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¿Cuántas veces al día chequeas tu teléfono inteligente? Según una reciente investigación, el americano medio lo hace una vez cada seis minutos y medio, o lo que viene a ser lo mismo, 150 veces al día.

En septiembre de 2014, Nick Bilton publicó en el New York Times su artículo "Steve Jobs Was a Low-Tech Parent", en el que hacía una revelación a propósito del famoso empresario. Fue algo que sorprendió a los gurús tecnológicos, sobre todo a los empeñados en creer que un smartphone o una tablet son los mejores recursos educativos para la infancia.

Para quienes siguen disfrutando con los placeres de la vieja escuela (es decir, largas conversaciones en persona, un libro, una película...), este magnífico ensayo de Adam Alter será una confirmación de esa sospecha que algunos compartimos en voz baja: los ordenadores, capaces de facilitar incomporablemente la transmisión de conocimientos o la filantropía, son también el foco de una adicción muy típica de nuestro tiempo.

"Los veintidós bebés de animales más monos", decía el titular. "¡No te imaginas cuál es el número 11!"

Más allá de la experiencia tangigle, lo que llamamos iconosfera tiene dos planos: por un lado, los signos de la realidad accesibles a través del arte y los medios de comunicación convencionales, y por otro, esa acumulación de estratos que engrandece, segundo a segundo, el mundo digital.

El libro que viene

En un mundo de coches y trenes sin conductores, aspiradoras y neveras inteligentes, sensores que rastrean el sueño y el ejercicio, ¿podemos suponer que el libro seguirá siendo igual? La eclosión de la inteligencia artificial o el big data auguran una transformación radical de la forma en que consumimos todo tipo de contenidos culturales. En este momento de cambios e incertidumbres, hacemos un ejercicio de prospectiva y nos aventuramos a predecir el futuro del libro.

Quién sabe cuántos usuarios son conscientes del lado oscuro de internet. Han pasado más de cuarenta años desde que pisamos la Luna, y ahora resulta que, en lugar de situar nuestra última frontera en el espacio, hemos decidido que la navegación más anhelada se realice a golpe de ratón, descendiendo por esas capas que se superponen en el universo digital.

"Internet no es la respuesta", de Andrew Keen

El principal problema al intentar decir algo sobre internet es el de precisar, con el mayor equilibrio posible, cuándo nos referimos a sus prodigiosas potencialidades y cuándo aludimos al uso mayoritario que se hace de la red. En ese sentido, este magnífico y revelador ensayo de Andrew Keen no es, ni mucho menos, un canto a las virtudes de la vida analógica ‒Keen no es un luddita‒ sino un profundo análisis de los gravísimos problemas que han generado esos a quienes el autor llama los evangelistas de internet.

Esta obra aborda una serie de asuntos que conviene encarar con base científica y, sobre todo, con serenidad, especialmente a la hora de formular conclusiones. Dichas materias pueden englobarse bajo una sola etiqueta, el uso problemático de internet, que abarca desde la posible adicción a los juegos online o a las redes sociales hasta esa ludopatía que hoy padecen tantos usuarios.

Después del diluvio

En la última década se han establecido, al menos en la percepción colectiva, varias verdades fundamentales sobre el estado de la información como materia prima y su papel en el mundo. A saber: