En el siglo XX ha habido enseñanzas de la historia que han cambiado el rumbo del mundo, no sólo en un aspecto material o geoestratégico, sino desde una perspectiva ética y moral. La caída del muro fue una de esas lecciones, precedida por un largo, sinuoso y doliente trayecto que comenzó en 1917.

España y la URSS

Ofrece una variada utilidad el libro de Andreu Navarra El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS (Fórcola, Madrid, 2016, 328 páginas). El trabajo en sí mismo, con una caudalosa información aseadamente ordenada y expuesta, ahorra al lector curioso pero no especializado una profusa navegación por archivos, bibliotecas, hemerotecas y librerías de viejo. Además, aquel trabajo tiene un valor específico. En efecto, este tipo de pesquisas obliga a leer buena y mala literatura, a lo cual el lector hedonista, que es mayoritario, no está dispuesto. Pero hay más y se podría hablar de cierta moraleja histórica. Provisoria, como toda conclusión en el tráfago de la historia, pero muy útil como reflexión y balance.

Alguien me dirá al ver el título de esta entrada: “No se puede comparar a Mao (o a Stalin) con Hitler”.

La Maomanía

En la Guía de viaje a China de la editorial Lonely Planet han añadido una entrada muy atinada acerca de la maomanía, en la que se preguntan por qué pervive todavía este culto a Mao.

En Pekín, y probablemente en toda China, se mantienen restos del culto a Mao Ze Dong. El más espectacular es el retrato que corona la entrada a la Ciudad Prohibida, la antigua ciudad privada de los emperadores, en la que también residía Mao.

La religión del comunismo

Hace no demasiados años afirmar que entre el comunismo del siglo XX y la religión existían muchas semejanzas solía despertar sospechas hacia quien sugería “tan extravagante comparación” entre una ideología atea y materialista y las religiones espiritualistas.

Los líderes supremos: Lenin

La ideología marxista–leninista–maoísta, que conquistó más de la mitad del planeta, no supo traer esa sociedad perfecta que prometía, con lo que demostró, de nuevo, que el camino al infierno está sembrado demasiado a menudo de buenas intenciones.

"Pyongyang", de Guy Delisle

Pyongyang (Drawn and Quarterly, 2004) es un cómic de Guy Delisle, un dibujante de animación canadiense que viajó a Pyonyang, la capital de Corea del Norte, que es, junto con China, uno de los últimos regímenes comunistas del mundo. Pero China es ahora una mezcla de capitalismo y comunismo, mientras que Corea del Norte se mantiene en la ortodoxia comunista más estricta.

Al repasar la biografía de Mao, se queda uno estupefacto ante la magnitud de sus crímenes. Sin duda, el régimen maoísta es culpable de escribir páginas sangrientas con la disculpa de implementar un paraíso en la tierra. Uno de esos episodios, menos divulgado que las purgas, las torturas o los campos de internamiento que padecieron miles de compatriotas, tiene que ver con el odio de Mao hacia un ave, el gorrión, contra la que declaró una guerra cuyas consecuencias aún pesan en la actualidad.

Las cifras de la Segunda Guerra Mundial son inaprensibles para la mente humana. Se escapan a la escala diaria y hace falta mucha voluntad y esfuerzo de conciencia para llegar a intuir algo del horror que se percibe lejano. Más lejano si cabe por la manera en que se cuenta la historia al ciudadano de un mundo civilizado: un psicópata se hizo con el poder en Alemania y, embaucando a las masas, comenzó una guerra despiadada que se extendió por todo el mundo. Finalmente, el ejército aliado liberó los diferentes países y, tras el suicidio de aquel enfermo mental el 30 de abril de 1945, el ejército nazi formalizó la rendición el 7 de mayo del mismo año. Quedaba aún la guerra del Pacífico, pero esa es otra historia y tiene un epílogo diferente.