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Los árboles seguramente sean uno de los elementos de la naturaleza que más nos atraen y, además del disfrute estético que supone contemplarlos cuando paseamos por un bosque, nos pueden dar mucha información sobre cómo ha sido su vida y sobre las condiciones ambientales del territorio en el que se han desarrollado.

El mundo rural está, generalmente, muy alejado del mundo de la investigación y la ecología. Es frecuente comprobar que algunos científicos no dan ningún valor a la experiencia de las personas que viven en contacto directo con la naturaleza, al mismo tiempo que muchas personas que viven del campo, ven con recelo las propuestas que se hacen desde foros académicos. Iniciativas como Bosques Modelo intentan acercar dos realidades que deberían marchar de la mano pero que, en demasiadas ocasiones, permanecen muy alejadas entre sí.

Los bosques son el hábitat para un considerable número de especies y, como todos los ecosistemas terrestres y acuáticos, generan a través de sus funciones múltiples servicios esenciales para el mantenimiento de los sistemas que soportan la vida en la Tierra.

Mil caras del abedul

En las culturas celta y romana, el abedul blanco (Betula pendula) era considerado como el árbol de la sabiduría. Sus habitantes utilizaban la corteza, perfectamente prensada, pulida y alisada, como papiro para escribir manuscritos. Con fines menos ortodoxos usaban los maestros sus flexibles ramas, con las que azotaban a los alumnos más revoltosos.

El haya es un árbol frondoso que deja pasar poca luz. Los bosques donde predomina están habitualmente asociados a la humedad y a la niebla. Dicen de los hayedos que están rodeados de misterio aunque la mayor incógnita, curiosamente, está en sus árboles. “Con el hayedo ocurre una circunstancia, la duda de si es una especie que se encuentra en expansión o en recesión”, comenta Pablo Vila Lameiro, profesor de ingeniería agroforestal en la Universidad de Santiago de Compostela.

Un estudio realizado por investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales y del Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals descubrió en 2016 que la cantidad de CO2 emitida por el suelo a través de su respiración se mantiene constante pese al decaimiento de un bosque afectado por sequía. El pino silvestre es la especie arbórea con un rango latitudinal de distribución mayor que abarca desde Siberia a la península ibérica. Su mortalidad en el área estudiada no repercute en las emisiones de CO2 del suelo forestal.

Donde estamos ahora, ya sea París, Londres, o Berlín, solía estar cubierto de inmensos bosques que llegaban hasta donde alcanza la vista.

Al amanecer o al anochecer, cuando el aire refresca, o en esas horas en las que un sol brillante se alza sobre el bosque. Cualquier momento es bueno para detenerse en un claro y tomar conciencia de ese entorno verde, plagado de vida.

La poetisa Emily Dickinson nos dejó esta confesión: "Cuando frecuentaba el bosque de pequeña, me decían que una serpiente podría picarme, que podría coger una flor venenosa o que los duendes me podrían raptar, pero continué yendo y no encontré sino ángeles, mucho más tímidos ante mí de lo que yo pudiera sentirme ante ellos."

Si tuviera que recomendar a un científico y a un viajero un espacio natural de tanta belleza como interés biológico, en mi lista figuraría sin duda este hayedo, un santuario verde que está situado en el corazón de la madrileña Sierra del Rincón, reserva de la biosfera de la UNESCO.