En lo que llevamos de siglo, los zombis han pasado de ser “propiedad” de los aficionados al cine terror a convertirse en un producto de consumo general. El éxito de la adaptación televisiva del cómic The Walking Dead, las “marchas zombi” (zombie walk), la avalancha de comedias zombi a raíz del éxito de Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004), glamourosas muñecas infantiles zombi, videojuegos, monólogos zombi (!)... todas estas cosas y alguna más han “democratizado” a los zombis, y de paso han terminado por cansar un poco.

Hace más o menos una década, el cine surcoreano se puso de moda entre la cinefilia española. La principal causa fue la excepcional película de Park Chan-wook Oldboy (2003) un adaptación del manga homónimo de Minegishi Nobuaki que a todos impactó por su intensidad, originalidad y asombrosa realización.

"The Host" y la verosimilitud

En Las leyes del relato dije: “El mismo espectador que acepta como verosímiles los viajes a la velocidad de la luz, un instituto para magos que existe en un plano paralelo al mundo ordinario o una extraña civilización llena de orcos, hobbits y elfos, no aceptará algo tan sencillo como que un hombre normal y corriente pueda arrojar a su enemigo al otro lado de la Quinta Avenida con sólo la fuerza de su brazo (Las paradojas del guionista, 75).”

Desde la novela Nosotros, del ruso Yevgeny Zamyatin, una de las primeras antiutopías de la historia, pasando por Rebelión en la granja o 1984, hasta nuestros días, con Los juegos del hambre, la ficción distópica ha sido un género de inagotables recursos. Ya sea por su aterradora cercanía con la realidad o como fórmula de protesta, nos atrae y nos repele, pero es innegable que nos arrastra con ella hasta los más dispares infiernos de nuestra imaginación.

Las humanidades han estado, están y estarán ahí. ¿Por qué? Porque nos proporcionan nuestra individualidad, y cuando hablo de individualidad, no hablo de identidad, una palabra demasiado usada, para mi gusto, en estos tiempos. De hecho, por eso los estudios de humanidades son tan peligrosos para quienes se preocupan de la identidad de la masa y no de la del individuo.

Las cosas van cambiando, y Asia se impone cada vez más en todos los ámbitos. ¿Están ustedes hartos de que Hollywood haga remakes de recientes éxitos ajenos y se cuelgue las medallas (The Ring, Infiltrados, etc.)? Bueno, pues con Snowpiercer las cosas se le ponen difíciles a la otrora Factoría de Sueños, ya que se trata de una coproducción internacional –vale, también con aportación gringa, pero principalmente surcoreana– que cuenta con un espectacular reparto encabezado por el mismísimo Capitán América, Chris Evans.

"Arirang" (Kim Ki-duk, 2011)



Arirang es una canción. La canta Kim Ki-duk en un filme que es tan suyo que él es el principio y el fin, el actor y el director.



Tras debutar en el cine con la magistral The Chaser (Chugyeogja, 2008), el director Na Hong-jin se sumerge en su segundo trabajo The Yellow Sea (Hwanghae, 2010) en el infierno de las mafias. Una fusión del cine de acción más desquiciado con el thriller y con la denuncia social en la que el realizador surcoreano ha vuelto a contar con la potentísima presencia de los actores Ha Jung-woo y Kim Yun-seok, protagonistas de su primer filme.

"The Yellow Sea" (2010, Na Hong-jin)



Na Hong-jin hizo su espectacular debut con The Chaser. Ahora vuelve a sorprendernos con The Yellow Sea, un thriller intenso y vigoroso, que buena parte de la crítica ha relacionado con el cine de Michael Mann.



Tras haber trabajado junto al director Im Kwon taek en una serie de películas desde lo que se llamó edad dorada del cine coreano, el cinematógrafo Jung Il-sung ha cautivado a la audiencia tanto en su país como fuera con sus imágenes.