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El placer derivado de la suspensión de realidad o autoengaño no es exclusivo de la ciencia–ficción, sino intrínseco a la ficción en general y común a todas las artes. Incluso la más utilitaria y apegada a la realidad de estas, la arquitectura, cuenta como su mayor logro la creación de entornos sagrados cuyo objetivo es transmitir la ilusión de los paraísos celestiales. Por no hablar del éxito de sus hijos bastardos, combinación de arquitectura e ingeniería: los parques temáticos, todos ellos modelados a partir de Disneyland, pequeñas aldeas de Potemkin diseñadas para engañar a los clientes previo pago de una entrada. No es coincidencia que tres de los éxitos de uno de los escritores más populares del siglo XX, Michael Crichton, transcurran en torno al concepto de parque temático: Parque Jurásico, El mundo perdido y Almas de metal (Westworld ).

No podía faltar en este recorrido por la ciencia-ficción una de las más logradas interpretaciones de la fábula de la rebelión de las máquinas, Almas de metal (Westworld, 1973), dirigida y guionizada por Michael Crichton.