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Doscientos años desde el nacimiento de Charles Darwin y 150 desde la publicación de On the origin of species by means of Natural Selection puede ser un buen momento para preguntarse si diferentes procesos evolutivos que Darwin dejó fuera de su obra, como por ejemplo la evolución anterior a la aparición de las primeras formas de vida libre o evolución prebiótica, o la propia evolución microbiana, se pueden explicar a través de los mecanismos propuestos por Darwin y sus epígonos.

"¿Clonar humanos?", de Francisco J. Ayala

Es una pregunta digna de Hamlet. ¿Clonar humanos?  La idea no sólo zumba en los oídos de los investigadores, sino en los de cualquier ciudadano que se interese por un porvenir cada vez más vertiginoso e impredecible.

El 18 de septiembre de 2017 la Gaceta UNAM, órgano oficial de la Universidad Nacional Autónoma de México, presentó una portada impactante: una foto a plana completa de mazorcas de maíz, con un titular que anunciaba: “Invasión de maíz transgénico” (sólo le faltaron los signos de admiración para parecer un titular del extinto Alarma!). “Secuencias de ese grano, en 82% de alimentos derivados” ampliaba un “balazo” más abajo.

Desde que en 1818 la escritora inglesa Mary Shelley publicó su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, el mito del científico como un ser cuya ambición de conocimiento lo lleva a desencadenar fuerzas que salen de su control y acaban causando un desastre pasó a formar parte de nuestra cultura. (O quizá desde mucho antes: no olvidemos al propio Prometeo, que robó a los dioses el fuego sagrado y se lo dio a los hombres, ni a Eva, que come el fruto del árbol de conocimiento y condena así a la humanidad al sufrimiento.)

Genes turbocargados

En su libro El gen egoísta, de 1976, el biólogo británico Richard Dawkins propuso un punto de vista novedoso en biología: los seres vivos no somos sino el medio que tienen los genes para reproducirse.

El superpoder de la ciencia ficción –la de excelencia– es poder, si no predecir, sí atisbar el futuro: proporcionarnos un vistazo de lo que podría llegar a ser, gracias al incesante progreso de la ciencia y la tecnología.

En 2016, Debbie, Denise, Dianna y Daisy ya tenían nueve años. Son clones idénticos a Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, que murió de forma prematura a los seis años de edad. Desde entonces, la sombra de la duda planeaba sobre la técnica que la trajo al mundo. Los científicos descartan que su muerte estuviera relacionada con la clonación.

El genio no nace, se hace

Que yo sepa, no se conoce ningún caso de genio que no haya necesitado hacerse, más allá de algún matemático, algún músico  o alguna persona dotada para ciertas operaciones mentales, que casi siempre combina su genialidad en ese terreno con el autismo o alguna otra característica mental que suele afectar a su vida cotidiana. Lo que antaño se llamaban idiots savants, idiotas sabios. Pero eso no es lo que suele considerarse un genio, sino tan solo “un genio… para el cálculo”, por ejemplo.

Lo que sí está en los genes

En diversos momentos he hablado de la célebre y nunca concluida polémica entre lo innato y lo adquirido: aquello que somos a causa de nuestros genes y aquello que somos a causa de la sociedad, la educación o, quizá, a causa de esas extrañas causas imprevistas e imprevisibles a las que solemos llamar azar.

Hay muchas maneras de identificar a una especie en peligro, pero sólo una de certificar su extinción. Sin embargo, gracias a los avances en la genética y la biotecnología, resulta cada vez más fácil abandonar la idea de que una criatura desaparecida es verdaderamente irrecuperable.