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Un poco de filosofía

Hace unas semanas publiqué aquí un artículo donde me sumaba a la preocupación de muchos intelectuales por la creciente desconfianza que hay hacia lo que algunos llaman “la autoridad de la ciencia”: la concepción de la ciencia como fuente de conocimiento confiable, necesario y útil sobre el mundo que nos rodea. Esa desconfianza se expresa concretamente, entre otros muchos ejemplos, en el absurdo y peligroso movimiento antivacunas.

Recordatorios

Quizá el objeto más antiguo que tengo recogido en el campo es un canto rodado de una cuarcita formada hace cientos de millones de años y que tras pasar por vicisitudes geológicas varias finalmente fue erosionado por el viento hace ‘sólo’ algunos miles. Y lo tengo encima de la mesa, a la vista, y ello me produce varias sensaciones y reflexiones, porque me recuerda el lugar y el momento en que lo recogí, porque es de las pocas cosas ‘naturales’ que hay en casa, porque aun sabiendo que fue el viento quien modeló su forma aún sigo admirando cada día el proceso a su vez violento y lento de su erosión sólo por el golpeteo de la arena que era arrastrada entonces.

Te uve científica

Lo logré. Sobre la mesa había trozos de cable, destornilladores, un par de bombillitas y pilas. El reto era hacer con ello que alguna de esas lamparitas se encendiera. Tenía siete años y cuando una de ellas se encendió fue el más grandioso de los éxitos que recuerdo en todas las casi diez veces más que sobrevivo en este planeta.

Casi todos recordamos una visita infantil al Museo Nacional de Ciencias Naturales. Al fin y al cabo tener un esqueleto de ballena sobre tu cabeza mientras contemplas la grandiosidad de un elefante africano u observar el tamaño real de los esqueletos de dinosaurios no es fácil de olvidar.

Entre las rutinas de un científico e ingeniero, no suele figurar la explicación de la cambiante naturaleza de los materiales que pasan por sus manos. Por suerte, Mark Andrew Miodownik está acostumbrado a comprender el punto de vista ajeno, y como divulgador, no tiene inconveniente en mitigar nuestra curiosidad ‒y nuestra ignorancia‒ cuando arqueamos las cejas al oír hablar sobre un lingote de tungsteno o el aerogel de sílice.

La ciencia, como la vida, hay que tomarla como viene. Manejando las hipótesis de los visionarios con esa duda feliz que impone el método científico. Emocionándonos ante cada hallazgo, o tras la repetición positiva de un experimento. Soñando con la proyección futura de una innovación... Al fin y al cabo, sin conocer todo aquello que la ciencia explica, el conocimiento y la cultura ceden bajo unos cimientos que las humanidades no pueden sostener en solitario.

Una de las obligaciones del divulgador científico es estar actualizado. Sin embargo, hoy que la ciencia adelanta que es una barbaridad, tal pretensión se torna punto menos que imposible. Incluso cuando los divulgadores logramos estar al día en cuanto a los avances más recientes, un artículo publicado en una revista, periódico o (peor aún) libro quedan rebasados en cuestión de días, cuando se publica en los journals especializados el último detalle sobre el tema.

La tensión esencial

Rigor científico, por un lado, y amenidad e interés para el lector, por el otro. He ahí los dos escollos que, como Escila y Caribdis, acechan al divulgador científico.

¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.

El contrato educativo

Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica ‒y de muchas disciplinas jóvenes‒ es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.