Una de las obligaciones del divulgador científico es estar actualizado. Sin embargo, hoy que la ciencia adelanta que es una barbaridad, tal pretensión se torna punto menos que imposible. Incluso cuando los divulgadores logramos estar al día en cuanto a los avances más recientes, un artículo publicado en una revista, periódico o (peor aún) libro quedan rebasados en cuestión de días, cuando se publica en los journals especializados el último detalle sobre el tema.

La tensión esencial

Rigor científico, por un lado, y amenidad e interés para el lector, por el otro. He ahí los dos escollos que, como Escila y Caribdis, acechan al divulgador científico.

¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.

El contrato educativo

Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica ‒y de muchas disciplinas jóvenes‒ es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.

A riesgo de sobresimplificar, puede afirmarse que cuando la mayoría de los investigadores científicos –con honrosas excepciones– se refieren a la divulgación, lo hacen pensando en uno de dos modelos extremos: la cápsula tipo “un minuto de ciencia”, y el artículo amplio y detallado estilo Scientific American.

Con frecuencia, se considera que ésta es la cualidad anhelada por excelencia. Una cualidad cuya importancia queda señalada en el cine y la literatura, y que nos ha brindado toda suerte de fantasmagorías a lo largo de la historia. En esta caso, la ciencia tiene la última palabra, y aunque la invisibilidad sea una propuesta atrevida, este magnífico libro de Philip Ball nos invita a reflexionar sobre ella mirando de reojo al laboratorio.

En esta época en la que las ciencias proponen tantas cosas en el campo cultural ‒cerrando así esa brecha que las separó de las humanidades y que en su época denunció C.P. Snow en Las dos culturas‒, se precisa un modelo idóneo para su transmisión a las nuevas generaciones.

Considerado por el propio David Attenborough su heredero natural en el campo de la divulgación científica, Brian Cox sabe que la pequeña pantalla ha tenido un papel determinante en su carrera. Es probable que su soltura ante las cámaras provenga de los tiempos en los que era teclista en un grupo de pop, pero más allá de su fotogenia, Cox es el estereotipo de una época que necesita a científicos capaces de seducir al gran público.

En un ensayo publicado en 2002 en la Antología de la Divulgación de la Ciencia en México (DGDC-UNAM), el doctor Marcelino Cereijido, prestigiado investigador argentino-mexicano y querido amigo, que además ejerce admirablemente la divulgación científica, describía el proceso por el que los descubrimientos científicos pasan del laboratorio a las revistas especializadas, y de ahí a la prensa general, como una “cascada divulgatoria”.

La falacia del especialista

La divulgación científica es la labor de compartir la cultura científica con un público voluntario y no especialista.