La muerte aplazada

En La improbable verosimilitud de Shakespeare me referí a la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción), atribuida a Aristóteles por los preceptistas del Renacimiento y adoptada por los clasicistas franceses.

"Shakespeare", de Paul Edmondson

No quiero parecer melancólico, pero supongamos que figuras como Shakespeare, justamente por su profundidad, empiezan a ser desplazadas en la era de Twitter y YouTube. Lo sé: las nuevas tecnologías y la aceleración de sus estímulos no deberían ser ligadas a un menor interés literario, pero... En fin, aceptemos por un momento que, por esas cosas que tienen estos tiempos febriles, conviene subrayar de nuevo la importancia de ciertas obviedades.

Jan Kott hace un interesante análisis de la escena de El rey Lear en la que Edgar guía al ciego Gloucester (su padre) hacia un precipicio. No existe tal precipicio, pero Edgar cree que puede curar de su locura al anciano si lo conduce hacia una falsa muerte. Se van arrastrando hasta el precipicio y, finalmente, el anciano se lanza al abismo. Cae y muere. O eso parece, porque, en realidad no hay tal caída.

Las reglas del juego en Shakespeare

A William Shakespeare los críticos de su época le acusaban de inverosimilitud porque no respetaba la regla de las tres unidades. La regla de las tres unidades exigía que una obra debía desarrollarse en el mismo lugar, en un espacio de tiempo limitado, un día como máximo, y con una única acción fundamental.

Incendio en el museo

En la película de Woody Allen, Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994), el dramaturgo David Shayne (John Cusack) y sus amigos conversan en una terraza de Greenwich Village. Uno de ellos, Flender (Rob Reiner), propone un dilema clásico:

Quiero dejar aquí una cita tomada de los fragmentos autobiográficos de Frances Yates, que pretendo incluir en un ensayo acerca de la filosofía de la crítica literaria.

Al releer Comprender los medios de comunicación, de Marshall McLuhan, he recordado algunas razones que explican el éxito mediático que tuvo este hombre. Es un autor que sigue siendo brillante e ingenioso, capaz de fabricar montones de frases llamativas.

En La segunda parte de Enrique IV hay dos epílogos. Uno era tal vez para su presentación en el teatro, el otro para Whitehall, ante la reina. En el segundo, dice Shapiro, es la única vez que oímos hablar a Shakespeare por sí y como él mismo, pues se supone que “Shakespeare en persona recitaría el insolente epílogo”:

El mundo de Shakespeare nos parece tan brillante y tan nuevo como debió de parecérselo a los lectores que nos precedieron, y que también cayeron bajo el hechizo del Bardo de Avon. Con los clásicos ocurre justamente eso: nos interpelan sin necesidad de justificar retrospectivamente su fecha de aparición.

De tres elementos está hecha la obra de James Shapiro: el conocimiento cabal de la literatura shakespeariana, la comprensión del momento histórico en que ésta llegó al público y la amenidad narrativa que le permite transformar una imponente documentación ‒que sería apabullante en otras manos‒ en un ensayo que leemos con extraordinaria ligereza.