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Cuando en 1988 Dark Horse Comics se hizo con los derechos de publicación de la franquicia cinematográfica de Alien, comenzó a editar una sucesión de miniseries que ampliaban el universo imaginado por Dan O'Bannon, Ronald Sussett, H.R. Giger, Ridley Scott y James Cameron para la gran pantalla.

Tras el éxito de los dos primeros films de Alien, se produjo un importante bache en la saga. Las cosas se torcieron desde el comienzo.

La sabiduría popular nos dice que en la base de cualquier franquicia cinematográfica debe haber siempre un film nuevo, intenso y único. Pero lo cierto es que, con mayor frecuencia, es el segundo film el que demuestra la validez del concepto original, consolida su peculiar universo e inicia la serie propiamente dicha.

A comienzos de los años cincuenta del siglo XX, se produjeron varios films de ciencia-ficción que gozaron de la aceptación de un público muy amplio, como Destino la Luna, Ultimátum a la Tierra o Planeta Prohibido.

Aunque el talento estético y narrativo de ese gran director llamado Ridley Scott se adapte a todo tipo de tramas, es evidente que le gusta la ciencia-ficción. Ya demostró ese interés en 1979, filmando a un carismático depredador extraterrestre a través de un carguero espacial. Lo hizo en la formidable Alien: el octavo pasajero, y muchos aún no nos hemos repuesto de la impresión.

Resultaría más que interesante saber cuándo y por qué el Dios judeocristiano cambió de actitud. Si en el Nuevo Testamento se paseaba entre los humanos extendiendo un valioso discurso de amor, empatía y perdón, en la "precuela" de la historia de Jesucristo se mostraba como una entidad caprichosa, cruel, vengativa e insegura.



Vista con perspectiva, La tormenta de hielo (The Ice Storm) no sólo es una de las mejores películas de Ang Lee. También es una de las mejores películas de los noventa. Parte del mérito se debe al espléndido guión de James Schamus, inspirado en la novela de Rick Moody.

"Sin salida" ("Abduction", 2011)



Cualquier actor joven sabe que el encasillamento es un peligro. Taylor Lautner escapa en Sin salida de la alargada sombra de Crepúsculo.

A veces, la comercialidad de un producto es valorada en otros términos con el paso del tiempo. Eso es lo que ha ocurrido con esta comedia escrita por Dan Aykroyd y Harold Ramis: una cinta amable que ya es, para la mayoría del público, una película de culto.



La película de Scott pretende una aproximación realista al descubrimiento de América, pero a pesar de su brillantez formal y a sus innegables valores de producción, repite varios de los estereotipos cinematográficos habitualmente relacionados con la conquista.