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Tercera época - Nº 326

Viejas verdades

En su novela La saga/fuga de J.B. narra Gonzalo Torrente Ballester la historia de una supuesta ciudad capaz de levitar y desaparecer a la vista de los forasteros que intentan visitarla. Figura en los mapas, de ella hablan las viejas crónicas y hasta algún escritor muy válido glosa sus encantos. Pero lo cierto es que sólo existe para sus habitantes.

La democracia como valor supremo

Advertencia en 2016: Comienza aquí un excurso personal (así lo llamé entonces) en el que interrumpí mi investigación acerca de Tucídides para exponer a mi amigo Marcos algunas de mis ideas acerca de la democracia. Está redactado en un tono propio de un intercambio entre amigos, que he preferido dejar tal cual, resistiendo al tentación de adaptarlo de manera conveniente a un medio público e impersonal.

El imaginario revolucionario

“El Parlamento de Inglaterra, asistido por gran número de gentes que a él se manifestaron y a él se adhirieron, fidelísimos en la defensa de la religión y de sus libertades civiles, juzgando por larga experiencia ser la realeza gobierno innecesario, agobiador y peligroso, la abolió justa y magnánimamente, convirtiendo la regia sumisión en república libre, con maravilla y terror de nuestros vecinos émulos”.

En un reciente viaje a Londres tuve ocasión de leer un interesante pasaje del libro Britain, de Kenneth O. Morgan, editado por Oxford University Press. Allí se explica que Oliver Cromwell, el puritano y revolucionario inglés que instauró una breve república británica, no sólo intentaba instaurar una dictadura de fuerte carácter teológico, sino que buscaba un modelo explícitamente religioso para cada uno de sus actos revolucionarios, explicándolos de esta manera:

Animales políticos

“La naturaleza arrastra instintivamente, a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de todos los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia.” (Aristóteles, Política)

Ideología y reforma educativa

En el recurrente debate sobre el estado de la educación en España no hay forma de ponerse de acuerdo. La saturación ideologizante que sacude la sociedad se convierte en un serio obstáculo para la discusión serena. Sin un diagnóstico certero en el que haya amplias zonas de acuerdo resulta imposible pergeñar siquiera un breve programa de mejora.

Según Foucault, el siglo XVII supuso un cambio en la forma en que se ejercía el poder: de soberano comenzó a transformarse en disciplinar. El poder soberano es “un poder de muerte”, controla la sociedad matando; las fuerzas que lo hacen peligrar han de ser doblegadas o destruidas. El poder disciplinar, en cambio, desarrolla técnicas para someter la vida de los otros en beneficio propio.

Política y ciencia

Quien crea en príncipes azules (o princesas encantadas), tarde o temprano resultará decepcionado. Igual ocurre con la imagen ingenua de la ciencia que muchas veces se enseña en la escuela: una actividad que sigue un método infalible para encontrar verdades absolutas.

Democracia y ciencia

A la ciencia se la acusa de muchas cosas. De ser buena o mala (no es ni una cosa ni la otra); de ser deshumanizante (no tiene por qué serlo, depende de nosotros); de causar el deterioro de nuestro ambiente, o producir armas temibles (una forma cómoda de librarnos de la responsabilidad por el uso que le damos al conocimiento).

La razón de la emoción

Los expertos no se ponen de acuerdo en si nuestro cerebro funciona, desde el punto de vista psicológico, racional y emocional, mediante dos hemisferios o mediante diversos módulos.