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Umberto Eco (Alessandria, Piamonte, 1932-Milán, Lombardía, 19 de febrero de 2016) revolucionó en los años sesenta del pasado siglo la teoría de la comunicación, descubriendo para la semiótica un continente selvático y fascinante más allá de los territorios urbanizados que había transitado hasta entonces. Precisamente si algo caracteriza la trayectoria de Eco es su capacidad para romper cualquier clase de barrera disciplinar. Cada engranaje de su obra –novelas o ensayos, textos académicos muy técnicos o artículos de prensa– forma parte de un vasto proyecto de crítica de la cultura, uno de los más ambiciosos de nuestro tiempo. En mayo [19-5-2009] recibió la Medalla de Oro del CBA [A esa fecha corresponde esta entrevista].

Como no hay tenor que deje pasar por alto (si sus medios se lo permiten y, a veces, sin esta posibilidad) el cantar Andrea Chénier, ni ninguna soprano-actriz, auténtica o pretendida, pierde por su parte la oportunidad de enfrentarse con Fedora, ambas partituras del compositor (parece ocioso recordarlo) Umberto Giordano, la popularidad de estas óperas ha mantenido el nombre de su autor en el candelero lírico, orillándose un tanto a dos pequeñas joyas de madurez (La cena delle beffe o Il Re), mientras la siempre eficacísima Madame Sans- Gêne, otra más sobre el incansable Sardou, consigue de tanto en tanto algún imprevisto y fugaz renacer, si se pone en manos de una soprano apropiada.