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El esfuerzo contra el calentamiento global atraviesa una fase crítica y en buena medida se debe a la negativa de Washington y un sector de la sociedad estadounidense a participar del combate. Pese a la incesante acumulación de datos y confirmaciones empíricas del trastorno climático y su origen humano, en esa nación los escépticos se mantienen incólumes. ¿Cómo es posible?

Cuando a los once años le preguntaron qué quería ser de mayor, afirmó sin dudar que quería ser zoogeógrafo. En 2016 Miguel Bastos Araujo recogió el premio Rey Jaime I de protección al medio ambiente por su labor como biogeógrafo. Su pasión por la naturaleza y el trabajo constante le han llevado a convertirse en un referente mundial en el estudio de los efectos del cambio climático sobre la biodiversidad. Desarrolla modelos que puedan predecir cómo va a cambiar la distribución de las especies ante el cambio global, y ha publicado en varias ocasiones en Nature o Science. En esta entrevista nos habla de su carrera, de cambio climático y política científica.

El gran peligro

Primero fue la bomba atómica, que traía consigo lo que nunca había ocurrido: la posibilidad aterradora de que el ser humano fuera la primera especie capaz de destruirse a sí misma. Los temores de un invierno nuclear, consecuencia secundaria de una posible guerra atómica, contribuyeron a formar toda una generación (los baby boomers, nacidos en la posguerra) bajo el espectro de la autodestrucción.

No hace mucho, presenté un comentario sobre el calentamiento global y el cambio climático que trae aparejado, y los describí como “la más grande amenaza para la supervivencia humana”.

Escribo estas líneas en pleno rifirrafe sobre el referéndum catalán. Uno no puede evitar meterse en Internet o encender la televisión sin asistir a debates y riñas sobre la posible independencia de Cataluña. Curiosamente, a nadie parece preocuparle que la temperatura media en ese territorio haya aumentado 1,55 grados desde 1950, y que vaya a crecer otro tanto en los próximos treinta años, un periodo en el que ‒según las proyecciones más dramáticas‒ se dispondrá de un 18% menos de recursos hídricos en las áreas del interior de la región. Si a ello le sumamos una rápida y constante erosión en las playas y en los deltas, ya pueden imaginarse lo que nos espera, tanto en esa comunidad como en el resto de España y del mundo. Pero como ya ven, una cuestión tan grave como ésta queda enterrada bajo el peso de las noticias políticas, de una trascendencia mucho más limitada, aunque a veces no lo parezca.

La homogeneización de los árboles que se plantan provoca que los ecosistemas forestales no desarrollen todas sus funciones. Un equipo de científicos del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid trabajó en 206 fragmentos de diferentes bosques en 16 ecosistemas europeos para demostrar la importancia de conservar el paisaje y la biodiversidad de los bosques.

Intrusos en la noche

Hace un rato que la Cruz del Sur nos ha abandonado. Es la señal de entrada de la noche profunda. Acompañados solo por el sonido constante de la marea, recorremos kilómetros de playa en busca de tortugas que “desembarcan” para desovar.

En 2015, llegó a las pantallas Mañana, un documental codirigido por Cyril Dion y por la actriz Mélanie Laurent. La película, centrada en los protagonistas de ese cambio social que se enfrenta a los grandes retos de la educación, la economía y el medio ambiente, fue un éxito sin precedentes en Francia, y también logró una óptima carrera comercial en otros países europeos.

"Parar en seco", de William Ospina

Con el hombre de por medio, la situación del medio ambiente se mueve en un equilibrio frágil y los riesgos crecen. Y no hay forma de distinguir entre esas extinciones que tardaron milenios en verificarse y las que, de forma súbita, provoca nuestra especie con un desdén asombroso. La biodiversidad se convierte entonces en la meta de una carrera contra reloj: la que protagonizan, en paralelo, quienes desean salvar el planeta y quienes ignoran todo el daño que nuestra especie puede llegar a causar.

Sir David Attenborough es uno de esos divulgadores  que se asoman a la naturaleza como si ésta planteara un desafío intelectual o una forma de sabiduría. Es evidente su capacidad para describir las distintas formas de vida y la sutileza de sus interrelaciones, pero lo que más llama la atención es el modo en que Attenborough transforma todo eso en cultura y compromiso moral.