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James Bond

A mediados de los sesenta del siglo pasado, cuando también mediábamos la veintena, se nos apareció James Bond. Rompía algunas tradiciones detectivescas. No era un investigador medio sumergido en la mala vida, como los que pergeñó Dashiell Hammet, ni un razonador pasivo encerrado en un despacho por la gordura, como el Nero Wolfe de Rex Stout, o por la cocaína, como Sherlock Holmes.

El eterno retorno de James Bond

Lo más curioso en la historia de la mitomanía de Bond es la reacción que provoca entre sus admiradores más cultos. A los elogios sobre las novelas de Ian Fleming debidos a pesos pesados de la literatura −Graham Greene, T.S. Eliot, Kingsley Amis− hemos de sumar otros halagos de parecido prestigio, que también nos predisponen a favor del bondismo literario y cinematográfico. 

Tengo juntas en una ficha tres noticias que merecen un hilo rojo que las vincule y no se tome lo rojo por su calidad política. Una es que Sean Connery mereció el premio al jubilado más guapo del mundo. Lo otorgó alguna de las incontables asociaciones a las cuales se apuntan los norteamericanos.

El más poderoso submarino nuclear jamás construido, perteneciente a la armada soviética, el Octubre Rojo, se dirige a la costa estadounidense bajo el mando del Capitán Marko Ramius (Sean Connery).



En pleno apogeo de la era industrial, un despiadado tirano ha desarrollado y desplegado una nueva arma con el diabólico propósito de poner el mundo bajo su yugo. Para combatir esta amenaza están las singulares cualidades de La Liga de los Hombres Extraordinarios.

Espadachines inmortales que se retan a duelo a lo largo de los siglos bajo una contundente premisa: "Sólo puede quedar uno". Con este punto de partida emprendió su andadura una de las sagas más populares de los ochenta.

No es fácil imaginar lo que pensó John Boorman tras leer El Mago de Oz, pero sí podemos intuirlo después de ver Zardoz. Basado muy libremente en la narración de L. Frank Baum, el guión de esta cinta se sitúa en el año 2293.