La planta transparente

A veces los científicos, pero también los escritores de ciencia ficción, se hacen preguntas extrañas. Por ejemplo, "¿podría evolucionar una planta transparente?"

Por todas partes encontramos ejemplos de la proliferación de un color, el verde, que nos recuerda a todas horas la presencia de materia viva en nuestro entorno. El verde, como ya saben, es mucho más que una distinción de las plantas. Podemos comprender su grandeza e importancia sin necesidad de estudiar botánica, y sin embargo, de todas las maneras de observarlo, la más saludable es la que más nos acerca a la naturaleza.

Los jardines botánicos son lugares que tienen muchas funciones, no sólo estéticas, sino también para la conservación de la biodiversidad. El primer jardín botánico considerado moderno fue establecido en Italia en el siglo XVI. De allí siguió la apertura de varios de ellos en el resto de Europa durante el XVII y el XVIII, los cuales recibían plántulas y semillas de sitios distantes con el fin de propagar especies que podían ser útiles. Todavía hoy, algunos lo siguen haciendo, pero con otros fines.

Por Real Cédula de 13 de marzo de 1650 Felipe IV declaraba la Farmacia Arte Científica. Publicada inicialmente para los boticarios madrileños, pronto se hizo extensible a los de toda España, transformándose en la principal norma legal del sector en la segunda mitad el siglo XVII.

En la sevillana calle Sierpes, en el lugar que actualmente ocupa el Cronómetro, se ubicaba la vivienda y jardines de Nicolás Monardes, el primer europeo que popularizó las plantas medicinales del Nuevo Mundo. Otros habían escrito antes que él, pero su Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (1565-1574) lograría difusión internacional, siendo traducida a los principales idiomas europeos y transformándose, durante siglos, en el mejor compendio de materia médica americana.

Los jardines de Felipe II

Los jardines de los Reales Alcázares de Sevilla fueron utilizados como "estación de tránsito" de diversas especies vegetales que, procedentes del Nuevo Mundo, se traían a la Península con el objetivo de adornar los jardines que Felipe II tenía en Madrid, El Escorial y Aranjuez, sus tres palacios fetiche.

Una sabia llamada María

Cuenta Bernardo de Cienfuegos (1580-1640), sabio entre los sabios, que los boticarios de la villa y corte madrileña compraban las hierbas medicinales que vendían en sus opulentas boticas a las mujercillas que se encargaban de recogerlas en estercoleros, escombreras, muladares y tapias de cementerios. Esas mismas mujercillas que tenían prohibido, por ley, examinarse de boticarias o tener botica abierta, aunque fueran viudas de boticarios. Esas mujerucas que, sin embargo, eran las que conocían, a la perfección, las virtudes medicinales de las plantas, las que sabían distinguir una lunaria de una mandrágora, una ruda de un acónito.

Es como si los malditos nos olfateásemos, a través de los siglos. Como si los descastados nos encontrásemos, más allá del espacio y del tiempo. Los apartados, los que decidimos no doblegar la cerviz, los que arruinamos nuestro futuro antes que pasar un solo segundo de rodillas. Los pobres desgraciados cuyo único patrimonio es el orgullo. Los que habitamos en tierra de nadie, con la dignidad como única compañera de viaje.

"En nuestro país, los cazadores ponen romero en el interior de los venados abatidos para prevenir su rápida putrefacción". Quien esto dice es Ahmad Ibn Muhammad Al-Ghafiqi, cordobés del siglo XII, uno de los más reputados médicos de nuestra historia y autor del herbario más importante producido en la gloriosa Córdoba califal, el Kitab Fi Al-Adwiyah Al-Mufradah (El libro de los remedios simples), del que sólo se conserva una copia, del siglo XIII.

Terenci y la botánica

"Has reunido alrededor de tí las más raras plantas que crecen en suelo francés... al tiempo que las inspeccionamos en los bellos jardines de Malmaison, un impresionante recuerdo de las conquistas de tu ilustre marido..."