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Resulta obvio decir que el signo fue la preocupación principal de Umberto Eco. Menos obvio puede resultar, en cambio, desglosar el tema del signo en sus elementos problemáticos.

Umberto Eco lee a Joyce

Joyce ha sido una de las preocupaciones y uno de los espejos de Eco (qué simétrico: un eco en un espejo).

Saber reír

Los griegos sabían reír. Lo habían aprendido de sus dioses, a quienes no les importaba reírse. Más aún: cierto tipo de risa olímpica era uno de los rasgos de su divinidad. Pero, entrecerrando un poco los labios, una consideración irónica de las cosas alcanzaba, para la sabiduría griega, cierta calidad del saber.

Parsifalismos

En un cumplido artículo («El loco puro y el amor secreto», revista Audio Clásica), Rafael Fernández de Larrinoa vuelve a examinar el tema de la homosexualidad en el wagneriano Parsifal. Investigar la sexualidad concreta de los personajes ficticios es tarea compleja y a menudo vana. Ellos no tienen un cuerpo físico sino simbólico.

La realidad de los detectives

Existe algo en los detectives que parece conferirles una sensación de realidad mayor que la de otras criaturas de ficción, algo que los hace más capaces de independizarse de sus creadores y ser considerados menos literarios y más reales.

En la timba de Umberto Eco

Cuando muere un famoso, se le apuntan innúmeros amigos íntimos. Evitaré el contagio tratándose de Umberto Eco pero no resisto una pequeña evocación. Recuerdo un par de cursillos suyos a los que asistí, cuaderno en mano, allá por 1970, en la Fundación Di Tella y en la galería Rubbers de Buenos Aires.

Nosotros, los medievales

En 1973, un grupo de intelectuales italianos –Umberto Eco, Furio Colombo, Francesco Alberoni y Giuseppe Sacco– se reunieron en un volumen colectivo estudiando cómo el mundo posmoderno adquiría ciertos rasgos similares a los de la Europa bajomedieval. No se trataba de un retorno sino, quizá, más bien de observar que en el renacimiento de las ciudades europeas a partir de los siglos XI y XII se conformaba, justamente, lo que llamamos modernidad.

El siglo XIX atribuyó al pensamiento medieval la idea de que la Tierra era plana, un mito gracias al cual se demostraba que la era del auténtico conocimiento fue la Modernidad y su ciencia. El siglo XX, en su necesidad de mitos como compensadores de la represión de un inconsciente no tanto ignorado como despreciado, consolidó la mentira como verdad.

Umberto Eco tiene más de cincuenta mil libros en las estanterías de su casa de Milán. Uno siente la necesidad de destacar este hecho, dado que ese grado de refinamiento como bibliófilo ilustra bien las opiniones que tiene sobre internet y las redes sociales. Así, frente al revoltijo incontrolable de prejuicios y obsesiones que conlleva la cultura tuitera, el semiólogo y novelista –firme, incluso combativo– defiende dos saludables actitudes: el sentido crítico y el control de la veracidad.

Los libros suelen recibir elogios unánimes en tanto que instrumentos que ayudan a la cultura, a la paz y al entendimiento entre los seres humanos. Óscar Cabello ha escrito Literatura mortal para demostrarnos lo contrario.