logo200pxtesauro
Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

¿Por qué ser autosuficiente? En principio, por la misma razón por la que el planeta nos lo agradecerá: porque fomenta una economía verde y sostenible. Pero más allá de este detalle, la idea de vivir respetuosamente de la tierra, por encima de otras alternativas que nos depara ese porvenir robotizado y digital, me parece una de las más nobles aspiraciones que un ser humano puede ambicionar.

Un proyecto de vida en el campo, sobre todo cuando se queda en grado de tentativa y no va más allá de los deseos, es algo muy placentero que casi todo el mundo se ha planteado alguna vez. Sin embargo, no es lo mismo fantasear con esa posibilidad que hacerla real. En otras palabras, no es lo mismo pensar en una granja de ensueño que hundir las manos en la tierra y sentir ‒esta vez, de verdad‒ la necesidad de que germinen las semillas.

No es fácil resistir la soledad. Por lo que sabemos hasta ahora, el ser humano es una criatura social, gregaria, que necesita a sus congéneres para alcanzar la plenitud. No obstante, hay algunos solitarios ilustres que han sido capaces de encontrar en el aislamiento voluntario la verdadera esencia de nuestra especie.

Pueden hacer la prueba. Si conocen a un urbanita que haya decidido dar un giro a su vida e instalarse en el campo como agricultor, es más que probable que entre sus lecturas figuren La vida autosuficiente, El horticultor autosuficiente o La vida en el campo. Y es que, a pesar del tiempo transcurrido desde su primera edición, esos tres libros de John Seymour lo convierten en el principal mentor de quienes han elegido habitar lejos del humo, la ansiedad y el ruido.

Muchas veces me pregunto por qué los periodistas económicos descartan la autosuficiencia como un modelo marginal y más o menos pintoresco. En general, los medios solo recompensan aquellas fórmulas socioeconómicas que permanecen dentro de la corrección política, y que generalmente responden a nuestras aspiraciones consumistas. Sin embargo, hay otros modelos vitales que merecen nuestra consideración, y éste, a mi modo de ver, es uno de ellos.

Cuando en 2010 Stefania Rossini tomó la decisión de dejar su empleo para cuidar a sus tres hijos, emprendió un camino tan desafiante como fructífero. Para lo que quería lograr –mantener a la familia con el único sueldo de su marido, obrero metalúrgico– no necesitaba grandes medios materiales. De hecho, comprendió que podía fabricar buena parte de las cosas que les hacían falta con ingenio, y lo que es más importante, gastando muy pocos euros.