosamente actúa."

El poder aprendió que el control efectivo no se ejerce desde la obligación, sino desde la permisividad y la amabilidad. Las personas aún no han asimilado esta nueva forma de manipulación, pues el sujeto es siempre ignorante del sometimiento.

Hoy, la libertad se pierde en el exceso de facilidades para la acción y la comunicación, en la incitación permanente a evitar el silencio reflexivo.

"El deber tiene un límite. El poder hacer, por el contrario, no tiene ninguno. Es por ello que la coacción que proviene del poder hacer es ilimitada."

La psicopolítica convierte la vida en un juego, donde las gratificaciones y el éxito inmediato marcan los ritmos de la existencia. “Las cosas que requieren una maduración lenta no se dejan ludificar”. El ocio es el tiempo contrario al trabajo, sin finalidad. Pero el neoliberalismo ha convertido el tiempo libre en tiempo de trabajo, bajo el imperativo del rendimiento y la aceleración:

"La relajación no es más que un modo de trabajo, en la medida en que sirve para la regeneración de la fuerza laboral. La diversión no es lo otro del trabajo, sino su producto. Tampoco la llamada “desaceleración” puede engendrar otro tiempo. También ella es una consecuencia, un reflejo del tiempo acelerado de trabajo. Se reduce a hacer más lento el tiempo de trabajo, en lugar de transformarlo en otro tiempo."

Imagen superior: Russ Walker, CC

Los aparatos digitales permiten cargar con el trabajo en todo momento. Se da así la explotación del individuo por sí mismo, quien deja de ser humano para convertirse en una fuerza productiva a tiempo completo; no requiere la supervisión de jefes, pues ha interiorizado el principio de la autoexplotación: la optimización personal.

Cada persona ha de luchar por ser más eficiente que el resto en una carrera sin límite que impregna todo su tiempo. Emergen terapias para cada aspecto de la vida, desde el culto al cuerpo, convertido en producto de marketing alrededor del cual crece una industria imparable de fitness y cirugía, hasta la purificación de la mente, a la cual hay que limpiar de rasgos negativos para mejorar su rendimiento y alcanzar el éxito.

Si los cuerpos se plastifican y moldean contra natura, la mente positiva del coaching no es menos artificial:

"Sin negatividad, la persona se atrofia hasta “ser muerto”. Precisamente la negatividad mantiene la vida en vida. El dolor es constitutivo de la experiencia. Una vida que consistiera únicamente en emociones positivas o vivencias óptimas no sería humana. El alma humana debe su profunda tensión precisamente a la negatividad."

El individuo deja de ser para simplemente estar, como un producto más sometido a oferta y demanda; más, deja de estar para únicamente aparentar, como una marca cualquiera que vende humo, pero que vende, que es lo único que importa en la sociedad de consumo.

La actividad consumista sustituye en su último paso a la política. “La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor”, dice Han:

"El votante, en cuanto consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. No está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Sólo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancias y los servicios que le desagradan."

Los políticos y los partidos son entonces simples proveedores que compiten por hacerse con una cartera de clientes. El consumidor no se interesa por la política de la empresa que le vende, simplemente quiere satisfacer sus deseos más inmediatos. El consumidor es irracional. Elimina la responsabilidad moral en favor de un presunto derecho al goce, sin atender a las consecuencias a medio plazo. “Desaparece el futuro como tiempo político”.

La “ira” del ciudadano es suplantada por la “indignación” del consumidor. Aquella es activa, mueve a la acción porque nace de una convicción sólida, de una narración interiorizada; la indignación del consumidor, en cambio, es pasiva, imposible de acción, porque está sujeta a las emociones del momento, y como tal cambia según varíe el estado de ánimo. Y éste varía con cada distracción que se presenta.

"Las olas de indignación son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención. Pero en virtud de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. […] Les falta la estabilidad, la constancia y la continuidad indispensables para el discurso público."

Los movimientos de indignados no parecieran atraer tanto por su contenido moral como por su aspecto lúdico y carnavalesco. Una distracción más con la que pasar la tarde antes de regresar a la rutina del día a día. Falta la conciencia política, que es conciencia de ciudadano: responsabilidad por el bien común antes que satisfacción personal.

"La compra no presupone ningún discurso. El consumidor compra lo que le gusta. Sigue sus inclinaciones individuales. Su divisa es me gusta. No es ningún ciudadano. La responsabilidad por la comunidad caracteriza al ciudadano. Pero el consumidor no tiene esa responsabilidad."

Por eso, las campañas políticas no son tales; simplemente, se trata de marketing y publicidad, prospección de mercado y tácticas atrayentes e inmediatas para captar al cliente.

Se diseñan lemas de marca y se busca la identificación emocional, que no ideológica. El consumidor medio no sabe, ni le interesa, el contenido del producto, tampoco le importa que no cumpla lo que promete. El consumidor compra una idea asociada a la marca. Coca-cola no es el refresco más vendido porque “sacia tu sed”, sino porque, tras décadas de millonarias campañas, el inconsciente occidental la tiene rodeada de “momentos de felicidad”.

Por eso, no debe extrañar que ni siquiera los candidatos de un partido sepan a qué ideología están representando o que a pocos importe si un progama es viable. Sobre todo cuando ya no se ofrece la ideología, sino que se esconde para satisfacer a cuantos más clientes mejor, como la carne de pollo, que por no saber a nada gusta a todos.

Esta intención de satisfacer a todos podría considerarse cinismo, pero en una sociedad irracional el cinismo no se comprende. Cada cual escucha lo que le despierta el apetito y luego se relame de deseo, ignorando lo demás. Incluso justificará la mentira como táctica para ganar clientes, defendiendo el derecho del mercader a no tener escrúpulos.

Uno puede fotografiarse por la tarde con el busto de Lenin, por la mañana presumir de ideario socialdemócrata y, al mediodía, elogiar al Papa, que todos, extremistas y moderados, le comprarán-votarán a su particular manera.

"¿Para qué son necesarios hoy los partidos, si cada uno es él mismo un partido, si las ideologías, que en tiempo constituían un horizonte político, se descomponen en innumerables opiniones y opciones particulares? ¿A quién representan los representantes políticos si cada uno ya sólo se representa a sí mismo?" (Han, En el enjambre)

Cada uno se representa a sí mismo, y cada uno se explota a sí mismo. No hay castas explotadoras y pueblo explotado, porque el explotador ha sido interiorizado y el pueblo es un fantasma que jamás existió. Las abstracciones carecen de sustancia, son cualidades sin materializar, sonrisas sin gato en el cielo de un mundo carente de razón para actuar con cordura.

"La creciente tendencia al egoísmo y a la atomización de la sociedad hace que se encojan de forma radical los espacios para la acción común, e impide con ello la formación de un poder contrario, que pudiera cuestionar realmente el orden capitalista. […] Desaparece la solidaridad. La privatización se impone hasta en el alma. La erosión de lo comunitario hace cada vez menos probable una acción común." (En el enjambre)

La política, en sus inicios, era un diálogo entre la persona y la comunidad en que el individuo buscaba con sus actos la manera de favorecer a aquella. Hoy, la política se reduce a espectáculos entre los que consumidores hastiados zapean en busca de algo que les haga pasar el rato. O a una tarde de compras.

Y si pueden echarse unas risas, mejor que mejor.

Todo lo demás, es ruido.

Copyright del artículo © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Rafael García del Valle) Ciencia / Thesauro Cultural n.1-150 Sat, 18 Jul 2015 09:18:13 +0000
Política y ciencia http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/politica-y-ciencia.html http://thecult.es/la-ciencia-y-sus-alrededores/politica-y-ciencia.html Política y ciencia

Quien crea en príncipes azules (o princesas encantadas), tarde o temprano resultará decepcionado. Igual ocurre con la imagen ingenua de la ciencia que muchas veces se enseña en la escuela: una actividad que sigue un método infalible para encontrar verdades absolutas.

En realidad, la ciencia no es nada más, ni nada menos, que una actividad humana: imperfecta, pero perfectible. No produce verdades, sino conocimiento confiable; honesto, pero muchas veces temporal. Y, como todo lo humano, la ciencia tiene una fuerte dimensión política.

Además de su propia política interna —acaloradas discusiones no sólo científicas, sino en muchos sentidos políticas, en las que se utiliza la retórica para defender la hipótesis favorita y atacar a las rivales (aunque al final suele ganar quien tiene los mejores argumentos)—, la ciencia a veces ofrece conclusiones que afectan importantes intereses políticos y económicos. En respuesta, llega a recibir ataques o descalificaciones.

Un ejemplo es la actual disputa sobre el calentamiento global. Según el consenso científico, su causa son las continuas emisiones de dióxido de carbono, producto del uso excesivo y creciente de combustibles fósiles por las sociedades humanas durante los últimos dos siglos. Aunque la evidencia es abundante, sólida y muy convincente, existen científicos —aproximadamente 3% de los expertos— que no están convencidos. En ciencia siempre hay espacio para la duda razonable.

Sin embargo, hay una cantidad mucho mayor de comunicadores, políticos y empresarios que niegan tajantemente que el calentamiento global sea real, o que sea causado por la actividad humana. Pero se trata de una actitud política, no científica. La gran mayoría de estos "escépticos" están motivados no por datos duros, sino por el altísimo costo económico, en su opinión injustificado, que inevitablemente tendrán las medidas para combatir el cambio climático.

El principio de precaución exige que, ante un riesgo probable, tomemos medidas para prevenir el daño. Lo más racional sería disminuir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono, sin importar el costo. De otro modo, la supervivencia humana y el equilibrio ambiental del planeta se ven amenazados. Pero, en defensa de intereses económicos, muchos prefieren hacer política para negar lo que la ciencia advierte. Ello ha provocado incluso que organizaciones científicas e investigadores particulares reciban descalificaciones y hasta amenazas.

El resultado es que la confianza de la sociedad en la ciencia se ve erosionada. Y lo más grave: los gobiernos postergan decisiones que son vitales para el bienestar de todos.

La política es parte de la ciencia. Es importante saber usarla, para que no se convierta en un obstáculo que la paralice.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

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correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) La ciencia y sus alrededores Sat, 02 May 2015 18:49:57 +0000