Mostrando artículos por etiqueta: dinosaurios http://thecult.es Mon, 22 May 2017 15:31:41 +0000 Joomla! - Open Source Content Management es-es Las plumas del dinosaurio http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/las-plumas-del-dinosaurio.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/las-plumas-del-dinosaurio.html Las plumas del dinosaurio

Si lee usted periódicos o blogs, ve o escucha noticieros, o está conectado a las redes sociales, seguramente ya se enteró del hallazgo, dentro de una pieza de ámbar procedente de las minas (sí: el ámbar se extrae de minas) del estado de Kachin, en Myanmar (o Birmania), de un fragmento de cola de dinosaurio maravillosamente bien preservado, que tiene la característica de presentar plumas.

Ofrece así la primera oportunidad de estudiar, con un nivel de detalle nunca antes alcanzado, las plumas de estos animales y de entender más a fondo su evolución.

Tradicionalmente, desde Aristóteles, los biólogos han clasificado a los reptiles, aves y mamíferos porque presentan, respectivamente, escamas, plumas o pelo. Y les gusta pensar que los seres vivos estamos todos relacionados evolutivamente: descendemos de ancestros comunes. Ya desde los tiempos de Darwin se descubrió un “eslabón perdido” que relacionaba a las aves con los dinosaurios: el fósil de Archaeopteryx, que parecía evidentemente una pequeña ave con plumas, pero que tenía dientes, garras en las alas y una cola con vértebras.

A lo largo de los años, y sobre todo en las últimas décadas, se ha descubierto más y más evidencia de que muchos dinosaurios, que tradicionalmente se representaban cubiertos de una piel escamosa (todavía los vemos así en Parque jurásico) tenían también distintos tipos de plumas, quizá de colores vistosos. De hecho, hoy se considera que muy probablemente los dinosaurios presentaban también sangre caliente y otras características que los relacionan muy cercanamente con las aves; las aves modernas son, en cierto sentido, dinosaurios que sobrevivieron a la extinción de casi todos sus primos cercanos.

Aunque inicialmente se pensaba que las plumas de organismos como Archaeopteryx servían, si no para volar, sí para facilitarles grandes saltos o planear, fue quedando claro, por la presencia de plumas en fósiles de dinosaurios grandes y pesados, que básicamente caminaban o corrían, que probablemente las plumas cumplían otras funciones. Hoy se debate si pudieron servir para correr más rápido, conservar el calor o como señales que ahuyentaran enemigos o atrajeran a parejas sexuales.

plumasdinosauriocelusaurio

Imagen superior: reconstrucción de un celurosaurio (Chung-tat Cheung/ Yi Liu).

Las plumas son estructuras fascinantes. En las aves modernas existen en distintas formas, que van desde simples filamentos, pasando por el plumón de los polluelos, que consiste en múltiples fibras que surgen desordenadamente del cálamo o cañón (la base de la pluma, que se usaba antiguamente para escribir), hasta las plumas comunes. Éstas están formadas por una varilla central, llamada raquis, de la que surgen filamentos (barbas). Cada barba tiene bárbulas, y éstas tienen ganchillos que pueden engancharse en las bárbulas contiguas. Así, la pluma puede formar una estructura rígida que permite el vuelo, pero también es flexible, pues los ganchillos pueden desengancharse y reengancharse con facilidad. (Además, las plumas de las alas, que sirven para el vuelo, tienen una estructura asimétrica, aerodinámica, distinta de las plumas que cubren otras partes del cuerpo.)

Pelos, plumas y escamas tienen un origen evolutivo común. Todos están formados básicamente por el mismo tipo de proteína, la queratina. Y los folículos, tanto los pilosos que forman los pelos como los plumosos que generan las plumas, se originan en estructuras embrionarias llamadas placodas: engrosamientos de la piel con células especializadas.

plumasdinosaurioave

Imagen superior: "Zhenyuanlong suni", un dinosaurio con plumas descubierto en China. Esta criatura vivió hace 125 millones de años, en el Cretácico Medio (Imagen: SINC, CC).

En junio de 2016 comentábamos aquí cómo se había descubierto evidencia definitiva de que también las escamas de los reptiles surgen a partir de placodas, con lo que queda clara la relación evolutiva entre los tres grupos. En los reptiles, las placodas generan un crecimiento plano de queratina, que forma la escama. En aves y mamíferos, el crecimiento es en forma cilíndrica, y en las plumas adquiere ramificaciones complejas. Hoy se están comprendiendo los fascinantes mecanismos moleculares que permiten que, durante el desarrollo embrionario, surjan estructuras tan distintas y complejas a partir de un mismo origen.

Pero, ¿qué tan temprano surgieron las plumas en los reptiles (dinosaurios)? ¿Qué tan compleja era su estructura? La evidencia fósil tradicional hacía difícil determinarlo, porque normalmente los especímenes están aplastados y tienen apariencia bidimensional. El fósil de Birmania, de unos 99 millones de años, permite observar la estructura tridimensional, exquisitamente detallada, de las plumas de un fragmento de ocho vértebras de la cola de un pequeño dinosaurio (del tamaño de un gorrión), incluyendo las barbas y bárbulas. (Curiosamente, el vendedor que lo ofrecía en un mercado creía que se trataba de un resto de planta.)

plumasdinosaurio2

Imagen superior: barbas y bárbulas de las plumas del fósil de Birmania.

El estudio, dado a conocer el 8 de diciembre de 2016 y publicado en la revista Current biology por el equipo encabezado por los investigadores Lida Xing, de la Universidad China de Geociencias, y Ryan McKellar, de la Universidad de Regina, en Canadá, llegó a varias conclusiones. Una es que el pequeño dinosaurio, probablemente del grupo de los celurosaurios, no podía volar. Los restos de pigmento indican que su plumaje, si el de todo el cuerpo era igual al de la cola, quizá era café en la parte superior y blancuzco en la inferior. Pero lo más importante, al menos los estudiosos de la evolución, es que probablemente en el desarrollo de las plumas primero aparecieron barbas con bárbulas (como las del plumón) que luego se fusionaron para dar origen a la raquis rígida que da estructura a las plumas, y no inversamente (primero raquis con barbas desnudas que luego desarrollaron bárbulas).

Seguramente se desatará una fiebre de búsqueda de restos fósiles preservados en ámbar. Quién sabe qué sorpresas nos pueda ofrecer esta nueva fuente de información sobre los seres vivos que nos antecedieron en el planeta. Eso sí: la muestra no contiene ADN. El sueño de recrear dinosaurios como los de Parque jurásico sigue siendo ciencia ficción. 

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

]]>
correo@thecult.es (Martín Bonfil Olivera) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Fri, 23 Dec 2016 13:19:31 +0000
"La materia oscura y los dinosaurios", de Lisa Randall http://thecult.es/libros/la-materia-oscura-y-los-dinosaurios-de-lisa-randall.html http://thecult.es/libros/la-materia-oscura-y-los-dinosaurios-de-lisa-randall.html

Hace más de tres décadas que pisamos la Luna, pero aún nos cuesta entender de qué está hecho el universo. Esta duda, por cierto, se las trae. No es una de esas cuestiones básicas que se dirimen acogiéndose a la ignorancia ‒"Verás, es que yo soy de Letras"‒, y tampoco es una invitación para el desvarío intelectual.

En realidad, hablamos aquí de una incógnita muy precisa, pero difícil de desentrañar en toda su complejidad.

Es más, incluso los astrofísicos más avanzados tienen problemas para explicarlo con claridad. Sabemos, por ejemplo, que la llamada materia oscura integra alrededor de una cuarta parte del universo. También sabemos que se ha especulado mucho sobre ella desde que, en 1974, la astrónoma Vera Rubin comprendió que en el espacio hay más de lo que podemos ver. Ha pasado el tiempo, pero esa materia oscura que intrigó a Rubin sigue mostrando un comportamiento elusivo, y aunque hoy se considera que está formada por una nueva partícula elemental y empezamos a entender algo de su naturaleza, todavía nos brinda un sinnúmero de misterios.

Una de las exploradoras de esa dimensión oculta es Lisa Randall, catedrática de física en la Universidad de Harvard. Seguramente más de un aficionado a la divulgación científica recuerda la entrevista que Eduard Punset hizo a Randall en 2006. Se preguntaba ella en aquel diálogo por qué debería haber sólo tres dimensiones y por qué nosotros podemos ver sólo tres. Reconocía, además, la existencia de fenómenos misteriosos que a los físicos de partículas les cuesta entender en un contexto de tres dimensiones espaciales.

Esa valentía a la hora de asumir preguntas sin aparente respuesta es la misma que Randall exhibe en este maravilloso libro, La materia oscura y los dinosaurios, una obra en la que nos invita a surcar el universo deteniéndonos en sus facetas más desconocidas e inquietantes.

El punto de partida de dicha singladura es una variedad peculiar de materia oscura. Dos cualidades la distinguen: posee un electromagnetismo propio y es la culpable de encauzar hasta nuestro planeta a aquel asteroide letal que extinguió el imperio de los dinosaurios.

Esta teoría es fascinante por muchos motivos, y aunque falte probarla, Randall la aprovecha con la misma soltura con la que Carl Sagan hablaba de la posibilidad de vida extraterrestre en Cosmos. Quiero con esto decir que La materia oscura y los dinosaurios va más allá de esa catástrofe, y por el camino, va regalándonos respuestas para otras muchas dudas.

"El olvido ‒nos dice la autora‒ es algo que podemos corregir. Mientras que los magos sacan ventaja de esta debilidad, los científicos tratamos de superarla. Nuestro objetivo es identificar lo que podríamos estar perdiéndonos por falta de atención. Los constructores de modelos como yo tratamos de imaginar aquello que podría existir y que los investigadores no han buscado todavía o no han entendido que podría estar a su alcance".

La inmensidad del espacio, con toda su carga de asombro e infinitud metafísica, empieza a parecernos pequeña cuando salen a relucir conceptos que Randall maneja con soltura, como el multiverso, la nada que precedió al big bang o ese disco de materia oscura que se impone en la Vía Láctea.

Escrito con una amenidad que sorprende dada la hondura de su contenido, este ensayo no sólo es una muestra ejemplar de divulgación científica. También es un mirador al que encaramarnos para observar ese juego de fuerzas interdependientes que sustentan la vida y el universo.

{youtube}UdBI03VgrGU{/youtube}

Sinopsis

Hace 66 millones de años un objeto aproximadamente del tamaño de Madrid se precipitó contra la Tierra desde el espacio e hizo desaparecer a los dinosaurios, junto con tres cuartas partes de las demás especies del planeta. Desafiando los habituales supuestos sobre la composición del 85 % de la materia del universo que no podemos ver, Randall explica cómo la materia oscura podría haber desencadenado el cataclismo. Su asombrosa tesis, salpicada de referencias de la cultura pop y de puntos de vista sociales y políticos, revela las profundas relaciones que existen entre lo visible y lo oculto, así como la increíble belleza de las conexiones que nos rodean. Con claridad e ingenio, elucida la naturaleza del universo, de la materia oscura, de la Vía Láctea, y describe los impactos de los asteroides. Ningún lector volverá a contemplar la Tierra o el cielo como lo hacía antes de leer este libro.

Lisa Randall (Nueva York, 1962) es catedrática de física en la Universidad de Harvard, donde estudia los detalles de la física de partículas y la cosmología. Sus trabajos sobre supersimetría, teoría de la unificación e inflación cósmica la han convertido en la física teórica más citada de los últimos años. En esta editorial han aparecido Universos ocultos. Un viaje a las dimensiones extras del cosmos (2011), El descubrimiento del Higgs. Una partícula muy especial (2012) y Llamando a las puertas del cielo. Cómo la física y el pensamiento científico iluminan el universo y el mundo moderno (2013).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Acantilado. Reservados todos los derechos.

]]>
correo@thecult.es (Guzmán Urrero) Libros Wed, 23 Nov 2016 14:19:01 +0000
"El Valle de Gwangi" (1969), de James O'Connolly http://thecult.es/visiones-del-futuro/el-valle-de-gwangi-1969-de-james-o-connolly.html http://thecult.es/visiones-del-futuro/el-valle-de-gwangi-1969-de-james-o-connolly.html

No creo que sea necesario demostrar la versatilidad del western como género. Su marco geográfico, temporal y conceptual ha permitido contar todo tipo de historias, pero sin duda sus pioneros cinematográficos no pensaron que un día a alguien se le ocurriría mezclar el desierto y los cowboys con dinosaurios.

Eso es precisamente lo que hace El Valle de Gwangi, una idea que, sobre el papel, es atractiva para cualquier amante del cine de aventuras. Y, sí, ofrece mucho de ambas cosas y contiene al menos una de las secuencias imprescindibles para cualquier entusiasta del cine de dinosaurios. El problema es el mismo del que adolecían muchas de las películas de monstruos en las que participó el legendario artista de los efectos especiales Ray Harryhausen, desde El Monstruo de los Tiempos Remotos hasta La Isla Misteriosa: los efectos especiales son mucho mejores que el resto de la película.

gwangi2

A comienzos del siglo XX, en una pequeña ciudad mexicana, el cínico tratante de caballos Tuck Kirby (James Franciscus) se reencuentra con su antigua socia y novia, T.J. Breckinridge (Gila Golan), propietaria de un circo de espectáculo Wild West que sufre serios problemas financieros. Kirby quiere que ella venda el negocio y se establezca con él en un rancho de Wyoming. Pero entonces uno de los empleados, el gitano Carlos (Gustavo Rojo), trae un caballo en miniatura que le ha dado su hermano Miguel antes de morir. Esa maravillosa y única criatura puede salvar al circo.

El paleontólogo inglés de dudosa moralidad Horace Bromley (Lawrence Naismith) identifica la criatura como un eohippus, un antecesor de nuestro actual caballo y, ansioso de alcanzar la gloria tanto como de expandir los límites del conocimiento, advierte a los gitanos del lugar del paradero del animal para que lo roben. Y es que éstos creen que el valle del que procede está maldito y que nada que more en su interior debe salir de él, por lo que, efectivamente, se hacen con él y se dirigen rápidamente al valle.

Horace sigue a los gitanos con la intención de, a su vez, arrebatarles al animal, sin saber que Carlos, Tuck y los cowboys del circo les siguen la pista. Todos acaban llegando al recóndito valle, al que acceden por una estrecha grieta para encontrárselo poblado de grandes animales antediluvianos. Sobreviven a la experiencia a duras penas, pero ello no impide que Tuck idee un atrevido plan: capturar un feroz alosaurio y utilizarlo como inigualable reclamo del circo.

gwangiGila Golan

No hay una opinión unánime acerca de El Valle de Gwangi. Muchos desprecian a este film como un mero escaparate para lucir efectos especiales sin apenas soporte argumental; otros lo reivindican como una obra no lo suficientemente valorada que cuenta con algunas de las mejores escenas diseñadas por el genio de Ray Harryhausen, especialista en la técnica stop-motion y responsable de los espectaculares efectos de películas como El Monstruo de los Tiempos Remotos (1953), La Tierra contra los Platillos Volantes (1956), Simbad y la Princesa (1958), Jasón y los Argonautas (1963) o El Viaje Fantástico de Simbad (1973).

Sin duda hubo alguien en Warner Brothers y Seven Arts, productoras de la película, que pensó que juntar dos elementos tan icónicos como el dinosaurio y el cowboy sería algo irresistible para mucha gente. El problema es que un concepto, una idea, no basta para hacer una buena película. Ni siquiera la participación de buenos profesionales constituye una garantía. Es igualmente necesaria la oportunidad.

Para entonces, el western era un género que había perdido el favor del público y dejado atrás su época dorada. En cuanto a los dinosaurios, distaban de ser una novedad en el cine. Llevaban décadas viéndose en pantalla desde que Willis O'Brien, mentor de Ray Harryhausen, les diera vida en El Mundo Perdido (1925). En aquella película, adaptación de la novela homónima de Arthur Conan Doyle, se establecía la rutina que posteriormente ha sido repetida hasta el hartazgo en tantas películas: grupo de exploradores en una tierra recóndita y/o olvidada por el tiempo encuentran bestias prehistóricas, capturan una especialmente peligrosa, la llevan a la civilización para exhibirla y estudiarla y/o ganar dinero, ésta se escapa y provoca el caos antes de morir.

gwangi3

En El Valle de Gwangi los guionistas Julian More y William E. Bast se limitaron a trasladar ese argumento básico, popularizado universalmente gracias sobre todo a King Kong (1933), a un escenario del Oeste.

Ni siquiera la inclusión de cowboys fue completamente original. Aunque no figure en los créditos, El Valle de Gwangi está basado en un guión que Willis O'Brien trató de sacar adelante en la década de los cuarenta para RKO-Pathe, basado en una historia de Harold Lamb sobre un gran tiranosaurio llamado “Gwangi”. El proyecto no fructificó, pero una variación del momento en que los cowboys enlazan al dinosaurio sobrevivió en su El Gran Gorila (1949) y algunas de sus ideas y el concepto se reciclaron en La Bestia de la Montaña (1956). En esta última, un grupo de vaqueros descubren en Mexico un Tiranosaurio e intentan acabar con él para evitar que siga diezmando el ganado.

El Valle de Gwangi, por tanto, no aporta nada nuevo. Simplemente, es algo mejor película.

Eso sí, mientras King Kong enfocaba la idea del mundo perdido con un pie en el terror, El Valle de Gwangi ofrece una propuesta mucho más plana. Las junglas pesadillescas de la Isla de la Calavera se reemplazan por un desierto polvoriento, y donde Kong escalaba los rascacielos más altos de Manhattan, el destrozo de Gwangi se limita a una pequeña ciudad de adobe y una catedral. Para matar a Kong se necesitaron aeroplanos de combate sobre el Empire State Building; Gwangi perece víctima de las llamas y el desplome de un edificio.

gwangifranciscus

Todo el argumento destila la sensación de algo que podría haber sucedido, un pequeño desastre que se desarrolla, alejado de la atención del gran público, en una alejada zona rural, sin ninguna autoridad presente que intervenga o deje testimonio de ello. El caos sembrado por Kong sorprendió al mundo; la huida y posterior muerte de Gwangi será sin duda ignorada, quedándose quizás en leyenda del folclore local, una nota al pie de algún oscuro texto antropológico.

Si el enfoque es poco ambicioso, el argumento es igualmente pobre en ideas y desarrollo y los personajes son planos o erráticos (Tuck Kirby, por ejemplo, cambia de opinión respecto a sus planes de futuro tres veces a lo largo de la trama).

Lo que realmente salva a este clon recalentado de King Kong es el gran trabajo de animación que realiza Harryhausen y que puede disfrutarse en escenas como aquella en la que los cowboys intentan enlazar el pequeño eohippus; la lucha de Lope contra un pterodáctilo; la captura de Gwangi (el alosaurio) y el combate entre éste y un estegosaurio; y, por supuesto, el clímax, en el que Gwangi siembra el caos por las calles de la ciudad, peleándose con un elefante y pereciendo abrasado y sepultado en una catedral gótica (escenas que fueron rodadas en Almería y Cuenca).

gwangiharryhausen

Resulta chocante el contraste entre el grado de verosimilitud de estas secuencias y la implausibilidad de todo el concepto sobre el que se apoya el argumento. A diferencia de muchos de sus primeros films –como Jasón y los Argonautas‒, Harryhausen ya había aprendido aquí el arte de inyectar auténtico dramatismo en la animación. Aunque no fue su última película, sí fue la última vez que Harryhausen animó dinosaurios. Las películas con saurios gigantes habían ya perdido el favor del público por entonces y no lo recuperarían hasta que Parque Jurásico (1993) los trajo de vuelta ya en formato digital.

El propio Gwangi tiene un diseño sobresaliente y la animación fotograma a fotograma de Harryhausen le insufla una vitalidad impresionante. Lejos de poseer esa fría inmovilidad propia de los reptiles, se mueve con rapidez y su cola no para de culebrear y retorcerse en el aire con maligna energía. Gruñe y pone muecas, crispando sus garras mientras contempla su presa. Aunque su aspecto no se ajusta al de ningún dinosaurio real (parece una mezcla entre tiranosaurio y alosaurio), desde luego sí parece vivo. Dice mucho del talento de Harryhausen –y muy poco de la película en general‒ que sus dinosaurios sean, con diferencia, los personajes más carismáticos de la historia.

Y es que, por desgracia, el director, el británico James O'Connolly, intenta darle al factor humano un peso que nadie pide y hace que a la película le cueste mucho llegar a los momentos de acción. Toda la primera mitad del metraje se invierte en presentar a los acartonados personajes y sus relaciones, que, además de no ser novedoso, carecía de importancia alguna para lo que vendría a continuación. Eso sí, una vez que los dinosaurios aparecen, la película cobra más ritmo y suspense, no abandonándolos ya hasta el apoteósico final, en el que los personajes son totalmente olvidados en favor de la espectacularidad visual.

gwangi4

Puede que los cabezas de cartel fueran James Franciscus y Gila Golan, pero las verdaderas estrellas de la película eran sin duda los dinosaurios de Harryhausen. A nadie le importaban demasiado los actores y puede que ellos mismos fueran conscientes de su papel de meros comparsas. El resultado es que James Franciscus da vida a un héroe soso y errático que no consigue dotar de la menor credibilidad a su relación sentimental con Gila Golan. Ésta, por su parte, ni siquiera convence de que sea americana. De hecho, fue doblada muy mediocremente por alguna otra actriz, probablemente una decisión de último momento de algún productor que se alarmó ante su obvio acento oriental –era una modelo de origen polaco nacionalizada israelí tras la guerra‒, algo que, sin embargo, no había sido inicialmente un impedimento para seleccionarla de entre las muchas bellezas disponibles en Hollywood.

Destacar, eso sí, la banda sonora compuesta por Jerome Moross, una partitura que respira western por los cuatro costados, con ritmo de galope y unas secciones de cuerda y viento a la altura de los que pueden escucharse en Los Siete Magníficos, El Bueno, El Feo y el Malo o La Conquista del Oeste.

La película se estrenó sin demasiada publicidad, entre otras cosas porque con la obra terminada en sus mesas, los productores no le vieron salida. Tenían razón. Como hemos dicho, el proyecto original databa de 1942 y para cuando Harryhausen desempolvó las notas de su maestro O'Brien, El Valle de Gwangi no era sino la reliquia de una era ya finiquitada. A la gente ya no le hacían gracia los monstruos de goma, y el espíritu pulp y los western poblados por personajes que respondían a nombres como Rowdy, Champ y Tuck, no parecía tener buen acomodo en el mismo año en que se estrenaron films como Cowboy de Medianoche, Dos hombres y un Destino o Easy Rider.

El Valle de Gwangi acabó estrenándose como parte de un programa doble, siendo la otra película –y esto es muy significativo‒ una de motoristas. Esto de por sí vetaba al público objetivo, el infantil, aun cuando éste probablemente hubiera encontrado difíciles de digerir las largas y aburridas secuencias iniciales.

Así que la película pasó sin pena ni gloria y se sumió rápidamente en la oscuridad tras ser rechazada por un público ya cansado tanto de los westerns como de las monster movies. Pero el caso es que, a diferencia de muchos otros productos de serie B, El Valle de Gwangi se resistió a desaparecer del todo. A pesar de sus defectos, el espectáculo visual orquestado por Harryhausen dejaba un recuerdo indeleble en quien lo veía y, así, el film halló refugio durante décadas en los pases televisivos de los sábados por la mañana, lo que le aseguró un lugar especial en la memoria de generaciones enteras de niños.

gwangi5

El valle de Gwangi es pura serie B: sin estrellas, guión mínimo, rodada rápida y descuidadamente; no tiene buena fotografía, actores, dirección o montaje. Ni siquiera se trata de una historia original. Muchos incluso se negarán a considerarla ciencia ficción. La única “ciencia” aquí es la representada por las explicaciones sobre la evolución que da el paleontólogo (y que se caen por su propio peso ante el hallazgo de dinosaurios aún vivos). ¿Por qué recomendar por tanto esta película?

Creo que su paralelo en el ámbito literario podrían ser las historias incluidas en las revistas pulp de comienzos del siglo XX: narraciones con poca o ninguna calidad formal, basadas en estereotipos, de tramas predecibles, con personajes planos y carentes de cualquier mensaje intelectual, filosófico o moral. Eran puro entretenimiento, puertas a mundos maravillosos y fantásticas aventuras con las que soñar. No había que analizarlas, sólo disfrutarlas. Pues bien, lo dicho vale para El Valle de Gwangi. Es necesario prescindir de cualquier expectativa o pretensión de plausibilidad en su historia, ser consciente de que no es una gran película y que no debe compararse con films de mayor presupuesto y mejor factura. En lugar de tomársela en serio, es mejor dejarse llevar por el sentido de la maravilla que destila la propuesta y, sobre todo, el trabajo de Harryhausen.

{youtube}rxa23JpbXYo{/youtube}

Imagen superior: comentario de Mick Garris a propósito de "El Valle de Gwangi" en Trailers from Hell.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Orion Pictures, Warner Bros. Pictures. Reservados todos los derechos.

]]>
correo@thecult.es (Manuel Rodríguez Yagüe) Visiones del futuro Fri, 11 Nov 2016 17:48:03 +0000
Los dinosaurios: terribles lagartos http://thecult.es/tercera-cultura/los-dinosaurios-terribles-lagartos.html http://thecult.es/tercera-cultura/los-dinosaurios-terribles-lagartos.html Los dinosaurios: terribles lagartos

La dinosaurología es una de las disciplinas de la paleontología con mayor desarrollo en los últimos años. Desde 1970 se ha encontrado un promedio de 6.1 géneros por año, y entre 1989 y 1995 se describieron 51 nuevos géneros. A la fecha hay aproximadamente 336 géneros de dinosaurios, sin embargo se estima que la diversidad de dinosaurios es cercana a 3 400 géneros, por tanto sólo conocemos cerca de diez por ciento. Estas criaturas siempre han cautivado la atención del público en general debido a sus peculiares estructuras y tamaño.

El término dinosaurio parece tan familiar que todos parecemos entender con lujo de detalle a estas criaturas, sin embargo como bien lo explicó el paleontólogo británico Alan Charig, “es común pensar que el término dinosaurio se refiere a toda criatura que vivió hace millones de años, y que actualmente se encuentra extinta”, pero también es recurrente pensar que cualquier organismo prehistórico es un “dinosaurio”, como ocurre con los dimetrodontes, plesiosaurios, ictiosaurios, pterosaurios, dientes de sables e incluso los poderosos mamuts. Para evitar estas confusiones, los paleontólogos, que estudian los restos fósiles, han enumerado una serie de características únicas de este grupo, caracteres compartidos derivados o sinapomorfias (ver cuadro 1).

Losdino2

Imagen superior: James St. John, CC

Cuadro 1. Sinapomorfias del clado dinosaurios

• La reducción del cuarto y quinto dígitos de las extremidades superiores.

• Número de dedos en las patas reducido de cuatro a tres.

• Huesos sacros fusionados desde 2 hasta 7 vértebras.

• Acetábulo perforado con un hueco en el centro.

• Miembros superiores generalmente menos desarrollados que los inferiores.

• Presencia de paladar secundario que les permitía tragar y respirar simultáneamente.

• Fémur relativamente recto con la cabeza femoral centralmente alineada.

• Los dinosaurios se caracterizan por su tipo de locomoción o posición mejorada de progresión, y sus piernas rectas se extienden directamente bajo el cuerpo, mientras las piernas de lagartos y cocodrilos se extienden hacia fuera, sobresaliendo.

• Todos los dinosaurios son animales digitígrados terrestres, con excepción de las aves del cretácico que presentaban hábitos aéreos e incluso buceadores.

Los dinosaurios son un clado monofilético de organismos diápsidos archosaurios, cuyos restos fósiles se hallan en estratos mezosoicos, de una edad entre 225 y 64 millones de años, abarcando los periodos Triásico, Jurásico y Cretácico, por lo que dominaron el planeta cerca de 160 millones de años. El registro más antiguo data del Carniano tardío (Triá­sico) de las formaciones Santa María e Ischigualasto, en Brasil y Argentina respectivamente, y la última aparición está en el límite del Cretácico y el Terciario, hace 64 millones de años, cuando se dice que la mayoría de ellos se extinguió, con excepción de las aves. Sin embargo, nuevos hallazgos pueden ampliar la permanencia geológica de los dinosaurios no avianos, ya que registros obtenidos por James E. Fassett y Robert A. Zielinski en 2002 incluyen huesos de la pata de un hadrosaurio en la formación El Ojo, Nuevo México, Estados Unidos, los cuales fueron datados en aproximadamente 64.5 millones de años, en el Paleoceno. De confirmarse lo anterior implicaría que algunos dinosaurios sobrevivieron a la gran extinción y desaparecieron en el piso daniense del Paleoceno, en el Cenozoico inferior.

Los huesos de dinosaurios han sido documentados desde la Antigüedad, cuando se decía que eran la prueba de la existencia de antiguas criaturas mitológicas de formas reptiloides, conocidos en el folclor como dragones. Posteriormente, durante la Edad Media, los hidalgos y caballeros buscaban a estas enormes criaturas para darles muerte, por tal motivo se creía que se encontraban restos de ellos enterrados en varias ciudades de Europa y Asia. Se sabe que en el año 600 a.C. los comerciantes asiáticos cuentan a los griegos historias de grifones, probablemente basados en esqueletos y cráneos de Protoceratops, mientras en el año 300 d.C, durante la Dinastía Jin occidental, los chinos hablan de “huesos de dragón”, al referirse a restos de dinosaurios.

La primera referencia formal apareció en el año de 1676 en una publicación titulada Historia natural de Oxfordshire, escrita por el reverendo Robert Plot, en donde se hace referencia al fragmento distal de un fémur que fue comparado con diversos animales y, al no poder identificarlo, se asignó por su forma a un hombre de proporciones descomunales, uno de los denominados Antediluvian Patriarchs (patriarcas antediluvianos). Un siglo después, el filósofo francés Jean–Baptiste Robinet observó que el fósil era extremadamente semejante a un escroto humano gigante, idea que fue apoyada en 1763 por el naturalista inglés Richards Brookes, quien le llamó Scrotum Humanum —siglos después se asignó este fragmento de hueso como perteneciente al gé­nero Megalosaurus.

Años después, en 1787, el hallazgo en Nueva Jersey, Estados Unidos, de una posible pierna de hadrosaurio —hoy extraviada— fue catalogado simplemente como Thihbone (hueso del muslo), y posteriormente más restos fueron encontrados en Montana, Connecticut, y en otras localidades.

En 1802, el granjero norteamericano Pliny Moody de Massachusetts, extrajo de sus terrenos una laja con impresiones de patas posiblemente hechas por aves, que el médico local, el Dr. Elihu Dwight, interpretó como las huellas dejadas por el cuervo del Arca de Noé. En 1835, el doctor James Deane escribió al clerigo y naturalista Edward Hitchcok, y en 1839 esta loza fue adquirida por Hitchcok y Benjamin Silliman, de la Universidad de Yale, quienes se encargaron del estudio de las mismas. Hitchcok recogió más de 20 000 huellas fósiles, pero les atribuye un origen aviano, reptilesco y mamiferoide, nunca acepta a los dinosaurios como organismos responsables de las mismas.

Quizá el mundo aún no estaba listo para los dinosaurios. Años después, a pesar de la aparición de la paleontología y la aceptación de la teoría de la evolución, se seguían contando extrañas historias en el folclor del mundo. En 1871, el explorador franco–canadiense Jean–Baptiste L´Heureux menciona un lugar santo en Alberta, Canadá, adorado por las tribus indias, las cuales consideraban los fósiles de los dinosaurios como pertenecientes a los abuelos de los bisontes americanos.

Los inicios de su estudio

Se puede decir que fue el polifacético médico, naturalista y geólogo inglés Gideon Algernon Mantell, quien inicio en 1822 el estudio de los dinosaurios. Este médico victoriano era aficionado a coleccionar fósiles y, un buen día, durante una visita que realizó a un paciente, su esposa Mary Ann encontró un diente incrustado en una roca; el médico se dio a la tarea de estudiarlo, y notó que era de un herbívoro, pero para tener una mejor apreciación lo envió a Francia para que lo estudiara el eminente naturalista, promotor de la anatomía comparada e impulsor de la paleontología, el barón Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier, quien le indicó que era de un rinoceronte extinto.

Sin embargo, esta explicación no complació a Mantell, quien continuó estudiando y, al comparar aquellos dientes fósiles con algunos ejemplares de iguanas americanas, se dio cuenta del parecido, por lo que llamó al fósil Iguanodon (diente de iguana). A pesar del interés de Mantell, la primera descripción formal data de 1824, elaborada por el doctor William Buckland, quien al estudiar otros restos aislados —entre ellos una mandíbula que estaba depositada desde 1818 en un museo de Oxford Inglaterra— denominó al organismo Megalosaurus (reptil gigante). En 1831, Mantell describió a Hylaeosaurus, su segundo “reptil” gigante.

Losdino3

Imagen superior: Mike Beauregard, CC

El término dinosaurio fue acuñado en 1842 por el eminente especialista británico en anatomía comparada Sir Richard Owen, derivado del griego deinos, terrible o gigante, y sauria, lagarto o reptil, por el enorme tamaño de los primeros gé­neros de dinosaurios descubiertos —Megalosaurus, Iguanodon e Hylaeosaurus—, y fue dado a conocer durante la reunión anual de la asociación británica para el progreso de la ciencia celebrada en Plymouth. Debido al interés por los dinosaurios, a mediados del siglo XIX, Benjamín Waterhouse Hawkins realizó la primera exposición de dinosaurios en el antiguo Sydenham Park de Londres. A pesar de los estudios realizados, los dinosaurios eran vistos como enormes “reptiles cuadrúpedos de sangre fría”. Hawkins también fabricó modelos de dinosaurios para el Central Park de Nueva York, pero nunca llegaron a exhibirse pues fueron destruidos por una banda de maleantes en 1871.

Poco después, en 1856, en Estados Unidos Joseph Leidy, de la Universidad de Pensilvania, contribuyó a la historia con los primeros fósiles estudiados y plenamente identificados como pertenecientes a dinosaurios de Norteamérica, que fueron asignado a Hadrosaurus foulki, un dinosaurio comúnmente llamado pico de pato, cuya reconstrucción —realizada en el año de 1868 por Hawkins— mostró que los dinosaurios eran bípedos y no totalmente cuadrúpedos como hasta entonces se pensaba —es considerado el primer esqueleto montado de un dinosaurio en el mundo.

En la segunda mitad del siglo XIX, en los depósitos de Solhofen, Alemania, aparece la primera evidencia fósil de un ave, que Richard Owen describe como Archaeopteryx litographica; y desde entonces, hasta hoy, han sido encontrados diez esqueletos conocidos coloquialmente como los Archaeopteryx de Londres, Berlín, Eichtatt, Maxberg y Termópolis. En 1878, El paleontólogo belga Louis Dollo describió los fósiles de 31 esqueletos fósiles hallados a 321 metros de profundidad en una mina de carbón en Bernissart, Bélgica, pertenecientes a la especie Iguanodon bernissartiensis, los cuales confirmaron el bipedalismo de los dinosaurios, aunque su reconstrucción presentaba problemas, ya que, basándose en un esqueleto de canguro, la cola queda posada en el suelo y se fractura a la mitad.

En Estados Unidos, Othiniel Charles Marsh y Edward Drinker Cope protagonizaron uno de los episodios más intensos en la historia de la paleontología, la denominada “guerra de los huesos”, una competencia entre ambos científicos que dio como resultado la descripción, por parte de Marsh, de Brontosaurus (Apatosaurus), Diplodocus, Stegosaurus y Triceratops, y por parte del segundo, de Camarasaurus, Coelophysis y Monoclonius, entre otros más, así como grandes descubrimientos no dinosáuricos, como Elasmosaurus, Ictiornis, Hesperornis y Dimetrodon. Más de 130 especies fósiles, con lo cual ambos contribuyeron de manera relevante al desarrollo de la paleontología.

Harry Goovier Seeley fue el paleontólogo británico responsable de la división de los dinosaurios en saurisquios y ornistisquios con base en la estructura de los huesos de la pelvis y la forma de las articulaciones: los primeros tienen la estructura ósea de la cadera común a los reptiles, en la que cada uno de los tres huesos apunta en una dirección diferente, mientras los segundos tienen una cadera tetrarradiada semejante a la de las aves. Sus observaciones fueron plasmadas en un documento científico en 1887, que fue publicado un año después, de suma importancia en un panorama dominado por múltiples y bizarras clasificaciones propuestas por diversos paleontólogos (ver cuadro 2).

Losdino4

Imagen superior: Thomas Kohler, CC

Cuadro 2. Saurisquios y ornistisquios

Los dinosaurios saurisquios son divididos en dos grupos: los terópodos y los sauropodomorfos. Los primeros son básicamente carnívoros, salvo los therizinosaurios, orden que incluye géneros como Dilophosaurus, Labocania, Allosaurus y Tirannosaurus. Los sauropodomorfos incluyen algunas de las formas terrestres más grandes que poblaron tierra firme, como Diplodocus carnegii, Argentinosaurus y Huencolensis.

Los Ornitischia presentan una autopomorfia: el hueso delantero se modificó de tal manera que apunta hacia atrás y adelante; otra característica importante es la presencia del predentario. Los ornistisquios forman cinco grandes grupos: ornitópodos, anquilosaurios, este gosaurios, ceratópsidos y paquicephalosaurios. Los más antiguos correspondena los ornitópodos bípedos de los géneros Pisanosaurus, Heterodonthosaurus y Lesothosaurus.

A principios del siglo XX, Henry Farfield Osborn, director del American Museum of Natural History, describió los fósiles hallados por Barnum Brom en 1904 en los yacimientos del Cretácico superior de Hell Creek, Montana, los cuales eran extraordinarios y de tamaño colosal; se trataba de Tyrannosaurus rex, dinosaurio carnívoro que se pensaba en ese momento era el mayor depredador del mundo —tiempo después aparecerían carnívoros más grandes.

En esta época el magnate Andrew Carnegie impulsó el desarrollo de excavaciones en Estados Unidos, de las que resultaron diversos esqueletos de una nueva especie de diplodocus, Diplodocus carnegii, de la cual mandó fabricar réplicas a fin de aumentar su ego y preservar su nombre en la historia, regaladas a importantes reyes y jefes de estado, y que se encuentran en París, Viena, Madrid, San Petersburgo, Frankfurt, Bolonia, La Plata y México —expuesta en el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México.

Cabe mencionar que es uno de los esqueletos de dinosaurio más largos encontrados hasta ahora, con una longitud de 26.70 metros y un peso aproximado de 10 toneladas —en la actualidad se ha estimado el tamaño de dinosaurios más grandes y pesados, pero con base en unos pocos fragmentos del esqueleto. Los duplicados de diplodocus causaron debate entre los paleontólogos de la época, pues mientras norteamericanos como William Jacob Holland y John Bell Hatcher montaron el esqueleto en forma de paquidermo, con las patas directamente colocadas bajo el cuerpo como lo había hecho Marsh influido por las reconstrucciones de otros dinosaurios realizadas por Richard Owen años atrás, los europeos, como el alemán Gustav Tornier, argumentaban una posición tendida como en los lagartos modernos, interpretación apoyada en Estados Unidos por Hay, quien argumentaba que los dinosaurios eran reptiles y no mamíferos, por lo que la posición de la reconstrucción era infundada.

En Viena, el investigador Othenio Abel se inclinaba a favor de la posición mamiferoide, confirmada en 1938, cuando se describieron icnitas fósiles atribuibles a saurópodos, descubiertas por Roland T. Bird en el Rio Paluxy, Texas, en las que se confirmó la postura vertical de los saurópodos, echando por tierra las observaciones de los alemanes.

En África, en localidades de Tendaguru, hoy Tanzania, entre 1907 y 1912 el paleontólogo y geólogo alemán Werner Ernst M. Janensch descubre uno de los más grandes dinosaurios hasta ese momento, Brachiosaurus branchai, además de un esqueleto del estegosaurio Kentrosaurus y, posteriormente, en 1914, Dicraeosaurus, y en 1929 Elaprhosaurus. En las década de los veintes, Roy Chapman Andrews visitó los yacimientos de Mongolia, adonde regresa en varias ocasiones y descubre dinosaurios como Psittacosaurus, Velociraptor, Protoceratops y Oviraptor.

El primer informe de dinosaurios en México fue realizado por el paleontólogo alemán Werner Janensch en 1926, y trataba de los restos óseos del yacimiento La Soledad, en el municipio de Ramos Arizpe, ubicado al oeste de Coahuila, atribuidos a un ornistisquio de la familia Ceratopsidae, un dinosaurio cornudo del género Monoclonius, propio del Cretácico superior de Norteamérica.

Posteriormente, Richard Swan Lull y Nelda. E. Wright describieron en su monografía sobre los hadrosaurios de Norteamérica restos hallados en Sonora en 1942 en una localidad denominada N. 49, atribuibles a la familia Hadrosauridae, los pico de pato, material que fue enviado al paleontólogo Barnum Brown, quien determinó que los restos eran los más australes para dicha familia. En Baja California Norte, en 1954, W. Lanston Jr. y M. H. Oakes, de la Universidad de California, encontraron más restos de Hadrosauridae.

En Argentina, a finales de esa década, Oswaldo A. Reig descubrió los primeros restos del dinosaurio basal Herrerasaurus en yacimientos del Triásico superior de Ischigualasto, cuyo descubrimiento fue hecho por Victorino Herrera, miembro de la expedición realizado por la Escuela Nacional de Tucumán, a quien fue dedicada la especie.

Losdino5

Imagen superior: Julian Fong, CC

El renacimiento

A pesar de los muchos descubrimientos, las reconstrucciones de los paleoartistas como Charles Night, Zdenek Burian y Rudollph Zallinger mostraban a los dinosaurios como organismos gigantes, lentos y estúpidos. Era común observarlos como enormes masas de carne incapaces de sostener su peso sobre la tierra. Fue hasta 1964, cuando el profesor John Harold Ostrom de la Universidad de Yale descubrió el dinosaurio terópodo dromeosaurido Deinonychus antirrhopus en los depósitos de Montana, y basándose en el esqueleto bien conservado formuló la teoría de que los dinosaurios eran organismos ágiles, rápidos e inteligentes y, por si fuera poco, hizo notar su posible endotermia, es decir, la capacidad de regular la temperatura corporal como sucede en aves y mamíferos. Esto tuvo un fuerte impacto en los círculos académicos y, posteriormente, en la imagen que popularmente se tenía de ellos, y llevó a lo que se ha denominado como “renacimiento de los dinosaurios”, cuando el abandono de los prejuicios gracias a este descubrimiento y a la avalancha de descubrimientos posteriores hicieron cambiar el método de estudio de los dinosaurios para siempre.

Así, en 1966, paleontólogos del Museo de Historia Natural de Los Ángeles lograron recuperar en la Formación del Gallo, en Baja California Norte, restos de un gran hadrosaurido, identificado como Hypacrosaurus altispinus y reasignado en 1972 a Lambeosaurus laticaudus por Morris, un organismo propio del Cretácico superior que alcanzaba 14 metros de longitud.

Es el hadrosaurio más grande del mundo después de Zhuchengosaurus, propio de China. En 1970, este grupo de investigación localizó en el Rosario, Baja California, en la formación de la Bocana Roja, los restos de un terópodo grande, descrito por Ralph Molnar en 1974, quien lo bautizo como Labocania anomala, una especie que ha sido tema de discusión, ya que ha sido ubicada en grupos de terópodos como los alosauridos y en los tiranosaurios.

En el mismo año, Robert Bakker y Peter Galton publicaron en la revista Nature el artículo “Monofilia de los dinosaurios y una nueva clase de vertebrados”, en el cual proponen la creación de la clase Dinosauria, que tendría las subclases Saurisquios, Aves y Ornistisquios, clasificación que reflejaría mejor la filogenia de los grupos, ya que a los reptiles se les considera ectotérmicos, y estarían separados de los grupos endotérmicos como mamíferos, dinosaurios, y aves.

En 1979, Jack Horner y Robert Makela encontraron evidencias en Montana de que los dinosaurios tenían cuidados parentales, se trataba del género Maiasaura, un dinosaurio de aproximadamente 8 metros de longitud que anidaba en grupos y al parecer construía nidos en los cuales ponían hasta 25 huevos, y los jóvenes, de 50 centímetros, alcanzaban su tamaño adulto en tan sólo 6 años —el área de estudio es conocida como egg mountain por la gran cantidad de nidos recobrados. En 1985, se descubrieron algunos de los dinosaurios más grandes, pertenecientes a los géneros Supersaurus y Ultrasaurus, sauropódos de más de 30 metros de longitud.

En el año de 1987 fue realizado el primer montaje de un dinosaurio colectado y preparado en México por tres paleontólogos del Instituto de Geología de la UNAM, René Hernández Rivera, Luis EspinosaArrubarrena y Shelton P. Applegate, al cual llamaron Isauria, un hadrosáurido del género Kritosaurus de 7 metros de longitud, que presenta una patología en la pata anterior izquierda, en donde los metatarsos están fusionados. Actualmente una réplica de este esqueleto se encuentra en exhibición en el Museo de Geología de la UNAM ubicado en Santa María la Rivera, en la ciudad de México.

A principios de la década de los noventas se encontraron dos terópodos de tamaño considerable, que sobrepasan al famoso Tyrannosaurus: Giganotosaurus caroliini y Carcharodontosaurus sahariscus, ambos de poco mas de 14 metros de longitud. El primero fue localizado en depósitos del Cretácico de Argentina, el segundo en el norte del continente africano, en Niger y Marruecos.

Argentina acaparó nuevamente la atención de los paleontólogos en el año de 1993, cuando Ricardo Martínez localizó el cráneo de Eoraptor lunensis, el dinosaurio más antiguo conocido hasta el momento, descubrimiento que fue dado a conocer por los paleontólogos Paul Sereno y Fernando Novas.

Otro descubrimiento que asombró al mundo, ya que sustentaba la hipótesis de que los dinosaurios eran organismos endotérmicos, fue el descubrimiento de restos de estos animales en la Antártida.

El primer dinosaurio localizado en 1986 por los científicos del Instituto Antártico Argentino fue descrito como perteneciente a un anquilosaurio del Cretácico superior en la formación Santa María. Poco después, paleontólogos británicos informaron de la presencia de un dinosaurio bípedo herbívoro de mediano tamaño, y en 1994, en el mismo continente, William Hammer y Hickerson dieron a conocer en la revista Science los restos de un terópodo crestado de aproximadamente 6 metros de longitud —denominado Cryolophosaurus ellioti— encontrado en el Monte Kirkpatrick, en la cordillera transantártica, propia del Jurasico inferior, y allí también Smith y Pol encontraron en 2007 un prosaurópodo denominado Glacialisaurus hammeri.

Losdino6

Imagen superior: Robin Zebrowski, CC

En 1996, en yacimientos del Cretácico inferior de la provincia de Liaoning, en China, se descubrió el primer dinosaurio emplumado del mundo, nombrado Sinosauropteryx prima, el cual refuerza la estrecha relación de los dinosaurios y las aves, y además de la información ósea y tegumentaria, mostró que las plumas surgieron como un medio para conservar el calor y no para el vuelo como comúnmente se pensaba.

En estos inicios del siglo XXI se siguen haciendo descubrimiento que asombran a propios y extraños. Dale Rusell dio a conocer en la revista Science la presencia de un corazón tetracavitario (dos aurículas y dos ventrículos) en un fósil de ornitópodo denominado Thescelosaurus neglectus, lo cual aporta pruebas de la compleja fisiología y endotermia de los dinosaurios. Otros descubrimientos apoyan el argumento de que los dinosaurios presentaban plumas: Caudipteryx dongi y Microraptor zhaoianus en 2000; Epidendrosaurus ningchengensis, Cryptovolans, Scansoripteryx y Sinovenator changüí en 2002; Microraptor gui en 2003, Dilong en 2004, y Jinfengopteryx en 2005; pero a pesar de la presencia de plumas, estos dinosaurios, no eran capaces de volar, ya que sus extremidades anteriores eran cortas y por lo tanto no podían sostener su cuerpo en el aire.

En 2003, la paleontóloga Marisol Montellano del Instituto de Geología de la UNAM escribió el primer informe de un saurópodo titanosáurido en México del Cretácico superior de Chihuahua; y en 2006, cuando se describió el terópodo crestado Guanlong wucaii, un dinosaurio del Jurá­sico superior de China, emparentado con los tiranosaurios, que mide aproximadamente 3 metros y posiblemente estaba emplumado, en el equipo de trabajo de campo se encontraba el paleontólogo mexicano René Hernández R.

Si bien el estudio de los dinosaurios en México es reciente, no deja de ser prometedor, pues el número de localidades donde se reporta la presencia de estos organismos es cuantioso y seguramente ofrece una gama de nuevos hallazgos. El registro osteológico de los dinosaurios en México incluye diversas familias como Coelusauridae, Tyrannosauridae, Ornitomimidae, Troodontidae, Dromaeosauridae, Hadrosauridae, Ankylosauridae, Ceratopsidae y Titanosauridae. Estos registros se complementan con paleoicnitas fósiles, reportadas principalmente en las localidades fosilí­feras del sur del país, encontradas en los estados de Oaxaca y Puebla, así como en Michoacán y Coahuila. En el futuro, nuevos descubrimientos seguramente nos sorprenderán y asombrarán; por ahora sabemos que los dinosaurios no se extinguieron, que nos acompañan en la actualidad y les llamamos aves.

Referencias bibliográficas

Hernández Rivera, René. 2000. Los dinosaurios de México. Revista digital Universitaria. DGSCA, UNAM, México.

Montellano Ballesteros, Marisol. 2005. “Dinosaurios con plumas” en ¿Cómo ves?, pp. 10–15.

David Norman. 1983. Enciclopedia ilustrada de los dinosaurios, Editorial Susaeta, España.

Sanz José Luis. 2007. Cazadores de dragones. Editorial Ariel. Barcelona.

Serrano Brañas Claudia, Hernández Rivera René. 2007. “México: tierra de dinosaurios”, en Nuestra tierra, pp. 3–7.

Copyright del artículo © Francisco Javier Jiménez Moreno y Marco Antonio Pineda Maldonado. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

]]>
correo@thecult.es (Francisco Javier Jiménez Moreno y Marco Antonio Pineda Maldonado) Cultura científica Sat, 09 Jul 2016 11:20:28 +0000
Ojos bien abiertos en el Mar de Lidenbrock http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/ojos-bien-abiertos-en-el-mar-de-lidenbrock.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/ojos-bien-abiertos-en-el-mar-de-lidenbrock.html Ojos bien abiertos en el Mar de Lidenbrock

El jueves 13 de agosto de 1863 se hizo a la mar una pequeña embarcación improvisada por tres intrépidos aventureros. Partiendo de Puerto Graüben, los tres osados exploradores subieron a la frágil balsa que habían construido con troncos rotos y tocaron por primera vez las aguas del vasto océano recién descubierto por ellos mismos.

No sin cierta falta de modestia, el líder de la expedición, el profesor Otto Lidenbrock, había bautizado con su nombre aquel inhóspito mar. Por su parte, con más romanticismo que vanagloria, el sobrino del profesor, Axel, decidió inmortalizar a su ausente amada Graüben usando su nombre para el lugar de donde zarpó la expedición. Completaba el equipo Hans Bjelke, un taciturno guía nórdico.

A los cinco días de navegación, los tres exploradores fueron testigos de una batalla nunca antes presenciada por ser humano alguno. Ante ellos, un gigantesco ictiosaurio se batió en mortal duelo con un plesiosaurio. La batalla de los monstruos jurásicos, que según el relato de Axel duró más de dos horas, culminó con la muerte del plesiosaurio, pero el ictiosaurio recibió también heridas graves. Su enorme ojo, "del tamaño de la cabeza de un hombre", se veía ensangrentado a raíz de la fragorosa lucha.

Por supuesto, el relato de Axel pertenece al ámbito de la ficción. Se trata de un pasaje de Viaje al centro de la Tierra, la segunda novela que escribió Julio Verne, cuando tenía treinta y seis años de edad. Como en otros de sus relatos, Verne combina en la narración de las aventuras del profesor Lidenbrock los productos de su fértil imaginación con datos científicos asombrosamente verídicos. En Viaje al centro de la Tierra, Verne imaginó un enorme océano subterráneo, iluminado perpetuamente por fenómenos eléctricos, en el que habitaban criaturas antediluvianas extintas en el resto del mundo.

ojosbienabiertos2

Aunque la batalla de un plesiosaurio contra un ictiosaurio resulta realmente fantasiosa, Verne muestra en su narrativa sus profundos conocimientos sobre la paleontología y la incipiente ciencia de la evolución. Para poner en contexto las afirmaciones científicas de Verne, hay que recordar que El origen de las especies de Darwin había aparecido sólo cinco años antes de la publicación de Viaje al centro de la Tierra.

Muchos de los detalles que sobre la anatomía y el comportamiento de los ictiosaurios presenta Verne resultan ciertos a la luz de investigaciones recientes sobre estos animales del pasado. Los ictiosaurios fueron reptiles que dominaron los mares por más de ciento cincuenta y cinco millones de años hasta que desaparecieron de la faz de la tierra hace unos noventa millones de años. Tal como los describió Verne, los ictiosaurios más evolucionados semejaban marsopas gigantescas por su forma hidrodinámica y la presencia de aletas dorsal y caudal. Sin embargo, sus rasgos anatómicos sitúan claramente a los ictiosaurios en algún lugar de la evolución de los reptiles entre los lepidosaurios (serpientes y lagartijas) y los arcosaurios (grupo filogenético que incluye a los cocodrilos, los dinosaurios y las aves). Los primeros ictiosaurios de hecho semejan lagartijas acuáticas, con cuerpos alargados, aletas primitivas y poco diferenciadas y sin aleta dorsal.

Los maravillosos fósiles de Hulzmaden, Alemania, han permitido a los paleobiólogos reconstruir detalles asombrosos de la forma de vida de estos fascinantes animales. Se sabe, por ejemplo, que los ictiosaurios más evolucionados daban a luz crías vivas, tal como lo hacen los actuales cetáceos.

Existe incluso un ejemplar fósil que muestra tres crías en el interior de la madre y otra justo en el momento en que nacía. Se cree que los ictiosaurios pequeños y medianos se alimentaban principalmente de belemnites, unos cefalópodos extintos semejantes a los actuales calamares. En algunos fósiles particularmente bien preservados es posible observar el contenido estomacal de algunos ictiosaurios, en los que se han observado restos de los calamares que les sirvieron de alimento. Es posible, sin embargo, que las especies más grandes se hayan alimentado además de peces y de otras criaturas marinas.

Para encontrar los grandes bancos de belemnites, los ictiosaurios debieron ser capaces de realizar inmersiones profundas en el mar, de entre seiscientos y mil quinientos metros. Para poder realizar estas proezas de buceo, los ictiosaurios debieron poseer adaptaciones anatómicas y fisiológicas muy particulares.

Por ejemplo, hay que recordar que los ictiosaurios, siendo descendientes directos de criaturas terrestres, respiraban aire, por lo que cada inmersión debía ser realizada literalmente en un respiro. Según cálculos fisiológicos que toman en cuenta el gasto energético asociado a la realización de movimientos en el agua, un ictiosaurio de cerca de una tonelada de peso debió ser capaz de sostener la respiración por cerca de veinte minutos, tiempo suficiente para tomar aire, bucear hasta alcanzar los bancos de belemnites, darse un festín con estos cefalópodos y regresar cómodamente a la superficie del mar.

Pero hay otro problema asociado con el buceo profundo. La intensidad de la luz disponible en el mar disminuye exponencialmente con la profundidad, de manera que a más de quinientos metros reina una oscuridad que un ser humano juzgaría como total. Sin embargo, se ha calculado que algunos ictiosaurios deben haber sido capaces de ver aun a mayores profundidades, gracias a los gigantescos ojos que poseían. Temnodontosaurus, un portentoso ictiosaurio de más de diez metros de longitud, tenía ojos de veintiséis centímetros de diámetro, los aparatos visuales más grandes que haya tenido animal alguno. Ciertamente, Verne no exageraba al comparar el tamaño de los ojos de los ictiosaurios con el de la cabeza de un hombre. Para poner en contexto la magnitud de estos aparatos, basta mencionar que los ojos de la ballena azul, el animal más grande que ha existido sobre la faz de la tierra, miden "apenas" quince centímetros. Entre los ictiosaurios, sin embargo, existió otra especie con ojos aún más grandes en proporción con su tamaño.

ojosbienabiertos3

Ophtalmosaurus medía poco menos que la mitad que Temnodontosaurus pero sus ojos tenían un diámetro de veintitrés centímetros.

Para medir la luminosidad de una lente, natural o artificial, se utiliza el número f, que es el cociente que resulta de dividir la longitud focal de la lente por su diámetro efectivo. Obviamente, entre más ancha es la lente, más luz transmite y la imagen que produce es más luminosa. Por tanto, entre menor es el valor del número f, más brillante es la imagen. De hecho, en términos técnicos, la luminosidad de la imagen es inversamente proporcional al cuadrado del número f. En términos prácticos, esto significa que para incrementar en pequeñas proporciones la luminosidad de una lente se debe aumentar en gran medida su diámetro, con los concomitantes problemas de diseño, soporte y funcionamiento. En fotografía, los objetivos más finos tienen aperturas máximas de f/1.4 o f/1.2, pero la mayoría de ellos tienen números f similares a los del ojo humano, alrededor de f/2, o mayores. Se ha calculado que el ojo de los Ophtalmosaurus tenía una luminosidad de f/0.9, comparable a la del ojo del gato doméstico y ligeramente superior a la de las lechuzas. Equipado con este aparato óptico tan luminoso, los

Ophtalmosaurus seguramente eran capaces de usar la visión a profundidades mucho mayores de quinientos metros.

Pero, ¿cómo es posible conocer el tamaño de los ojos de un animal extinto? En el caso de los ictiosaurios, la respuesta se relaciona con una estructura que además constituye otra aparente adaptación de estos animales a su particular forma de vida. Se trata de los anillos escleróticos, estructuras óseas en forma de dona que quedan embebidas dentro de los ojos de los animales que los poseen. Se cree que estas estructuras, particularmente bien desarrolladas en los ictiosaurios, permitían a los ojos de estos animales mantener su forma a pesar de las presiones generadas durante el desplazamiento en el medio marino, especialmente durante las inmersiones a grandes profundidades. La presencia de anillos escleróticos en los ictiosaurios ha permitido a los paleobiólogos estimar el tamaño de los ojos de estas criaturas antediluvianas, ya que constituyen elementos fácilmente fosilizables y medibles.

Siendo exageradamente rigurosos, podríamos preguntar ¿por qué el ictiosaurio de Verne tenía ojos gigantescos? El escritor francés imaginó la existencia de ictiosaurios en un mar subterráneo, en el que un extraño fenómeno eléctrico proveía de luz perpetua a la gigantesca caverna que contenía el mar de Lidenbrock. Podríamos especular tal vez sobre la existencia de bancos de belemnites a grandes profundidades en este mar y sobre la posibilidad de que los ictiosaurios vernianos ejecutaran profundas inmersiones, tal como lo hicieron sus equivalentes reales hace millones de años. La realidad es que Verne basó la descripción de su ictiosaurio en las reconstrucciones de los fósiles disponibles en la época y, dada la naturaleza de su libro, no se ocupó de dar una explicación adaptativa a las características de los animales involucrados.

A menos que en el futuro se desarrollen tecnologías aún no pensadas, ningún ser humano verá un ictiosaurio vivo. Lo más a lo que podemos aspirar es, a la manera de Verne, imaginar encontrarnos con uno de estos animales en algún recóndito paraje de la Tierra, como su idílico Mar de Lidenbrock.

Veríamos tal vez a un Ophtalmosaurus, con su cuerpo algo rechoncho, desplazándose suavemente con un lento movimiento de sus aletas. Si hay suerte, podríamos observar a uno de estos animales ejecutando una inmersión a las aguas profundas, capturando con parsimonia cientos de primitivos calamares para después nadar, con estudiada elegancia, de regreso a la superficie. Sin duda nos llamaría la atención el par de enormes ojos que parecerían observarnos con frialdad. Ojos brillantes y perfectamente redondos, mantenidos en forma y posición por los anillos escleróticos. Ojos que han visto grandes batallas en los mares jurásicos. Ojos que fueron testigos de los grandes cambios evolutivos a lo largo de los casi ciento sesenta millones de años que los ictiosaurios dominaron los mares del mundo.

Referencias bibliográficas

Motani, R. et al. 1999. “Large Eyeballs in Diving Ichthyosaurs”, en Nature, 402, 747.

Verne, J. 1864. Viaje al centro de la Tierra. Una obra clásica que, además de ser sumamente entretenida, presenta un panorama del conocimiento geológico y biológico que existía a mediados del siglo xix.

www.ucmp.berkeley.edu/people/motani/ichthyo/ es la página de los ictiosaurios (todo sobre ellos).

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

]]>
correo@thecult.es (Héctor T. Arita) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Sat, 09 Jul 2016 10:13:34 +0000
España, tierra de dinosaurios http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/espana-tierra-de-dinosaurios.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/espana-tierra-de-dinosaurios.html España, tierra de dinosaurios

Hubo una época en la que dinosaurios, reptiles voladores y otras especies ‘de película’ campaban a sus anchas por la Tierra. Más de 65 millones de años después, el territorio que ocupa hoy España todavía conserva los restos de su paso, un testimonio en gran parte oculto hasta el boom de la paleontología española de los últimos 25 años. Huesos, pisadas y esqueletos que han sacado a la luz nuevas especies desconocidas en España y, en algunos casos, en el mundo.

"Estos hallazgos han incentivado la curiosidad del público en general y de los niños en particular, favoreciendo que nuestro país tenga una densidad de museos, parques y rutas solamente comparable a la de las zonas más ‘dinomaníacas’ del planeta”, según explica el paleontólogo de la UNED Francisco Ortega. Estas son algunas de las propuestas para seguir los pasos de los dinosaurios por España.

Territorio Dinópolis (Teruel)

La provincia de Teruel es el mejor ejemplo del impulso de la paleontología en las últimas décadas. Podría decirse que comenzó cuando a finales de los ‘80 se encontraron en la localidad de Galve los huesos de Aragosaurus ischiaticus, el primer dinosaurio definido en España.

Desde entonces, en la provincia se han encontrado numerosos restos, muchos pertenecientes al Jurásico Superior, de hace entre 160 y 145 millones de años. Entre ellos destaca otra nueva especie, Turiasaurus riodevensis, “que era el dinosaurio más grande de Europa, con 30 metros de largo y entre 20 y 40 toneladas de peso”, asegura Rafael Royo, paleontólogo de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel. 

Las autoridades aragonesas han sabido aprovechar el potencial turístico de los dinosaurios de la provincia con la creación del parque temático Dinópolis, en el que se combina la exhibición de los restos y la divulgación paleontológica con atracciones como recorridos en coche, trayectos en barca, cine en 3D o un teatro con el cameo de un Tyrannosaurus rex

La constante afluencia del parque –que ya ha superado los dos millones de visitantes– posibilita financiar las numerosas investigaciones de la zona, así como seguir efectuando hallazgos como el descubrimiento hace pocos meses de otra nueva especie: Iguanodon galvensisque tenía una ‘guardería’ en la zona.  

espana2

Imagen superior: espectáculo con un T-Rex en Dinópolis / Dinópolis Teruel

Museo Paleontológico de Castilla–La Mancha (Cuenca)

Cuenca es –junto a Teruel– la provincia donde se han realizado los descubrimientos de mayor trascendencia internacional. Los dos yacimientos de la zona –Las Hoyas y Lo Hueco– siguen siendo muy activos en la producción de información del Cretácico tanto Inferior (entre hace 145 y 99 millones de años) como Superior (desde hace 99 millones de años hasta hace 65).

El dinosaurio más famoso de los encontrados en la provincia es el llamado ‘Pepito’ o Concavenator corcovatus (‘cazador jorobado de Cuenca’) por el peculiar bulto que sobresale de su espalda. Una protuberancia cuya utilidad se desconoce, pues podía servir “para regular la temperatura interna, como acúmulo de grasas e incluso para atraer a las hembras”, cuenta Mercedes Llandrés, coordinadora del Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha.

Este Museo presenta un recorrido por las distintas épocas en la que los dinosaurios estuvieron sobre la Tierra, con especial atención a los dinosaurios hallados en la zona. Además, también ofrece la reconstrucción a tamaño real de una Titanosaurius, un Velocirraptor, un Mantellisaurus y, por supuesto, el propio ‘Pepito’.

Museo Jurásico de Asturias (Colunga)

Desde Gijón y hasta Ribadesella se extiende la costa de los dinosaurios de España. Son más de 60 kilómetros de litoral en el que se ha encontrado un gran número de huellas y huesos de especies marinas y terrestres del Jurásico (hace entre 199 y 145 millones de años), ya que durante la primera parte de esta período la zona estuvo bajo las aguas.

Aunque en esta costa también se han encontrado varios esqueletos de dinosaurios. El último, el más completo conocido de un ictiosaurio. “La zona destaca por su colección de huellas, la tercera mejor del mundo”, comenta José Carlos García, director científico del Museo Jurásico de Asturias.

Entre las más de 500 pisadas halladas en esta zona destacan las de los pterosaurios –reptiles voladores– y los estegosaurios, unos dinosaurios caracterizados por las placas de su espalda.

Para contemplar algunas de estas pisadas in situ, basta con acercarse a cualquiera de los nueve yacimientos que pueblan el recorrido costero. Además, los turistas también pueden acercarse al Museo del Jurásico de Asturias, donde los niños tendrán la oportunidad de participar en los diversos talleres de excavación de huesos o de búsqueda y clasificación de huellas. 

espana3

Imagen superior: huellas de dinosaurios en el yacimiento de la Playa de la Griega (Asturias) / Museo Jurásico de Asturias

Museo de dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos)

Al igual que posteriormente los humanos, los dinosaurios también vivían cerca de los ríos, que les proporcionaban la humedad y la vegetación ausente en otras zonas más áridas. "En el Cretácico Inferior, varios de estos ríos se dirigían al mar atravesando la provincia de Burgos", indica Fidel Torcida, director del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.

Esto ha permitido que en torno a la localidad se hayan podido encontrar restos de especies como Demandasaurus darwini (bautizado así en honor a Darwin y a la Sierra de la Demanda burgalesa), Arcanosaurus ibericus(literalmente, ‘reptil misterioso de Iberia’) o la tortuga terrestre y ‘chepuda’ Larechelus Morla (nombrada en recuerdo de la congénere de La Historia Interminable).

Para guiar a los curiosos a través de todos estos hallazgos se encuentra el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes. Allí también se puede conocer el paisaje y el hábitat de la zona hace más de 100 millones de años gracias a una completa serie de ilustraciones y audiovisuales.  

Temps de Dinosaures (Morella)

La localidad de Morella, en Castellón, presume de ser –junto a Utrillas (Teruel)– el lugar donde se encontraron los primeros huesos de dinosaurio hallados en España. Estos restos fueron identificados, en 1872, como pertenecientes a Iguanodon bernissartensis, uno de los dinosaurios más conocidos del Cretácico Inferior Europeo.

 “Medía hasta 14 metros y tenía un cráneo parecido al de un caballo, con una dentadura potente que les permitía masticar las plantas y la vegetación como un rumiante”, dice José Miguel Gasulla, paleontólogo que ha realizado varios de los últimos descubrimientos de la zona. “Para defenderse, también tenían un afilado espolón defensivo –parecido a un cuerno– en las manos”, añade el investigador.

Una espectacular réplica a tamaño natural de Iguanodon es el principal atractivo del Museo Temps de Dinosaures en Morella. Esta galería también enseña algunos de los más de 6.000 restos encontrados en la zona, entre los que destacan las vértebras de plesiosaurios, dientes de pterosaurius y huesos de cocodrilos y tortugas carnívoras de la época.

espana4

Imagen superior: el primer esqueleto original de dinosaurio montado en España, perteneciente a la especie Proa valdearinnoensis / Fundación Dinópolis

Museo de la Conca Dellà i Parc Cretaci (Lleida)

Junto a la Cordillera Ibérica, los Pirineos son la otra gran zona donde han emergido mayor cantidad de restos, que pertenecen sobre todo a la última época de los dinosaurios –el Cretácico maastrichtiense­–, entre hace 145 y 65 millones de años.

Solo en Lleida existen más de 100 yacimientos registrados donde, pese a que también se han encontrado huesos y pisadas, “destacan por ser los terceros en importancia del mundo respecto a la puesta de huevos”, asegura Albert Vidal, geólogo del Servicio de Arqueología y Paleontología del departamento de Cultura de la Generalitat de Cataluña. Varios de estos huevos pueden contemplarse en el Museo de la Conca Dellà de Isona, aunque también existe la oportunidad de hacer visitas guiadas en tren por el Parc Cretaci, viendo las zonas donde se encontraron.   

Museo de los Dinosaurios de Arén (Huesca)

Arén (Huesca) es junto a Galve (Teruel) la única localidad española en la que se han encontrado huesos que han permitido definir a dos especies nuevas de dinosaurios, que vivieron poco antes de la llegada del meteorito.

El primero de ellos, Arenysaurus ardevoli, “tenía cientos de dientes en las mandíbulas, treinta de ellos funcionales mientras que los otros se iban reemplazando con el tiempo”, explica José Ignacio Canudo, paleontólogo de la Universidad de Zaragoza que halló estos restos. Precisamente el apellido de este investigador inspiró el nombre de la segunda especie encontrada,Blasisaurus canudoi, “el primo-hermano de Arenysaurus”.  

Para conocer mejor la época a la que pertenecen estos ejemplares, el Museo de Dinosaurios de Arén centra su atención en los últimos dinosaurios que vivieron en Europa. 

Otros museos

Además de los ya descritos, también se pueden visitar otros importantes centros paleontológicos y dinosaurianos en La Rioja (El Barranco Perdido y el Centro de Interpretación Paleontológica de La Rioja), Lleida (Museu Paleontològic de Col de Nargó), Teruel (Museo Paleontológico de Galve), Soria (Ruta de las Icnitas de las Tierras Altas), Valencia (Dinosaurios en el Reino del Silencio, en Alpuente), Sabadell (Museo de l’Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont) o Elche (Museo Paleontológico de Elche). 

Autor: Ignacio Bolea / SINC

]]>
correo@thecult.es (Suplemento EcoCult) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Tue, 08 Mar 2016 22:34:18 +0000
El dinosauroide y otras especulaciones evolutivas http://thecult.es/visiones-del-futuro/el-dinosauroide-y-otras-especulaciones-evolutivas.html http://thecult.es/visiones-del-futuro/el-dinosauroide-y-otras-especulaciones-evolutivas.html El dinosauroide y otras especulaciones evolutivas

En marzo de 2012, la revista de la American Chemical Society publicó un estudio que sugería la posibilidad de que existan formas de vida dinosauroide en algún lugar de la galaxia.

Esta posibilidad, ampliamente explotada por la ciencia-ficción ‒pensemos en el alienígena de la saga Predator, en los Voth de Star Trek: Voyager, o en el cazarrecompensas Bossk de Star Wars‒, casi se convierte en certeza cuando la escuchamos en boca del investigador Ronald Breslow, presidente de la citada organización.

Subraya este eminente químico que los dinosaurios terrestres no se extinguieron progresivamente en la carrera de la selección natural, sino a causa de un hecho súbito y casual: el impacto de un descomunal meteorito. De no haber sufrido ese cataclismo, el ciclo de los grandes saurios se hubiera prolongado, en detrimento del linaje de los mamíferos, dentro del cual evolucionó el homo sapiens.

Aunque el paper de Breslow se centra en una cuestión científica menos emocionante ‒las razones de la homoquiralidad de los aminoácidos‒, una de sus reflexiones viene a disparar nuestra fantasía. "Desde luego ‒dice‒ lo que ocurre con esta orientación determinada no es lo mismo que habría sucedido con la orientación opuesta. (...) En cualquier otro punto del universo podría haber formas de vida basadas en aminoácidos con orientación a la derecha (al contrario que aquí) y azúcares con orientación levógira. Esas formas de vida podrían ser versiones evolucionadas de dinosaurios, siempre que los mamíferos no hubieran tenido la fortuna de que un asteroide acabase con los primeros. En ese caso, lo mejor sería no encontrarnos con ellos".

sauritroodon

Troodon en "Caminando entre dinosaurios 3D" (2013) © Warners Bros, Animal Logic, BBC.

Hay otros investigadores que sí han hablado de reptiles inteligentes y que nos permiten continuar con la divagación. Es el caso de dos científicos, Dale Russell y Ron Séguin, que en 1982 publicaron su trabajo sobre el Stenonychosaurus inequalis, un saurio del Mesozoico hallado en Alberta, allá por 1932, que ahora se vincula  a la familia de los troodóntidos.

El trabajo en cuestión, "Reconstruction of the small Cretaceous theropod Stenonychosaurus inequalis and a hypothetical dinosauroid", se dio a conocer en las páginas de Syllogeus, la revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Ottawa.

¿Qué se deduce del estudio de Russell y Séguin? Su idea es que el Troodon, de no haberse producido la gran extinción, hubiera aumentado su ya vigorosa inteligencia, mejorando asimismo las posibilidades de su visión estereoscópica. Ese proceso evolutivo habría conducido a la existencia de un dinosauroide.

sauridinosaur

Dinosauroide: escultura de Dale Russell y Ron Seguin, 1982.

Los científicos imaginaron como punto de partida que el dinosaurio hubiese evolucionado hasta desarrollar un cerebro más grande, lo cual le habría llevado a adoptar la postura erecta y acortar el cuello para soportar mejor el peso. Al erguirse, ya no necesitaría la cola para equilibrarse y la perdería, como nos ocurrió a determinados primates. Para soportar la nueva posición, el tobillo bajaría y el pie se volvería más largo y plano. Todo lo cual, además, le habría permitido al antiguo Troodon comenzar a experimentar con la fabricación de útiles.

Sorprendentemente, hay muchos científicos que afirman que existen pruebas de un grupo estrechamente relacionado con el Troodon que no sólo sobrevivió a la extinción masiva de hace 65 millones de años, sino que, en su evolución, aumentó su capacidad cerebral. Actualmente, se conoce a estas criaturas como aves. En particular, los síntomas de mayor inteligencia se han observado en los loros y los córvidos, algunas de cuyas especies utilizan palos como herramientas y almacenan alimentos cuando las circunstancias ambientales son desfavorables para su búsqueda.

Pero, ya puestos, atrevámonos a ir más allá: ¿y si esa evolución reptil a la que alude el artículo de la American Chemical Society no sólo fuera posible en alguna galaxia muy, pero que muy lejana, sino que se hubiera desarrollado en nuestro propio planeta?

Algo así debió preguntarse Carl Sagan cuando escribió Los dragones del Edén, libro por el que ganaría el Pulitzer en 1978. En sus páginas, Sagan especula acerca de la posibilidad de que algunos dinosaurios no se hubiesen extinguido.

sauridragones

Antes de nada, conviene recordar que es en ese libro donde nos dejó una de las reflexiones más grandiosas acerca de nuestro insignificante papel como especie en la vasta obra cósmica.

"Para expresar la cronología cósmica ‒escribe‒ nada más sugerente que comprimir los quince mil millones de años de vida que se asignan al universo (o, por lo menos, a su conformación actual desde que acaeciera el big bang) al intervalo de un solo año. […] La elaboración de estas tablas y cuadros cronológicos inclina forzosamente a la humildad. Así, resulta desconcertante  que la aparición de la Tierra como producto de la condensación de la materia interestelar no acaezca en este año cósmico hasta primeros de septiembre; que los dinosaurios aparezcan en Nochebuena; que las flores no broten hasta el 28 de diciembre o que el ser humano no haga acto de presencia hasta las 22.30 de la víspera de Año Nuevo. La historia escrita ocupa los últimos diez segundos del 31 de diciembre, y el espacio transcurrido desde el ocaso del Medioevo hasta la época contemporánea es de poco más de un segundo."

Esta reflexión nos debería permitir entrar con mayor receptividad –o no– en el mundo de los mitos. Dicho lo cual, continuemos con Sagan y su especulación sobre la supervivencia de alguna especie reptiloide:

"¿Es una mera coincidencia ‒escribe‒ que los sonidos onomatopéyicos que el hombre emite para reclamar silencio o llamar la atención tengan extraño parecido con el silbido de los reptiles? ¿Puede pensarse que los dragones llegasen a constituir un gravísimo peligro para nuestros antecesores protohumanos de hace unos cuantos millones de años, y que el terror que suscitaban, junto con las muertes que causaban, impulsaran la evolución del intelecto humano? ¿O debemos considerar, quizá, que la alegoría de la serpiente constituye una referencia a la utilización del componente reptílico agresivo y ritualista de nuestro cerebro en la posterior evolución del neocórtex? Salvo una excepción, el relato del Génesis acerca de la serpiente que tienta al hombre en el jardín del Paraíso es el único caso expuesto en la Biblia en que el ser humano acierta a comprender el lenguaje de los animales. ¿No es posible que el temor a los dragones fuera en realidad temor a una parte de nosotros mismos? Sea como fuere, sin la menor duda en el Paraíso había dragones".

"El fósil de dinosaurio más moderno ‒añade‒ se remonta a unos sesenta millones de años. Los antecesores del hombre (no, sin embargo, el género Homo) vivieron hace unos diez millones de años. ¿Es concebible que criaturas antropoides llegaran a coexistir con el Tyrannosaurus rex?¿Es posible que hubiera dinosaurios que lograran escapar a la muerte a fines del periodo cretáceo? ¿Cabe pensar que los sueños pertinaces y el temor generalizado que sienten los niños hacia los «monstruos» tan pronto son capaces de hablar sean vestigios evolutivos de respuestas sumamente adaptativas —al estilo de los babuinos— a la amenaza de los dragones y las aves nocturnas?

Después de haber escrito este pasaje descubrí que Darwin había expresado una idea similar. Decía concretamente: «¿No es lícito suponer que los vagos pero no por ello menos reales temores de los niños, que nada tienen que ver con la experiencia, sean resonancias heredadas de peligros reales y toscas supersticiones de la humanidad primitiva? Es bastante congruente con lo que sabemos acerca de la transmisión de rasgos antaño perfectamente desarrollados, que aparezcan en una fase temprana de la vida para luego desaparecer» Como las hendiduras branquiales del embrión humano, añado yo".

Desde luego, uno no puede dejar de pensar en ciertas representaciones que aluden a tal supervivencia, aunque sólo sea en el inconsciente colectivo. Y para ello no hace falta sino observar esas inquietantes esculturas de los vincas o de los ubaid que tienen entre cinco y siete mil años de antigüedad.

saurivinca

Figura de terracota del yacimiento arqueológico de Vinča-Belo Brdo, Serbia, exhibida en el British Museum.

Por otro lado, las reflexiones de Sagan no podían pasar desapercibidas para alguien a quien aún no he citado pero que resulta inevitable al hablar de estos temas: David Icke, toda una celebridad en el campo de las teorías conspiranoicas.

saurichitauri

Imagen superior: pese a los delirantes planteamientos de David Icke sobre los reptilianos, lo cierto es que éstos han inspirado varias creaciones en el campo de la cultura popular. Por ejemplo, los Chitauri, unos conquistadores extraterrestres creados por Mark Millar y Bryan Hitch en "The Ultimates" (2002) © Marvel Comics.

En su libro El mayor secreto (The Biggest Secret, 1999) leemos lo siguiente: "El astrónomo, Carl Sagan, sabía de lejos más de lo que alguna vez hizo público y de hecho dedicó gran parte de su carrera a guiar a las personas lejos de la verdad. Pero su conocimiento de la situación verdadera se manifestó ocasionalmente, como cuando dijo que: “…. no hace ningún bien en absoluto ignorar el componente reptil de la naturaleza humana, particularmente nuestro comportamiento ritual y jerárquico. Al contrario, el modelo puede ayudarnos a comprender todo sobre los seres humanos.” En su libro Los Dragones de Edén, añade que incluso el lado negativo del comportamiento humano es expresado en los términos de un reptil, como ocurre con un asesino a sangre fría. Sagan (el nombre al revés se refiere a los dioses reptiles de India Oriental, los Nagas) claramente sabía mucho, pero decidió no revelar abiertamente qué".

Como se pueden imaginar, resulta desconcertante leer que uno de tus ídolos de la infancia estaba relacionado con los reptilianos y que te mantuvo engañado hasta el día de hoy. Pero esto ya es tema de otro artículo, que a buen seguro será mucho más desconcertante para las mentes bien amuebladas…

Copyright © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

]]>
correo@thecult.es (Rafael García del Valle) Ciencia / Thesauro Cultural n.1-150 Thu, 03 Dec 2015 23:59:32 +0000
¿Qué sería de nosotros si los dinosaurios no hubieran muerto? http://thecult.es/visiones-del-futuro/que-seria-de-nosotros-si-los-dinosaurios-no-hubieran-muerto.html http://thecult.es/visiones-del-futuro/que-seria-de-nosotros-si-los-dinosaurios-no-hubieran-muerto.html ¿Qué sería de nosotros si los dinosaurios no hubieran muerto?

Están por todas partes y, sin embargo, los dinosaurios no nos dan miedo. Hace años que se sabe que no se extinguieron del todo, ya que las aves son un grupo de terópodos que sobrevivió a la crisis de hace 66 millones de años. Diversas películas y teleseries imaginan cómo habría sido el mundo si los dinosaurios –no aviarios– siguieran poblando la Tierra. Paleontólogos españoles reflexionan sobre esa hipótesis de ciencia ficción.

dinoel viaje de arlo

"El viaje de Arlo" ("The Good Dinosaur", 2015) © Pixar Animation Studios, Walt Disney Pictures.

Un pequeño cavernícola que se comunica por gruñidos y un apatosaurio parlante son los protagonistas de El viaje de Arlo. En este filme, humanos y dinosaurios conviven en un planeta en el que el asteroide que causó la extinción de estos grandes reptiles a finales del Cretácico, en vez de impactar en la Tierra, pasó de largo. 

dinogwangi

"The Valley of Gwangi" (1969), de Jim O'Connolly © Warner Bros.

“¡No se han extinguido!”, exclama Francisco Ortega, paleontólogo y profesor de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) al preguntarle por la película. “Tenemos unas 10.000 especies de dinosaurios conviviendo con nosotros, habitando los bosques y las ciudades, como mascotas, como alimento. De hecho, es difícil mirar al cielo y no ver un dinosaurio”.

Y así es. Las aves son los dinosaurios de la actualidad que encogieron durante 50 millones de años para llegar a ser del tamaño de un pájaro. De hecho, representan un grupo muy especializado de dinosaurios que se han adaptado al vuelo. “Ya sé que esta idea no está todavía generalizada entre el gran público, pero los paleontólogos lo tenemos claro”, dice Xabier Pereda Suberbiola, doctor en paleontología y profesor en la Universidad del País Vasco.

dinallosaurusharryhausenc19

"Alosaurio atacando a un cowboy" (c.1938/1939), cuadro de Ray Harryhausen.

Que quede claro: nunca convivimos con ellos

En la mencionada película no se refieren a estos vertebrados voladores, sino a los extintos de gran tamaño, como tiranosaurios o ceratópsidos.

En el escenario que propone Pixar –y muchas otras producciones cinematográficas previas– conviven dinosaurios no aviarios con humanos. Esto es algo que no ha ocurrido en la historia de la vida en la Tierra, por lo que hablar de ello es pura ciencia ficción.

De hecho, antes del impacto del asteroide sobre la Tierra, muchos ya no estaban allí. “Los dinosaurios aparecieron hace unos 230 millones de años y a lo largo de su historia la mayor parte de los que conocemos ya habían desaparecido por distintas causas en el momento de la famosa extinción. Animales famosos como Diplodocus, Allosaurus, Stegosaurus o un ejemplo español, el Concavenator, llevaban millones de años extintos cuando se produce la gran crisis de final del Cretácico”, explica Ortega.

dinrichardcorben

Portada de Richard Corben para la revista "Eerie"

La vida de los mamíferos no habría sido igual

Superado este primer baño de realidad, la hipótesis de qué hubiera pasado está más abierta entre los paleontólogos. “Si no hubiese ocurrido una crisis de diversidad en el Cretácico muy probablemente los mamíferos no hubiesen tenido la posibilidad de evolucionar como lo hicieron y, seguramente, el proceso que conduce a la aparición de humanos no hubiera ocurrido”, argumenta Francisco Ortega.

Pereda es de la misma opinión, “podemos suponer que ‘quizás’ la radiación de los mamíferos no habría sido la misma que conocemos”.

Después de la extinción de los dinosaurios no aviarios, los mamíferos placentarios se diversificaron enormemente. Entre el Paleoceno y el Eoceno inferior, en unos 10 millones de años aparecieron una veintena de linajes que incluyen a las formas ancestrales de todos los grupos modernos, desde murciélagos a sirenios, pasando por roedores, primates, caballos o elefantes.

“Con los dinosaurios presentes, quizá los mamíferos no habrían podido evolucionar del mismo modo que lo hicieron entonces, y también ‘quizá’ los primates no habrían podido aumentar de tamaño y dar lugar a formas con una arquitectura cerebral como la que poseen los representantes del linaje humano”, apunta el científico de la Universidad del País Vasco, a la vez que señala que esto último es pura especulación “porque no podemos rebobinar la historia de la vida en la Tierra y ver lo que habría pasado”.

dinosvsaliens

"Barry Sonnenfeld's Dinosaurs Vs Aliens Hardcover" (2012), de Grant Morrison y Mukesh Singh © Liquid Comics.

Incluso puede que no existiéramos

Más contundente se muestra el paleontólogo de la Universidad de Zaragoza José Ignacio Canudo: “Le debemos al meteorito, no lo dudes, que nosotros estemos aquí”, enfatiza. “Los mamíferos convivieron con los dinosaurios durante cientos de millones de años, aparecimos en el registro fósil prácticamente a la vez. Lo que ocurría es que nuestros ancestros ocupaban un nicho ecológico más sencillo, eran pequeños y no lograban conquistar más allá del suelo o los ecosistemas más reducidos”.

dinoMoonGirlDevilDino

"Moon Girl and Devil Dinosaur" (2015), de Amy Reeder y Brandon Montclare © Marvel Comics.

Fidel Torcida, director del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes va un poco más allá: “Nunca lo podremos saber porque la evolución es un proceso aleatorio. Queremos ponerle un cierto orden con el concepto de la selección natural, pero realmente los caminos evolutivos nunca se pueden predecir. Cuando ocurre la crisis de finales del Cretácico, los dinosaurios estaban en declive en algunos lugares y en otros no tanto. ¿Podrían haberse diversificado los mamíferos con los dinosaurios presentes? Igual sí, nunca se sabe. De la misma manera que hemos aparecido, también quizás nunca hubiera sucedido independientemente de la existencia de otros animales”.

dinotheorex1

"T. Rex" (1996), de Jonathan Betuel © New Line Cinema.

El dinosaurio ‘humano’, ¿por qué no?

Puestos a imaginar, Luis Alcalá, director de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel–Dinópolis habla de la recreación mental ideada por científicos y conocida como dinosauroide. Esta pseudopredicción evolutiva, que apareció hace unos años, proponía la evolución hasta la actualidad de un dinosaurio pequeño, muy espabilado, con ojos y cerebro grande de finales del Cretácico, el Troodon.

La reflexión acerca de ese reptil, que posiblemente tendría vista estereoscópica y bastante inteligencia, propone que si hubiera podido desarrollar el cerebro, probablemente habría acortado su cuello y no necesitaría la cola para hacer el balanceo hasta llegar –como pura ficción– a parecerse a un ser humano. 

“El juego intelectual sería, quizás, si los dinosaurios no se hubieran extinguido algunos de ellos podrían haber sido bípedos, perdido la cola, desarrollado el cerebro y ser como los lagartos aquellos de la serie V”, dice Alcalá.

La única certeza es que sin la caída del asteroide –combinada con otros eventos como el vulcanismo – el mundo, tal y como hoy lo conocemos, sería completamente distinto. 

dinourassic world poster di

"Jurassic World" (2015), de Colin Trevorrow © Amblin Entertainment, Legendary Pictures, Universal Pictures.

Cómo domesticar a un velociraptor

El discurso fantástico de las novelas y el cine ha inventado trucos para justificar la coexistencia de humanos y dinosaurios –como mundos perdidos y recuperación genética–. Otros filmes le han dado alguna vuelta de tuerca más, como el amaestramiento que proponía la última película de la saga Jurassic Park: Jurassic World (2015).

“La domesticación de animales actuales se podría reproducir igual con algunos –no sé si pocos– dinosaurios. Es de suponer que los carnívoros evolucionados y de pequeño tamaño serían tan amaestrables como lo son hoy en día sus parientes cercanos, los loros o las aves rapaces”, sugiere Ortega.

El paleontólogo no cree que los humanos hubiesen tenido problemas tampoco en seleccionar variedades de dinosaurios herbívoros para su explotación ganadera o como animales de carga. “Si lo hemos hecho con algunos mamíferos, no veo problemas para hacerlo con algunos dinosaurios”.

Esto se aplicaría también a las especies no domesticadas. De la misma forma que no es lo mismo tratar con un perro que con un tigre, las especies depredadoras que no hubiesen pasado por un proceso de domesticación serían incompatibles con otras especies e, incluso, con los humanos.

“Podemos imaginar el adiestramiento de algunos terópodos (carnívoros), al menos, de aquellos de tamaño pequeño a mediano como los 'raptores' de Jurassic World”, apunta Pereda, al que la escena de adiestramiento de esta película no le resulta muy creíble. “Amaestrar un raptor del tamaño de Deinonychus podría resultar tan complejo como domar tigres, leones u osos en los circos actuales”.

“Tampoco sería raro que un velociraptor se coma al domador, a veces hay fieras que atacan”, añade el director de Dinópolis.

Los apasionados de estos temas, además de consultar la cartelera, pueden buscar libros de ficción que especulan sobre cómo habrían evolucionado los dinosaurios no aviarios si no se hubieran extinguido. Uno de ellos es el del paleontólogo Dougal Dixon The New Dinosaurs: An Alternative Evolution y más recientemente Demain, les animaux du futur de Sébastien Steyer y Marc Boulay

dinodemain

Imagen superior: "Demain, les animaux du futur", de Sébastien Steyer y Marc Boulay © Belin Sciences.

]]>
correo@thecult.es (Eva Rodríguez) Visiones del futuro Mon, 30 Nov 2015 22:41:57 +0000
Crítica: "Jurassic World" (Colin Trevorrow, 2015) http://thecult.es/critica-de-cine/critica-jurassic-world-colin-trevorrow-2015.html http://thecult.es/critica-de-cine/critica-jurassic-world-colin-trevorrow-2015.html Crítica:

Los lectores habituales habrán comprobado ya que en The Cult nos gustan los dinosaurios. Hemos hablado sobre ellos desde los más diversos puntos de vista: científico, cultural e incluso frívolo. En todos esos ámbitos, Parque Jurásico siempre ha tenido una presencia especial.

Les podría cansar con una larga perorata sobre mi intensa relación con Parque Jurásico, así que me limitaré a un breve resumen: en plena adolescencia, y gracias a una entusiasta recomendación de la legendaria revista Fantastic Magazine, leí la primera edición de la novela, que se convirtió en el acto en uno de mis libros favoritos, y lo sigue siendo. Teniendo en cuenta que Spielberg era (y es) mi director de cine (vivo) más admirado, imaginen las expectativas que tenía sobre la película.

Parque Jurásico tenía muchas cosas que me entusiasmaron (banda sonora, reparto, escenas sublimes como el ataque nocturno del rex…), pero se me quedó corta. Pocos dinosaurios, demasiado diálogo de relleno… cosas que eran de esperar en un film con los recursos tecnológicos limitados de la época.

Las secuelas también fueron divertidas, en especial la segunda, con un guión más bien malo (aunque mejor que la secuela de la novela), pero repleto de escenas espectaculares y emocionantes, además de diálogos realmente divertidos, con un montón frases lapidarias del carismático Ian Malcolm (Jeff Goldblum).

El homenaje desvergonzado y festivo al clásico ¡Hatari! (Howard Hawks, 1962) que llevaron a cabo tanto Spielberg como John Williams es antológico, al igual que una secuencia en un acantilado propia del mismísimo Alfred Hitchcock.

Aunque parezca mentira, han pasado ya casi quince años de la discreta tercera parte, dirigida por el artesano Joe Johnston, y ahora llega la siguiente entrega de la saga, o quizá la primera de una nueva serie.

Con el paso del tiempo, las cosas han cambiado. En primer lugar, los efectos digitales ya no impresionan a nadie. Cuando se estrenó Parque Jurásico, los dinosaurios infográficos nos parecieron mágicos. Hoy en día, raro es pasar un minuto de la vida sin ver una animación digital. En la última década, salvo algunas excepciones (Avatar, Gravity), los efectos especiales ya no han causado ninguna reacción eufórica. Resulta curioso darse cuenta de que, en este 2015, la imagen que más ha entusiasmado al público haya sido la del guitarrista de Mad Max: Fury Road, una imagen rodada en vivo.

Los responsables de Jurassic World son conscientes de todo esto, y juegan con ello en el propio argumento. Pese a todo, al final se llevó a cabo (más o menos) el sueño de Hammond, y el parque zoológico de dinosaurios hace años que es una realidad. Pero el público ya se ha acostumbrado a estos animales, e incluso el protagonista adolescente prefiere estar mirando su teléfono móvil en lugar de admirar a las bestias antediluvianas.

Poco queda ya de la novela original en esta secuela, salvo algunas referencias (incluyendo la aparición del genetista Henry Wu, la presencia del libro de Ian Malcolm o una visita al escenario de la primera película), y resulta curioso que el argumento se parezca más a la película Almas de metal (Westworld, 1973), escrita y dirigida por Michael Crichton.

Los intentos de verosimilitud científica se abandonan a favor del cine de acción y catástrofes, con personajes y situaciones que van, poco a poco, siendo más propias del mundo del cómic o de las películas japonesas de monstruos. Era de esperar, y el film ofrece lo que promete con efectividad: entretenimiento ligero y bien elaborado.

Los personajes son poco más que estereotipos, en su mayoría heredados de las anteriores películas: la pareja de niños (los jóvenes pero ya experimentados Ty Simpkins y Nick Robinson), el pérfido representante de InGen (Vincent D’Onofrio), el héroe con poco apego por la tecnología (Chris Pratt) y el personaje anti-niños que tiene que cuidar de unos chavales (en esta ocasión, una divertida y sexy Bryce Dallas Howard, lo más espectacular de la película).

A pesar de tener un desarrollo de sota, caballo y rey, el film desemboca en una situación agradablemente estrambótica, en la que los dinosaurios toman el control del argumento y establecen alianzas y parlamentos de manera muy parecida a aquellas colaboraciones entre Godzilla, Rodan y Mothra para combatir a King Ghidora en las viejas películas de la Toho.

El director Colin Trevorow, como hizo en su momento Joe Johnston, se limita a aplicar con corrección el estilo visual que estableció Spielberg en la primera película con corrección. No hay experimentación alguna, y en realidad no hace demasiada falta en un producto como este, que ofrece algo muy concreto sin alardes o riesgos.

Al final, no queda mucho para el recuerdo, salvo un rato entretenido y algún momento interesante como la triste agonía de un saurópodo atacado por el sanguinario mutante protagonista o la imagen imposible de Bryce Dallas Howard posando como una pin-up de Frazetta mientras un T-Rex hace de las suyas.

Hay que entender que, nos gustara más o menos Parque Jurásico, aquella película es prácticamente el equivalente a La guerra de las galaxias para gran parte de la generación de los millennials. Los responsables de esta nueva entrega lo saben, lo aceptan y lo convierten en el motor que mueve el argumento. La moraleja final es: rechace imitaciones, nada supera a los velocirraptores y a los tiranosaurios de toda la vida.

Sinopsis

Fiel sucesora del exitoso clásico ganador de tres Oscar® dirigido por Steven Spielberg, Jurassic World transcurre exactamente 22 años después de los acontecimientos acaecidos en Isla Nublar. Jurassic World es el primer parque temático del mundo que combina realmente las maravillas de la ciencia y de la historia con la comodidad y el lujo al que están acostumbrados los viajeros internacionales. Todo empezó con una brillante idea que tuvo el escritor Michael Crichton.

Parque Jurásico, la película original, se estrenó en 1993 y conectó inmediatamente con espectadores de todas las edades en el mundo entero, convirtiéndose desde entonces en parte de la memoria cultural colectiva. Basado en la novela de Michael Crichton, una mezcla de ciencia-ficción e imaginación sin límites, el largometraje planteaba la pregunta siguiente: "¿Y si fuese posible?"

Steven Spielberg explica que ni él ni los otros productores tuvieron la intención de revolucionar el mundo del cine. Solo quería estar a la altura del increíble relato de Michael Crichton: "No depende de mí decidir qué es un punto de referencia y qué no lo es. Son los demás quienes deben decidir si una historia tiene éxito o no, pero soy consciente de que, desde un punto de vista tecnológico, fue un punto de referencia para toda la industria. Eran personajes creados digitalmente por ordenador que parecían totalmente reales con cualquier iluminación o condición atmosférica. Nuestro T. Rex digital incluso se paseaba bajo la lluvia".

Después de las siguientes dos entregas, El mundo perdido/Jurassic Park (1997) y Parque Jurásico III (2001), el productor reconoce que tenía muchos otros proyectos en mente. Por suerte para los seguidores de las entregas, las ideas para el mundo jurásico solo hibernaron, no desaparecieron. "Me cruzaba con muchas personas a las que no conocía de nada que me preguntaban: '¿Para cuándo el siguiente Parque Jurásico?'", dice Steven Spielberg. "Me di cuenta de la cantidad de veces que me habían hecho la pregunta y empecé a considerar la posibilidad de una nueva entrega".

Los seguidores habían ganado la batalla y el productor empezó a hablar con respetados guionistas para ver cómo podía resucitar un parque temático cuyo concepto había nacido hacía veinte años. "Puede decirse que Jurassic World es el equivalente a ver Parque Jurásico convertido en realidad", explica. "Queríamos que el sueño se cumpliera y que existiera un parque temático totalmente especializado en el milagro de crear dinosaurios a partir del ADN. Es la realización del sueño de Michael Crichton transferido al sueño de John Hammond. Esperamos que sea el sueño que el público siempre ha querido ver".

El productor Frank Marshall, con más de 70 títulos en su haber, algunos de ellos tan famosos como Indiana Jones y el templo maldito, la trilogía Regreso al futuro, El color púrpura o El curioso caso de Benjamin Button, que ha colaborado en numerosas ocasiones con Steven Spielberg, se unió al proyecto. El productor se entusiasmó con la posibilidad de volver a franquear las puertas de la legendaria Isla Nublar: "Parque Jurásico es una película emblemática, el público sigue queriendo ver dinosaurios y me gustó la idea de hacer otra. Nos ha llevado tiempo materializarla. Un parque temático en funcionamiento - se le ocurrió a Steven - fue el ancla y la clave de la historia. Ha valido la pena esperar".

El veterano productor Patrick Crowley, el socio de Frank Marshall desde la primera entrega de la exitosa serie Bourne, también decidió participar. Está de acuerdo en que hay un gran número de personas más que dispuestas a revisitar Parque Jurásico y que echan en falta el clásico estilo de cine de Amblin. "No creo que el público hubiese tenido la oportunidad de apreciar lo que significaron la primera película y las dos secuelas si se hubiera producido otra en 2005, por ejemplo", comenta el productor. "Entre tanto, ha aparecido una nueva generación de espectadores fascinada por las películas de los noventa. También ha emergido un nutrido grupo de cineastas a los que les intriga y apasiona este tipo de cine".

Un sinfín de realizadores estaban más que dispuestos a ponerse a la cabeza de la nueva entrega de una de las franquicias de más éxito comercial de la historia del cine, pero los tres productores se centraron en buscar un talento creativo que hiciera honor al espíritu y legado de la franquicia al mismo tiempo que le diese un nuevo impulso.

Y encontraron al joven director Colin Trevorrow. Pionero de los cortometrajes estrenados on line, dirigió su primer largometraje en 2012, Seguridad no garantizada, que ganó numerosos premios, entre los que destacaremos el del Gran Jurado en el Festival de Sundance y un Espíritu Independiente. Su trabajo llamó la atención de Steven Spielberg y Frank Marshall. Ambos estaban de acuerdo en que su enfoque basado en personajes muy desarrollados y temas totalmente especulativos era perfecto para recoger la antorcha.

Los productores y el director encontraron a Chris Pratt, un actor cómico convertido a estrella de acción, cuya última película ha sido Guardianes de la galaxia, donde da vida al rebelde Owen. "Nada nos garantizaba que Chris Pratt podría hacer el papel porque estaba trabajando en una exitosa serie cómica de televisión", explica Steven Spielberg antes de añadir, con cierta ironía: "Estaba seguro de que daría la talla y Colin creía profundamente en él, pero seguía siendo un poco arriesgado. Entonces se estrenó Guardianes de la galaxia y los dos nos felicitamos mutuamente por ser tan listos". Al productor le impresionó la prueba que realizó Chris Pratt: "Es un actor maravilloso, con mucha presencia en la pantalla. Tiene un enorme sentido del humor y sabe jugar en equipo. Le auguro una brillante carrera".

Chris Pratt es otro gran seguidor de Parque Jurásico y, al igual que el realizador, recuerda perfectamente el día que vio la película por primera vez en el cine de su pueblo en 1993. "Tenía 14 años y era fácil impresionarme. Me dejó atónito", dice. "Era una mezcla de ciencia e imaginación con un tremendo suspense, unas imágenes alucinantes y una gran historia. Un poco como si se hubiera reinventado el cine. Entonces descubrí que había películas geniales. Me convertí en un maníaco-jurásico y vi la película dos veces más ese mismo fin de semana antes de pasar los seis meses siguientes escapando de las garras de dinosaurios".

Con el fin de dar legitimidad científica al nuevo dinosaurio (el Indominus Rex), y a las otras especies que salen en la película, los productores volvieron a pedir la ayuda del respetado paleontólogo Jack Horner, profesor de la Universidad Estatal de Montana y conservador de paleontología en The Museum of the Rockies. Michael Crichton, cuando escribió Parque Jurásico, se basó en un libro de Jack Horner, Digging Dinosaurs (Excavando dinosaurios). Los trabajos actuales del paleontólogo se centran en innovadores métodos de ingeniería genética en los que se mezcla el ADN de pollos con material genético de dinosaurios.

No es la primera vez que Jack Horner asesora a la franquicia de Parque Jurásico. El paleontólogo entiende la importancia de que la película sea científicamente creíble sin por eso sacrificar la emoción que produce la fantasía. "Siempre me sorprende que todos se preocupen sobre todo por el tamaño de los dinosaurios, pero eso no tiene nada que ver con la autenticidad", explica el paleontólogo. "Nuestra idea del tamaño de los dinosaurios es errónea debido a los esqueletos y huesos que se han encontrado, que no son muchos. Los dinosaurios seguían creciendo durante gran parte de su vida. Por lo tanto, siempre habrá un T. Rex más grande".

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Amblin Entertainment, Legendary Pictures, Universal Pictures. Reservados todos los derechos.

]]>
correo@thecult.es (Vicente Díaz) Critica de cine Fri, 12 Jun 2015 18:02:01 +0000
El gigante de los ríos de Marruecos http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/el-gigante-de-los-rios-de-marruecos.html http://thecult.es/ecocult-es-revista-de-ecodiversidad-y-cultura-ambiental/el-gigante-de-los-rios-de-marruecos.html El gigante de los ríos de Marruecos

En la tercera entrega de la saga de películas de Parque Jurásico, el tiranosaurio es desbancado de su sitio de honor como el dinosaurio más temible por un extraño contendiente, un enorme animal con unas impresionantes mandíbulas alargadas y una extraña “vela” en el dorso. “Piensa en algo grande”, le dice el paleontólogo Alan Grant a su aprendiz Billy Brennan. “Spinosaurus aegypticus", concluye con voz sombría luego de sobrevivir al ataque de uno de estos animales.

En la película, el espinosaurio se muestra como un gigantesco depredador, más grande que el tiranosaurio y capaz de correr ágilmente sobre sus patas traseras, aunque con la habilidad de usar las delanteras para mover objetos y aún para doblegar a sus presas. Casi al final de la película se le muestra también nadando sumergido en un río, con la vela dorsal sobresaliendo del agua como si fuera la aleta de un tiburón, momentos antes de asolar a los atribulados protagonistas de la película con un nuevo y terrorífico ataque.

La “vela” delata la presencia de un espinosaurio nadando en un río en "Parque Jurásico III"

Spinosaurus aegypticus fue descrito en 1915 por Ernst Stromer, basado en unos pocos huesos fósiles encontrados en Egipto en sedimentos del Cretácico medio (hace

alrededor de 100 millones de años). Stromer identificó una serie de extrañas espinas dorsales que interpretó como soportes para una especie de joroba que podría haber servido al espinosaurio para almacenar grasa, como lo hacen por ejemplo los bisontes de la actualidad.  Stromer dedujo que el espinosaurio era un depredador de gran tamaño, pero nunca logró comprender del todo las peculiaridades del animal y solamente pudo concluir que se trataba de una forma “altamente especializada”.

Los huesos fósiles examinados por Stromer en 1915

Los fósiles originalmente examinados por Stromer se perdieron cuando el museo de la ciudad de Munich fue destruido en 1945 durante los bombardeos de las fuerzas británicas al final de la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente, las detalladas ilustraciones y las prolijas descripciones de Stromer se conservaron y a través de ellas fue posible durante décadas, a pesar de la ausencia de material nuevo, especular sobre la historia natural del extraño espinosaurio.

Más recientemente, con el descubrimiento de material adicional, se llegó a una especie de consenso respecto al posible aspecto del espinosaurio: Un depredador enorme (de hasta 15 metros de longitud y hasta 20 toneladas de peso), bípedo pero con patas delanteras mucho más robustas que las del tiranosaurio, con un hocico alargado y armado de dientes que, a diferencia de los de otros dinosaurios carnívoros, eran cónicos y puntiagudos. La característica más sobresaliente, sin embargo, era la presencia de la “vela” dorsal (una estructura cubierta posiblemente con piel delgada) y no de una joroba como pensaba Stromer. Se especuló que la vela podría servir para regular la temperatura.

Reconstrucción de Spinosaurus aegypticus en "Planet Dinosaur" © BBC

La imagen del espinosaurio como aparece en Parque Jurásico III corresponde con las reconstrucciones que de la especie se habían hecho hasta 2001, cuando se estrenó la película. La idea del espinosarurio nadador posiblemente se basó en las especulaciones de que Baryonyx, un pariente cercano de Spinosaurus, podría haber tenido una dieta basada en los peces, a juzgar por la morfología de las mandíbulas y la estructura de los dientes.

Estas especulaciones parecen ser confirmadas por un estudio publicado el 11 de septiembre de 2014 en la revista Science por un grupo encabezado por Nizar Ibrahim y Paul Sereno, de la Universidad de Chicago en el que describen sus hallazgos al examinar un ejemplar particularmente completo hallado en los sedimentos de la región de Kem Kem en Marruecos, correspondientes a una antigüedad de 97 millones de años. En el Cretácico medio, las zonas desérticas del norte de África eran parte de un extenso sistema de caudalosos ríos y grandes lagunas; el sitio de Egipto de donde provino el material de Stromer y los sedimentos de Kem Kem eran los extremos oriental y occidental, respectivamente, de este fabuloso ecosistema acuático habitado por peces pulmonados de tres metros, celacantos de siete metros, gigantescos cocodrilos y tortugas y peces sierra de más de diez metros.

El nuevo material, junto con el análisis de otros fósiles, permitió a Ibrahim y sus colaboradores llegar a la conclusión de que Spinosaurus era un dinosaurio principalmente acuático, adaptado al ecosistema fluvial y lacustre del Cretácico norafricano. Los espinosaurios tenían los orificios nasales localizados en la parte superior del hocico, de tal manera que el animal podía respirar aún con gran parte del cuerpo sumergido, como lo hacen los cocodrilos actuales. Además, en la parte terminal del hocico tenían estructuras sensibles a cambios en la presión del agua, lo que probablemente les permitía localizar y rastrear sus presas acuáticas. Los investigadores encontraron además que los huesos de espinosaurio son particularmente robustos, lo que probablemente contribuía a la flotación de estos animales. Asimismo, la anatomía de las patas traseras sugiere que los dedos estaban unidos por piel, en forma parecida a lo que sucede en los patos y otras aves acuáticas.

La nueva reconstrucción de Spinosarurus aegypticus. Imagen: National Geographic

Respecto al tamaño, una reconstrucción por computadora en la que digitalmente se colocan los huesos fósiles en su posible posición permitió confirmar que Spinosaurus,con una longitud de casi 16 metros, es el dinosaurio depredador más grande que se conoce. Asimismo, un análisis estructural y mecánico mostró un sobrepeso tal en la parte anterior del cuerpo que es poco probable que los espinosaurios hayan podido desplazarse en dos patas, como aparecen en la mayoría de las reconstrucciones y en Parque Jurásico III. En sus andanzas terrestres, los espinosaurios probablemente se apoyaban en las cuatro patas, aunque seguramente eran bastante más torpes en tierra de lo que la película nos ha hecho creer.

Los dinosaurios siguen siendo de las criaturas más fascinantes de la naturaleza. Cada nuevo descubrimiento sobre ellos nos aviva la imaginación y nos permite visualizar mundos extraordinarios que alguna vez existieron en lugares insospechados. Tal es el caso de los ríos cretácicos de Marruecos y sus gigantescos espinosaurios.

Referencias

Ibrahim, N., P. Sereno, C. Dal Sasso et al. 2014. "Semiaquatic adaptations in a giant predatory dinosaur"Science: publicado en línea el 11 de septiembre de 2014.

Mueller, T. Mister big. National Geographic, octubre de 2014. Versión en línea consultada el 14 de septiembre de 2014. Ver también el video Spinosaurus River Monster.

Copyright © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos.

Publicado originalmente en Mitología Natural. Este artículo está bajo una licencia CC.

]]>
correo@thecult.es (Héctor T. Arita) EcoCult: Ecodiversidad y Cultura Ambiental Thu, 05 Mar 2015 23:32:52 +0000