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En estos tiempos en los que la mayor parte de nosotros vive dentro de las ciudades o a las afueras de éstas, la vida salvaje adquiere un matiz exótico, a veces casi legendario. Y sin embargo, la gran maquinaria de la naturaleza sigue funcionando, con ciclos y cambios sutiles que parecen el fruto de un milagro biológico.

La vida en nuestro planeta no es ajena a ello, tuvo su origen en el medio acuático y está inexorablemente ligada al agua. Efectivamente, la vida se originó en el mar hace más de 3.500 millones de años (ma), con un dominio inicial exclusivo de las bacterias anaerobias.

Podría decir que el kraken es, casi con total seguridad, el monstruo marino por antonomasia. Quizás porque el término Kraken ha ido englobando y engullendo multitud de monstruos diferentes, valgan como ejemplo la Scilla de la mitología griega, el “pólipo” de Cayo Plinio Segundo (Plinio el Viejo), la “Soe Orm” de Olaus Magnus, el monstruo de siete cabezas de Gesner, el del clérigo Egede y un buen número de otros monstruos, que podrían asimilarse a calamares gigantes, serpientes marinas (Regalecus glesne Ascanius, 1772) o agrupaciones de cetáceos, que fueron recogidas por los enciclopedistas del Renacimiento.

Los conos son caracoles marinos muy populares entre el gran público por la gran variedad en forma, tamaño y color de sus conchas, además de por ser animales altamente venenosos. Debido a la belleza de sus conchas –el pintor Baltashar van der Ast, por ejemplo, solía incluirlos frecuentemente en sus bodegones– son, desde hace siglos, objeto de interés y parte importante de numerosas colecciones de historia natural tanto públicas como privadas.

Igual que el hombre, la mayoría de los animales distribuyen su espacio de forma ordenada para cubrir sus necesidades vitales; así, dentro de los límites de su territorio establecen zonas para dormir, para cazar, para comer, otras como retrete, etc. Para esta breve exposición, me he limitado a enunciar algunas de las características de las moradas de peces, mamíferos y aves.

Un fuerte ruido despierta de madrugada a los vecinos de Terrassa en Cataluña. No es el camión de la basura, como podrían pensar en un primer momento, sino una familia de jabalíes hurgando entre los desechos. Esta escena se repite cada vez más en numerosos municipios españoles.

Se estima que la población europea de gorrión común, Passer domesticus, ligada al ser humano desde su origen, ha caído un 63% en los últimos 30 años. El descenso del número de gorriones discurre en paralelo a la pérdida de biodiversidad urbana en las ciudades. Los científicos siguen investigando los motivos de este declive cuyas causas también podrían estar afectando a su vecino, el ser humano.

La difusión de la ciencia y los resultados de la investigación están teniendo un gran auge en estos últimos años, y lo mejor es que también aumenta el interés del público por la investigación científica. Nosotros, los científicos, nos alegramos por ello ya que pudiera indicar que la sociedad considera que nuestra actividad es necesaria.

Domingo Badía y Simón de Rojas fueron los protagonistas del viaje, mitad científico mitad político, que originó una colección que aunaba ejemplares de los tres reinos de la naturaleza del sur de la Península Ibérica, Francia, el Mar Rojo, Filipinas o América. Hoy en el Museo Nacional de Ciencias Naturales siguen la pista de los moluscos de esta colección que un tal Alí Bey depositó en el Real Gabinete.

Son los organismos más antiguos de la Tierra y están presentes en todos sus rincones. Desde los desiertos más inhóspitos hasta las grandes urbes, pasando por cuevas con una acidez aparentemente incompatible con la vida o las grandes masas de hielo del Ártico.