La ópera en el cine

Soy aficionado a la ópera y concurro a este tipo de espectáculo desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo. La primera vez que vi una ópera fue en el teatro Colón de Buenos Aires. Era Mefistofele de Arrigo Boito. Me desilusionó el Demonio porque noté que no se hundía en la tierra, sino que abrían una trampilla cuadrada y bajaba por un ascensor oculto. En cambio, en la escena de la feria me encantó ver pasar un asno conducido a pie por un chico y un monje montado del revés y arrojando monedas a la plebe. Quiero decir que exhibir el artilugio me decepcionó y la verdad del animal me persuadió.

Un operista (más) del ochocientos

A través de Rossini, se llega a leer a Stendhal, y gracias al autor de esas joyazas novelísticas que se llaman Rojo y negro o La Cartuja de Parma, llegamos a Carlo Soliva, de quien el escritor habló elogiosamente en Roma, Nápoles y Florencia.

Entre Mozart y Gluck

Como antes Lully, Haendel o Gluck, recordando sólo a los que lograron que sus obras basadas sobre la Jerusalén conquistada de Tasso sobrevivieran al paso del tiempo, Giuseppe Sarti compuso para la inauguración del Teatro del Hermitage de San Petersburgo en 1786 una Armida e Rinaldo, que la ciudad natal del compositor (Faenza) ha tenido a bien recuperar con motivo del bicentenario de su muerte celebrado en 2002.

Del hermano menor de los Ricci

Federico y Luigi Ricci fueron dos hermanos compositores que firmaron conjuntamente cuatro partituras, una de ellas Crispino e la comare (1850), uno de los escasos productos cómicos estrenados con éxito duradero en aquellos momentos de furores románticos.

Paolo Gavanelli: todo un barítono

Pese a dos Marcellos puccinianos, un Filippo Visconti belliniano y unos verdianos Nabucco, Rigoletto (éste videográfico en el Covent Garden) y Gusmano de Alzira, Paolo Gavanelli no ha encontrado aún en la discografía un reflejo veraz de lo que es su importante carrera profesional en escenarios de todo el mundo.

La ópera, peligro público

Estos días he estado conversando con mi amigo Bernd, un alemán que a veces recala en España. Intenté vanamente que me hablara del asunto Volkswagen, de los asilados, de la entente de Merkel con los socialdemócratas, de sus tensiones con los bávaros o del terrorismo yihadista. No fue posible. Debo decir que Bernd es crítico musical especializado en ópera y que, como el lector sabrá, en Alemania proliferan los teatros del género, a varios por ciudad, como ocurre en Berlín y en Munich.

"Simplemente divas", de Fernando Fraga

Si yo les dijera aquí y ahora que he leído un libro que alterna el estudio de una materia tan minoritaria como la ópera con un amenísimo y adictivo recorrido por la vida de sus protagonistas femeninas, ¿me creerían?

Un público difícil

¿Alguna vez os habéis lamentado, en el cine, a causa de la actitud molesta de algunos espectadores? Si así es, no os falta razón, pero no consideréis que este es un fenómeno nuevo o que se limita al público cinematográfico. ¿Cómo se comportaban, por ejemplo, las personas que asistían a la ópera y el teatro en el pasado? Echemos un vistazo a la prensa, para descubrirlo.

El caso Bergonzi

Nonagenario y tras una larga carrera que no se amedrentó ante la vejez, ha muerto en fecha reciente el tenor Carlo Bergonzi. Para los aficionados a la ópera, uno de los grandes nombres de su época. Para el llamado gran público, apenas nada. Y así podría decirse de ilustres colegas suyos de todos los tiempos, hoy reservados a la atención admirada de los especialistas, como Aureliano Pertile, Richard Tucker y Jussi Björling.

Amores y armarios

El reciente estreno mundial en Madrid de Brokeback Mountain, la ópera de Wuorinen, suscitó algunas ansiedades mediáticas. No era la primera vez que el género abordaba un amor homosexual masculino.