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Pensamos que tomamos las decisiones de manera racional, pero no es así. La tendencia política de cada ciudadano influye en su actitud frente a las falsas informaciones. Ante datos que ponen en tela de juicio al partido en el que confiamos, somos más críticos que si perjudican a la oposición. Incluso en cuestiones científicas priorizamos nuestro referente político a las verdades contrastadas.

Hace 42 años, en 1976, el biólogo británico Richard Dawkins publicó su libro El gen egoísta. En él no proponía, como creen quienes sólo leen el título, que haya un “gen del egoísmo”, sino una visión novedosa de la evolución por selección natural que la presentaba no como una competencia entre especies o individuos, sino entre genes. 

En 2011, Sarah Wysocki, maestra primaria en Washington DC, fue calificada por un algoritmo de evaluación docente. En vez de valorar su forma de enseñar, corregir, tutorizar, etc., medía indicadores indirectos: las notas de sus alumnos.

¿Cuántas veces al día chequeas tu teléfono inteligente? Según una reciente investigación, el americano medio lo hace una vez cada seis minutos y medio, o lo que viene a ser lo mismo, 150 veces al día.

Cada vez mejor, cada vez peor

Hace un siglo, día más o menos, que Paul Valéry dirigió lo que él llamaba “miradas sobre el mundo actual”. Señalo la figura del intelectual que echa una mirada sobre eso que está ahí afuera como si su posición normal fuese de ensimismamiento y reflexión. A menudo, leyendo o escuchando las opiniones similares de otros colegas de Monsieur Valéry, la imagen se repite en mi memoria.

Para quienes siguen disfrutando con los placeres de la vieja escuela (es decir, largas conversaciones en persona, un libro, una película...), este magnífico ensayo de Adam Alter será una confirmación de esa sospecha que algunos compartimos en voz baja: los ordenadores, capaces de facilitar incomporablemente la transmisión de conocimientos o la filantropía, son también el foco de una adicción muy típica de nuestro tiempo.

"Inteligencia Artificial", de Margaret A. Boden

Durante siglos, la humanidad creyó que la inteligencia es la que es, y no otra. Sin duda, la inteligencia venía a ser uno de los dones propios, y casi exclusivos, del homo sapiens. Con sus gradaciones sucesivas dentro del reino animal, esa virtud biológica se situó como el motor del conocimiento humano y como la razón de su adaptabilidad como especie.

En 2011, con solo 26 años y un único libro publicado –El desengaño de Internet: los mitos de la libertad en la red–, Evgeny Morozov (Bielorrusia, 1984) se convirtió en una figura de referencia a la hora de hablar del papel que desempeñan las nuevas tecnologías de la comunicación en nuestro mundo político, económico y cultural.

"La revolución transhumanista", de Luc Ferry

Cuando leemos al filósofo francés Luc Ferry, el asombro ante los avances tecnológicos va tiñéndose de una inquietud que, llegado el caso, él mismo se encarga de excitar. Y es que, a su modo de ver, el transhumanismo ‒ese avance evolutivo que no es biológico, sino digital y mecánico‒ y la economía colaborativa ‒que también tiene un trasfondo digital‒ vienen a prolongar la esencia del humanismo democrático, pero a un precio que no siempre deberíamos pagar.

Más allá de la experiencia tangigle, lo que llamamos iconosfera tiene dos planos: por un lado, los signos de la realidad accesibles a través del arte y los medios de comunicación convencionales, y por otro, esa acumulación de estratos que engrandece, segundo a segundo, el mundo digital.