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A fines de los sesenta, los recetarios sociales de la posguerra pasaron de moda, y también lo hicieron ciertas claves culturales. Supongo que todo aquello comenzó con nuevos prescriptores de referencia ‒filósofos franceses, profesores californianos, rockeros de aquí y de allá‒, pero al final, todo encajó en el momento preciso.

Entre los años 1970 y 1978, Marvel vivió un periodo de cambio y experimentación continuos. Nuevos conceptos, nuevos personajes y nuevas colecciones aparecían tan rápido como se esfumaban. Una nueva generación de talentos entró a trabajar en la editorial aportando un entusiasmo y efervescencia juveniles que se traducían en experimentos no pocas veces saldados en fracasos, pero que a veces terminaban en éxitos y que hoy son recordados como absolutos clásicos.

En ocasiones, el universo Marvel es como una serie de cajas chinas o como una muñeca matrioska: una historia dentro de otra historia dentro de otra historia. Esto es algo que uno llega a sentir cuando accede a macroseries como El Guantelete del Infinito, originalmente ideada por el guionista Jim Starlin y hecha realidad por los dibujantes George Pérez y Ron Lim.

Mike Mignola es hoy famoso gracias a una creación propia, Hellboy, una serie de aventuras, terror sobrenatural y misterio en la que no sólo alcanzó la cima de su pericia artística y encontró la senda temática y conceptual que mejor casaba con sus intereses, sino que logró que el peculiar personaje traspasara los límites del medio gráfico, saltando a los videojuegos o el cine.

Revisamos en esta ocasión un ejemplo perfecto de la fertilidad de ideas con que Marvel saludó la década de los setenta. A finales de 1972, el editor Stan Lee y el dueño de la compañía, Martin Goodman, pidieron a Roy Thomas que les presentara ideas para nuevos títulos.

En bastantes producciones de Dino De Laurentiis uno se encuentra con detalles que a los españoles nos resultan muy familiares. Y es que, como medio mundo sabe, aquellas superproducciones del italiano se asemejaban, por su filosofía e intenciones, a tantos otros largometrajes de serie A, B o Z que, tras la etapa de Samuel Bronston, rodaron en nuestro país equipos internacionales de lo más diverso.

Fruto de la colaboración entre el animador Ralph Bakshi y el genio de la ilustración Frank Frazetta, Tygra: Hielo y Fuego (Fire and Ice) fue distribuida por 20th Century Fox con la esperanza de atraer a los seguidores del género de espada y brujería, puesto de moda tras el estreno de Conan el Bárbaro.

Tales of the Zombie

Hoy es un buen día para acordarnos de aquellos tebeos de terror en nos alegraron la vida en los setenta y los ochenta. Tal vez tú mismo eres uno de los miles de lectores que atesoraron en sus estanterías ejemplares de Dossier Negro, Creepy, Drácula (sí, aquellos fascículos de Buru Lan), Fantom o los cuadernos de la colección Escalofrío (subtitulada "Historias gráficas de medianoche"). Si es así, seguramente conserves en la memoria títulos legendarios de los felices setenta, como La Tumba de Drácula, Vampire Tales, Monsters Unleashed!, Dracula Lives! o el que hoy nos importa: Tales of the Zombie.

Situémonos: Marvel Comics, principios de la década de 1970. La fórmula de los tebeos de superhéroes iniciada por Stan Lee y Jack Kirby con Los Cuatro Fantásticos, Spiderman o Los Vengadores una década atrás, empieza a dar muestras de cansancio.

Marvel Limited Edition: Vampire Tales

Antes de atender al presente, muchos aficionados volvemos a lanzar una mirada ‒otra más‒ sobre ese pasado en el que los cómics nos dieron felicidad, recuerdos compartidos y momentos impagables.