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Aunque desde hace casi un siglo el Diplodocus contempla impasible la afluencia de visitantes del MNCN, su llegada no resultó sencilla. Existen, además, una serie de curiosidades que rodean a su historia y que quizá sean menos conocidas.

¿Cuánto hay de Ciencia y cuanto de invención en todas esas imágenes del pasado prehistórico?, se pregunta el autor en la introducción. Nada es gratuito, falso o sospechoso de carecer de rigor en el trabajo de este genial artista científico. Pero además escribe muy bien.

Los yacimientos paleontológicos del Cerro de los Batallones son ante todo singulares, no hay otro conjunto similar en ninguna otra parte del mundo. Lo que hace único a Batallones es una conjunción de características (geológicas y paleontológicas) que no se dan asociadas en otros yacimientos paleontológicos.

La diversidad de organismos encontrados en los yacimientos del Cerro de los Batallones sólo es explicable en un contexto climático y ambiental muy diferente del actual. Hace 9 millones de años estaba finalizando una de las épocas de mayor bonanza climática de las registradas en la última parte de la historia geológica (últimos 25 millones de años) de la península Ibérica.

En 1991, cuando nos afanábamos excavando en un pozo de aspecto poco prometedor en lo que hoy conocemos como Batallones 1, la posibilidad de encontrar un cráneo completo de los “dientes de sable” Machairodus o Paramachairodus parecía casi un sueño.

Los yacimientos paleontológicos del Cerro de los Batallones (Torrejón de Velasco) son los más singulares de Madrid, y pueden contarse entre los más interesantes del registro fósil del Mioceno continental mundial. Tanto en conjunto como individualmente pueden considerarse como yacimientos con fósiles de conservación extraordinaria.

Desde el año 2000, los doctores Javier Fortea [fallecido en 2009] y Marco de la Rasilla, de la Universidad de Oviedo, dirigen los trabajos de campo en el yacimiento asturiano de El Sidrón, donde se recuperan restos neandertales de una antigüedad próxima a los 43.000 años.

En una cueva de Barcelona descansaban los restos más antiguos de un ejemplar de lince ibérico que habitó hace 1,6 millones de años. El hallazgo no solo permite arrojar luz sobre los orígenes de uno de los felinos más amenazados del mundo, sino que adelanta en medio millón de años la aparición de esta especie en la península ibérica.

El viaje de Colón había sido planeado para llegar a China o a Japón. Su error de cálculo, muy común en la época, que suponía un diámetro terrestre menor al que realmente tiene, lo había llevado a un lugar distinto. Los seres que encontró no eran japoneses ni chinos, no tenían el color que se esperaba ni sus ojos la forma que se suponía, ¿qué eran, entonces?

Los seres humanos no estamos hechos para correr rápido, pero sí para correr distancias largas. He aquí la evidencia anatómica y fisiológica de que estamos mejor adaptados para la carrera de resistencia que muchos otros mamíferos.