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Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

Nos habíamos distraído con la espera de otros superhéroes más conocidos, y de pronto, Doctor Extraño nos invita a pensárnoslo dos veces antes de olvidar a los secundarios del panteón Marvel. Y eso que, créanme, la formidable película de Scott Derrickson me ha obligado de reconocer que este personaje fue uno de los que más disfruté hace décadas, cuando descubrí sus cómics casi por casualidad.

Desde la novela Nosotros, del ruso Yevgeny Zamyatin, una de las primeras antiutopías de la historia, pasando por Rebelión en la granja o 1984, hasta nuestros días, con Los juegos del hambre, la ficción distópica ha sido un género de inagotables recursos. Ya sea por su aterradora cercanía con la realidad o como fórmula de protesta, nos atrae y nos repele, pero es innegable que nos arrastra con ella hasta los más dispares infiernos de nuestra imaginación.

Se puede decir que Wes Anderson es un director fiel a su propio imaginario. En cada una de sus historias encontramos una serie de denominadores comunes: estética simétrica y preciosista, obsesión por el fetiche retro, escenografía teatral, planos exquisitos, melancolía, humor y un viaje, ya sea interior, exterior o ambos, en el que conviven un íntimo aprendizaje e hilarantes aventuras. Desde Bottle Rocket hasta El Gran Hotel Budapest, sus fábulas se desarrollan en un mismo lugar: un mundo onírico, ficticio, irreal que con cada nueva película va ampliando sus fronteras. Esta vez la imaginación andersoniana hace hueco a un nuevo país, esculpido a partir de los países del este de Europa.

Las cosas van cambiando, y Asia se impone cada vez más en todos los ámbitos. ¿Están ustedes hartos de que Hollywood haga remakes de recientes éxitos ajenos y se cuelgue las medallas (The Ring, Infiltrados, etc.)? Bueno, pues con Snowpiercer las cosas se le ponen difíciles a la otrora Factoría de Sueños, ya que se trata de una coproducción internacional –vale, también con aportación gringa, pero principalmente surcoreana– que cuenta con un espectacular reparto encabezado por el mismísimo Capitán América, Chris Evans.



Escrita y dirigida por el premiado cineasta David Mackenzie, Young Adam es una fiel y bonita adaptación de la novela escrita por el escocés de la Generación Beat Alexander Trocchi.

"Julia" (Erick Zonca, 2008)



Julia tiene 40 años y es alcohólica, manipuladora, mentirosa e insegura a pesar de su flamante apariencia. Entre tragos de vodka y citas nocturnas, Julia sobrevive a base de pequeños trabajos, pero cada vez está más sola y las únicas atenciones que recibe provienen de su amigo Mitch, que trata de ayudarla aunque ella lo evite.



En la nueva película del aclamado director y guionista Jim Jarmusch, y ganadora del Grand Prix en el Festival Internacional de Cine de Cannes de 2005, Bill Murray da vida al protagonista, Don Johnston.



La productora Lauren Shuler Donner jugó un papel decisivo contribuyendo a que John Constantine pasase a la gran pantalla desde las páginas de la serie de novelas gráficas “Hellblazer” de DC Comics/Vertigo.

El relato titulado La extraña historia de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button) es la recompensa que obtiene el aficionado a la buena literatura tras incorporarse a la cofradía de admiradores que tiene su autor, Francis Scott Fitzgerald.