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Tercera época - Nº 326

El retorno de los brujos

1960. Francia. Jacques Bergier, ingeniero químico reconvertido en escritor, nacionalizado francés pero de origen ucraniano, publica junto a Louis Pauwels, periodista y escritor de tendencias místicas, Le matin des magiciens, traducido en España como El retorno de los brujos.

Quiero dejar aquí una cita tomada de los fragmentos autobiográficos de Frances Yates, que pretendo incluir en un ensayo acerca de la filosofía de la crítica literaria.

El domingo 30 de septiembre de 1984, José María de Areilza publicaba un artículo (ya clásico) sobre la posible conexión del norte de Burgos con el mito del Santo Grial.

Soy libra con ascendente escorpión. Eso, según los astrólogos, me convierte en alguien muy interesante. Buen dato para iniciar una conversación, pero no creo una palabra: estoy seguro de que mi encantadora personalidad no es consecuencia de influencias astrales.

Uno de los problemas que presentan las discusiones sobre la naturaleza de la ciencia es que, a la menor provocación, surgen personas que aprovechan las dudas sobre la verdad absoluta del conocimiento científico para afirmar que “la ciencia no tiene ningún valor” o que cualquier otra disciplina o forma de conocimiento, de la astrología al marxismo, pasando por la meditación trascendental, es tan “científica” como la física o la biología.

Cuando yo era muy pequeña, los tatoos se llamaban calcomanías. Venían en los pastelitos, en la bollería industrial, eran la entrada a parques de atracciones. En definitiva, eran muy populares y a mí me encantaban. Hasta que un día, el colegio envió una nota a los padres en la que explicaba que se había detectado droga en algunas calcomanías que se repartían gratuitamente. A partir de entonces, se prohibía llevar calcomanías y nos advertían del peligro de que hombres ataviados con gabardinas nos dieran calcomanías impregnadas en droga.

En cierto sentido, Elsie Wright y Frances Griffiths, las dos jovencitas que fotografiaron a las hadas de Cottingley en 1917, son, simplemente, dos hijas de su tiempo. Niñas educadas con rigor victoriano, que leyeron hermosos cuentos y quisieron refugiarse en ellos.

Zodíaco nº 10, de Éric Corbeyran

Ya está, la lectura ha terminado: acabo de cerrar el décimo volumen de Zodíaco. Antes de reflexionar sobre su calidad, hojeo de nuevo las páginas de este thriller fantastico, y me da por pensar en la inteligencia de su autor, Éric Corbeyran, capaz de hilvanar una serie de trece volúmenes cuya lectura independiente no excluye la posibilidad de disfrutarlos como lo que son, una saga sobre la naturaleza humana, relatada con elegancia y profundidad psicológica.

Los dos personajes principales de esta historia no están, aunque se les espera. Son dos fantasmas. Se les espera con vehemencia. Con ello quiero decir que la base de las creencias espiritistas se relaciona con el deseo de entrar en contacto con seres desaparecidos.

Abre la serie de los impugnadores españoles de la magia en el siglo XVI el nombre ilustre del Sócrates de la Teología española, del maestro de Melchor Cano: Francisco de Vitoria, que trató de la hechicería con su habitual discreción y brevedad en una de sus Relectiones Theologicae, opinando que son por la mayor parte falsos y fingidos los prodigios que se atribuyen a los nigromantes, y que no suelen pasar de prestigio e ilusión de los ojos. Con todo eso, admite la existencia de una magia preternatural, que no procede por causas y modos naturales, sino por virtud y poder inmaterial, el cual no puede ser de los ángeles buenos, sino de los demonios. Niega que los magos puedan hacer verdaderos milagros; pero les concede cierto poder sobre los demonios y nuca sobre las almas de los muertos. Toda la eficacia de la magia se funda en el pacto hecho y firmado con el demonio. Mediante él, y por el movimiento local, pude trasladarse con suma celeridad un cuerpo a largas distancias, y aun alterarse la materia y las naturalezas corpóreas, aplicando lo activo a lo pasivo.