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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

La historia de nunca acabar

Hace unos años el cine se ocupó de biografiar al poeta Jaime Gil de Biedma. El filme se llamó El cónsul de Sodoma y en él un excelente y sensible Jordi Mollá lidió victoriosamente contra un guión presumido y débil. Comentándolo con un amigo que había tratado al escritor, escuché su rasante censura, basada en el hecho de que (sic) había conocido a Gil de Biedma y no era para nada como lo mostraba su biopic. Pensé que aviados estamos si cada vez que se nos referencia algo histórico en el cine sólo lo entenderemos si hemos conocido a los personajes “reales” del caso.

La rutina diaria de Carlos, ejecutivo bancario, se ve alterada de forma irremediable cuando, al llevar a sus hijos al colegio en el coche, recibe una llamada de teléfono de un desconocido que le exige el traspaso a su cuenta de una importante cantidad de dinero. Lo extraño es que esa cantidad ha de salir de los propios ahorros de Carlos y de los fondos del banco en el que trabaja. La amenaza tiene tintes dramáticos pues el desconocido afirma que en el coche hay una bomba que estallará si alguno de sus tres ocupantes se baja.

Aunque no guarda relación con el estupendo thriller homónimo protagonizado por Samuel L. Jackson y Kevin Spacey, este nuevo Negociador es un film igualmente sólido, en el que se narra el comienzo del fin de ETA con abundantes dosis de humor y, por lo tanto, de una manera creíble y realista.

Cine, flamenco y tópicos

Carmen la de Triana (1938)
Parece que la única mirada que interesa al cine es la que abre la puerta al tópico andaluz, a las juergas de los señoritos, a la miseria que se alivia con el cante, a la relación entre toros y flamenco, omnipresente.

Durante la etapa en que se dedicó a la crítica, Daniel Monzón ya demostró amor, conocimiento y respeto por el arte cinematográfico, sin pararse a hacer distinciones clasistas entre productos artísticos y comerciales.

La salvación por el apellido

Llego tarde para comentar Ocho apellidos vascos, el filme de Martínez Lázaro que se ha convertido en la gran pegada histórica del cine español. Entonces: no lo haré. Diré un par de cosas impresionistas y todos contentos.

Regentado

Nunca fui admirador de La Regenta de Clarín, nick de Leopoldo Alas. Será porque la leí cuando era muy joven. O porque me pareció –ahí va la primera boutade– una mala copia de Madame Bovary, de Flaubert, que, dicho sea de paso, tampoco me gustó nada. Tanto Emma Bovary como Ana Ozores me parecieron unas tontas señoritas de provincias, un poco malfolladas y subyugadas por tíos estúpidos, redichos y cursis.

Ha sido un acierto sentarse a ver la película más taquillera de la historia del Cine español dejando pasar unas semanas desde su estreno , y mucho más todavía escribir algo sobre ella habiendo comprobado cómo esta comedia tan poco transgresora y tan previsible se alza a las más altas cotas de audiencia que recordamos desde Avatar.

Desde que el Cine existe, las películas divididas en capítulos más o menos estancos y dirigidas por varios realizadores han pecado de falta de unidad, dispersión de estilos y disfunciones artísticas variadas. Al final todos mueren es un típico ejemplo… de los tres casos. Cinco historias episódicas, desangeladamente hilvanadas, y dirigidas por Javier Botet, Javier Fesser, David Galán Galindo, Roberto Pérez Toledo y Pablo Vara nos proponen un nuevo viaje del cine español al fin del mundo (3 días, Fin, Los últimos días, Los días no vividos y ahora ésta) abordado desde posiciones hasta ahora inexploradas en los títulos citados. A saber:

Quizá sea injusto resumir en pocas líneas la obra de un hombre genial como Gil Parrondo. No dejo de sorprenderme con esa trayectoria que lo llevó, primero, a ser ayudante de decoración con Sigfrido Burmann, y luego a internacionalizar su carrera hasta el punto de ganar dos Oscar por Patton (1969) y Nicolás y Alejandra (1971).